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Los pasos de la costumbre

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Estoy tirada en el suelo, con la cabeza metida debajo del sommier, tratando de cazar una pelusa que se escabulle de la punta de la aspiradora nueva. Está allá lejos, a 1.25 metros de mi mano. Está agarrada a la pata de la cama y no se suelta. Ella no acepta su fatal destino y yo no acepto que una pelusa me vaya a vencer. Esta es mi casa y ninguna pelusa me va a ganar. 
Salgo de abajo de la cama victoriosa, con la frente transpirada, y le sonrío a mi gata que mira la secuencia con curiosidad, desde la comodidad de mi almohada. A esta altura más suya que mía. 
Me quedo arrodillada al lado del sommier. Me soplo el pelo que me cae sobre la cara y repaso con la mirada los rincones de la habitación en busca de polvo rebelde. Me miro y noto que tengo pegado en la ropa todo lo que acabo de limpiar.

El cansancio me vence y quedo sentada en el piso, con la espalda apoyada sobre la puerta del placard blanco. Apoyada sobre la puerta que se traba. La otra se desliza bien. Todavía no entiendo bien qué…

Cuando te fuiste

*adaptación de un email para V.

¿Cuándo empieza un viaje? 
Creo que en la proyección misma. Cuando elegís un destino, lo marcás con un círculo rojo mental, hacés la elección y de pronto deja de ser el nombre de un sitio y empieza a tener un vínculo personal con vos. Es tuyo. Ahora te atraviesa. 

Hay una adrenalina única en el botón de comprar un pasaje, en el dinero sobre el escritorio de la agencia de turismo. El tener un boleto, una fecha, convierte el viaje en algo palpable. Ya no es un sueño, es un hecho. 
Lo empezás a palpitar en la organización. Elegís los sitios a visitar, el lugar a dónde vas a parar y armás las rutas de los paseos. Mirás fotos y te imaginás ahí, en esa esquina, delante de ese pequeño café con manteles a cuadros rojos y blancos. Cerrás los ojos y estás ahí por una fracción de segundo. La ansiedad te recorre la espalda y te da escalofríos.
Vas a estar lejos de acá. Lejos de esta rutina. Lejos. En otro lugar, con otro clima, con edificios que nunca viste y caras que…

El problema con vos

¿Sabés qué pasa?
¿Sabés qué es lo que me da más bronca de todo esto? No es que todavía piense en vos, porque en general todo me recuerda a tu persona. Las esquinas, nuestras esquinas. La de tu laburo, la del mío, la del parque en la que nos encontrábamos para ir a caminar. Extraño, un poco, tal vez más que un poco, los besos en esas veredas, los besos de los encuentros. La intensidad dependiendo la cantidad de horas que hacía que no nos veíamos.
El otoño me hace acordar a vos. Cuando me hacías flores con las hojas de colores y me las ponías detrás de la oreja. Las verdulerías me hacen acordar a vos. Tu lugar favorito en el mundo. Eran como una juguetería para vos. Probar esa cantidad de combinaciones de frutas y verduras extrañas. El entusiasmo por inventar nuevas mezclas. Lo raro me hace acordar a vos.
La cama me hace acordar a vos. No a las horas acostados, sino a cuando la compramos. Que no pasaba por el marco de la puerta y sugeriste, en serio, cortarle un pedazo con la moladora porq…

El Paula

Tres o cuatro. No más. Un Carolina Herrera que me compró papá en un freeshop, un Lancôme que me regaló mi vieja para un cumpleaños de esos de edades importantes, tipo quince, dieciocho o veintiuno. Debe haber sido para el de veintiuno. Seguro. Sino no habría durado tanto. Y un Tommy Hilfiger, mi primer perfume importado. Tal vez haya uno más que ahora no me estoy acordando, pero creo que ese es todo mi historial.
Tengo otros, claro, los que uso diariamente. Que consumo como café o papel higiénico. Duran, como mucho, una temporada. Después voy y elijo otro, alterno las fragancias, pruebo cosas nuevas, total solo son unos meses. Son para oler bien delante del gerente, del entrevistado, para que no se me note el día encima en la última clase de la facultad a la noche. Son, eran, también, para vos.

Me acuerdo del Paula. Me acuerdo porque me lo compré la tarde que al fin dejaste de dar vueltas y me invitaste a salir. Fue una coincidencia algo forzada. Me había quedado sin perfume, iba a pate…

Mi primer viaje II

Llego a la terminal con una valija, una mochila y una bolsita de tela con comida y un termo porque estoy segura que no me van a dar una galletita vieja en todo el trayecto.
La mochila me pesa mucho. Es por los cuatro libros y la computadora que están a punto de provocarme una hernia. Mi mayor temor al viaje sola es el aburrimiento, así que me llevo surtido de lecturas para alternar y mi fiel compañera HP que será mi bloc de notas en esta aventura. También logré meter dos camperas, una almohada, un tapa ojos, los tapones para los oídos, una linterna por si quiero leer durante el viaje, los auriculares enormes Sony, un cargador portátil para el teléfono y un iPod con 32 gb de música renovada pensada especialmente para ámbito playero. Si voy a estar sola, voy a estar preparada.

Despacho el bolso entre grupos familiares con niños pequeños, parejas jóvenes, viejas aglomeradas que viajan en patota, como si fueran un equipo de rugby pero con olor a colonia, y unos pocos sueltos como yo. Mi val…

Mi primer viaje I

Mañana me voy de vacaciones. Mañana me voy de vacaciones sola. Sola. Vacaciones sola. Lo repito una y otra vez sentada en la punta de la cama mirando el bolso casi listo. Lo decidí hace dos semanas y desde entonces no dejo de comerme mi propia cara de fastidio cuando le cuento a cualquiera y, con los ojos abiertos como pelotas y un tono tipo Susana Giménez preguntando por dinosaurios vivos, exclaman: ¿SOLA?. Sí, sola.

Hay un misterio emocionante en torno a todo el plan. Desde la misma decisión, los preparativos y hasta la ejecución.
Hace diez días salí del trabajo y en vez de tomarme el 122 que va para el centro, me tomé el que va para la terminal y veinte minutos después estaba en la puerta de la estación con la mirada perdida en el hombre que vende chipá, el corazón latiendo a mil por hora y un papel en la mano que decía: Rosario - Mar del Plata. Coche cama. "Coche cama para vos que sos larga", dijo el vendedor de Chevallier. 

En los preparativos para el viaje me acompaña la …

Conversaciones breves XI: Cosa de locos

- ¿Qué hiciste qué?

- lo que escuchaste, Alejandra. 

- ¿y no se te ocurrió llamarme antes de hacer eso? Digo, para que adelantáramos el turno, lo charláramos y así evitarte esa situación.

- pero si te escribí...¿no te acordás?

- ¿te referís a ese mensaje de WhatsApp?

- ¡claro! Te pedí de adelantar el turno y bueno, no pudiste.

- ¡ay! ¡pero no me dijiste que era por esto! Pensé que tenías que trabajar, como a veces te pasa...

- no supe cómo explicarme por WhatsApp, además tampoco me convencía la idea de adelantar el turno por esto. Era una exageración, ni que se hubiera muerto alguien.
- por eso digo que podrías haberme llamado. Podés hacerlo, lo sabés. Además no es una exageración si es algo que te incomoda o preocupa...Y si me escribiste fue porque evaluaste la posibilidad de venir. 
- y sí, porque estaba inquieta, angustiada. Sentía que a lo mejor se me estaba escapando algo, algo que no podía ver de mi enojo. Y viste que vos medio que funcionás de voz de mi consciencia que suelo callar.

- ¿…