6 de abril de 2015

El Paula

Tres o cuatro. No más. Un Carolina Herrera que me compró papá en un freeshop, un Lancôme que me regaló mi vieja para un cumpleaños de esos de edades importantes, tipo quince, dieciocho o veintiuno. Debe haber sido para el de veintiuno. Seguro. Sino no habría durado tanto. Y un Tommy Hilfiger, mi primer perfume importado. Tal vez haya uno más que ahora no me estoy acordando, pero creo que ese es todo mi historial.
Tengo otros, claro, los que uso diariamente. Que consumo como café o papel higiénico. Duran, como mucho, una temporada. Después voy y elijo otro, alterno las fragancias, pruebo cosas nuevas, total solo son unos meses. Son para oler bien delante del gerente, del entrevistado, para que no se me note el día encima en la última clase de la facultad a la noche. Son, eran, también, para vos.

Me acuerdo del Paula. Me acuerdo porque me lo compré la tarde que al fin dejaste de dar vueltas y me invitaste a salir. Fue una coincidencia algo forzada. Me había quedado sin perfume, iba a patear la compra hasta cobrar, pero apareciste con un plan nocturno y tuve que endeudarme para aromar la cita. Estuve un rato en la góndola probándome olores. Iba y venía comprando más cosas, esperando que entraran en la piel, adivinando cuál era cuál y viendo cómo cambiaban al estar en contacto conmigo. Me decidí por el Paula porque era fresco, casi otoñal, como esa noche de marzo. 


Cuando me perfumé por primera vez para vos no lo pensé, pero a medida que el tiempo juntos tomó un rumbo, a medida que la botellita empezó a reducirse en contenido, me di cuenta que había elegido un olor mío para vos. Quería que lo asociaras solo conmigo, que cuando lo sintieras y yo no estuviera te hiciera acordar solo a mí. Era el aroma que dejaba en tu almohada, en tu auto al bajarme. Era el que me sentías cuando me venías a buscar al trabajo. Me había preparado una versión de cartera, una que tenía siempre lista por si te veía de improviso. Veinte minutos antes de tenerte con la cara en el cuello me ponía un poco, para que cuando me abrazaras el Paula se mezclara con el shampoo y todo junto fuera el perfume del encuentro.

Lo nuestro se evaporó casi al mismo tiempo que los 100 ml del Paula se terminaron. Con el cambio de temporada vinieron otros perfumes, otros aromas destinados, otras fragancias en la cartera. No volví al Paula.   

Tres o cuatro, no más, siguen siendo los importados, y continúa la rotación de los perfumes diarios. Otra vez se terminó. De nuevo me paseo con fragancias mezcladas en el brazo, apestando las góndolas con un mix de perfumes mientras compro algodón y espero que los poros decidan mi próxima fragancia. Me cruzo con el Paula. En su cajita dorada, de perfecta simetría y letras cursivas. Encima hay un probador al que le quedan unas gotas. La curiosidad, producto del olvido, me lleva a rociarlo en el antebrazo, entre un Lucy Anderson y andá a saber qué otro.
Lo huelo y el recuerdo vuelve, fresco como si nunca se hubiera ido. Como si los otoños no hubieran pasado. Ahí está. Es mi olor para vos. El que fue mi olor con vos.




1 comentario:

Sofía Maidana dijo...

Pensaba pasar silenciosamente a leer e irme sin dejar huella pero nobleza obliga: tus letras son maravillosas Gala. Y no hay mucho más que agregar a eso. Un placer leerte!