24 de enero de 2013

Lo haría todo otra vez

Fue uno de esos silencios en los cuales se podían escuchar las tres campanadas de la iglesia que estaba a cinco cuadras. Uno de esos silencios largos que en la mente, que va a mil revoluciones, solo parecen que duran unos pocos segundos. Es ese proceso acelerado en el que el cerebro intenta consolar al corazón y hacerle entender lo que está sucediendo.
Se cruzan mil pensamientos, momentos y situaciones y no importa si los recuerdos datan de años de antigüedad o meses de vigencia, la puñalada duele de la misma forma y penetra con fuerza porque es el factor sorpresa el filo del cuchillo. Los recuerdos pasan rápido y pinchan como viento de invierno a la mañana y el cerebro se detiene en detalles minúsculos que el corazón archiva entre los más preciados. Estupideces que a nadie le interesan, solo a los dos órganos vitales del ser humano: Cuando te dio la mano por primera vez, cuando se rieron juntos a carcajadas durante cuadras y cuadras, borrachos de alegría, o cuando esa mañana que tenías fiebre te trajo el desayuno y en vez de un piquito suave en los labios secos y enfermos, te besó con más cariño que nunca la punta de la nariz mocosa.

La bronca, el enojo y la incomprensión eran tan grandes que ni siquiera todo ese remolino de sentimientos y recuerdos hizo efecto para que el mar de agua salada saliera de mis ojos. Los minutos en silencio pasaban, los pocos autos de la noche rodando sobre el cemento en las calles lejanas se escuchaban como si pasaran justo por mi oreja. Pero nada me inmutaba, mi cerebro estaba cacheteando a mi corazón, diciéndole que todo se había terminado y que al día siguiente cuando me levantara tendría que empezar todo otra vez, sola, de cero.

Del banquito de metal de la cocina a la silla del comedor nos separaban exactamente siete baldosas. Nunca lo sentí tan lejos como esa noche. Cerraba los ojos y cuando los volvía abrir esperaba ver otra imagen, pero no, ahí estaba él con cara de culpa, sin saber qué decir.
Lo peor que puede suceder en una separación es entender y respetar los motivos por los que se da. Sería mucho más fácil separarse con rencor, ira, resentimiento.
 Pero dejar ir a una persona tan pronto, sin haber tenido tiempo - en el breve lapso que duró - de decirle todas esas cosas que hubieras querido, es más doloroso que cualquier traición.

Lo miraba y pese a saber que no había vuelta atrás, que la decisión estaba tomada y que, lamentablemente, era sensata y yo estaba de acuerdo, quería caminar en un paso las siete baldosas, abrazarlo con todas las fuerzas y decirle al oído todo lo que la relación no había dado el tiempo de contar, o que mi personalidad no se había animado a decirle antes. Timidez, vergüenza o escaso tiempo juntos aún me habían demorado un montón de frases cliché, tontas, enamoradizas que ahora que se me querían escapar de la boca como un vómito, ya no servirían de nada.

De golpe, sin darme cuenta, algo salió:


- ¿Sabías que odio el café instantáneo? - empecé diciendo casi en un susurro.
- No - respondió sorprendido por el comentario suelto.
- Sí, lo detesto. En realidad es porque a duras penas tomo café. ¿Nunca te dije que empecé a tomar café hace menos de seis meses?
- No 

- Tomo lágrima solamente porque todavía no me acostumbro al gusto fuerte. Me va gustando pero voy de a poco. - le expliqué mirando fijamente el mosaico con una mancha de grasa del horno en forma de luna. - Pero el café instantáneo todavía me cuesta mucho, en especial si es solo, ni siquiera con leche. Pero vos lo tomás así y a mi me gustaba tomar café con vos. 

Realmente no sé qué hizo durante ese corto relato porque yo estaba tan concentrada en mis reflexiones y en la mancha de grasa en forma de luna que nunca lo miré. 
Seguí:
- Me gustaba bajar la escalera y verte revolver el café sentado en la puerta de tu casa el domingo a la mañana. Revolviendo frenético y agregando sutilmente el agua de la pava. Desayunar ese café espantoso viendo la gente correr por el parque. ¿Sabías que tampoco me gusta el Te? - agregué.
- No - volvió a decir con mucho esfuerzo, como si las dos letras las tuviera atragantadas de dolor.
- Menos esos que tiene sabores medios sintéticos como frutilla, manzana. En realidad ninguno de todos los que tenés en tu cajita de Te. Pero me gustaba compartir con vos el Te después de la cena mientras charlábamos escuchando el reloj de la pared marcar los minutos. Tampoco tomo agua al natural, la prefiero fría, pero vos siempre me ofrecías esa. Y dejame decirte que detesto el morrón y la berenjena, aunque sean tus ingredientes preferidos para cocinar. Pero por verte cortar con tanto esmero cada uno y combinar sus colores en un wok, valía la pena tragarlas. 


Se paró y de una zancada se acercó a mi y se apoyó en la mesada sin decir nada. Lo sé porque lo vi de reojo, pero en realidad seguía mirando la mancha con forma de luna. 

- Hace un par de meses que leo el Olé. En especial la parte de tenis porque de eso no entiendo. De fútbol viste que algo sé, además me gusta. Estoy al tanto de si NOB gana o pierde, pero más allá de eso no me entero. Pero quería entender de qué hablabas cuando lo leías en voz alta los sábados a la mañana. Ahora sé varios jugadores. Federer, Del Potro, ¿ves?
- Sí, aprendiste - dijo con un nudo en la garganta, apoyado sobre el frío mármol. 

- Y odio, pero odio las olimpiadas. Me aburren terriblemente. Sobretodo las competencias tipo tae kwon do o Esgrima que no sé cuándo ganan o pierden. Pero nunca vi a alguien mirar todos las disciplinas con tanta pasión como vos. Viviría viendo las Olimpiadas una y otra vez con tal de hacerlo con vos. - le dije sin inmutarme.
Mi voz era firme y severa, y mis ojos, además de estar fijos en el mismo punto, estaban secos y desafiantes. La sorpresa que me había dejado todo el suceso no me permitía ni llorar. No me salía, no parecía que fuera a caerse ni una lágrima. Estaba frustrada y dolida, y cuando estoy así mi dolor se expresa en una presencia distante. Así, tal cual ese momento.


- Y Sidhartha me pareció un libro de mierda, con un mensaje totalmente mediocre. Pero lo volvería a leer, como volvería a hacer todo otra vez.

Hubo otro silencio que se interrumpió, por primera vez en un largo rato, por una voz que no fue la mía: 


- ¿Y por qué hiciste todo eso? - Preguntó con una sincera, irritante e inocente intriga.

Podría haber reaccionado acorde a mis costumbres y ofenderme, pero en ese momento todo el dolor brotó de mi y no me dio tiempo a nada. Las lágrimas se me salieron y entre un llanto ahogado, con las palabras llenas de agua y tristeza, le respondí lo que tanto había querido decirle en esos meses y que sabía que era la última oportunidad para hacerlo: 


- Porque te quiero - dije.

El abrazo que le siguió a esas últimas palabras fue el más fuerte y dulce que me dio en el tiempo que estuvimos juntos. Fue una disculpa, una respuesta, pero principalmente fue una despedida.