13 de julio de 2015

Los pasos de la costumbre


Estoy tirada en el suelo, con la cabeza metida debajo del sommier, tratando de cazar una pelusa que se escabulle de la punta de la aspiradora nueva. Está allá lejos, a 1.25 metros de mi mano. Está agarrada a la pata de la cama y no se suelta. Ella no acepta su fatal destino y yo no acepto que una pelusa me vaya a vencer. Esta es mi casa y ninguna pelusa me va a ganar. 
Salgo de abajo de la cama victoriosa, con la frente transpirada, y le sonrío a mi gata que mira la secuencia con curiosidad, desde la comodidad de mi almohada. A esta altura más suya que mía. 
Me quedo arrodillada al lado del sommier. Me soplo el pelo que me cae sobre la cara y repaso con la mirada los rincones de la habitación en busca de polvo rebelde. Me miro y noto que tengo pegado en la ropa todo lo que acabo de limpiar.

El cansancio me vence y quedo sentada en el piso, con la espalda apoyada sobre la puerta del placard blanco. Apoyada sobre la puerta que se traba. La otra se desliza bien. Todavía no entiendo bien qué pasa, pero desde que vivo acá no he tenido tiempo de resolverlo. El disco se terminó y ahora solo escucho a la distancia el lavarropas que gira frenético en el patio. En algún momento empezará a desagotar el agua y el balde se va a rebalsar. El agua va a correr por las baldosas y se armará un río que desembocará en la rejilla negra. Imagino, conozco ya, la secuencia. La pienso, la repaso mientras sigo ahí sentada, con la cabeza apoyada en la puerta que se traba y la mirada sobre el cuadro que colgué hace poco en la pared. Empiezo a escuchar el agua que ya chorrea por los costados del balde. Suena distinto a cualquier agua que corre porque esta tiene espuma. Desde la habitación huelo el jabón, percibo el aroma a limpio que va tomando la casa. De a poco le voy conociendo los olores. Se mezcla con el olor a aceite de la milanesa de anoche y con el perfume de las flores del patio. 

El lavarropas terminó de lavar las sábanas que reemplacé recién. La cama ya está hecha de nuevo. La frazada, estirada y tirante. Hundida solo en las partes donde acaban de pasar cuatro patitas. La cama está hecha. La miro. Recorro sus pliegues, analizo sus dobleces. La cama está hecha y no es usual. Me gusta mirarla así. Quiero disfrutar de este rato que va a estar así. Imagino cuando sea de noche y me acueste. Cuando apoye la cabeza sobre la almohada fría y respire el olor a jabón en la sábana limpia. El mismo olor que percibo ahora. 

La gata se une a mí en el piso. Deja nuestra almohada y se sienta a mi lado, sobre el parquet. Mira lo que yo miro. Mira la ventana, el árbol, las flores, la pared de ladrillos a la vista del patio. Es mi primer casa con patio. Miramos la mesa de luz de madera y mármol, clásica. El contraste de estilos con el velador que tiene encima. Tan moderno, tan plateado y brilloso. La luz que le da al cuadro. El rincón no resuelto, la silla llena de ropa. 
La gatita se hace un bollito en mi falda y se duerme. La miro dormir, tan relajada. Siente lo que yo siento.
Sentimos estar en el lugar correcto. Estamos en casa.