18 de diciembre de 2014

Conversaciones breves X: Hay equipo


Ese día entré al consultorio como si me hubiera empujado un viento. Alejandra quiso saludarme y yo pasé casi corriendo por su lado, me senté en la silla, me giré apoyándome sobre el respaldo y, mientras ella venía caminando hacia mí por detrás, empecé a hablar a toda velocidad: 


- Hola Gala, ¿cómo est...

- escuchame Alejandra, tenemos lo que dure esta sesión para armar un plan y que yo lo ejecute hoy mismo. Yo te digo lo que tengo pensado y vos me decís si es una locura. ¿Ok?

- no creo que el planear todo funcione, Gala. Ya hemos hablado que las cosas casi nunca salen como uno espera.

Hija de puta, pensé.

- sí sí, ya sé, planear menos, vivir más. Pero si lo armamos bien, creo que puede andar. Con mis ideas y tus conclusiones sobre mis ideas podemos sacar algo en limpio y liquido todo esto hoy. ¿Entendés? ¡Finishela! ¡Sanseacabó! ¡Kaput!

- mirá, Gala, sabés que no es tan sencillo como lo que venís a plantear hoy. Estas cosas llevan tiempo, no vas a poder enfriar este tema ya mismo.

- pero yo no quiero seguir dando vueltas con esto. Sé que si logro resolverlo esta tarde, mañana voy a estar aliviada y se va a ir para siempre esa molestia. ¡Por eso es que ideé un súper plan que no puede fallar!

- bueno, contame, pero no te encierres en la idea de que tu propuesta hoy termina todo. 


- ¡Alejandra, no me tires esto abajo! ¡Yo pensé que éramos un equipo nosotros tres!

- ¿nosotros tres? ¿quiénes somos nosotros tres, Gala?

- ¡Vos, yo y Freud, claro! 



1 de diciembre de 2014

El 115


-Ya está, se terminó- le dije cortando el silencio adornado por el ruido ambiente de tazas chocando con platos en el bar. Por debajo de la mesa apreté muy fuerte la cuerina de la silla con las dos manos.


Me observó por unos segundos que, creo, fueron eternos. Si yo hubiera desviado la mirada el plan ensayado, practicado hasta el cansancio, se hubiera venido abajo. Me mantuve con determinación mientras su cara mutaba de la inexpresividad absoluta (algo que le salía tan bien) a una tristeza que le oscureció el color verde de los ojos, pasando por gestos de susto y desesperación. Dudé, casi me quebré y retracté. Apreté un poco más fuerte la cuerina hasta sentir las uñas clavarse en el plástico marrón y lo seguí mirando fijamente.
Giró la cabeza, miró por la ventana y siguió un 115 que pasaba por Santa Fe. El colectivo se fue pero él no apartó la vista de la parada. El silencio volvió por un rato y yo solté la base del asiento. 
De costado pude ver cómo los ojos se le pusieron vidriosos. Empecé apretar otra vez, de a poco, el asiento de la silla ubicando con el dedo índice un agujerito en la tela dura. Seguí atenta el curso del agua que apareció en sus ojos, pero al pestañear ninguna lágrima cayó. Solté la cuerina. 

-No tengo nada más que hacer acá, entonces. Perdí lo último que quedaba- respondió con la vista clavada en el poste azul con números y yo apreté tan fuerte que el agujerito en la tela se convirtió en agujero y empecé a sentir espuma entre mis dedos. Pasó otro 115 y a alguien en otra mesa se le cayó el vaso de soda que acompaña el cortado. Esto lo obligó apartar la mirada perdida de la garita y volver a la realidad del bar. Aprovechando la interrupción al silencio, a nuestro silencio, se paró, pagó la cuenta en la barra, volvió a la mesa y en un acto de despedida me abrazó fuerte. Me quedé sentada sola, delante de nuestra última merienda juntos, viéndolo irse en la misma dirección que el 115. Quise correr, pero me quedé estrujando la espuma en mis manos.

Pasaron muchos 115. Los vi a todos desde la ventana del bar, mientras apretaba fuerte la cuerina de una silla.

17 de noviembre de 2014

Conclusiones sobre el inconsciente


Siempre salgo de la psicóloga enojada. Me molesta que me deje como tarea torturarme. Se sienta, me escucha en silencio mientras le vomito mis preocupaciones y cuando estamos llegando al final, saca una conclusión que me hace caer la estantería y usa su frase de cabecera para despacharme: "Vamos a dejarlo acá", me dice mientras cierra con un golpecito seco su cuaderno, mi cuaderno del inconsciente.

Uso las cuadras que separan su consultorio de mi casa para putearla por hacerme pensar. No recuerdo vez que haya bajado la escalera de la clínica sin decir: "hija de puta". 


Cuando me voy, en la sala de espera siempre están las mismas personas aguardando su turno para que uno de todos los psicólogos de ese sitio los torture a ellos. Siempre son los mismos cuatro. Una mujer joven muy agradable y sonriente (la siguiente víctima de mi psicóloga), un tipo vestido de oficinista que revisa su Blackberry mientras espera, una señora con una nena y un tipo raro.
Todos los miércoles nos saludamos como buenos vecinos que se cruzan por las mañanas. "Hola, ¿cómo va?", "¿qué tal?", "chau, nos vemos". Una cortesía que ya es costumbre y a veces se prolonga en conversaciones breves entre algunos de nosotros. Como si el encuentro semanal reiterado durante meses nos obligara a hacernos partícipes de la vida de los otros tan sólo unos minutos. No sabemos nada del otro, pero compartimos un momento que hasta puede ser muy íntimo. A veces cuando salgo la nena está llorando, el tipo raro está contento, la chica agradable parece tener miedo y el del Blackberry tiene la mirada perdida. Yo sé que ellos estarán ahí cuando yo me vaya y ellos saben que cuando la puerta del consultorio 6 se abra, saldré yo. A veces sonriente, algunas llorando y otras simplemente más enojada de lo que entré. 

- A lo mejor vos hacés esas cosas para después tener la razón...-dijo mi psicóloga, la semana pasada, dejando la birome sobre el escritorio- Vamos a dejarlo acá -el cuaderno Rivadavia de tapa dura se cerró y con sonido seco se terminó la sesión.


- ¿a vos te parece? ¡pero eso sería boicotearme a mí misma! ¿Qué sentido tiene hacerme eso?

- y...no sé. Lo iremos viendo, pero el inconsciente funciona de una forma extraña- respondió encongiéndose de hombros y poniéndose en puntas de pie para darme un beso en el cachete. 


Cerró la puerta. Hija de puta. 

Caminé por el pasillo hasta llegar al hall donde los cuatro de siempre giraron las cabezas y empezaron los saludos. 
Pasé por delante de ellos mientras los miraba devolviendo las cortesías. Antes de perderme en la escalera, me di vuelta y señalándolos con el paraguas dije:

- ¿Saben qué? El inconsciente es un garrón.

Y me fui puteando bajito.



27 de octubre de 2014

Crónicas de viaje II: Una noche en el Denny's de Federal Way.

Es cerca de la medianoche en Federal Way, una localidad cercana a Seattle, en el norte del estado de Washington. Sara se baja del auto de su amigo Tony, un Mazda blanco viejo, con rayones y muchos golpes. Los dos caminan apurados por el estacionamiento del restaurante Denny's, una de las tantas cadenas de comida rápida que hay en cada pueblo de Estados Unidos. Sara es cortita, afroamericana, lleva el pelo planchado y una vincha negra que no se distingue. Tony es rubio, tiene barba candado, usa unos pantalones tres talles más grandes, una remera blanca enorme y, pese al calor, lleva un buzo del equipo de fútbol americano Seahawks y dos gorras: una negra de lanilla y por encima una con visera del mismo equipo.

Sara no termina de entrar que ya tiene el delantal negro puesto y está ayudando a su compañera Molly a levantar los platos sucios de una mesa ahora vacía. En el Denny's del gran mall de Federal Way hay cuatro mesas ocupadas y dos personas en la barra. En la esquina del local, contra una ventana, un chico duerme sentado junto a una silla de auto para bebés. Tiene la cabeza apoyada contra el vidrio. De la silla de bebés, tapada por completo por una frazada infantil, asoman unos piecitos dormidos. El chico sólo se incorpora cuando Molly le acerca unos waffles con miel y frutillas. Dos mesas más lejos, cerca de la puerta de la cocina, tres jóvenes mexicanas muy producidas se pasan sus iPhones entre ellas y se ríen. Del otro lado, entre la salida de emergencia y los baños, dos padres jóvenes intentan que su pequeño hijo termine su cena para pagar e irse. En la mesa de al lado un hombre canoso toma Coca Cola con mucho hielo en un vaso de plástico mientras lee el diario de ayer. En la barra, mientras tanto, un tipo con muchos anillos de oro y el pelo teñido de colorado hace crucigramas y toma café en una taza blanca. El de al lado mira fijamente un viejo celular con tapita y masculla palabras que nadie entiende. Tiene puesta una remera que pudo haber sido gris pero ahora es casi negra. Lleva una barba blanca de unas cuantas semanas y una gorra de béisbol a tono con la remera. Cada tanto se para, da vueltas por el bar como buscando a alguien en las mesas, habla solo y se vuelve a sentar delante de un plato con restos de huevo.


Tony va y viene por la barra preparando las bebidas que Sara le va encargando. A diferencia del resto del personal, no lleva uniforme y no parece que vaya a ponérselo. Un cuchillo grande y enfundado le cuelga del cinturón y se asoma por encima de la remera y el buzo. Habla un inglés cerrado y dice cosas que Sara responde con gritos y carcajadas.

Cada tanto Sara se esconde detrás de la barra y se sopla los mocos con una servilleta de Deny's. Antes de venir a trabajar estuvo en lo de Tony cenando con él y su prometida y el perro caniche de ella le dio alergia. Estuvieron festejando que Tony y su novia ya tienen salón para celebrar la boda. Tony se muestra feliz, hace mucho que buscaban el ideal. Llega un chico alto, flaco, al que la barba y el bigote le agregan varios años. Tiene puesto un chaleco de cuero viejo, roto, con algunos parches. Se sienta en silencio en la barra y Tony, sin intercambiar palabra, le acerca un café negro en una taza con el logo de la franquicia. Toma el café en silencio mirando el reloj, que marca que recién es la 1 am. De pronto se levanta, sale del restaurant, se sube al auto de Tony y se va en reversa la cuadra entera. El café queda solo en la barra echando humo caliente.

Cada media hora un hombre muy parecido a Eddie Vedder pasa por la puerta en bicicleta y da una vuelta por el estacionamiento casi vacío del mall. Aparece cuando pasa debajo de alguno de los postes de luz del gran playón de cemento y luego se vuelve a perder en la oscuridad.


A diferencia de casi todos los bares Estados Unidos, este Denny's no tiene música pero sí un ruido constante que lo adorna y le hace olvidar a uno que es la madrugada de un miércoles. Cerca de las 3 am llegan unos amigos de Tony en un Honda negro. Se estacionan bien cerca de la puerta y fuman cigarrillos con él cuando no está adentro preparando bebidas. Sara se queda apoyada en la barra con la cafetera entre su brazo izquierdo y la caja registradora. Alterna la mirada entre su mano regordeta derecha y la izquierda y se mira los dedos anulares. Los mueve para que la luz se refleje sobre los dos anillos de brillantes que tiene en cada uno. El de la mano izquierda es el que su novio James le dio al comprometerse y el de la derecha el que le regaló el pasado Día de San Valentín. A ella le gusta más el segundo, pero nunca se lo dirá.

Sara es de Phoenix, Arizona, pero hace dos años vino de visita y se quedó para siempre. Cada tanto debe viajar a visitar a su familia, en especial a su abuela, que la reclama. Al igual que ella, vino de visita a Estados Unidos desde Ghana y nunca regresó. Pese a que sus padres le piden que vaya más seguido, Sara hace meses que no viaja porque quiere ahorrar. Ella y James se iban a casar en enero pero el auto se les rompió y debieron suspender la boda. Luego su novio se quedó sin trabajo y otra vez la postergaron.

El sol empieza a asomarse por el volcán Monte Rainier cuando Sara cambia los estornudos por bostezos. Se levanta de la barra, hace el cierre de caja, pasa por la cocina a saludar a Miguel y Enzo, le sirve un último café a un cliente que acaba de entrar y se va al fondo a dejar el delantal. Antes de irse pasa por el tablero táctil y apoya el dedo pulgar. Ahora sólo le faltan diez marcas más para un vestido de novia. 

29 de septiembre de 2014

Nuevos ruidos

Anoche dormí en una cama que no es la mía. Me desperté muchas veces por los ruidos. Esos ruidos que uno ya no percibe en la propia. Por la ventana escuché pasar cinco colectivos seguidos en medio de la madrugada que a la mañana se duplicaron, triplicaron o tal vez aún más. También escuché conversaciones de esquina, un carro tirado a caballo, una puerta que crujía al abrirse y unos pasos en el techo. 
Podría haberlos apagado un poco cerrando la ventana o tapándome la cabeza con la almohada, pero quise conocerlos a todos. Quiero acordarme de cuando los conocí. Recordarlos cuando ya no los escuche. Estuve atenta a cada ruido y sonido extraño. En esas interrupciones del sueño jugué a identificarlos y a imaginar cosas sobre ellos.

2 de agosto de 2014

Crónicas de viaje I: Una lista de compras en San Francisco


Delilah y Karen están haciendo la lista del supermercado. Esta tarde festejarán en su patio el cumpleaños de la hermana de Karen y planean hacer una torta de arándanos. 
Delilah tiene la cabeza metida en una alacena gigante repleta de latas, harinas, frascos, botellas, alimentos envasados, condimentos y cajas de mezclas pre fabricadas. Es difícil creer que con tanta comida aún necesiten sumarle cosas a esos estantes. "Estamos preparadas para el fin del mundo", bromea Delilah desde las profundidades del aparador y continúa enumerando frutas y verduras. Karen, mientras tanto, toma nota desde un sillón dispuesto al lado de la ventana con vista al patio y a una puntita del Golden Gate. Afuera está gris y ventoso. Las colinas con casas casi no se ven por la cantidad de niebla, pero Karen confía en el pronóstico de su iPhone, que indica que para la tarde estará caluroso y soleado. El cumpleaños será afuera y no se discute. 

Delilah saca la cabeza de la alacena y ahora la coloca dentro de la heladera de cuatro puertas. La heladera también está repleta pero aún así encuentra faltantes y empieza a enumerar cuando Karen la interrumpe con dulzura. "Cariño", le dice desde el sillón. "Sí, mi vida", le responde Delilah asomando la nariz y los ojos desde la puerta del congelador. "¿Me querrás hasta el fin de nuestros días?", pregunta Karen dejando la birome. "Y después de eso también", responde Delilah. 

De pronto el sol asoma desde las colinas de Twin Peaks y la punta roja del Golden Gate brilla resplandeciente. 

23 de junio de 2014

El pueblo que duerme

Para mí Zavalla siempre fue una aventura, un destino incierto, un escape del cemento conocido. Es lo que cualquier local odiaría: un destino turístico. En Zavalla caminás y la gente sabe que no sos de ahí. Es tu ropa, tu forma de andar, es tu cara desconocida. Al local no le gusta que andes de excursión por el pueblo y encima exclames lo pintoresco que te resulta el perro peludo durmiendo en la vereda caliente.
En Zavalla cuando pedís indicaciones te las dan en metros o referencias fijas. Cuando llegás a la puerta verde, doblás en esa esquina y el almacén está ahí al toque. ¿Y si me pierdo? Acá no te perdés. Y vos hacés caso, salís, das algunas vueltas intentando perderte y no hay con qué darle, de una forma u otra volvés al mismo lugar. A la única casa con un girasol del tamaño de un poste adornando el jardín frontal. O a la casa de ventanas llenas de telas de araña y una puerta que nadie podría creer que tiene cerradura. Una casa simétrica, hecha por un arquitecto obsesivo, que le puso dos ventanas a cada lado, a la misma distancia de la puerta, y con dos habitantes que le agregaron su toque con dos macetas, también a cada lado de la puerta, sin plantas. Nadie se lleva las macetas. Son parte de la fachada, no se roban, hacen a la simetría de la casa.

El pueblo es tan tranquilo que desde la habitación de la casa con el girasol se escucha cuando alguien no cerró bien la puerta de un Banelco, el Banelco, a dos cuadras. Es un sonido molesto que interrumpe la música que hacen los árboles del bosque de Agronomía. Como si fuera una canilla del baño que pierde, ir hasta el cajero cercano y cerrar la puerta es casi como ir hasta el baño y hacerse cargo de la gota que molesta.

En Zavalla hay distancias que parecen largas. De las casas conocidas, la del girasol y la de las macetas, hay que atravesar una brecha para llegar a las profundidades del bosque que rompe con el paisaje del adormilado pueblo santafecino. Las cuadras se cortan ante un portón de madera que da comienzo a un predio salvaje. Es un laberinto de plantas y árboles que está rodeado por casitas petisas, de estilo racionalista, similares entre sí aunque estén pintadas de distintos colores. A medida que uno avanza por el bosque, el ruido a siesta eterna se pierde entre cantar de los pájaros y las ranas, y por momentos uno olvida que afuera, alrededor, atrás y adelante, un pueblito descansa.

Hay un caballo que está en un terrenito cerca del portón del bosque, pero en realidad es un pony, o un petiso. Yo no entiendo la diferencia, me la explicaron. Como me explicaron todo Zavalla. Aprendí que en Zavalla se anda tranquilo, sin pensar y silbando bajito. Aprendí que para llegar a la casa simétrica no necesitás saber el nombre de la calle, siempre está ahí, bajándote en la plaza y caminando un poco para la izquierda y otro a la derecha.
¿Y si te perdés? Da una vuelta más. A lo mejor te cruzás con la casa del girasol gigante o con el portón del bosque. O a lo mejor le das una vuelta completa al pueblo. Eso sí, no hagas ruido, están durmiendo.

13 de mayo de 2014

Conversaciones breves IX: Suerte con eso


- Te vi en una foto de la fiesta del sábado. ¡Bellísima!

- ¡Ah, gracias!

- con ese corte de pelo te parecés mucho a una actriz que me gusta mucho, pero hasta te diría que la superás. ¡La verdad que estabas soberbia!
Deberíamos salir de nuevo nosotros. Ya pasó mucho tiempo...

- es cierto, pasó mucho tiempo. Ya no frecuento tu barrio tampoco. 
¡Epa! ¡Cuántos piropos! ¿A qué se deben tantos halagos? 

- podés volver para visitarme, sos bienvenida.

- no, gracias.


- ah, ¿los halagos? Y...la soledad, viste. Hay que combartirla, por eso. V
os me entendés...

- sí, claro que sí.

- ves...Bueno, ¿qué decís?


- que...¡Suerte con eso!

24 de marzo de 2014

Relato de un recuerdo

Hoy me desperté con un recuerdo. Era un recuerdo nítido de duración exacta. Comenzaba con la imagen de la escalera que va a la terraza, y terminaba con un paneo por el cielo amaneciendo.
Fue esa noche que tomaste una colcha que estaba abandonada en el cuartito del lavadero y la estiraste sobre la membrana del techo pintada de rojo. Nos acostamos -yo sobre tu pecho- y nos quedamos mirando el cielo en silencio. Las estrellas se mezclaban con las hojas de los árboles: unas encandilaban, las otras hacían sombra. 
Estábamos en ese límite horario en el que todo cambia y el color degrade que se forma en el horizonte parece congelar el mundo por un segundo, antes de que el ciclo empiece de nuevo. No había ruido y todo a nuestro alrededor dormía, los que recién se acostaban y los que se estaban por levantar.
Vimos las estrellas apagarse y el sol prenderse. 





Conversaciones breves VIII: Los astros o la red social

- ¡Bella! tanto tiempo, ¿cómo estás?

- ¡bien, bien ocupada! ¿vos, cómo va el negocio?

- ¡divino! ¡cada día mejor! Sacamos la colección para esta temporada. ¿La viste?

- no...

- fijate. Está en Facebook.

- me fijaré.

- contame de vos. Del laburo no, eso me aburre. Contame de amores. ¿Con quién estás saliendo?

- emm... con nadie. Que yo sepa...


- no puede ser. Imposible.

- bueno, entonces debe haber una dimensión paralela donde sí sea posible...

- escuchame. Anotá este nombre y agregalo a Facebook. Es Mariano...


- no, no, dejate de joder. Yo con esas cosas no. ¡No acepto a conocidos y vos querés que me ponga a agregar tipos que no conozco!

- ¡pero es desconocido al principio! Imaginate cuando sea conocido. ¡Podría ser una historia divina! ¡Además el loco es un copado!

- en serio te agradezco pero no voy hacer eso.

- bueno. ¿Y en tu cuenta de Facebook hay alguno que te guste? Es el momento de charlar con él. La luna está en una fase en la que queda alineada con los otros planetas, y eso significa "momento de avanzar". 


- ¡lo que me falta! ¡Primero Facebook y ahora la luna para ponerla! Me voy adoptar otro gato.

- nena, dale. Media pila. ¿Y si le digo a Mariano que te agregué él? 


- ni se te ocurra. Antes de que mi vida sexual y amorosa dependan por completo de Facebook, prefiero seguir sola.

- gorda.

- ¿qué?

- ¿cuándo fue la última vez que...?

- eh...Creo que...cuatro...cinco meses. 

- gorda.

- ¿qué?

- Facebook. Seriously: Facebook.


 

13 de marzo de 2014

El concubino

Aunque quisiera no podría acordarme de cuándo lo conocí, o de la primera vez que lo vi. Supongo que porque jamás creí que en algún momento llegaría a pensar en él por fuera del factor que nos unía. Intento recordar mi primera impresión sobre su persona y la imagen sigue siendo difusa. Mi personalidad prejuiciosa diría que esa impresión fue mala, que me cayó mal, que seguro pensé que ese tipo jamás podría simpatizarme.

Si hago un poco más de fuerza recuerdo una escena en su propia cocina de balsosas frías. Baldosas que un tiempo después caminaría descalza, en medias. Que caminaría infinidad de veces. Baldosas en las que compartiríamos tantos desayunos y cenas. Él estaba sentado -creo- con amigos y yo entré, tímida, ajena, en el papel de novia nueva de su amigo, su compañero de casa, su concubino. Ese papel incómodo en el que nos vemos obligados a ponernos cuando alguien nos gusta mucho y queremos agradarle a su círculo íntimo. Un papel agotador que termina dándonos más trabajo que una seguidilla de primeras citas. Un trabajo que si sale mal podría ser el fin de esa relación que recién empezamos. Si conocer a alguien ya es estresante, conocer a los amigos es 
llevar los nervios al límite. 

El laburo de conocer amigos de parejas sabía cómo manejarlo, pero conocer al concubino estuvo a otro nivel. A un nivel totalmente ajeno a mí. Aprendí, a pruebas y errores, que el amigo bajo el mismo techo era más que tan solo un mejor amigo. Era su familia en esa casa. Y esa también era su casa. 


Yo no sé si el concubino habrá captado que yo era novata en esto de convivir temporalmente -a veces una noche, a veces dos, a veces un fin de semana entero- con dos tipos, pero me fue encaminando y con el tiempo aprendí a tener una relación con mi pareja y a la par con su amigo. Si al principio esperaba que llegara el momento del día en que él se fuera y yo al fin quedara sola con mi chico, llegó el punto en que, cuando escuchaba las llaves en la cerradura, me alegraba de su llegada y me entusiasmaba el momento en el que nos reuníamos y charlábamos, a veces los tres, a veces los cuatro, cuando él tenía compañía.

Tal como no recuerdo cuándo empecé a quererlo, tampoco tengo presente cuándo comencé a extrañarlo. Cuando una relación se termina y la división de bienes comienza, uno está atento a los objetos, a los recuerdos de pareja, a dejar las cosas en claro, a sacarse todo de adentro. Al separarse uno recuerda con cariño y nostalgia a los amigos del otro, los extraña como una extensión de esa persona que ya no está. "Esos asados con él y sus amigos", "Ese viaje con él que paramos en lo de su amiga", "Esa tarde en La Florida con sus primos".
Podrá suceder que al terminar una relación uno se quede con cosas que no le corresponden, como discos, ropa, mascotas e inclusive los mismos amigos. Puede también suceder que uno no sólo se los apropie, sino que aprenda a compartirlos, que acepte que fueron primeros del otro y que con tiempo y el cariño se volvieron un poco propios. Definitivamente uno puede quedarse con los amigos de una ex pareja, pero de ninguna forma puede llevarse un concubino. Es como llevarse la pileta del baño o el gato del vecino que visitaba la terraza. El concubino está más allá de la amistad. El concubino es de la casa y se queda con la casa. 


21 de enero de 2014

Conversaciones breves VII: Ni un Me Gusta

- ¿Dónde lo viste?

- en el parque. Estaba corriendo.

- ¿y vos? 


- pasé andando en bici...

- ¿y no te vio?

- nop. Iba muy concentrado mirando el piso. No me lo hacía a ese loco deportista.

- que corra no significa que sea deportista...


- bueno, me refiero a que no me lo imaginaba "de sport". No sé, cuando te gusta alguien como mucho te lo imaginás en bolas, rogás que no tenga slip, ni panza, que tenga un buen culo y muslos. Te podés imaginar cómo se viste para laburar o en el peor de los casos de obsesión qué botines usa para jugar al fútbol, pero verlo corriendo fue re...deserotizante.

- ¿por? ¿Qué tenía?

- no me acuerdo, no lo miré bien, pero no fue solo por la ropa, fue la apariencia. Viste que usa el pelo un poquito larguito...

- se...

- bueno, lo tenía todo transpirado, pegado a la frente. Corría como cansado, jadeaba. Como que en cualquier momento se iba a morir. 


- bueno vos tampoco sos una belleza corriendo. 

- ¡yo no digo que yo sea Liz Solari, che! pero digo que me sacó las ganas. No lo vi, pero de seguro que del bigotito le caía una gota de sudor. ¡Puaj!

- decís que eso te sacó las ganas para no reconocer que le tenés bronca.

- ¿bronca? ¡ni ahí! Que se muera...

- .....

- ¡no me hagas esa cara!


- ¡bueno! ¡Podrías haber parado y saludado!

- ¿qué? ¡Ni en pedo! ¿Y decirle qué? "Ey, cómo estás, te invité una birra hace 4 meses, me dijiste que de una, que después organizábamos y jamás me volviste a hablar. ¡Ah! pero los estados de Facebook me los comentás TO-DOS". 


-  creo que un "Hola" era suficiente....

- ¿qué onda? ¿me le voy a hacer la amiga porque él es "mi amigo buena onda de Facebook"?

- ¿y vos cuando te comenta cosas no le respondés?

- usualmente le responde otro, o el chiste que hace queda colgado porque es malo y no da decirle nada.

- ves, le tenés bronca...

- ¡que no! Pero de todas formas yo a él, bigotito transpirado, no le regalo ni un "Me gusta". 

6 de enero de 2014

Tu amigo

Me acuerdo esa noche que fuimos a comprar comida para llevar a un bar. Entramos y viste a un amigo tuyo trabajando de mozo. "Qué hacés, gordo", se dijeron uno al otro cariñosamente y yo me quedé a un costado, sonriendo por verte feliz con ese encuentro, con la noche, con vos, conmigo.

Tu amigo, sin embargo, no me caía bien. Era un amigo de la noche, de la falopa, del rock. Amigo de todo eso que te enemistaba con vos, conmigo, con el mundo.
Él alegre y sorprendido me saludó afectuoso. Yo, falsa y resentida, devolví con ganas inventadas.

Vuelvo al mismo bar seguido, ahora, sola. Busco entre los vestidos con delantal y camisa a tu amigo, ese que me cae mal. Lo busco para saludarlo con algunas ganas. Como si rearmar ese recuerdo pudiera cambiar la historia.


Más De Mil Astros

Entre los yuyos se asoman un par de bigotes blancos y unos ojos verdes que intentan mostrar maldad, pero solo reflejan la ingenuidad de una criatura en el medio de una aventura. El gatito camuflado se arroja sobre su hermanito color negro y comienza una batalla que termina con los cinco felinos mordiéndose entre ellos debajo de un arbusto. Se pierden en la oscuridad.

Arriba el cielo se está por caer del peso de las estrellas. Se prenden y se apagan como luces navideñas. No hay luna que entorpezca, ni ciudad que encandile. Solo hay pasto y un cielo negro infinito.
El césped está húmedo de un rocío que no refresca y el aire es denso, como cada diciembre pampeano. Sin embargo la superficie no se siente calurosa porque directamente no se siente. El cuerpo flota en un estado gaseoso entre el piso y el resto del universo. Viaja junto a la mente a un destino que no tiene dirección. 
La Vía Láctea es un río blanco que titila y atraviesa el panorama en diagonal. Marca una ruta de luces que chocan con las copas de los árboles en una perspectiva imposible. 
A la izquierda, entre los arbustos, el pasto y los árboles, un girasol gigante duerme inclinado hacia delante, como alguien que se queda dormido en un colectivo y se pierde
su parada.
Cuando sopla un poco de viento el Cilantro se mete por la nariz y perfuma el entorno, refresca la garganta, abre una vía directa con los pulmones que se cargan de energía como motores antes de despegar.

Debajo del mismo arbusto los gatitos duermen agolpados. Patitas aplastando orejas, mordidas que quedaron a mitad de camino, bigotes que sueñan. Mamá los rodea y se acuesta también.
El cielo es nuestro techo esta noche. Cerramos los ojos. Viajamos. Dormimos. Nos vamos.