1 de diciembre de 2014

El 115


-Ya está, se terminó- le dije cortando el silencio adornado por el ruido ambiente de tazas chocando con platos en el bar. Por debajo de la mesa apreté muy fuerte la cuerina de la silla con las dos manos.


Me observó por unos segundos que, creo, fueron eternos. Si yo hubiera desviado la mirada el plan ensayado, practicado hasta el cansancio, se hubiera venido abajo. Me mantuve con determinación mientras su cara mutaba de la inexpresividad absoluta (algo que le salía tan bien) a una tristeza que le oscureció el color verde de los ojos, pasando por gestos de susto y desesperación. Dudé, casi me quebré y retracté. Apreté un poco más fuerte la cuerina hasta sentir las uñas clavarse en el plástico marrón y lo seguí mirando fijamente.
Giró la cabeza, miró por la ventana y siguió un 115 que pasaba por Santa Fe. El colectivo se fue pero él no apartó la vista de la parada. El silencio volvió por un rato y yo solté la base del asiento. 
De costado pude ver cómo los ojos se le pusieron vidriosos. Empecé apretar otra vez, de a poco, el asiento de la silla ubicando con el dedo índice un agujerito en la tela dura. Seguí atenta el curso del agua que apareció en sus ojos, pero al pestañear ninguna lágrima cayó. Solté la cuerina. 

-No tengo nada más que hacer acá, entonces. Perdí lo último que quedaba- respondió con la vista clavada en el poste azul con números y yo apreté tan fuerte que el agujerito en la tela se convirtió en agujero y empecé a sentir espuma entre mis dedos. Pasó otro 115 y a alguien en otra mesa se le cayó el vaso de soda que acompaña el cortado. Esto lo obligó apartar la mirada perdida de la garita y volver a la realidad del bar. Aprovechando la interrupción al silencio, a nuestro silencio, se paró, pagó la cuenta en la barra, volvió a la mesa y en un acto de despedida me abrazó fuerte. Me quedé sentada sola, delante de nuestra última merienda juntos, viéndolo irse en la misma dirección que el 115. Quise correr, pero me quedé estrujando la espuma en mis manos.

Pasaron muchos 115. Los vi a todos desde la ventana del bar, mientras apretaba fuerte la cuerina de una silla.

1 comentario:

Gabriel dijo...

Qué tristeza. Así se me va todo, y voy pensando que perdí lo último que me quedaba. Pero igual no termina ahi; siempre se puede sufrir un poco más.