28 de febrero de 2013

Compañeros de ruta

Dando vueltas por el ciberespacio encontré un concurso en Facebook de una gran marca de autos. Decía que si uno contaba una historia de amor a la distancia, esta marca te daba un auto para viajar a encontrarte con tu ser amado.

Pensé en participar para narrar una historia y divertirme intentando ganar. Luego vi que el relato ganador no era elegido ni por un jurado, ni por un séquito de lectores, sino que aquel - como se estila ahora en la red social - que juntara mayor cantidad de "Likes" se llevaría el premio. La modalidad del concurso me decepcionó porque no importaba cuánto esmero le pusiera yo a mi cuento, podía ganar aquel que había escrito "el amor de mi Bida" pero que había suplicado a todos sus amigos virtuales que votaran por él. A diferencia de mi que seguramente solo le habría pedido a un par de amigos reales que en vez de elegirme, simplemente me leyeran. 


Cerré la ventana donde estaba el concurso pero me quedé pensando mucho tanto en su propuesta como en su premio, y me costó entender por qué. 


Hace cinco años, en el patio de una casa amiga, conocí a mi perfecto compañero de viaje. Era una noche de verano en la que abundaba el vino y las conversaciones superpuestas. Entre los murmullos de los presentes, empecé a compartir con un sujeto todo lo que ambos adorábamos de viajar. Subirse a un auto sin rumbo cierto, manejar disfrutando los paisajes y perderse en los pueblos más inhóspitos de cualquier parte del mundo. Viajar como viajero y no como turista. Viajar para ver lo que usualmente no se ve.
Esa noche nos contamos nuestras experiencias, destinos preferidos, virtudes como expedicionistas y nuestras mayores falencias como viajeros. 


- Soy una obsesiva. Amo los mapas y la planificación - le conté. 
- Yo me vivo perdiendo, pero siempre llego - contestó. 

Aquella discordancia fue el ensamblaje perfecto, la síntesis del complemento. Así nomás lo supe: Yo quería viajar con él. 

Los años pasaron y los viajes estuvieron presentes en la vida de cada uno. Siempre fueron nuestras metas más cercanas, el destino de nuestros ahorros, nuestros proyectos más añorados. El recorrer las rutas era nuestro tema de conversación preferido y cada vez que uno de los dos concretaba un viaje, nos contábamos los detalles con emoción. Lo mismo se repetía al regresar: Nos encontrábamos para narrarnos cada ciudad, cada momento y las anécdotas más divertidas. 
Como si fuera una película de suspenso él me contaba sus andanzas en peligrosas ciudades de Europa y yo, al igual que una comedia, mis aventuras en una isla comunista.

Pero nunca nos fuimos de viaje juntos. Él lo hacía con amigos, hermanos o novia de turno y yo sola o con mi madre. 
La oportunidad llegó hace dos años cuando finalmente armamos un plan en conjunto con la intención de confirmar que seríamos la mejor pareja de viajes o en caso contrario, que no teníamos nada en común. Chile fue nuestro destino: Santiago, Valparaíso, Viña del Mar en 10 días. Pero cuando íbamos a comprar los pasajes una conversación cambió todo: 

- No puedo hacer este viaje siendo solo tu amigo - disparó delante de la computadora. 
- Eso es lo único que vamos a ser - respondí fríamente. 
- Entonces no seremos nada - dijo y cerró la tapa de la notebook. 

Nunca más volvimos a proyectar nada juntos. Desde ese día nos limitamos a seguir escuchándonos entusiasmados los viajes de cada uno, como si nunca nada hubiera sucedido.


En mi último viaje manejé desde New Jersey hasta Québec ida y vuelta. En esas muchísimas horas sola con mi mente, mi música y un paisaje que iba pasando de ser cálido y veraniego a otoñal y amarillo, pensé mucho en él.
Paraba en las montañas de Canadá y me quedaba mirando los lagos espejados que hacían parecer doble a las montañas intentando memorizar cada sensación y aroma para contárselo a mi regreso. Le dediqué cada una de las 1200 millas que conduje y en cada estado de USA y "province" de Canadá por el que pase, me acordé de nuestro viaje frustrado y ya no me pareció la mejor decisión que pude haber tomado. 
A diferencia de las otras veces, ya no me entusiasmaba juntar relatos para compartir con él a mi regreso, no importaba cuan detalladas le contara mis anécdotas, mucho mejor habría sido vivirlas juntos.
Nuestro reencuentro pos mi viaje fue el mismo de siempre: Largas horas contando el recorrido, mostrando fotos y entregando regalos. Como parte de nuestro pacto implícito, no le dije nada de todo lo que había pensado y dejé que esas reflexiones quedaran acumulando polvo en mi mente junto a mi capacidad de dividir por dos cifras.

Hace poco hicimos un viaje de 20 km solos y el 
tema del gusto de viajar, naturalmente, volvió a salir refiriéndonos a nuestros planes veraniegos. En ese momento todo lo que había pensado viendo las hojas rojas de los árboles canadienses volvió a surgir y no quise que ese corto trayecto terminara nunca. Si no hubiésemos tenido que llegar a un asado, le habría pedido que nunca dejara la autopista y siguiera hasta quedarnos sin nafta. Pero no dije nada. Me callé porque pensé que mi oportunidad había pasado hacía mucho tiempo. 

Por suerte - a veces y solo a veces - me equivoco y ese día estaba muy equivocada. Necesitamos solamente ese trayecto para decidir que no queríamos hacer ni un kilómetro más separados.


Ahora puedo decir que entendí porque el concurso de la marca de autos no me sirve. Puedo contar una historia de amor, conseguir un montón de amigos que voten por ella, pero en definitiva es el premio lo que no me interesa.
Yo no necesito un auto para viajar a ver al chico que me gusta porque ya lo tengo acá conmigo. Yo necesito un auto para que él y yo seamos, de una vez por todas, compañeros de ruta.



4 de febrero de 2013

Una de taxistas IV

- Hola, buenas noches.
- Hola piba. ¿Para dónde?
- Vamos a Zeballos y Oroño, por favor. 

- Va a llover, visteS. 
- Así parece...
- ¿Yo no te llevé para el lado de Pichincha ayer?
- Nop.
- ¿Segura?
- Sí, no tomo muchos taxis. 
- ¿Pero fuiste a Pichincha?
- No en taxi.
- ¿Fuiste?
- Si puede doble en esta porque quiero pasar por un kiosko. 
- Ok. Che y...¿por qué no tomás muchos taxis? 
- Porque no me gustan... 

En eso una moto nos pasa y cierra el paso del taxi que, además de bocina, saca la cabeza por la ventana y grita:

- ¡NEGRO DE MIERDA! ¡LA QUE TE PARIÓ!. Qué especie asquerosa que son. No saben leer, pero aprenden rapidito a usar esas motitos. Disculpá, linda. ¿Qué me decías?

- Que me encanta andar en taxi.