20 de agosto de 2013

El show de la rutina


La cotidianidad se vuelve a veces una continuidad de sucesos que se conocen de memoria, como un mismo programa de TV con años de emisión que solo varía a veces de escenarios o personajes, pero que haciendo un balance general siempre es igual.

Cada día antes de salir de mi casa intento adivinar qué capitulo de la rutina me tocará. Sé que antes de llegar a la esquina veré un grupo de chicos del secundario sentado en el suelo, delante del kiosko tomando Coca Cola, recién salidos del turno mañana. También sé que cuando termine de pasar el colegio estará la parejita de turno a los besos o peleando. Esas pequeñas opciones suelen ser la incógnita del día. 

En el bar de la otra cuadra el hombre de corbatín, a veces rojo o gris, ya está sentado contra la ventana esperando el menú ejecutivo mientras lee La Capital y come un grisin de la panera. Hoy hay pescado con polenta, por eso se está reservando el pan y mata el hambre con otra cosa. 
El camillero del sanatorio se está fumando su pucho de la 1pm en la vereda. Si cuando paso veo el cigarro apagado, estoy llegando tarde. Los lunes no está porque tiene franco, pero los martes se fuma dos seguidos porque empezar la semana se le hace pesado y la nicotina tiene que entrar pronto en el torrente sanguíneo.

En la panadería ya se terminó el pan de la mañana y Víctor está sacando las bandejas de la ventana para empezar con el proceso de las facturas de la tarde. Volverá a la parte posterior de su local e irá acomodando meticulosamente sobre las planchas las medialunas que ya hizo. Algunas las pintará con caramelo arriba, otras con crema. Otras tendrán, como toque final, unas lineas finas de chocolate. 

En la parada de colectivo veo al dueño del almacén que está en la otra vereda, como todos los días. Se está peleando con el de las gaseosas porque es miércoles. Los jueves es el turno de los alfajores y galletitas y los días viernes hace planes por teléfono para el fin de semana. Jesica llega puntual y se para al lado mío. Salió de su trabajo en la prepaga y pregunta por mensaje de texto qué hay para almorzar. Ella se toma el 107 que va por Entre Ríos hasta el fondo. Su casa está prácticamente en la parada así que antes de bajarse ya tiene las llaves en la mano, como si la puerta del colectivo fuera el palier de su edificio.

Patricio, como siempre, ya está sentado cuando yo subo al bondi. Le gustan los asientos dobles aunque siempre va él solo. Aprovecha los viajes largos que tiene desde La Florida hasta la facultad para hacer trámites con su teléfono. Hoy se tiene que quejar con su servicio de telefonía porque le cobraron el doble, pero mañana va a tener que volver a llamar ya que tienen el sistema caído. El capítulo de mañana será emocionante.

Un saltito con la pierna izquierda y estoy de nuevo en la vereda, otra vez, como todos los días. Ponchito, el weimaraner que vive en la casa de la esquina, está tomando sol en la puerta. Hoy lo abriga su poncho color rojo. Cuando la temperatura está un poco más caldeada su dueño le pone uno azul más finito. Ponchito, el perro del poncho, solo duerme en la vereda cuando su dueño no está. Si el muchacho pelado está en casa, ambos están recostados en el sillón. Ponchito haciendo fotosíntesis en la parte donde entra el sol por la ventana y el joven - que alguna vez fue rubio - lee sobre tecnología en su iPad. Si llueve o está nublado, ambos se van a dormir la siesta. 

Algunas horas más tarde emprendo el regreso y el proceso es el mismo a la inversa. Otra vez tengo un colegio secundario cerca con sus respectivos alumnos del turno tarde tomando gaseosa, disfrutando el final de la jornada. Hay una parejita a los gritos y otra a los besos. En la parada está la chica que se va a entrenar al club. Los sábados tiene partido de hockey así que los viernes no falta nunca aunque tenga que estudiar. En el colectivo el contador chequea su timeline de Twitter porque en las últimas dos horas de oficina su jefe está cerca y no puede. Hace RT, responde menciones y piropea modelos en 140 caracteres. Cuando se baje seguirá con la nariz pegada al teléfono y pisará, como todos los días, el mismo pozo antes de meterse en el supermercado. 

En el trayecto el colectivo hace su parada en la peatonal y por la ventana de los asientos individuales se lo ve a Miguel, el dueño de la librería religiosa. Los lunes, cuando llegan los pedidos de las editoriales, está ordenando los libros de las cajas en los estantes. Los miércoles está haciendo los balances de la semana en el mostrador. Religiosamente ordena tickets, saca cuentas con la calculadora y se levanta los lentes, que se le resbalan por la nariz. Casi siempre está inclinado sobre el mostrador con la pelada en forma de "U" brillando sobre los reflectores y encandilando a quien mira. Está tomando alguna anotación o buscando entre papeles y cada tanto chusmea si la puerta se abre. Pero nunca se abre. 

Llego a casa y este episodio va llegando a su fin. Mañana será otro día exactamente igual. Saldremos de nuevo los mismos a hacer lo de siempre, cambiando pequeños detalles que harán de esa jornada una diferente a la anterior y a la que le sigue. Somos, al fin y al cabo, los protagonistas de esta rutina que hoy terminó su episodio del día.