4 de octubre de 2013

Nada que limpiar

Todo está terminado y no hay vuelta atrás. Como si tuviera que escupirme las manos, levantarme las mangas, me dispongo a empezar de nuevo. 

El trámite no es fácil, lo conozco, lo he llevado a cabo en varias ocasiones y sé perfectamente cuáles son los pasos a seguir. 

Estoy sentada en la cama y me duele el pecho. Es la angustia. Es todo eso que tuve guardado un montón de tiempo y que pese a que ya salió, que lo escupí en palabras, frases y reproches, todavía el cerebro no le avisó al resto de los órganos que no tiene más ese peso y entonces sigue doliendo. Mi cuerpo viene con delay.

Sé que si lloro todo se irá aflojando y podré empezar a limpiar los restos de otra relación que no funcionó. La lágrima que ayude a desagotar toda la angustia será el comienzo de un largo duelo que irá haciendo su propio curso. Podría hacer un playlist infinito con todas las canciones que me hacen acordar a él a la espera de una catarata salada, pero ya pasé la etapa de aferrarme a los recuerdos. Ya no quiero acordarme de lo bien que estuvo todo, ahora quiero sacarme la memoria, vaciarla y arrancar de cero. Ahora me quiero olvidar, pero para eso necesito sacarme esa angustia, esa molestia que tengo adentro que no me deja pensar, ni avanzar, ni llorar, ni olvidar. 


Sigo sentada en la cama. Me agarro la garganta para ayudarme a tragar la nada misma que me impide tomar una bocanada grande de aire. Afuera hay sol y acá adentro llueve. De la silla de la ropa cuelga una toalla blanca con flores del mismo color en relieve. Está mal colgada, un claro signo de que yo no la puse ahí. No fue mía, pero ahora me ha vuelto su propiedad y no la quiero. No importa que sea la que más absorbe el agua y abrigue en invierno. No la quiero. 

Identificar esta molestia alivia un poco el dolor que siento. Sacar la toalla de mi vista, alejarla de esa cotidianidad que ya no existe, lavarla y ponerla nuevamente en una pila de ropa blanca neutra, sin olores, sin dueño, sin recuerdos, ayuda pero no alcanza.

Busco, entonces, seguir limpiando rastros y signos. Este paso también lo conozco y en el momento es duro, pero sé que cuando termine el dolor al tragar ya no va a estar. La modernidad me exige hablar al menos con 8 contactos por WhatsApp para que esa ventana se oculte, junto a su presencia. Facebook es lo más sencillo y por Twitter ni siquiera tengo que pasar. La parte difícil no es lo virtual, sino lo real. 

Miro a mi alrededor buscando más recuerdos que eliminar. No hay fotos que guardar, no hay entradas de cine que archivar. Mucho menos cartas, notitas dulces. No veo regalos, ni presentes de ningún tipo. No hay ropa ni objetos del otro. No hay libros ni compras en conjunto. No hay signos a la vista, evidentes, de que alguna vez haya existido eso que ahora quiero borrar. 

Siento otra vez el vacío adentro mío que se manifiesta en una punzada, como intentando decir algo. Me siento otra vez en la cama y miro de nuevo todo lo que me rodea. Tan mío y solo mío.

La puntada pincha de nuevo. Duele por lo que ya no hay. Duele por lo que nunca hubo. 



1 comentario:

Gabriel dijo...

Conozco el sentimiento. Me hiciste acordar al epígrafe de esta foto, que lo resume:

http://www.flickr.com/photos/japiverdey/9721995096/