11 de junio de 2015

Cuando te fuiste

*adaptación de un email para V.

¿Cuándo empieza un viaje? 

Creo que en la proyección misma. Cuando elegís un destino, lo marcás con un círculo rojo mental, hacés la elección y de pronto deja de ser el nombre de un sitio y empieza a tener un vínculo personal con vos. Es tuyo. Ahora te atraviesa. 

Hay una adrenalina única en el botón de comprar un pasaje, en el dinero sobre el escritorio de la agencia de turismo. El tener un boleto, una fecha, convierte el viaje en algo palpable. Ya no es un sueño, es un hecho. 

Lo empezás a palpitar en la organización. Elegís los sitios a visitar, el lugar a dónde vas a parar y armás las rutas de los paseos. Mirás fotos y te imaginás ahí, en esa esquina, delante de ese pequeño café con manteles a cuadros rojos y blancos. Cerrás los ojos y estás ahí por una fracción de segundo. La ansiedad te recorre la espalda y te da escalofríos.
Vas a estar lejos de acá. Lejos de esta rutina. Lejos. En otro lugar, con otro clima, con edificios que nunca viste y caras que jamás volverás a ver. De golpe es fácil ver lo que nos rodea desde esa perspectiva, como si ya nos hubiéramos ido. Sabemos cómo serán los días en el lugar de la rutina cuando ya no estemos. Nos dibujamos en nuestro lugar idílico mientras estamos sentados en el escritorio del trabajo y se nos dibuja una sonrisa en la cara. En tantos días yo estaré lejos y mi realidad será otra. 

El proceso tiene sus momentos de estrés. La reserva que se cae, los números que no cierran por ningún lado. Nunca cierran. Los eventos que no coinciden con las fechas, el trabajo que hay que dejar hecho, la vida que hay que congelar antes del gran escape. Los trámites. Los eternos trámites pre viaje que en algún punto te hacen sentir que te metiste en un quilombo. El miedo de volver y no poder afrontar el después. Ahí el viaje se ve lejano, imposible, en la otra punta del mundo. 
Cuando ya faltan pocos días la adrenalina, el frío por la espalda, vuelve. Son arranques de recuerdos de lo que se viene. Estás en la cola del super, con un paquete de fideos y la rutina que atosiga. Estás haciendo lo de siempre cuando te acordás que en poco tiempo ya no estarás ahí, estarás lo suficientemente lejos como para que no te importe la cena. Vas a estar viajando. Escalofríos. Viajando lejos. El supermercado será distinto, tendrá otros productos, la música no será bachata y a tu alrededor hablarán otro idioma, tal vez otros idiomas. Escalofríos. Me voy de viaje. Cierto que me voy de viaje.
La valija te hace sentir que ya casi estás en aquel lugar. Pensar en el clima, elegir los conjuntos para ir a caminar, para asistir a eventos o salir con gente que todavía no conocés. Elegís situaciones para vivir a través de un par de prendas. Armás un cronograma con remeras y zapatos. 

Pero ¿cuándo empieza, entonces, el viaje? 


En el 32 C, ventanilla. Cuando sentís el asiento mullido y creés que esa comodidad que tenés ahora va a permanecer 12 horas de vuelo. Cuando todavía no te importa tener las rodillas en la pera. Cuando ya no importa más nada lo que se queda, lo que no hiciste, lo que te olvidaste de traer y los que faltó saludar. 
Por la ventanita ovalada se ve el ala del avión con sus luces que ya titilan. Detrás, borrosa, se ve la pista iluminada. Ilumina el camino del escape, del momento más deseado. Se escuchan los sonidos, las puertas y bodegas que se cierran, las recomendaciones de seguridad, el capitán que te recibe, te dice la temperatura, la hora y el destino: tu destino. Tuyo y de nadie más. 
El motor se enciende y las turbinas empiezan a girar. Ya no hay vuelta atrás. Queda un solo vínculo con lo actual: el asfalto. Es que cuando el avión acelere por la pista iluminada, se te pegue la espalda al asiento por la fuerza de la velocidad, vas a sentir de nuevo la adrenalina que te recorre. Los escalofríos de nuevo. Ahí, en ese preciso instante, en ese segundo, cuando ya no sientas las ruedas girar sobre nada, cuando ya no toquen el cemento del piso, cuando ya no haya nada que se interponga más que el aire, el tiempo y la distancia, ahí te fuiste. Ahí ya estás de viaje.