16 de abril de 2013

Una de cal y otra de arena

El dicho dice que cuando te va bien en el amor te va mal en el juego, o a veces a la inversa. Odio el juego así que nunca pude comprobar si la frase alguna vez se confirma, pero una vez escuché una mucho más acertada y empecé a creer fielmente en ella: 
En esa película de chicas, El Diablo Viste a la Moda, la morocha protagonista ve su relación romántica desmoronarse frente a un inminente éxito laboral y no se da cuenta hasta que uno de sus compañeros le dice que cuando su vida amorosa esté totalmente destrozada, será el momento de recibir un ascenso. 


Una tarde de invierno mi celular sonó y una de las satisfacciones personales más grandes que haya tenido se confirmó del otro lado del aparato. Era un tipo que me quería en su empresa para trabajar. A mi. Para hacer eso que yo estudié, eso que sé hacer, eso que yo elegí ser en mi vida. Me lo había ganado con todos mis esfuerzos y nada más. Nadie había ayudado. Todo fue mérito mío y fue un sentimiento maravilloso. 

No había terminado de procesar mi felicidad cuando esa misma noche me encontré con mi novio de entonces y con una sonrisa que se me escapaba de la cara, le compartí mi alegría. Me abrazó fuerte, me felicitó, me dio un beso y me dijo que estaba orgulloso de mi. Una hora más tarde me dejó.
Tenía algo que contarme, hacía un tiempo que me lo quería decir pero no sabía cómo, no encontraba las palabras. Ese día, justo ese día, supo cómo expresarse. Ese día aprendió a hablar. No otro, ese día.


Un tropezón ajeno me dejó sin mi trabajo añorado un verano. La misma alegría que me había generado obtenerlo, solo se iguala con el nivel de dolor que sentí cuando no lo tuve más. Me despedí del empleo con un duelo que duró los tres meses que dura habilitada la pileta de una colonia.

Como después de cada lluvia sale el sol, después un tiempo con la persiana baja y metida debajo de una colcha, salí a la luz y empecé de nuevo. Otro trabajo, otro éxito personal, otro escalón subido, otra vez ese sentimiento de satisfacción, ahora aumentado por el hecho de haber superado una caída que me había hecho dudar de mi. Tenía confianza otra vez. Y otra vez tenía con quien compartir mi alegría. 


El primer día del nuevo trabajo, cargando los chismes y ese cansancio de nervios felices, fui a contarle todo al nuevo compañero. Me hizo preguntas, escuchó atento cuando elogiaba hasta a la cafetera de la oficina y se río con los chistes profesionales que quizás ni siquiera entendía. Me abrazó, me besó la frente y me contó de él. Me contó que tenía dudas con todo, con él, conmigo. Dudas de mi. Dudas sobre nosotros. Dudas de que quisiera que hubiera un "nosotros". Que las tenía hace un tiempo y le había costado identificarlas. Pero pudo hacerlo ese día. Justo ese día. No otro, sino ese día.

Quise hacerme un bollito, bajar la persiana de nuevo y no salir hasta que parara de llover en mi mente. Tal vez, en realidad, lo único que hubiera querido era que se terminara el día. Que ya no fuera ese, sino otro.