18 de diciembre de 2014

Conversaciones breves X: Hay equipo


Ese día entré al consultorio como si me hubiera empujado un viento. Alejandra quiso saludarme y yo pasé casi corriendo por su lado, me senté en la silla, me giré apoyándome sobre el respaldo y, mientras ella venía caminando hacia mí por detrás, empecé a hablar a toda velocidad: 


- Hola Gala, ¿cómo est...

- escuchame Alejandra, tenemos lo que dure esta sesión para armar un plan y que yo lo ejecute hoy mismo. Yo te digo lo que tengo pensado y vos me decís si es una locura. ¿Ok?

- no creo que el planear todo funcione, Gala. Ya hemos hablado que las cosas casi nunca salen como uno espera.

Hija de puta, pensé.

- sí sí, ya sé, planear menos, vivir más. Pero si lo armamos bien, creo que puede andar. Con mis ideas y tus conclusiones sobre mis ideas podemos sacar algo en limpio y liquido todo esto hoy. ¿Entendés? ¡Finishela! ¡Sanseacabó! ¡Kaput!

- mirá, Gala, sabés que no es tan sencillo como lo que venís a plantear hoy. Estas cosas llevan tiempo, no vas a poder enfriar este tema ya mismo.

- pero yo no quiero seguir dando vueltas con esto. Sé que si logro resolverlo esta tarde, mañana voy a estar aliviada y se va a ir para siempre esa molestia. ¡Por eso es que ideé un súper plan que no puede fallar!

- bueno, contame, pero no te encierres en la idea de que tu propuesta hoy termina todo. 


- ¡Alejandra, no me tires esto abajo! ¡Yo pensé que éramos un equipo nosotros tres!

- ¿nosotros tres? ¿quiénes somos nosotros tres, Gala?

- ¡Vos, yo y Freud, claro! 



1 de diciembre de 2014

El 115


-Ya está, se terminó- le dije cortando el silencio adornado por el ruido ambiente de tazas chocando con platos en el bar. Por debajo de la mesa apreté muy fuerte la cuerina de la silla con las dos manos.


Me observó por unos segundos que, creo, fueron eternos. Si yo hubiera desviado la mirada el plan ensayado, practicado hasta el cansancio, se hubiera venido abajo. Me mantuve con determinación mientras su cara mutaba de la inexpresividad absoluta (algo que le salía tan bien) a una tristeza que le oscureció el color verde de los ojos, pasando por gestos de susto y desesperación. Dudé, casi me quebré y retracté. Apreté un poco más fuerte la cuerina hasta sentir las uñas clavarse en el plástico marrón y lo seguí mirando fijamente.
Giró la cabeza, miró por la ventana y siguió un 115 que pasaba por Santa Fe. El colectivo se fue pero él no apartó la vista de la parada. El silencio volvió por un rato y yo solté la base del asiento. 
De costado pude ver cómo los ojos se le pusieron vidriosos. Empecé apretar otra vez, de a poco, el asiento de la silla ubicando con el dedo índice un agujerito en la tela dura. Seguí atenta el curso del agua que apareció en sus ojos, pero al pestañear ninguna lágrima cayó. Solté la cuerina. 

-No tengo nada más que hacer acá, entonces. Perdí lo último que quedaba- respondió con la vista clavada en el poste azul con números y yo apreté tan fuerte que el agujerito en la tela se convirtió en agujero y empecé a sentir espuma entre mis dedos. Pasó otro 115 y a alguien en otra mesa se le cayó el vaso de soda que acompaña el cortado. Esto lo obligó apartar la mirada perdida de la garita y volver a la realidad del bar. Aprovechando la interrupción al silencio, a nuestro silencio, se paró, pagó la cuenta en la barra, volvió a la mesa y en un acto de despedida me abrazó fuerte. Me quedé sentada sola, delante de nuestra última merienda juntos, viéndolo irse en la misma dirección que el 115. Quise correr, pero me quedé estrujando la espuma en mis manos.

Pasaron muchos 115. Los vi a todos desde la ventana del bar, mientras apretaba fuerte la cuerina de una silla.