9 de junio de 2013

La filosofía de la casualidad

Aquella fría noche víspera de feriado podría haberme quedado en mi casa viendo una película pero pese a la llovizna y los amenazantes 5° decidí salir. Esa noche de mayo podría haber permanecido en el bar donde tocó la banda que fui a ver, pero con mi amiga Virginia decidimos cambiar el rumbo. Ella también podría haber decidido que se volvía con su novio pero, como pocas veces suele suceder, optó por continuar el ritual cervecero conmigo en otro lado.También podríamos haber escogido ir al bar de un amigo por Pichincha, pero quisimos ir a aquel bolichito al que no íbamos nunca. Podría haber hecho un montón cosas distintas ese 24 de mayo, pero todos los hechos se dieron para que yo acodara los brazos en una barra y esa fría noche de feriado lo conociera a Nicolás. 


Nicolás era un bohemio y filósofo urbano que no creía en las casualidades. Para él todo sucedía por un motivo y militaba en favor de su creencia siempre que tenía una oportunidad. Cada vez que recordábamos la noche que nos conocimos, él me explicaba su teoría:

- Pero imaginate que yo no hubiera ido esa noche ahí, ¡nunca nos hubiéramos visto! Jamás voy a ese bar, ¿entendés?. ¡Fue una casualidad inmensa!

- Creer en las casualidades es la respuesta más mediocre para explicar porqué suceden ciertos hechos. Me gusta pensar que estábamos destinados a cruzarnos en ese lugar. Yo tampoco voy nunca a ese bar, pero por algún motivo ese día decidí ir. 

Cada vez que yo le contaba algún hecho cotidiano en el cual intervenía una casualidad, él me corregía y salía otra vez con su discurso sobre lo que está destinado a ser así. 

El destino, ese factor divino en la filosofía de aquel muchacho, fue el que también nos separó algunos meses después. "Todo sucede por un motivo", fue su arma para explicarme que se iba de viaje un montón de tiempo. Tal como aquella noche de invierno el destino nos había unido, ahora el destino decidía que él se iba y yo me jodía acá.

Los meses pasaron y me fui olvidando de Nicolás y su filosofía como justificativo de vida. Me encontraba con un viejo amigo en el supermercado ¡pero qué casualidad!. Iba caminando pensando en alguien y aparecía ¡pucha lo que es la vida, qué casualidad! A mi me gusta el misterio detrás de las casualidades y disfruto que me sorprendan. Sin embargo a veces, al decir mi frase preferida, me acordaba de Nico y su idea del destino. 

El destino, hijo de puta tantas veces, nos volvió a cruzar y ya no estoy tan segura de que haya sido un azar. Después de un montón de meses sin novedades de Nico, una noche caminando por una calle que no camino nunca, un día de la semana que no suelo salir jamás, apareció Nicolás en mi misma vereda y empecé a pensar que tal vez su teoría no estaba tan errada. Si dos personas se encuentran en lugares tan atípicos dos veces en la vida, el destino está diciendo que tienen que estar juntos, ¿no?. ¿NO?

- ¡No puedo creer que te estoy viendo! ¡Tanto tiempo! ¿Cómo estás? ¿Cómo te fue en el viaje? - dije contenta al cruzarlo.

Eran demasiadas preguntas para responder en una vereda y nos fuimos a festejar el destino con una cerveza. Hablamos por horas y desafiante volví a cuestionar su teoría de la casualidad:


- A ver, yo iba a ir por otra cuadra y por única vez elegí esa para ver una vidriera. Eso es casualidad Nico, no jodás. 

- No, ni ahí. Teníamos que volver a vernos.

Sí, teníamos que volver a vernos. Y nos vimos esa noche y otra más, y la que siguió a esa y a la otra. Nos vimos como si otra vez fuera invierno y recién nos hubiéramos cruzado en ese bar.
La filosofía de Nicolás lo llevó a no querer verme más, ahora sin moverse de la ciudad. El destino decidió que otra vez un boludo me dejara con los mocos colgando, y en este caso dos veces el mismo boludo. 


Hace poco me crucé con Nicolás en otro bar. Después de curar la herida me quedó un simpático recuerdo de nuestra relación y me alegré mucho de verlo y ponernos al día entre el barullo de la noche. 

- ¡Qué casualidad encontrarnos acá, que es la primera vez que venimos ambos! - dije distraída, olvidando por completo el filósofo que tenía delante mío. 

- ¡Pero no! Acordate que las cosas siempre pasan por un motivo - me respondió cariñoso, casi como intentando revivir algo que solo debía quedar en el recuerdo.

Nicolás me sonrío y se acercó un poco más hacía mi. Fue entonces cuando yo retrocedí un paso y le respondí: 


- No, Nico. Esto es solo una casualidad.