23 de junio de 2014

El pueblo que duerme

Para mí Zavalla siempre fue una aventura, un destino incierto, un escape del cemento conocido. Es lo que cualquier local odiaría: un destino turístico. En Zavalla caminás y la gente sabe que no sos de ahí. Es tu ropa, tu forma de andar, es tu cara desconocida. Al local no le gusta que andes de excursión por el pueblo y encima exclames lo pintoresco que te resulta el perro peludo durmiendo en la vereda caliente.
En Zavalla cuando pedís indicaciones te las dan en metros o referencias fijas. Cuando llegás a la puerta verde, doblás en esa esquina y el almacén está ahí al toque. ¿Y si me pierdo? Acá no te perdés. Y vos hacés caso, salís, das algunas vueltas intentando perderte y no hay con qué darle, de una forma u otra volvés al mismo lugar. A la única casa con un girasol del tamaño de un poste adornando el jardín frontal. O a la casa de ventanas llenas de telas de araña y una puerta que nadie podría creer que tiene cerradura. Una casa simétrica, hecha por un arquitecto obsesivo, que le puso dos ventanas a cada lado, a la misma distancia de la puerta, y con dos habitantes que le agregaron su toque con dos macetas, también a cada lado de la puerta, sin plantas. Nadie se lleva las macetas. Son parte de la fachada, no se roban, hacen a la simetría de la casa.

El pueblo es tan tranquilo que desde la habitación de la casa con el girasol se escucha cuando alguien no cerró bien la puerta de un Banelco, el Banelco, a dos cuadras. Es un sonido molesto que interrumpe la música que hacen los árboles del bosque de Agronomía. Como si fuera una canilla del baño que pierde, ir hasta el cajero cercano y cerrar la puerta es casi como ir hasta el baño y hacerse cargo de la gota que molesta.

En Zavalla hay distancias que parecen largas. De las casas conocidas, la del girasol y la de las macetas, hay que atravesar una brecha para llegar a las profundidades del bosque que rompe con el paisaje del adormilado pueblo santafecino. Las cuadras se cortan ante un portón de madera que da comienzo a un predio salvaje. Es un laberinto de plantas y árboles que está rodeado por casitas petisas, de estilo racionalista, similares entre sí aunque estén pintadas de distintos colores. A medida que uno avanza por el bosque, el ruido a siesta eterna se pierde entre cantar de los pájaros y las ranas, y por momentos uno olvida que afuera, alrededor, atrás y adelante, un pueblito descansa.

Hay un caballo que está en un terrenito cerca del portón del bosque, pero en realidad es un pony, o un petiso. Yo no entiendo la diferencia, me la explicaron. Como me explicaron todo Zavalla. Aprendí que en Zavalla se anda tranquilo, sin pensar y silbando bajito. Aprendí que para llegar a la casa simétrica no necesitás saber el nombre de la calle, siempre está ahí, bajándote en la plaza y caminando un poco para la izquierda y otro a la derecha.
¿Y si te perdés? Da una vuelta más. A lo mejor te cruzás con la casa del girasol gigante o con el portón del bosque. O a lo mejor le das una vuelta completa al pueblo. Eso sí, no hagas ruido, están durmiendo.