27 de mayo de 2016

A la hora del té.


Cada tarde, después del almuerzo, salía a caminar por su jardín. La vuelta alrededor del terreno de la casa era breve pero el paseo largo. Iba saludando a las margaritas, las rosas y los jazmines. Se tomaba su tiempo para conversar con cada una, elegir las flores que no tuvieran pimpollo para llevarlas adentro y decorar la chimenea. Al entrar en la casa el olor a madera se mezclaba con el perfume del ramo recién armado y el de su colonia, que marcaba su paso a donde ella fuera. Su pelo blanco se llenaba de hojas verdes y marrones a medida que caminaba y se enredaba con las plantas. Siempre iba de camisa de seda y pantalones claros. De grande dejó de mostrar sus piernas y los veranos se los pasaba usando prendas de lino que manchaba con gotitas de té al mezclar el desayuno con el Parkinson.


Su piel era transparente. Toda la vida lo fue. Su mamá siempre dijo que parecía de porcelana, su marido que ella era tan austriaca y él tan negrito árabe.
A las cuatro en punto pedía su reposera al sol y las secciones del diario que no hubiera terminado con el desayuno. A veces solicitaba, también, una mesita con una tijera para recortar los artículos que le parecían interesantes. Sus suplementos preferidos eran las de Ciencia, donde leía mucho sobre los avances científicos y descubrimientos en el área de la Arqueología, para su hija. Con la tijera y la mesita siempre venía la carpeta azul donde guardaba los artículos por categoría. 

Al ratito sus mejillas ya tenían un tono rosado. 
A las cinco pedía que le llevaran el té al sillón de la galería. Tres galletitas de agua con queso crema y jamón en fetas, una taza grande de té con leche descremada y algún número del Reader Digest que hubiera en la biblioteca del segundo piso. Sus preferidos eran los de la década del 70' cuando Selecciones empezó a sumar más cuentos y ya no tanto artículo pavote para la ama de casa. 
La taza de loza era del mismo color que su contenido y tenía florcitas color naranja pintadas a mano. Al primer contacto con ella, parte de su contenido se volcaba sobre el platito formado un círculo perfecto de té en el centro, guiado por la marca en la base de la taza. El té se perdía en el color de la loza y el accidente quedaba olvidado. 
Sus ojos azules, casi grises, se posaban de nuevo en la lectura y la tetera se enfriaba.

Cuando las chicharras empezaban a cantar y la luz del día se escondía entre las hojas del lapacho se levantaba del sillón y dejaba a su lado derecho la revista y los lentes de marco transparente.
Antes de atravesar la gran puerta de roble para meterse en la casa hasta el día siguiente se daba vuelta, se erguía como casi nunca podía hacerlo, daba una gran bocanada de aire y al exhalar repasaba con su mirada el jardín mientras una sonrisa dejaba a la vista sus dientes blancos como la porcelana.  

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