18 de febrero de 2015

Mi primer viaje I


Mañana me voy de vacaciones. Mañana me voy de vacaciones sola. Sola. Vacaciones sola. Lo repito una y otra vez sentada en la punta de la cama mirando el bolso casi listo. Lo decidí hace dos semanas y desde entonces no dejo de comerme mi propia cara de fastidio cuando le cuento a cualquiera y, con los ojos abiertos como pelotas y un tono tipo Susana Giménez preguntando por dinosaurios vivos, exclaman: ¿SOLA?. Sí, sola.


Hay un misterio emocionante en torno a todo el plan. Desde la misma decisión, los preparativos y hasta la ejecución.
Hace diez días salí del trabajo y en vez de tomarme el 122 que va para el centro, me tomé el que va para la terminal y veinte minutos después estaba en la puerta de la estación con la mirada perdida en el hombre que vende chipá, el corazón latiendo a mil por hora y un papel en la mano que decía: Rosario - Mar del Plata. Coche cama. "Coche cama para vos que sos larga", dijo el vendedor de Chevallier. 


En los preparativos para el viaje me acompaña la extraña sensación de que me falta algo. No hay otra voz con quién dividir los deberes. Es la primera vez que armo una valija y no pregunto si a la otra persona o a mí le toca llevar el shampoo, si los documentos están con los pasajes y si la plata la dividimos o la lleva uno solo. Estoy delante de cuatro remeras prácticamente iguales. Una es negra con cuello redondo, la otra del mismo color en escote en V, una tercera sin mangas y la última "de salir". Puedo estar dos horas más pensando cuál llevar o decidirme por todas porque no tengo que hacerle espacio en mi bolso a nadie más. Ni las zapatillas que ocupan mucho lugar en aquella valija, ni las cremas que deforman el bolsito.
Cuando vaya al kiosko a comprarme comida para el viaje no tengo que acordarme de los pedidos de nadie, ni de los gustos, tampoco de recordar la economía compartida. Me voy a comprar una bolsa de caramelos enorme y me la voy a comer sola. Ni al del al lado le pienso dar.
Me imagino mañana con el bolso listo y la mochila preparada con el abrigo para las bajas temperaturas del ómnibus en la puerta de mi casa sin tener que hacer tiempo. No tengo que esperar que ningún impuntual termine su valija. No voy a tener que volver porque alguien se olvidó el pasaje. No tengo a quién preguntarle si trae la pasta de dientes. Cuando esté lista me voy.

Mañana me voy de vacaciones sola. 
Lo repito una y otra vez sentada en la punta de la cama. La sensación de extrañeza me recorre de nuevo como un hielo frío que me cae por la espalda. Es emoción. Pura emoción. Mañana me voy de vacaciones sola. 

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