17 de noviembre de 2014

Conclusiones sobre el inconsciente


Siempre salgo de la psicóloga enojada. Me molesta que me deje como tarea torturarme. Se sienta, me escucha en silencio mientras le vomito mis preocupaciones y cuando estamos llegando al final, saca una conclusión que me hace caer la estantería y usa su frase de cabecera para despacharme: "Vamos a dejarlo acá", me dice mientras cierra con un golpecito seco su cuaderno, mi cuaderno del inconsciente.

Uso las cuadras que separan su consultorio de mi casa para putearla por hacerme pensar. No recuerdo vez que haya bajado la escalera de la clínica sin decir: "hija de puta". 


Cuando me voy, en la sala de espera siempre están las mismas personas aguardando su turno para que uno de todos los psicólogos de ese sitio los torture a ellos. Siempre son los mismos cuatro. Una mujer joven muy agradable y sonriente (la siguiente víctima de mi psicóloga), un tipo vestido de oficinista que revisa su Blackberry mientras espera, una señora con una nena y un tipo raro.
Todos los miércoles nos saludamos como buenos vecinos que se cruzan por las mañanas. "Hola, ¿cómo va?", "¿qué tal?", "chau, nos vemos". Una cortesía que ya es costumbre y a veces se prolonga en conversaciones breves entre algunos de nosotros. Como si el encuentro semanal reiterado durante meses nos obligara a hacernos partícipes de la vida de los otros tan sólo unos minutos. No sabemos nada del otro, pero compartimos un momento que hasta puede ser muy íntimo. A veces cuando salgo la nena está llorando, el tipo raro está contento, la chica agradable parece tener miedo y el del Blackberry tiene la mirada perdida. Yo sé que ellos estarán ahí cuando yo me vaya y ellos saben que cuando la puerta del consultorio 6 se abra, saldré yo. A veces sonriente, algunas llorando y otras simplemente más enojada de lo que entré. 

- A lo mejor vos hacés esas cosas para después tener la razón...-dijo mi psicóloga, la semana pasada, dejando la birome sobre el escritorio- Vamos a dejarlo acá -el cuaderno Rivadavia de tapa dura se cerró y con sonido seco se terminó la sesión.


- ¿a vos te parece? ¡pero eso sería boicotearme a mí misma! ¿Qué sentido tiene hacerme eso?

- y...no sé. Lo iremos viendo, pero el inconsciente funciona de una forma extraña- respondió encongiéndose de hombros y poniéndose en puntas de pie para darme un beso en el cachete. 


Cerró la puerta. Hija de puta. 

Caminé por el pasillo hasta llegar al hall donde los cuatro de siempre giraron las cabezas y empezaron los saludos. 
Pasé por delante de ellos mientras los miraba devolviendo las cortesías. Antes de perderme en la escalera, me di vuelta y señalándolos con el paraguas dije:

- ¿Saben qué? El inconsciente es un garrón.

Y me fui puteando bajito.



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