25 de mayo de 2013

Diario del viajante II: El folk de Vermont

*Publicado originalmente en The Sacred Monster - 17/10/12

Para llegar a Burlington, Vermont hay que atravesar varios bosques y algunos lagos. Los carteles de “Cuidado con los renos” se ven más seguido que aquellos que indican el límite de velocidad. 55 millas son lo suficiente para ir viendo el paisaje y llegar a destino con luz de día desde cualquier punto del estado. Cuando nieva en Burlington no se puede estacionar cerca del lago porque está todo ocupado por los turistas patinadores, pero en verano solamente habitan el pueblo aquellas generaciones de inmigrantes irlandeses.


Es septiembre y pronto el frío se empezará a sentir como así las visitas de los esquiadores y el turismo de temporada. Los bosques a la entrada de este pueblo grande se tiñen de amarillo, rojo y naranja a medida que el auto avanza. Casas de madera al costado de la ruta, moteles con sus carteles titilantes y una pequeña plaza con su correspondiente iglesia blanca, son parte de la perfecta imagen de postal.

La noche en Burlington huele a madera y frío. La Church St, que empieza a espaldas de la iglesia y termina en el edificio del municipio a tan solo 5 cuadras, es una peatonal llena de locales y bares levantados íntegramente con trozos de árboles. Es temprano pero la ciudad está en un silencio pos siesta y pre cena, la gente vestida nada más que con un pulover ligero recorre la peatonal de cemento en busca de un restaurant donde cenar. Las narices curiosas se apoyan sobre los vidrios de los locales dejando la mancha de vapor en la ventana como firma del pasajero. Todos los lugares tienen mesitas chiquitas y agolpadas una contra la otra, como si cenar en Burlington fuera comer con todos los de la ciudad.

En las entradas de los boliches hay un pequeño felpudo con la clásica frase “Welcome” que recibe amistoso a las visitas mientras algunas hojas, atrapadas como en una tela de araña, intentan escaparse de la alfombra ayudadas por la brisa del viento. En todos hay una banda tocando en vivo. Cantan en francés, cantan en inglés, o solo dejan que los instrumentos canten por ellos. La melodía que se escucha en la calle es la que se produce cuando abren la puerta de algún bar y un pedazo de canción se escapa, como si cada abertura funcionara como un dedo en una flauta produciendo una nota musical.

Al final de la Church St se escucha una melodía de folk que no tiene el intervalo de una pareja entrando o saliendo de un sitio. Un banjo raspa una canción y varias voces hacen un coro con un ritmo constante y muy particular. Llegando a una esquina la música se va haciendo cada vez más fuerte, el banjo hace su punteo y las voces masculinas llenas de whisky y cigarro entonan una nueva canción. Entre un restaurant francés y un pub se abre un callejón adornado de basureros de metal que incluyen algunos gatos buscando la cena. En ese espacio entre dos paredes de ladrillos hay montado un prolijo escenario que tiene cuatro jóvenes barbudos con camisas leñadoras y borcegos que golpean el suelo marcando el ritmo. Frente a la banda, observando atentamente, un grupo menor a 20 personas aplaude y baila tomada de las manos cada canción de folk que los barbudos invitan a festejar.

El frío del lago pega sutilmente pero los muchachos de The Blind Owl Band no lo sienten, sus espesos cabellos se mueven con el viento pero no estornudan. A medida que pasan las canciones se van desprendiendo de sus camisas de lanilla para quedar en esa intemperie abrigados nada más que con su propio pelo y una musculosa blanca. El callejón hace de la acústica perfecta para que las guitarras y el banjo se luzcan en esta noche de otoño.

Otra vez una hoja queda atrapada. No es un felpudo de bienvenida, es el pelo del guitarrista que no la deja seguir bailando con el viento una canción de folk.

The Blind Owl Band - Rabble Rousing (Descarga gratuita vía Bandcamp)

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