13 de septiembre de 2016

Sacate el diablo de tu corazón


Estoy detrás de una rubia con colita y de dos chicas que tendrán unos años menos que yo. Desde la larga fila del baño de mujeres del Vorterix de Colegiales puedo ver a Lia Crucet hacer playback y tambalearse sobre el escenario. Lejos de ser un espectáculo entretenido y gracioso, ver a una mujer de 65 años con implantes a punto de explotar por sobre un corpiño de lentejuelas que se despegan, da pena y desconcierta. Desde donde estoy puedo verle hinchadas las venas verdes de las tetas.
Hace tan solo diez minutos estaba la Tota Santillán arengando a la gente para darle la bienvenida a la artista, pero ahora hay poca euforia en el público.
En la noche la Tota saldrá en tres ocasiones, hará palmas y gritará por el micrófono "eaeaeaea". Me pregunto cuánto cobra por eso. También cuánto falta para que sea mi turno de ir al baño.

No sé qué hora es ni cuántas cervezas tomamos. Siento que hace una eternidad que estoy en esta fiesta. La rubia de colita golpea con fuerza la puerta del primer cubículo y le grita a la madera que salga, que cuánto va a tardar, que no ves todas las que somos, pendeja. Otras detrás mío se suman a las bardeadas. Quiero salir de esta fila y tomar más. 



No suelo estar de acuerdo con Fito Paéz. En nada, nunca. Pero hace tres días que pienso en una de sus canciones. No me gusta nada Fito Paéz. No me gusta porque es canalla, y por un montón de cosas más.
Estoy pensando en eso y en sus rulos de la juventud 
mientras atravieso Palermo bajo una llovizna incómoda. En una esquina la mujer que va delante mío intenta cruzar la calle cuando un auto que dobla decide que tiene prioridad y se lo impide. Ella, con el brazo izquierdo, levanta su paraguas y lo sacude varias veces sobre el capot del auto. El auto no se detiene y ella tampoco. "Ey, ¿qué te pasa Buenos Aires?", pienso y tarareo a Fito.

El martes a la mañana hace un frío en Capital que es noticia con zócalo rojo en los canales de noticias. TN dice que las olas en Mar del Plata llegan a los 5 metros. La meteoróloga agita los brazos delante de la pantalla que tiene la imagen del país explicando los vientos huracanados que golpean Buenos Aires. Es ese último manotazo ahogado del invierno cuando ve que la primavera viene feliz, con una guirnalda de flores, al acecho.
Además de la lluvia finita, de esa que pincha y un frío de cagarse, hay un quilombo de tráfico camino a mi trabajo. El semáforo está en verde pero los autos no pueden avanzar. Obstruyen las avenidas, impidiendo que al menos la calle que las cruza siga funcionando con normalidad. La lógica en acción de "me cago yo, te cagás vos". Me mando a cruzar. Estoy esquivando guardabarros delanteros y traseros cuando un taxista me toca bocina marcándome el semáforo en verde: "¿qué te pasa? No es el DeLorean, ¡no podés volar!". No me entiende pero por las dudas me hace "fuck you" con su dedo del medio.

Llego a la oficina y cuando me siento en el escritorio suena mi celular. Tengo los dedos mojados del agua del paraguas así que el touch no responde a mi indicación de atender. Un número de Capital resalta sobre la pantalla. El teléfono vibra, me pongo nerviosa, atiendo con el codo:


-Hola querida, te habla Mirta de la inmobiliaria -escucho del otro lado.

-Ah, sí. ¿Qué tal? -respondo sin ganas.


-Todo bien. Escuchame, vos me dijiste que eras de Rosario, ¿eh?. ¿Y a qué venías? -interroga la señora. No la conozco en persona, pero por su voz amable y gastada intuyo que tiene más de 50 años. 


-Sí, me estoy mudando acá por trabajo. -le explico, me explico. Me convenzo. 

-¡Qué linda ciudad Rosario! ¡Me encanta! -la voz de Mirta se entusiasma.

-A mí también. -la mía no.


- El río, el parque ese del Monumento... ¡Una ciudad tan verde! ¡Esa peatonal di-vi-na! Pero nena, decime, con lo linda que es Rosario...¿¡por qué te estás mudando acá!? -pregunta Mirta con sincera intriga.

- Yo me pregunto lo mismo, señora...