30 de julio de 2013

El oficio de ser tía

Cuando sé es hijo único de padres hijos únicos el contacto con niños se reduce a prácticamente 0 hasta que tus amigos (los "hermanos de corazón", como se dice en el lunfardo mencho) empiezan a procrear. O al menos ese fue mi caso ya que, sumado a mi escaso contacto por parentesco, tampoco nunca me simpatizaron mucho los mocosos de menos de un metro de altura.

Es por eso que un montón de cosas sobre chicos no las aprendí hasta que mi amiga Camila fue madre hace tres años. El día que Mora nació me convertí en tía por elección y con este título vinieron aprendizajes forzosos de todo tipo. Mora ha sido mi primer experiencia y mi conejillo de indias en este oficio.
Con ella aprendí que si dejás un bebé en una cama, el pibe (que no sabe ni controlar su propia saliva) ¡de alguna forma se mueve! y se cae al piso. También aprendí, a cuesta de una camisa divina, que si no hacés que el chico eructe, éste devolverá toda la leche que está de forma misteriosa dentro del cuerpo de su madre.
Mora me explicó además la importancia de tener juguetes en una casa de adultos y un TV que transmita Pocoyó las 24 hs los 365 días del año.
Ahora que la nena es parlante primeriza, he empezado a cuidar mi vocabulario y a disminuir en un esforzado 23% mi nivel de puteadas frente a ella.
Con Mora también descubrí que un chico de dos años y medio no sabe diferenciar entre la izquierda y la derecha así que no tiene sentido indicarle que lo que busca está a su izquierda. Y que si tiene los cordones desatados y te está mirando significa que se lo tenés que atar. Mora me enseñó que si le pintás las uñas a una nenita tenés que alejarla de todo para que los muebles no se pinten también. Igualmente, para el final de la jornada, ya nada quedará de ese esmalte rosa que le pusiste en las manitos. 


Pero Mora no sólo me ha transmitido valiosos conocimientos sobre una especie para mi desconocida hasta el momento, sino que también me hizo cambiar un poco mi forma de moverme, relacionarme y hasta me mostró que puedo ser mucho más paciente de lo que yo creía. Aprendí a convivir un día entero en festejos de cumpleaños que incluyen pelotero, inflable, niños corriendo por todos lados, mocos, baba, caramelos pegados, más mocos, pañales, música para chicos, payasos, animadoras y ¡los padres de los otros niños desconocidos!
Sin embargo desarrollar esta paciencia para sobrevivir a los eventos sociales que mi nueva sobrina tenía preparados para mi, no fue tarea de un solo día sino que me tomó dos festejos comprender el mecanismo de un cumpleaños infantil. Con varios tropiezos en las dos primeras ediciones, en la tercera estuve lista para encarar el evento de la forma correcta.

En su segundo cumpleaños, sus inexpertos tíos adoptivos (y acá aprovecho para incluir a otros amigos de la pareja porque por suerte yo no era la única ignorante), cometimos el error de salir de parranda la noche anterior al festejo de la piba. Hoy recordamos entre risas aquel mediodía donde todos los chicos estaban saltando en el castillo inflable y los jóvenes, novatos y pasados de joda tíos nos acumulábamos en un rincón al sol, con lentes para tapar las evidencias y tomábamos agua que limpiara el organismo. En ese contexto mirábamos de lejos como nuestros amigos, que hasta hacía poco tiempo habían estado en esas noches eternas con nosotros, atendían a sus semejantes padres. 


Hace pocos días este ser de rulitos rubios festejó sus tres añitos un domingo al mediodía y los tíos, con la experiencia de los años anteriores, tomamos medidas drásticas y la noche del sábado la pasamos cada uno en su casa tomando te y mirando una película. Nos encontramos a la madrugada todos conectados en Internet repitiendo a cada uno que nos invitaba a un seductor y ruidoso plan: "no puedo, mañana tengo el cumpleaños de Morita temprano".


Pronto el grupo tendrá otro sobrino, Genaro, esta vez de Noelí. Con el nuevo retoño vendrán nuevos aprendizajes y experiencias sobre el primer sobrinito varón. Tendremos una nueva incorporación a este staff de maestros pequeñitos, esos que nos enseñan todos los días este oficio de ser tíos.


8 de julio de 2013

Diario del viajante III: Del Lower East Side a Broadway

Si me preguntaran de todos los lugares que he visitado cuál me gustó más, sin dudas respondería que los lagos de Villa La Angostura, con sus montañas y sus bosques, marcaron mi infancia. También agregaría que Tilcara dejó polvo color naranja en mis recuerdos y que el montañés pueblo de Burlington, Vermont fue mi último descubrimiento maravilloso.

En conclusión, podría decirse que pese a haber estado en las grandes ciudades que maravillan al mundo, siempre me he quedado con esos pequeños lugares que me maravillaron a mi. He tenido la suerte de recorrer las ciudades de ensueño de mucha gente, esas que todos morirían por ir y no morir de estar ahí. 

Pero hubo dos ocasiones, estando en las locaciones más famosas del planeta, donde me quedé sin respiración.

La primera vez que vi la Torre Eiffel fue a las 8.15 am del 13 de agosto de 2004 cuando el vuelo de Air France empezó a descender para aterrizar en Paris. Entre las nubes se colaban los rayos de sol y cuando se disipó un poco la niebla matutina, la puntita del monumento más reconocido del mundo se mostró ante mí desde la pequeña ventana de la clase turista del avión. Pero no fue hasta dos días más tarde que los ojos se me llenaron de lágrimas por estar frente a la imponente estructura de hierro. Caminaba concentrada mirando mi guía y usando el Museo del Hombre como referencia para ubicarme, cuando este gran museo se terminó y al levantar la vista en busca de algún dato que me dijera dónde estaba, me topé con la más obvia de las marcas. Delante mío, como gritándome su presencia, estaba la Torre Eiffel. Sin controlar mis sentimientos me empezaron a brotar lágrimas de los ojos y me quedé ahí parada, sola, con la guía apunto de caerse de mi mano, llorando de la emoción mientras un grupo de japoneses disparaban flashes sin mirar lo que yo sí estaba viendo. No sé cuánto tiempo estuve sin moverme, ni respirar, ni pestañear. Sentía la gente pasando al lado, posando en familia o en pareja, haciendo las posturas más ridículas, sacando banderas de todos los países del mundo. Esa fue la primera vez que tuve esa desconocida sensación. La primera vez que la fascinación logró conmoverme hasta los nervios. 

No volví a sentirme así hasta el 29 de septiembre de 2012. Hacía cuatro días que andaba dando vueltas por la Gran Manzana. Había visto el puente de Brooklyn, la pedorra Estatua de la Libertad, los taxis amarillos, el MoMa, Wall Street y el Soho. Ya me había sacado todas las fotos de turista clásico, esas que sirven para chapear el viaje porque el retrato que te tomaste en una esquina cualquiera nunca sirve ni de foto de perfil ni para el cuadrito de la mesa ratona si no tiene un icono popular de referencia.
Me quedaban algunos días para recorrer y decidí, antes de ir a una función de jazz en clásico bar Birdland, darme una vuelta por el punk Lower East Side con $5 en el bolsillo. Para llegar luego al concierto debía tomar un subte que salía $2.50 y en la estación no andaba la máquina para comprar el boleto con tarjeta de crédito. Había caminado toda la mañana y el mediodía y para cuando terminé de mirar el local donde los Ramones compraban su ropa, un sonido en mi estómago clamó por comida. Paré, entonces, en un pequeño local verde flúo que ofrecía dos porciones XL de pizza y una gaseosa al módico precio de $3. Sin pensarlo y llevada por los ruidos del hambre entré y le compré al mexicano Manuel una promoción y me senté sobre cajón de cerveza a comer la aceitosa pizza. Iba por la segunda porción cuando descubrí el gran error que había cometido. Me quedaban $2 y necesitaba $2.50 para ir a Birdland Bar que estaba a unas 50 cuadras.
Un vago de largas rastas se sentó al lado mío y sin disimulo me empezó a contar que él era cantante de reggae, que había girado por todo Sudamérica  que había estado en Chile, que había tocado con Gondwana y que sabía decir "hola" en español. Hablamos un rato de sus épocas doradas que, guiándome por su aspecto y su esfuerzo porque le dieran una porción más de pizza gratis, habían pasado hacía mucho tiempo. Le conté que me iba a ver jazz y compartí con él mi pequeño (pero dramático en ese momento) problema. Sin muchas vueltas le pedí prestado 50c. "Pero debería pedirte yo a vos, no vos a mi", respondió entre risas y codeó a un negro grandote que se estaba mandando una de peperoni al lado nuestro. "La chica necesita cambio", le dijo al desconocido. Mirándonos con cara de pocos amigos y sin despegar la pizza de la boca, el grandulón sacó del bolsillo dos monedas y me las dio.
Después de despedirme de mis amigos, corrí hasta el metro porque entre pizza, charla y mendigueo ya era muy tarde. Tenía que tomar la verde, la verde para Uptown, la verde que iba a Broadway, no la express que no para en todas las estaciones. No la express. La express no. Tenía que tomar la regular, no la express. La otra, no la express. ¿Cuál tomé? La express. 


Durante el viaje improvisé una nueva ruta que me sirviera desde la estación donde sí paraba la linea que había tomado. Ya nerviosa por tantos inconvenientes decidí bajarme en una llamada "Times Square". El nombre me era conocido, sabía qué era el lugar pero en ese momento daba igual cómo se llamara, qué significara, qué hubiera ahí, lo que me importaba era que me dejaba a seis cuadras. Si las corría, llegaba.
Me bajé a paso acelerado, subí las primeras escaleras mecánicas dando zancadas, esquivé gente, me la llevé por delante, "excuse me", "excuse me", divisé la salida, de nuevo zancadas en las siguientes escaleras, empecé a sentir el ruido de la calle, la brisa del mundo exterior, asomé la cabeza por el hueco del subte y una luminosidad extraña para el horario nocturno me cacheteo la cara. Cuando estaba por saltar el último escalón lo vi. Vi Times Square. El lugar más iluminado del mundo. El único punto de luz de la tierra que se ve desde la estratosfera. El centro del planeta. 

No pude correrme del agujero del metro para dejar pasar a los apurados neoyorkinos. Dejó de importarme el llegar tarde, dejé de tener noción del tiempo, de pensar en la función de jazz. Al igual que aquel agosto del 2004 todo se detuvo, no hubo más ruido, ni sirenas, ni bocinas, ni barullo. Se hizo un silencio y todas las luces, los foquitos de luz más poderosos que se hayan inventado se me metieron por todos los sentidos. Había sucedido otra vez. De nuevo, por segunda vez en mi vida, la fascinación había logrado conmoverme hasta los nervios.