9 de julio de 2017

¿Hiciste back up?

"¿Hiciste back up? Porque mirá que se va todo, eh", me preguntó el técnico del celular cuando se lo llevé en un último intento desesperado por hacerlo revivir. Tenía 13 meses y me había salido casi lo mismo que irme hasta Berlín a comprarlo. Fue una inversión laboral a la que le puse muchas pilas y mucho cuidado. Le compré fundita, plástico para la pantalla y me acostumbré a tantear el bolsillo del cachete izquierdo del jean con regularidad para sentir su presencia. Andaba perfecto y llegué a pensar que me entendía como nadie.

Pese a todos los esfuerzos mi teléfono falleció abruptamente hace algunas semanas a bordo de un 111 mientras escuchaba una canción de Él Mató e iba camino a verlos en vivo. Así, de la nada, se apagó y no volvió a encenderse. El diagnóstico fue falla del hardware o como le gusta bromear a los especialistas: "ahora tenés un bonito y muy caro pisapapeles".


"Sí, bah... Hay algo que no guardé, pero ya fue. Se perdió", le respondí al especialista y él no insitió en saber qué era. Si había algo que me aliviaba del incidente es que todo lo importante que tenía en el teléfono estaba también en la nube. Aunque ahora me estaba dando cuenta de que casi todo. Había una sola cosa que había pospuesto infinitamente, confiando en la juventud de mi aparato y que no había resguardado de esa condición efímera que tiene todo lo digital: los chats con F.

Siempre me pareció ridículo hacer back up de WhatsApp porque poco me interesaba conservar conversaciones como el chat de amigas en los cuales discutíamos durante horas si nos veíamos el martes o el jueves, o si a la tarde o a la noche. Tampoco veía como importante resguardar los recordatorios de mi mamá sobre lo que tenía que hacer o su descripción textual de qué luz de la alarma estaba encendida pero que sin embargo no andaba.
Justamente una de las virtudes de lo digital es que esas cosas pueden no quedar en ningún lado y nadie las extrañará jamás.

Mi celular era muy inteligente y estaba bien entrenado, pero nunca le expliqué la importancia que tenía para mí el chat con F. No supo distinguir entre ese y tantos otros. Y pese a que le puse estrellitas a cada oración importante que mi novio me decía, mi teléfono no pudo darse cuenta de que no podía llevarse todos esos testimonios a la tumba. Murió antes de que pudiera hacerle captura de pantalla a todos los mensajes destacados de F que tenía guardados con estrellita. 


"Todo lo que te escribí te lo puedo volver a decir y te voy a decir cosas nuevas que van a ir saliendo con el tiempo", me quiso consolar mi novio cuando le compartí mi tristeza haciendo pucherito mientras me avalanzaba sobre una Stacker Doble de Burger King. Le di la razón y bromeamos con que todo era basura digital, dependencia tecnológica, estupideces del momento, que lo real éramos nosotros dos comiendo como cerdos un almuerzo a las cinco de la tarde y diciéndonos que nos amábamos con la boca llena de ketchup. Eso éramos y esa era nuestra historia, no algunos mensajes de WhatsApp.

Con los días me fui olvidando aunque de a ratos la tristeza volvía. Como por ejemplo cuando quise releer el día que se dio cuenta de que yo le gustaba en serio y en un intento inútil por no demostrarse tan enamorado me había escrito un renglón de "re" para ponerle énfasis al "me re gustás". También había querido volver a mirar los mensajes en los que todavía me decía que me quería porque el "te amo" era una frase que ambos escondíamos debajo de un montón de miedos que todavía teníamos que resolver.

Me costó una semana más entender porqué me afligía tanto la pérdida de tanta chatarra digital. No eran las declaraciones de amor las que tanto lamentaba no haber backupeado, sino el relato cronológico de un cariño que fue creciendo sin que ninguno de los dos quisiera. Eran las reflexiones que nos compartíamos a medida que íbamos descubriendo lo que nos pasaba. El relato de dos eternos solteros enamorándose sin darse cuenta.

Ahora me pongo a pensar si tal vez no perdí el material para el primer libro de amor contado con chats de WhatsApp, o si con ese teléfono traidor se fue mi única posibilidad de contar esta historia como realmente fue. De mostrar cómo nos resistimos lo más posible a meternos en este quilombo de amor, distancia, confianza, planes, cursilería, extrañitis y apuesta al futuro.

Mi lujoso pisapapeles todavía espera que vaya por él a la casa del técnico para ver la posibilidad de venderlo por partes en Mercado Libre. Todavía no le perdono que me haya abandonado así, ni la traición con la que se fue a la tumba. Por su culpa perdí el relato de una historia de amor, pero por lo menos me quedé con el final feliz.



No hay comentarios: