7 de enero de 2016

La última Navidad


Fue la última Nochebuena del siglo XX la que eligió Julio para decirle a mamá que la engañaba y pensaba dejarla por otra mujer. Por la vecina del piso de arriba de nuestro departamento. Por la mujer que me recibía por las tardes en su casa, para que sus hijas me usaran de muñeca a la que peinaban y vestían, mimaban y querían. Por la vecina de las cabañas de Uruguay, destino de ambas familias cada verano.
Julio nunca tuvo buena puntería para las primicias. Se entusiasmaba tanto con las cosas que arruinaba fiestas sorpresa de cumpleaños, adelantaba regalos o simplemente se iba de boca anticipando hechos que no llegaban a suceder.
Esa noche la situación, de nuevo, se le fue de las manos. Demasiado aguantó. Cinco años aguantó.

Las navidades, en general, las festejábamos en lo de la abuela, en su casa con un gran jardín y vecinos generosos que tiraban fuegos artificiales para todo el barrio. El tiempo entre el postre y la llegada de Papá Noel lo pasaba metida entre las plantas, intentando encontrarlo antes de que pudiera dejar los regalos en la chimenea. La abuela hacía cortar y regar el césped ese mismo día para que el aroma de la poda se mezclara con el de las hojas del lapacho y la humedad que traía el río, a una barranca de distancia. Se llenaba de bichos de luz que se mezclaban con las cañitas voladoras verdes que anticipaban la medianoche. Los pies se mojaban con el rocío y los pedazos de pasto se pegaban a los zapatos, dejando de color verde las sandalias nuevas que me había comprado la tía. 

La última Navidad del siglo XX la pasamos en la casa de unos amigos de mamá en un barrio alejado de la ciudad. Los Menéndez tenían un portón de algarrobo macizo y una doberman que controlaba la entrada. Robaban mucho por esa zona así que habían entrenado a la perra para que se comiera cualquier cosa que no entrara por el portón ni fuera recibido con sonrisas.
El patio de los Menéndez era de cemento y del tamaño de tres mesas de ping pong. Tenía un cuadrado de césped del que salía un pino de tronco delgado y largo al que le habían colgado un aro de basquet. Esa noche los Menéndez habían mojado el cemento para refrescar el piso. El patio olía a calor mojado y resbalaba un poco. Era divertido ver a la dueña de casa cargando la fuente de vitél toné y desafiando la ley de gravedad con las chinelas de plástico sobre el piso húmedo mientras le gritaba a sus hijos que dieran una mano. La mesa del comedor estaba afuera y se completaba con un tablón y sillas de plástico. La hilera de sillas que le daban la espalda al recuadro de césped estaban reservadas para los adolescentes, los de huesos resistentes, por si calculaban mal al levantarse y caían contra el pino.

Siempre disfruté ver los ambientes alterados por la falta de mobiliario. La casa de los Menéndez cambiaba por completo al desarmar el comedor, el epicentro de la vida familiar. Las gomas de las patas quedaban marcadas en las baldosas blancas y la pared, de empapelado con palmeras, tenía una larga marca negra a la altura de donde el respaldo de las sillas de metal golpeaba millones de veces por día.
Los Menéndez nunca usaron mucho el living. Tenía una distribución incómoda, los muebles miraban a una chimenea que nunca se encendía y no había televisor. Parecía estar armado por una mera formalidad con el arquitecto que diseñó los espacios. Tampoco usaban la puerta principal, así que el living no servía ni siquiera de recepción. Entrábamos bordeando la casa, atravesando el garage y yendo directamente a la cocina, que conectaba por una puerta plegable de plástico al comedor, ahora desnudo. 
El árbol de Navidad, sin embargo, estaba armado en el living. En un rincón contra la ventana que daba a la calle y sobre la mesa del teléfono, con la guía telefónica de base para elevarlo un poco más. Era un arbolito sencillo, raquítico, de adornos comprados en el supermercado y con luces que no aguantaban ni una fiesta completa. La estrella de la punta era demasiado pesada para el pino de plástico y se inclinaba hacia un costado, como un girasol cuando es de noche. 
El 24 al mediodía la dueña de casa mandó a su hijo mayor a comprar un nuevo juego de luces para que durante la cena el árbol estuviera encendido. Esa noche, en un living desierto, el árbol se prendía y se apagaba. Tenía un solo adorno destacable, distinto al resto, comprado en otro lado. Era una bola transparente con el dibujo de unos renos pintados en blanco. Tenía salpicaduras del mismo color que simulaban ser nieve. La señora Menéndez le daba especial atención a ese adorno. Lo ubicaba al frente del árbol y se preocupaba de que una luz le diera justo atrás. Cada vez que las luces se encendían, los renos se volvían rojos, verdes o blancos y parecían estar en movimiento y tirando del trineo. 

Fue esa noche que Julio confesó su infidelidad. Julio nunca fue un tipo muy atinado. Como un niño, se dejaba llevar por los impulsos e irrumpía con sus caprichos cuando quería.
Esa noche, cuando los fuegos artificiales anunciaron las doce y todos elevamos las copas con champagne y gaseosa, justo cuando mamá le iba a dar un beso, el teléfono de Julio empezó a vibrar sobre el mantel de flores y mamá ya no quiso besarlo. Miró a Julio con cara de desesperación y él no le devolvió la mirada. Con vergüenza miró el teléfono, que seguía vibrando, y bajó la copa hasta que su contenido comenzó a volcarse sobre el mantel y a derramarse encima de las sobras del plato, que empezaron a flotar sobre el líquido espumante. 
Mamá se metió a la casa de los Menéndez y Julio la siguió. 
Esperé a que volvieran para que viéramos los fuegos los tres juntos, como cada año, como toda la vida, pero ninguno salió. Al rato la señora Menéndez entró y yo la seguí. Entré a la cocina, atravesé el comedor sin muebles, pisé a propósito donde debería estar la mesa, desafiando el destino de los espacios. Crucé el living y vi el arbolito a oscuras con los regalos apoyados sobre la mesa del teléfono. Las luces ya se habían roto de nuevo. Seguí por el pasillo hasta llegar a la pieza de los Menéndez. Sobre la cama matrimonial estaba mamá recostada, con la mirada perdida y respirando con dificultad. La señora Menéndez la abanicaba con una revista Nueva y le decía a su marido que llamara una ambulancia. Me di vuelta buscando a Julio. Julio siempre estaba al lado de mamá cuando ella no se sentía bien. Julio no estaba en la habitación de los Menéndez y tampoco venía detrás mío. Julio no estaba donde debía estar. 
Volví por el pasillo hasta el living. Julio estaba sentado a oscuras en el sillón de dos cuerpos con la cabeza entre las manos y los codos sobre las rodillas. Detrás de él estaba el arbolito de Navidad con el adorno de los renos brillando por la luz de la ambulancia. 

1 comentario:

nadie dijo...

Son muy interesantes tus historias y atrapa cómo las contás. Las más tristes siempre son las más lindas.