23 de febrero de 2015

Mi primer viaje II

Llego a la terminal con una valija, una mochila y una bolsita de tela con comida y un termo porque estoy segura que no me van a dar una galletita vieja en todo el trayecto.
La mochila me pesa mucho. Es por los cuatro libros y la computadora que están a punto de provocarme una hernia. Mi mayor temor al viaje sola es el aburrimiento, así que me llevo surtido de lecturas para alternar y mi fiel compañera HP que será mi bloc de notas en esta aventura. También logré meter dos camperas, una almohada, un tapa ojos, los tapones para los oídos, una linterna por si quiero leer durante el viaje, los auriculares enormes Sony, un cargador portátil para el teléfono y un iPod con 32 gb de música renovada pensada especialmente para ámbito playero. Si voy a estar sola, voy a estar preparada.

Despacho el bolso entre grupos familiares con niños pequeños, parejas jóvenes, viejas aglomeradas que viajan en patota, como si fueran un equipo de rugby pero con olor a colonia, y unos pocos sueltos como yo. Mi valija negra y naranja se pierde de vista entre otras con florcitas, toneladas de reposeras, heladeras, bolsos de Mickey y sombrillas. Al lado mío dos mujeres notan que sus reposeras son idénticas y buscan algo con qué identificarlas. Sé que debajo de las dos camperas, la almohada, los auriculares, los tapones, el iPod, la linterna y el cargador tengo un Sharpie, pero mi vagancia le gana a mi buena voluntad y me escabullo al colectivo con vergüenza, como si ellas supieran que yo tengo un fibrón y no quiero ponerme a buscarlo.
Me ubico en mi asiento justo cuando cierran la baulera y la adrenalina me recorre el cuerpo. Ya no hay vuelta atrás. Cuando esa puerta se cierre estaré en camino a mi primer viaje sola y no tengo ni las más pálida idea de lo que me depara el destino para los próximos días. No me preocupa. No me importa. Me excita.
Suspiro relajada, corro la cortina, elijo una buena canción entre los 200 discos y miro a los que se quedaron a despedir el colectivo. Todas sus miradas están posadas en alguien que no soy yo. Agitan los brazos y hablan haciendo mímica, diciendo cosas probablemente innecesarias e inentendibles. 
Los de adentro responden "chau", "nos vemos", "te llamo". Los escucho yo, lo escuchan los de al lado, lo escuchan ellos mismos, pero no los escuchan los de afuera. Otros son más prácticos y llaman por teléfono para hacerse entender. Busco, por reflejo, una cara familiar, un par de ojos posados en mí, pero todos ya tienen dueño.
Pienso si me molesta, si me está haciendo falta la despedida de alguien, si quisiera que hubiera una persona allá abajo diciéndome que me ponga protector cuando esté al sol. No siento nada. No siento envidia por las despedidas ajenas, ni nostalgia, remordimiento o dudas. Me preocupa más saber cuál es la próxima canción. 


Si no leíste Mi primer viaje I, hacé click acá. 



No hay comentarios: