27 de octubre de 2014

Crónicas de viaje II: Una noche en el Denny's de Federal Way.

Es cerca de la medianoche en Federal Way, una localidad cercana a Seattle, en el norte del estado de Washington. Sara se baja del auto de su amigo Tony, un Mazda blanco viejo, con rayones y muchos golpes. Los dos caminan apurados por el estacionamiento del restaurante Denny's, una de las tantas cadenas de comida rápida que hay en cada pueblo de Estados Unidos. Sara es cortita, afroamericana, lleva el pelo planchado y una vincha negra que no se distingue. Tony es rubio, tiene barba candado, usa unos pantalones tres talles más grandes, una remera blanca enorme y, pese al calor, lleva un buzo del equipo de fútbol americano Seahawks y dos gorras: una negra de lanilla y por encima una con visera del mismo equipo.

Sara no termina de entrar que ya tiene el delantal negro puesto y está ayudando a su compañera Molly a levantar los platos sucios de una mesa ahora vacía. En el Denny's del gran mall de Federal Way hay cuatro mesas ocupadas y dos personas en la barra. En la esquina del local, contra una ventana, un chico duerme sentado junto a una silla de auto para bebés. Tiene la cabeza apoyada contra el vidrio. De la silla de bebés, tapada por completo por una frazada infantil, asoman unos piecitos dormidos. El chico sólo se incorpora cuando Molly le acerca unos waffles con miel y frutillas. Dos mesas más lejos, cerca de la puerta de la cocina, tres jóvenes mexicanas muy producidas se pasan sus iPhones entre ellas y se ríen. Del otro lado, entre la salida de emergencia y los baños, dos padres jóvenes intentan que su pequeño hijo termine su cena para pagar e irse. En la mesa de al lado un hombre canoso toma Coca Cola con mucho hielo en un vaso de plástico mientras lee el diario de ayer. En la barra, mientras tanto, un tipo con muchos anillos de oro y el pelo teñido de colorado hace crucigramas y toma café en una taza blanca. El de al lado mira fijamente un viejo celular con tapita y masculla palabras que nadie entiende. Tiene puesta una remera que pudo haber sido gris pero ahora es casi negra. Lleva una barba blanca de unas cuantas semanas y una gorra de béisbol a tono con la remera. Cada tanto se para, da vueltas por el bar como buscando a alguien en las mesas, habla solo y se vuelve a sentar delante de un plato con restos de huevo.


Tony va y viene por la barra preparando las bebidas que Sara le va encargando. A diferencia del resto del personal, no lleva uniforme y no parece que vaya a ponérselo. Un cuchillo grande y enfundado le cuelga del cinturón y se asoma por encima de la remera y el buzo. Habla un inglés cerrado y dice cosas que Sara responde con gritos y carcajadas.

Cada tanto Sara se esconde detrás de la barra y se sopla los mocos con una servilleta de Deny's. Antes de venir a trabajar estuvo en lo de Tony cenando con él y su prometida y el perro caniche de ella le dio alergia. Estuvieron festejando que Tony y su novia ya tienen salón para celebrar la boda. Tony se muestra feliz, hace mucho que buscaban el ideal. Llega un chico alto, flaco, al que la barba y el bigote le agregan varios años. Tiene puesto un chaleco de cuero viejo, roto, con algunos parches. Se sienta en silencio en la barra y Tony, sin intercambiar palabra, le acerca un café negro en una taza con el logo de la franquicia. Toma el café en silencio mirando el reloj, que marca que recién es la 1 am. De pronto se levanta, sale del restaurant, se sube al auto de Tony y se va en reversa la cuadra entera. El café queda solo en la barra echando humo caliente.

Cada media hora un hombre muy parecido a Eddie Vedder pasa por la puerta en bicicleta y da una vuelta por el estacionamiento casi vacío del mall. Aparece cuando pasa debajo de alguno de los postes de luz del gran playón de cemento y luego se vuelve a perder en la oscuridad.


A diferencia de casi todos los bares Estados Unidos, este Denny's no tiene música pero sí un ruido constante que lo adorna y le hace olvidar a uno que es la madrugada de un miércoles. Cerca de las 3 am llegan unos amigos de Tony en un Honda negro. Se estacionan bien cerca de la puerta y fuman cigarrillos con él cuando no está adentro preparando bebidas. Sara se queda apoyada en la barra con la cafetera entre su brazo izquierdo y la caja registradora. Alterna la mirada entre su mano regordeta derecha y la izquierda y se mira los dedos anulares. Los mueve para que la luz se refleje sobre los dos anillos de brillantes que tiene en cada uno. El de la mano izquierda es el que su novio James le dio al comprometerse y el de la derecha el que le regaló el pasado Día de San Valentín. A ella le gusta más el segundo, pero nunca se lo dirá.

Sara es de Phoenix, Arizona, pero hace dos años vino de visita y se quedó para siempre. Cada tanto debe viajar a visitar a su familia, en especial a su abuela, que la reclama. Al igual que ella, vino de visita a Estados Unidos desde Ghana y nunca regresó. Pese a que sus padres le piden que vaya más seguido, Sara hace meses que no viaja porque quiere ahorrar. Ella y James se iban a casar en enero pero el auto se les rompió y debieron suspender la boda. Luego su novio se quedó sin trabajo y otra vez la postergaron.

El sol empieza a asomarse por el volcán Monte Rainier cuando Sara cambia los estornudos por bostezos. Se levanta de la barra, hace el cierre de caja, pasa por la cocina a saludar a Miguel y Enzo, le sirve un último café a un cliente que acaba de entrar y se va al fondo a dejar el delantal. Antes de irse pasa por el tablero táctil y apoya el dedo pulgar. Ahora sólo le faltan diez marcas más para un vestido de novia. 

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