Esa noche, hace diez años

Fue hace diez años, pero aún recuerdo cada hora de ese día. Recuerdo las indicaciones que les di a mis amigos, como cuando les pedí que le avisaran a todos mis conocidos. Me daba miedo que alguien, el día de mañana, me preguntara por papá y yo tuviese que explicar. La voz me temblaría, me quebraría en cualquier lado, como en la vereda o en un shopping, la persona se pondría incómoda y yo también. El miedo de que eso pasara ya me abrumaba, así que Virginia tomó la posta, mi agenda de contactos del celular y llamó a todos los que le parecía importante que supieran. Yo me encargué de llamar al clínico de mamá para que me dijera qué medicación darle cuando llegara de Necochea, donde papá había muerto hacía unas horas. 
Esa noche, mi novio y mis amigas armaron un bunker de espera en mi casa. Esperábamos el arribo de mamá con un chófer en su auto, o el de papá en el utilitario de una casa fúnebre de la ciudad costera. Los minutos eran kilómetros y yo solo esperaba que alguno de los dos llegara, separados para siempre. 
Alguien pidió una pizza que no comí y todos intentaron distraerme haciendo chistes sobre un show de premiación de MTV. Para la medianoche se habían dormido y el show empezó de nuevo, ahora en una repetición subtitulada. Lo vi completo otra vez sin recordar nada de la emisión anterior y envidié cada sonrisa que reflejaba la pantalla. 
Tania, Virginia y Lula durmieron sobre la alfombra del living, usando los almohadones de un sillón como apoya cabezas. El piso era un campo minado de zapatillas Converse y cuerpos buscando confort. Lula tenía la capucha del buzo puesta para taparse el reflejo del televisor, Virginia una campera en los pies y Ariel, mi novio, descansaba abrazado a mí en el sillón. 
Papá llegó primero. Bajé a la planta baja sin despertar a nadie y salí a la vereda acompañada del guardia Miguel. En otro momento se habría quedado del lado de adentro del edificio, custodiando mis movimientos. Esta vez me siguió de cerca, manteniendo una distancia que no fuese invasiva, pero que le permitiese cada tanto ver mi rostro y reaccionar a tiempo para atajar mi angustia. Pero yo estaba inerte ante todo, me sentía debajo del agua, con los sentidos dormidos y ahogados. Mi cuerpo flotaba y reaccionaba por necesidad, de forma mecánica y automática. 
Al señor que trajo a papá le entregué unos documentos y plata que me dieron mis tíos para pagar el traslado. Para él esto era otro trabajo, había conducido más de 1000 km con un muerto en la espalda pero se manejaba con soltura, costumbre y la concentración de quien hace un trámite que sabe de memoria. Le di la dirección de la casa fúnebre sin preocuparme sobre si pudiese encontrarla y lo vi irse con papá en la caja del vehículo, pensando en lo extraño que era que él estuviese ahí, tan cerca mío pero ahora en un ataúd de madera. 
Mamá llegó unas horas después y ahí la entereza fue más difícil de sostener. Sentí que debía mantenerme fuerte para poder consolarla a ella. Si yo me derrumbaba, ella se pondría peor. Cuando el auto se detuvo en el garage del edificio, no se pudo bajar, así que la ayudé para que se apoyara en mí y se me tiró encima con la mirada perdida. 
En casa me pidió acostarse en mi cama. Después de acomodarla ahí, pasé por su pieza y me fijé en qué estado estaba. Pronto iba a tener que entrar y no quería que los recuerdos la inundaran. Fue imposible ordenar algo, todo tenía rastros de papá: ropa en su silla, anteojos en la mesa de luz, su lápiz de carpintero descansando sobre una revista de sudokus. No tuve fuerzas para guardar nada, así que cerré la puerta y me tragué la angustia. Volví al living y desperté a todos con delicadeza. Les pedí que se fueran para poder tener un rato con mamá y los miré prepararse, atontados del sueño, desde la puerta de entrada. No me preocupé por mis amigas esperando abajo un taxi a la madrugada ni por agradecerles. Luego me enteraría que mi novio las subió a todas a un taxi y las llevó una por una a su casa. No era un buen novio, pero fue un buen compañero en aquel momento. 
Volví a mi pieza, saqué el colchón de abajo de mi cama y me senté en el piso al lado de mamá. La luz ya entraba por las hendiduras de la persiana y le pedí que me hiciera caso, que se tomara el Valium que le tenía preparado. Que necesitaba descansar. Las manos le temblaban y su respiración parecía suspiros continuos. Así, boca arriba, con la mirada puesta en mi lámpara beige del techo y en la penumbra de mi pieza adolescente, mamá me dijo: Me quiero morir.

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