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Sacate el diablo de tu corazón

Estoy detrás de una rubia con colita y de dos chicas que tendrán unos años menos que yo. Desde la larga fila del baño de mujeres del Vorterix de Colegiales puedo ver a Lia Crucet hacer playback y tambalearse sobre el escenario. Lejos de ser un espectáculo entretenido y gracioso, ver a una mujer de 65 años con implantes a punto de explotar por sobre un corpiño de lentejuelas que se despegan, da pena y desconcierta. Desde donde estoy puedo verle hinchadas las venas verdes de las tetas.
Hace tan solo diez minutos estaba la Tota Santillán arengando a la gente para darle la bienvenida a la artista, pero ahora hay poca euforia en el público.
En la noche la Tota saldrá en tres ocasiones, hará palmas y gritará por el micrófono "eaeaeaea". Me pregunto cuánto cobra por eso. También cuánto falta para que sea mi turno de ir al baño.

No sé qué hora es ni cuántas cervezas tomamos. Siento que hace una eternidad que estoy en esta fiesta. La rubia de colita golpea con fuerza la puerta del prim…

A la hora del té.

Cada tarde, después del almuerzo, salía a caminar por su jardín. La vuelta alrededor del terreno de la casa era breve pero el paseo largo. Iba saludando a las margaritas, las rosas y los jazmines. Se tomaba su tiempo para conversar con cada una, elegir las flores que no tuvieran pimpollo para llevarlas adentro y decorar la chimenea. Al entrar en la casa el olor a madera se mezclaba con el perfume del ramo recién armado y el de su colonia, que marcaba su paso a donde ella fuera. Su pelo blanco se llenaba de hojas verdes y marrones a medida que caminaba y se enredaba con las plantas. Siempre iba de camisa de seda y pantalones claros. De grande dejó de mostrar sus piernas y los veranos se los pasaba usando prendas de lino que manchaba con gotitas de té al mezclar el desayuno con el Parkinson.

Su piel era transparente. Toda la vida lo fue. Su mamá siempre dijo que parecía de porcelana, su marido que ella era tan austriaca y él tan negrito árabe.
A las cuatro en punto pedía su reposera al s…

La última Navidad

Fue la última Nochebuena del siglo XX la que eligió Julio para decirle a mamá que la engañaba y pensaba dejarla por otra mujer. Por la vecina del piso de arriba de nuestro departamento. Por la mujer que me recibía por las tardes en su casa, para que sus hijas me usaran de muñeca a la que peinaban y vestían, mimaban y querían. Por la vecina de las cabañas de Uruguay, destino de ambas familias cada verano.
Julio nunca tuvo buena puntería para las primicias. Se entusiasmaba tanto con las cosas que arruinaba fiestas sorpresa de cumpleaños, adelantaba regalos o simplemente se iba de boca anticipando hechos que no llegaban a suceder.
Esa noche la situación, de nuevo, se le fue de las manos. Demasiado aguantó. Cinco años aguantó.

Las navidades, en general, las festejábamos en lo de la abuela, en su casa con un gran jardín y vecinos generosos que tiraban fuegos artificiales para todo el barrio. El tiempo entre el postre y la llegada de Papá Noel lo pasaba metida entre las plantas, intentando enc…