16 de diciembre de 2013

Conversaciones breves VI: La que la tiene clara

- ¿Qué hacés?

- le escribo a Mauro...

- ¿te vas a dormir con él?

- eso estoy intentando...

- ¿qué le estás poniendo? ¿Puedo ver?


- se...

- "Diondee andars??" ¡Media pila, boluda, ni que estuvieras tan ebria! ¿estás tan ebria?

- neee...

- ¿seguro? Porque no se te nota, bah, no te me estás colgando del cuello ni le gritaste al pibe de la barra que los Fernet que prepara son de mariquita...


- que no, te digo. No estoy ebria ni ahí. ¿Querés que te haga el 8?


- el 4...

- eso, el 4. ¡E' lo meessssmo!

- ¡pff! Bueno, igual, arreglá un poco ese SMS que así no te va a querer dar masa nadie.

- no, está bien. Se lo mando así...

- ¿seguro? ¿no querés que te lo escriba yo?


- ¡no! Se lo quiero mandar así, ¿no entendés...?

- ¡¿qué cosa?! 


- ¡Que es la idea! De cara quedo como una desesperada, reventada. Si va como borracha después puedo usarlo de excusa frente a cualquier respuesta. De paso, borracha da a trolita linda. ¡Chin chin!

27 de noviembre de 2013

Conversaciones breves V: El maldito wasap

- No le voy a contestar. Me cansó.

- ¿eh? ¿a quién? ¿de qué hablás?

- de Francisco que me está charlando por WhatsApp.

- ¡ay, qué copado, te escribió! ¿no querías eso?

- sí, pero no quiero que me esté charlando todo el tiempo como si esta porquería fuera un chat.

- y bueno...no le contestés más...

- ¡no puedo! con lo buchón que es esta mierda se va a creer que no quiero hablar con él.

- y...pero no querés.

- ¡sí quiero! pero tomando una birra, cara a cara, ¡no por acá! además ya me pasó con uno de no estar respondiéndole todo el tiempo y que se creyera que no quería verlo más.

- ¿quién?

- Mauro. Una noche me lo encontré, le dije que al final nunca habíamos salido y me contestó: "Como no me respondías mucho por 
WhatsApp pensé no te interesaba".

- ¡pff! entiendo...pero ¿qué te cuesta charlar un ratito?

- ¡no tengo ganas! Es mucho laburo neuronal. Contestar algo copado, que sea interesante, simpático, divertido, que parezca elocuente, espontáneo. ¡es agotador!

- todo se soluciona siempre con un "jaja".

- no te creas. ¿Te acordás de Lucho?

- se...el que se comió casamiento.

- ese. Me escribía siempre cuando estaba aburrido en el trabajo: "Me aburro. Qué hacés?", me ponía. ¿QUÉ HAGO? LABURO, NABO. ¡ESO HAGO!

- ¿y qué hacías?

- y...le contestaba alguna huevada cuando podía, pero por ahí estaba escribiéndome con otra persona por trabajo y se veía que yo me conectaba todo el tiempo y no le respondía, entonces me decía algo como "eh mala onda no me respondés. Contame algo". Encima eso, quería un bufón y a tiempo completo. ¡Dejate de joder! 


- es cierto...yo también extraño cuando solo existían los SMS. Era todo más sencillo, lo usabas realmente cuando querías contactarte con alguien y era para salir.

- ¡ves!

- lamentablemente el "visto" de Facebook y WhatsApp ya están impuestos. Nos vamos a tener que acostumbrar...

- no quiero.

- ¿qué querés, entonces?

- un novio analógico. Eso quiero. 

28 de octubre de 2013

El colchón

Me acosté a su lado y ambos nos giramos, quedando frente a frente nos miramos en silencio como hacíamos antes. Como hicimos siempre.

- Lindo el colchón nuevo -dijo golpeando suavemente en el pequeño espacio que quedaba entre su estómago y el mío.

- viste y yo que dudaba entre resorte y espuma. Elegí bien. 


- ¿el mío qué es? 


- espuma.

- ¿y éste? 

- resorte.

- ¿te acordás de cuando llegó el mío? Estabas insoportable con que querías armarlo.

- no quería armarlo. ¡Quería probarlo!

- ¡uh sí! y yo estaba agotado. Lo había cargado desde la puerta, lo había acomodado, le había puesto las patitas.

- ¡es que era como comprarse un juguete nuevo y no querer usarlo al instante!

Hubo otro silencio y me acarició la cabeza. Pasó sus dedos por mi pelo como si su mano fuese un peine, como hizo siempre. Como hacía antes. 


- "bautizarlo" -dijo rememorando mientras me contaba las pecas con la mirada.

- ¿qué?

- que ese día me dijiste que teníamos que bautizar el colchón nuevo. 

- y sí...

- bueno, estamos a mano ahora. Vos bautizaste el mío y yo el tuyo...


- ...

- ¿qué...? ¿no soy el primero que...? ¿no lo bautizaste conmigo?

- ...


- ¡mentíme por lo menos! -rogó mientras sacaba su mano de mi pelo, sin saber donde dejarla.

- ¡sabés que no puedo mentirte!


- pero...¿cómo? ¿otro? -balbuceó revoleando los ojos para todos los lados, intentando buscar una respuesta en los objetos de la habitación.

- ¿y qué querés? ¡Si vos no estabas acá! ¡No estuviste durante demasiado tiempo!

¡pero duele!

- ¡más duele que no hayas sido vos!


No volvió a mirarme y se giró dejándome de cara a su espalda morena, como hizo siempre. Tal como hacía antes. 

4 de octubre de 2013

Nada que limpiar

Todo está terminado y no hay vuelta atrás. Como si tuviera que escupirme las manos, levantarme las mangas, me dispongo a empezar de nuevo. 

El trámite no es fácil, lo conozco, lo he llevado a cabo en varias ocasiones y sé perfectamente cuáles son los pasos a seguir. 

Estoy sentada en la cama y me duele el pecho. Es la angustia. Es todo eso que tuve guardado un montón de tiempo y que pese a que ya salió, que lo escupí en palabras, frases y reproches, todavía el cerebro no le avisó al resto de los órganos que no tiene más ese peso y entonces sigue doliendo. Mi cuerpo viene con delay.

Sé que si lloro todo se irá aflojando y podré empezar a limpiar los restos de otra relación que no funcionó. La lágrima que ayude a desagotar toda la angustia será el comienzo de un largo duelo que irá haciendo su propio curso. Podría hacer un playlist infinito con todas las canciones que me hacen acordar a él a la espera de una catarata salada, pero ya pasé la etapa de aferrarme a los recuerdos. Ya no quiero acordarme de lo bien que estuvo todo, ahora quiero sacarme la memoria, vaciarla y arrancar de cero. Ahora me quiero olvidar, pero para eso necesito sacarme esa angustia, esa molestia que tengo adentro que no me deja pensar, ni avanzar, ni llorar, ni olvidar. 


Sigo sentada en la cama. Me agarro la garganta para ayudarme a tragar la nada misma que me impide tomar una bocanada grande de aire. Afuera hay sol y acá adentro llueve. De la silla de la ropa cuelga una toalla blanca con flores del mismo color en relieve. Está mal colgada, un claro signo de que yo no la puse ahí. No fue mía, pero ahora me ha vuelto su propiedad y no la quiero. No importa que sea la que más absorbe el agua y abrigue en invierno. No la quiero. 

Identificar esta molestia alivia un poco el dolor que siento. Sacar la toalla de mi vista, alejarla de esa cotidianidad que ya no existe, lavarla y ponerla nuevamente en una pila de ropa blanca neutra, sin olores, sin dueño, sin recuerdos, ayuda pero no alcanza.

Busco, entonces, seguir limpiando rastros y signos. Este paso también lo conozco y en el momento es duro, pero sé que cuando termine el dolor al tragar ya no va a estar. La modernidad me exige hablar al menos con 8 contactos por WhatsApp para que esa ventana se oculte, junto a su presencia. Facebook es lo más sencillo y por Twitter ni siquiera tengo que pasar. La parte difícil no es lo virtual, sino lo real. 

Miro a mi alrededor buscando más recuerdos que eliminar. No hay fotos que guardar, no hay entradas de cine que archivar. Mucho menos cartas, notitas dulces. No veo regalos, ni presentes de ningún tipo. No hay ropa ni objetos del otro. No hay libros ni compras en conjunto. No hay signos a la vista, evidentes, de que alguna vez haya existido eso que ahora quiero borrar. 

Siento otra vez el vacío adentro mío que se manifiesta en una punzada, como intentando decir algo. Me siento otra vez en la cama y miro de nuevo todo lo que me rodea. Tan mío y solo mío.

La puntada pincha de nuevo. Duele por lo que ya no hay. Duele por lo que nunca hubo. 



17 de septiembre de 2013

El mozo

Desde adentro de la cocina se escucha una versión a capella de un tema clásico de Ricardo Arjona. La voz estira las palabras, igual que se estira la muzzarella en el tenedor del taxista de la mesa de la ventana. Las alarga hasta lograr la entonación perfecta y, como si pareciera calculado, hace su entrada al salón justo cuando llega al estribillo. El marco de la puerta es la mitad de ancho que su torso, así que con estilo Ariel se gira justo antes de chocar y los cuatro platos que carga se acomodan junto a él como bailarinas que siguen al cantante.  

De los diez años que hace que Ariel atiende las 26 mesas de la Pizzeria Argentina todos los mediodías, solo una vez se olvidó la letra de una canción. Ese día también llevó una pizza de anchoas a una mesa de vegetarianos. Tenía 35 años y su mujer lo llamó que “se le salía la nena”, y él todavía tenía tres comandas pendientes en la cocina antes de poder dejar al dueño a cargo de las matemáticas y las fugazzetas del bodegón céntrico. La siguiente vez que Ariel se olvidó todas las letras de su cerebro cancionero fue cuando en Mar de las Pampas, hace 5 años, a su mujer otra vez se le salió la nena antes de tiempo y Melisa nació en una ambulancia camino a Villa Gesell. 

Ahora Ariel está mirando fijo al televisor acodado a la barra llena de cachivaches históricos. Tres sifones de vidrio, botellitas de Coca Cola del Mundial 78' sin abrir y algunas estampitas arrugadas son parte del paisaje en el que ahora la única música que suena es el choque rítmico de los cubiertos con los platos. Está concentrado mirando la placa de Crónica que, con imágenes primaverales y un tema de Palito Ortega, anuncia que tan solo faltan 185 días para la primavera. Las letras empiezan a acomodarse en su mente y justo cuando Ariel está por hacer un dueto con Palito...

- Ariel, otra porción de muza, ¿puede ser?.
- Lo que usté diga, don.
- ¡Ah! ¡Y Ariel!
- ¿Sí?
- ¿Y una de Gardel?
- ¡Cómo no!  

20 de agosto de 2013

El show de la rutina


La cotidianidad se vuelve a veces una continuidad de sucesos que se conocen de memoria, como un mismo programa de TV con años de emisión que solo varía a veces de escenarios o personajes, pero que haciendo un balance general siempre es igual.

Cada día antes de salir de mi casa intento adivinar qué capitulo de la rutina me tocará. Sé que antes de llegar a la esquina veré un grupo de chicos del secundario sentado en el suelo, delante del kiosko tomando Coca Cola, recién salidos del turno mañana. También sé que cuando termine de pasar el colegio estará la parejita de turno a los besos o peleando. Esas pequeñas opciones suelen ser la incógnita del día. 

En el bar de la otra cuadra el hombre de corbatín, a veces rojo o gris, ya está sentado contra la ventana esperando el menú ejecutivo mientras lee La Capital y come un grisin de la panera. Hoy hay pescado con polenta, por eso se está reservando el pan y mata el hambre con otra cosa. 
El camillero del sanatorio se está fumando su pucho de la 1pm en la vereda. Si cuando paso veo el cigarro apagado, estoy llegando tarde. Los lunes no está porque tiene franco, pero los martes se fuma dos seguidos porque empezar la semana se le hace pesado y la nicotina tiene que entrar pronto en el torrente sanguíneo.

En la panadería ya se terminó el pan de la mañana y Víctor está sacando las bandejas de la ventana para empezar con el proceso de las facturas de la tarde. Volverá a la parte posterior de su local e irá acomodando meticulosamente sobre las planchas las medialunas que ya hizo. Algunas las pintará con caramelo arriba, otras con crema. Otras tendrán, como toque final, unas lineas finas de chocolate. 

En la parada de colectivo veo al dueño del almacén que está en la otra vereda, como todos los días. Se está peleando con el de las gaseosas porque es miércoles. Los jueves es el turno de los alfajores y galletitas y los días viernes hace planes por teléfono para el fin de semana. Jesica llega puntual y se para al lado mío. Salió de su trabajo en la prepaga y pregunta por mensaje de texto qué hay para almorzar. Ella se toma el 107 que va por Entre Ríos hasta el fondo. Su casa está prácticamente en la parada así que antes de bajarse ya tiene las llaves en la mano, como si la puerta del colectivo fuera el palier de su edificio.

Patricio, como siempre, ya está sentado cuando yo subo al bondi. Le gustan los asientos dobles aunque siempre va él solo. Aprovecha los viajes largos que tiene desde La Florida hasta la facultad para hacer trámites con su teléfono. Hoy se tiene que quejar con su servicio de telefonía porque le cobraron el doble, pero mañana va a tener que volver a llamar ya que tienen el sistema caído. El capítulo de mañana será emocionante.

Un saltito con la pierna izquierda y estoy de nuevo en la vereda, otra vez, como todos los días. Ponchito, el weimaraner que vive en la casa de la esquina, está tomando sol en la puerta. Hoy lo abriga su poncho color rojo. Cuando la temperatura está un poco más caldeada su dueño le pone uno azul más finito. Ponchito, el perro del poncho, solo duerme en la vereda cuando su dueño no está. Si el muchacho pelado está en casa, ambos están recostados en el sillón. Ponchito haciendo fotosíntesis en la parte donde entra el sol por la ventana y el joven - que alguna vez fue rubio - lee sobre tecnología en su iPad. Si llueve o está nublado, ambos se van a dormir la siesta. 

Algunas horas más tarde emprendo el regreso y el proceso es el mismo a la inversa. Otra vez tengo un colegio secundario cerca con sus respectivos alumnos del turno tarde tomando gaseosa, disfrutando el final de la jornada. Hay una parejita a los gritos y otra a los besos. En la parada está la chica que se va a entrenar al club. Los sábados tiene partido de hockey así que los viernes no falta nunca aunque tenga que estudiar. En el colectivo el contador chequea su timeline de Twitter porque en las últimas dos horas de oficina su jefe está cerca y no puede. Hace RT, responde menciones y piropea modelos en 140 caracteres. Cuando se baje seguirá con la nariz pegada al teléfono y pisará, como todos los días, el mismo pozo antes de meterse en el supermercado. 

En el trayecto el colectivo hace su parada en la peatonal y por la ventana de los asientos individuales se lo ve a Miguel, el dueño de la librería religiosa. Los lunes, cuando llegan los pedidos de las editoriales, está ordenando los libros de las cajas en los estantes. Los miércoles está haciendo los balances de la semana en el mostrador. Religiosamente ordena tickets, saca cuentas con la calculadora y se levanta los lentes, que se le resbalan por la nariz. Casi siempre está inclinado sobre el mostrador con la pelada en forma de "U" brillando sobre los reflectores y encandilando a quien mira. Está tomando alguna anotación o buscando entre papeles y cada tanto chusmea si la puerta se abre. Pero nunca se abre. 

Llego a casa y este episodio va llegando a su fin. Mañana será otro día exactamente igual. Saldremos de nuevo los mismos a hacer lo de siempre, cambiando pequeños detalles que harán de esa jornada una diferente a la anterior y a la que le sigue. Somos, al fin y al cabo, los protagonistas de esta rutina que hoy terminó su episodio del día.

30 de julio de 2013

El oficio de ser tía

Cuando sé es hijo único de padres hijos únicos el contacto con niños se reduce a prácticamente 0 hasta que tus amigos (los "hermanos de corazón", como se dice en el lunfardo mencho) empiezan a procrear. O al menos ese fue mi caso ya que, sumado a mi escaso contacto por parentesco, tampoco nunca me simpatizaron mucho los mocosos de menos de un metro de altura.

Es por eso que un montón de cosas sobre chicos no las aprendí hasta que mi amiga Camila fue madre hace tres años. El día que Mora nació me convertí en tía por elección y con este título vinieron aprendizajes forzosos de todo tipo. Mora ha sido mi primer experiencia y mi conejillo de indias en este oficio.
Con ella aprendí que si dejás un bebé en una cama, el pibe (que no sabe ni controlar su propia saliva) ¡de alguna forma se mueve! y se cae al piso. También aprendí, a cuesta de una camisa divina, que si no hacés que el chico eructe, éste devolverá toda la leche que está de forma misteriosa dentro del cuerpo de su madre.
Mora me explicó además la importancia de tener juguetes en una casa de adultos y un TV que transmita Pocoyó las 24 hs los 365 días del año.
Ahora que la nena es parlante primeriza, he empezado a cuidar mi vocabulario y a disminuir en un esforzado 23% mi nivel de puteadas frente a ella.
Con Mora también descubrí que un chico de dos años y medio no sabe diferenciar entre la izquierda y la derecha así que no tiene sentido indicarle que lo que busca está a su izquierda. Y que si tiene los cordones desatados y te está mirando significa que se lo tenés que atar. Mora me enseñó que si le pintás las uñas a una nenita tenés que alejarla de todo para que los muebles no se pinten también. Igualmente, para el final de la jornada, ya nada quedará de ese esmalte rosa que le pusiste en las manitos. 


Pero Mora no sólo me ha transmitido valiosos conocimientos sobre una especie para mi desconocida hasta el momento, sino que también me hizo cambiar un poco mi forma de moverme, relacionarme y hasta me mostró que puedo ser mucho más paciente de lo que yo creía. Aprendí a convivir un día entero en festejos de cumpleaños que incluyen pelotero, inflable, niños corriendo por todos lados, mocos, baba, caramelos pegados, más mocos, pañales, música para chicos, payasos, animadoras y ¡los padres de los otros niños desconocidos!
Sin embargo desarrollar esta paciencia para sobrevivir a los eventos sociales que mi nueva sobrina tenía preparados para mi, no fue tarea de un solo día sino que me tomó dos festejos comprender el mecanismo de un cumpleaños infantil. Con varios tropiezos en las dos primeras ediciones, en la tercera estuve lista para encarar el evento de la forma correcta.

En su segundo cumpleaños, sus inexpertos tíos adoptivos (y acá aprovecho para incluir a otros amigos de la pareja porque por suerte yo no era la única ignorante), cometimos el error de salir de parranda la noche anterior al festejo de la piba. Hoy recordamos entre risas aquel mediodía donde todos los chicos estaban saltando en el castillo inflable y los jóvenes, novatos y pasados de joda tíos nos acumulábamos en un rincón al sol, con lentes para tapar las evidencias y tomábamos agua que limpiara el organismo. En ese contexto mirábamos de lejos como nuestros amigos, que hasta hacía poco tiempo habían estado en esas noches eternas con nosotros, atendían a sus semejantes padres. 


Hace pocos días este ser de rulitos rubios festejó sus tres añitos un domingo al mediodía y los tíos, con la experiencia de los años anteriores, tomamos medidas drásticas y la noche del sábado la pasamos cada uno en su casa tomando te y mirando una película. Nos encontramos a la madrugada todos conectados en Internet repitiendo a cada uno que nos invitaba a un seductor y ruidoso plan: "no puedo, mañana tengo el cumpleaños de Morita temprano".


Pronto el grupo tendrá otro sobrino, Genaro, esta vez de Noelí. Con el nuevo retoño vendrán nuevos aprendizajes y experiencias sobre el primer sobrinito varón. Tendremos una nueva incorporación a este staff de maestros pequeñitos, esos que nos enseñan todos los días este oficio de ser tíos.


8 de julio de 2013

Diario del viajante III: Del Lower East Side a Broadway

Si me preguntaran de todos los lugares que he visitado cuál me gustó más, sin dudas respondería que los lagos de Villa La Angostura, con sus montañas y sus bosques, marcaron mi infancia. También agregaría que Tilcara dejó polvo color naranja en mis recuerdos y que el montañés pueblo de Burlington, Vermont fue mi último descubrimiento maravilloso.

En conclusión, podría decirse que pese a haber estado en las grandes ciudades que maravillan al mundo, siempre me he quedado con esos pequeños lugares que me maravillaron a mi. He tenido la suerte de recorrer las ciudades de ensueño de mucha gente, esas que todos morirían por ir y no morir de estar ahí. 

Pero hubo dos ocasiones, estando en las locaciones más famosas del planeta, donde me quedé sin respiración.

La primera vez que vi la Torre Eiffel fue a las 8.15 am del 13 de agosto de 2004 cuando el vuelo de Air France empezó a descender para aterrizar en Paris. Entre las nubes se colaban los rayos de sol y cuando se disipó un poco la niebla matutina, la puntita del monumento más reconocido del mundo se mostró ante mí desde la pequeña ventana de la clase turista del avión. Pero no fue hasta dos días más tarde que los ojos se me llenaron de lágrimas por estar frente a la imponente estructura de hierro. Caminaba concentrada mirando mi guía y usando el Museo del Hombre como referencia para ubicarme, cuando este gran museo se terminó y al levantar la vista en busca de algún dato que me dijera dónde estaba, me topé con la más obvia de las marcas. Delante mío, como gritándome su presencia, estaba la Torre Eiffel. Sin controlar mis sentimientos me empezaron a brotar lágrimas de los ojos y me quedé ahí parada, sola, con la guía apunto de caerse de mi mano, llorando de la emoción mientras un grupo de japoneses disparaban flashes sin mirar lo que yo sí estaba viendo. No sé cuánto tiempo estuve sin moverme, ni respirar, ni pestañear. Sentía la gente pasando al lado, posando en familia o en pareja, haciendo las posturas más ridículas, sacando banderas de todos los países del mundo. Esa fue la primera vez que tuve esa desconocida sensación. La primera vez que la fascinación logró conmoverme hasta los nervios. 

No volví a sentirme así hasta el 29 de septiembre de 2012. Hacía cuatro días que andaba dando vueltas por la Gran Manzana. Había visto el puente de Brooklyn, la pedorra Estatua de la Libertad, los taxis amarillos, el MoMa, Wall Street y el Soho. Ya me había sacado todas las fotos de turista clásico, esas que sirven para chapear el viaje porque el retrato que te tomaste en una esquina cualquiera nunca sirve ni de foto de perfil ni para el cuadrito de la mesa ratona si no tiene un icono popular de referencia.
Me quedaban algunos días para recorrer y decidí, antes de ir a una función de jazz en clásico bar Birdland, darme una vuelta por el punk Lower East Side con $5 en el bolsillo. Para llegar luego al concierto debía tomar un subte que salía $2.50 y en la estación no andaba la máquina para comprar el boleto con tarjeta de crédito. Había caminado toda la mañana y el mediodía y para cuando terminé de mirar el local donde los Ramones compraban su ropa, un sonido en mi estómago clamó por comida. Paré, entonces, en un pequeño local verde flúo que ofrecía dos porciones XL de pizza y una gaseosa al módico precio de $3. Sin pensarlo y llevada por los ruidos del hambre entré y le compré al mexicano Manuel una promoción y me senté sobre cajón de cerveza a comer la aceitosa pizza. Iba por la segunda porción cuando descubrí el gran error que había cometido. Me quedaban $2 y necesitaba $2.50 para ir a Birdland Bar que estaba a unas 50 cuadras.
Un vago de largas rastas se sentó al lado mío y sin disimulo me empezó a contar que él era cantante de reggae, que había girado por todo Sudamérica  que había estado en Chile, que había tocado con Gondwana y que sabía decir "hola" en español. Hablamos un rato de sus épocas doradas que, guiándome por su aspecto y su esfuerzo porque le dieran una porción más de pizza gratis, habían pasado hacía mucho tiempo. Le conté que me iba a ver jazz y compartí con él mi pequeño (pero dramático en ese momento) problema. Sin muchas vueltas le pedí prestado 50c. "Pero debería pedirte yo a vos, no vos a mi", respondió entre risas y codeó a un negro grandote que se estaba mandando una de peperoni al lado nuestro. "La chica necesita cambio", le dijo al desconocido. Mirándonos con cara de pocos amigos y sin despegar la pizza de la boca, el grandulón sacó del bolsillo dos monedas y me las dio.
Después de despedirme de mis amigos, corrí hasta el metro porque entre pizza, charla y mendigueo ya era muy tarde. Tenía que tomar la verde, la verde para Uptown, la verde que iba a Broadway, no la express que no para en todas las estaciones. No la express. La express no. Tenía que tomar la regular, no la express. La otra, no la express. ¿Cuál tomé? La express. 


Durante el viaje improvisé una nueva ruta que me sirviera desde la estación donde sí paraba la linea que había tomado. Ya nerviosa por tantos inconvenientes decidí bajarme en una llamada "Times Square". El nombre me era conocido, sabía qué era el lugar pero en ese momento daba igual cómo se llamara, qué significara, qué hubiera ahí, lo que me importaba era que me dejaba a seis cuadras. Si las corría, llegaba.
Me bajé a paso acelerado, subí las primeras escaleras mecánicas dando zancadas, esquivé gente, me la llevé por delante, "excuse me", "excuse me", divisé la salida, de nuevo zancadas en las siguientes escaleras, empecé a sentir el ruido de la calle, la brisa del mundo exterior, asomé la cabeza por el hueco del subte y una luminosidad extraña para el horario nocturno me cacheteo la cara. Cuando estaba por saltar el último escalón lo vi. Vi Times Square. El lugar más iluminado del mundo. El único punto de luz de la tierra que se ve desde la estratosfera. El centro del planeta. 

No pude correrme del agujero del metro para dejar pasar a los apurados neoyorkinos. Dejó de importarme el llegar tarde, dejé de tener noción del tiempo, de pensar en la función de jazz. Al igual que aquel agosto del 2004 todo se detuvo, no hubo más ruido, ni sirenas, ni bocinas, ni barullo. Se hizo un silencio y todas las luces, los foquitos de luz más poderosos que se hayan inventado se me metieron por todos los sentidos. Había sucedido otra vez. De nuevo, por segunda vez en mi vida, la fascinación había logrado conmoverme hasta los nervios.






9 de junio de 2013

La filosofía de la casualidad

Aquella fría noche víspera de feriado podría haberme quedado en mi casa viendo una película pero pese a la llovizna y los amenazantes 5° decidí salir. Esa noche de mayo podría haber permanecido en el bar donde tocó la banda que fui a ver, pero con mi amiga Virginia decidimos cambiar el rumbo. Ella también podría haber decidido que se volvía con su novio pero, como pocas veces suele suceder, optó por continuar el ritual cervecero conmigo en otro lado.También podríamos haber escogido ir al bar de un amigo por Pichincha, pero quisimos ir a aquel bolichito al que no íbamos nunca. Podría haber hecho un montón cosas distintas ese 24 de mayo, pero todos los hechos se dieron para que yo acodara los brazos en una barra y esa fría noche de feriado lo conociera a Nicolás. 


Nicolás era un bohemio y filósofo urbano que no creía en las casualidades. Para él todo sucedía por un motivo y militaba en favor de su creencia siempre que tenía una oportunidad. Cada vez que recordábamos la noche que nos conocimos, él me explicaba su teoría:

- Pero imaginate que yo no hubiera ido esa noche ahí, ¡nunca nos hubiéramos visto! Jamás voy a ese bar, ¿entendés?. ¡Fue una casualidad inmensa!

- Creer en las casualidades es la respuesta más mediocre para explicar porqué suceden ciertos hechos. Me gusta pensar que estábamos destinados a cruzarnos en ese lugar. Yo tampoco voy nunca a ese bar, pero por algún motivo ese día decidí ir. 

Cada vez que yo le contaba algún hecho cotidiano en el cual intervenía una casualidad, él me corregía y salía otra vez con su discurso sobre lo que está destinado a ser así. 

El destino, ese factor divino en la filosofía de aquel muchacho, fue el que también nos separó algunos meses después. "Todo sucede por un motivo", fue su arma para explicarme que se iba de viaje un montón de tiempo. Tal como aquella noche de invierno el destino nos había unido, ahora el destino decidía que él se iba y yo me jodía acá.

Los meses pasaron y me fui olvidando de Nicolás y su filosofía como justificativo de vida. Me encontraba con un viejo amigo en el supermercado ¡pero qué casualidad!. Iba caminando pensando en alguien y aparecía ¡pucha lo que es la vida, qué casualidad! A mi me gusta el misterio detrás de las casualidades y disfruto que me sorprendan. Sin embargo a veces, al decir mi frase preferida, me acordaba de Nico y su idea del destino. 

El destino, hijo de puta tantas veces, nos volvió a cruzar y ya no estoy tan segura de que haya sido un azar. Después de un montón de meses sin novedades de Nico, una noche caminando por una calle que no camino nunca, un día de la semana que no suelo salir jamás, apareció Nicolás en mi misma vereda y empecé a pensar que tal vez su teoría no estaba tan errada. Si dos personas se encuentran en lugares tan atípicos dos veces en la vida, el destino está diciendo que tienen que estar juntos, ¿no?. ¿NO?

- ¡No puedo creer que te estoy viendo! ¡Tanto tiempo! ¿Cómo estás? ¿Cómo te fue en el viaje? - dije contenta al cruzarlo.

Eran demasiadas preguntas para responder en una vereda y nos fuimos a festejar el destino con una cerveza. Hablamos por horas y desafiante volví a cuestionar su teoría de la casualidad:


- A ver, yo iba a ir por otra cuadra y por única vez elegí esa para ver una vidriera. Eso es casualidad Nico, no jodás. 

- No, ni ahí. Teníamos que volver a vernos.

Sí, teníamos que volver a vernos. Y nos vimos esa noche y otra más, y la que siguió a esa y a la otra. Nos vimos como si otra vez fuera invierno y recién nos hubiéramos cruzado en ese bar.
La filosofía de Nicolás lo llevó a no querer verme más, ahora sin moverse de la ciudad. El destino decidió que otra vez un boludo me dejara con los mocos colgando, y en este caso dos veces el mismo boludo. 


Hace poco me crucé con Nicolás en otro bar. Después de curar la herida me quedó un simpático recuerdo de nuestra relación y me alegré mucho de verlo y ponernos al día entre el barullo de la noche. 

- ¡Qué casualidad encontrarnos acá, que es la primera vez que venimos ambos! - dije distraída, olvidando por completo el filósofo que tenía delante mío. 

- ¡Pero no! Acordate que las cosas siempre pasan por un motivo - me respondió cariñoso, casi como intentando revivir algo que solo debía quedar en el recuerdo.

Nicolás me sonrío y se acercó un poco más hacía mi. Fue entonces cuando yo retrocedí un paso y le respondí: 


- No, Nico. Esto es solo una casualidad.

25 de mayo de 2013

Diario del viajante II: El folk de Vermont

*Publicado originalmente en The Sacred Monster - 17/10/12

Para llegar a Burlington, Vermont hay que atravesar varios bosques y algunos lagos. Los carteles de “Cuidado con los renos” se ven más seguido que aquellos que indican el límite de velocidad. 55 millas son lo suficiente para ir viendo el paisaje y llegar a destino con luz de día desde cualquier punto del estado. Cuando nieva en Burlington no se puede estacionar cerca del lago porque está todo ocupado por los turistas patinadores, pero en verano solamente habitan el pueblo aquellas generaciones de inmigrantes irlandeses.


Es septiembre y pronto el frío se empezará a sentir como así las visitas de los esquiadores y el turismo de temporada. Los bosques a la entrada de este pueblo grande se tiñen de amarillo, rojo y naranja a medida que el auto avanza. Casas de madera al costado de la ruta, moteles con sus carteles titilantes y una pequeña plaza con su correspondiente iglesia blanca, son parte de la perfecta imagen de postal.

La noche en Burlington huele a madera y frío. La Church St, que empieza a espaldas de la iglesia y termina en el edificio del municipio a tan solo 5 cuadras, es una peatonal llena de locales y bares levantados íntegramente con trozos de árboles. Es temprano pero la ciudad está en un silencio pos siesta y pre cena, la gente vestida nada más que con un pulover ligero recorre la peatonal de cemento en busca de un restaurant donde cenar. Las narices curiosas se apoyan sobre los vidrios de los locales dejando la mancha de vapor en la ventana como firma del pasajero. Todos los lugares tienen mesitas chiquitas y agolpadas una contra la otra, como si cenar en Burlington fuera comer con todos los de la ciudad.

En las entradas de los boliches hay un pequeño felpudo con la clásica frase “Welcome” que recibe amistoso a las visitas mientras algunas hojas, atrapadas como en una tela de araña, intentan escaparse de la alfombra ayudadas por la brisa del viento. En todos hay una banda tocando en vivo. Cantan en francés, cantan en inglés, o solo dejan que los instrumentos canten por ellos. La melodía que se escucha en la calle es la que se produce cuando abren la puerta de algún bar y un pedazo de canción se escapa, como si cada abertura funcionara como un dedo en una flauta produciendo una nota musical.

Al final de la Church St se escucha una melodía de folk que no tiene el intervalo de una pareja entrando o saliendo de un sitio. Un banjo raspa una canción y varias voces hacen un coro con un ritmo constante y muy particular. Llegando a una esquina la música se va haciendo cada vez más fuerte, el banjo hace su punteo y las voces masculinas llenas de whisky y cigarro entonan una nueva canción. Entre un restaurant francés y un pub se abre un callejón adornado de basureros de metal que incluyen algunos gatos buscando la cena. En ese espacio entre dos paredes de ladrillos hay montado un prolijo escenario que tiene cuatro jóvenes barbudos con camisas leñadoras y borcegos que golpean el suelo marcando el ritmo. Frente a la banda, observando atentamente, un grupo menor a 20 personas aplaude y baila tomada de las manos cada canción de folk que los barbudos invitan a festejar.

El frío del lago pega sutilmente pero los muchachos de The Blind Owl Band no lo sienten, sus espesos cabellos se mueven con el viento pero no estornudan. A medida que pasan las canciones se van desprendiendo de sus camisas de lanilla para quedar en esa intemperie abrigados nada más que con su propio pelo y una musculosa blanca. El callejón hace de la acústica perfecta para que las guitarras y el banjo se luzcan en esta noche de otoño.

Otra vez una hoja queda atrapada. No es un felpudo de bienvenida, es el pelo del guitarrista que no la deja seguir bailando con el viento una canción de folk.

The Blind Owl Band - Rabble Rousing (Descarga gratuita vía Bandcamp)

16 de mayo de 2013

Conversaciones breves IV: Aclimatarse


- Che pibe te veo esta noche en la clase, ¿no?

- No, hoy no voy. 

- ¿Por?

- Porque si hace demasiado frío ahora, imaginate a la noche.

- Aha...¿y?

- Y que si voy en moto me re cago de frío y si voy en bondi se me hace muy lenta la vuelta y no llego al laburo. 

- Entonces...¿no pensás ir a clases hasta septiembre, más o menos?

- No, no. Es solo hasta que haga el proceso de adaptación. 

2 de mayo de 2013

Conversaciones breves III: Pelotudos I

Facebook Chat.
02.40 hs.

- ¡Hola!


- Hola...

- ¿Qué hacés? ¿Todo bien?

- Todo tranquilo. Trabajando un poco...

- Medio tarde para trabajar, ¿no? ¡Jeje!

- Para mi es temprano aún. 

- ¡Ah! Joya. Te gusta la noche. ¡Jeje!

- ...

- Estuve leyendo tu blog. 

- ¡Gracias!

- Está muy bueno. ¡Me encantó!

- Muchas gracias.

- Es más me dieron muchas ganas de invitarte a salir, pero me inhibe un poco pensar que después puedas llegar a escribir sobre mi en el blog. 

- ¿En serio eso es lo que te frena de invitarme a salir?

- Y sí...un poco. ¡Jeje! Me da miedo pensar qué escribirías ¡Jeje!.

- De una. Tenés razón. No me invites. Siempre escribo sobre los tipos con los que salgo. 

- ¿Posta? 

- Sí. De TODOS. 

- ¡Uh! Qué intriga. ¿Y qué etiqueta me pondrías a mi?

- ¿A vos? A vos te crearía una etiqueta propia. 

- ¡Esa! Me siento especial.

- Sí, lo Zos.

26 de abril de 2013

Conversaciones breves II

- Te explico una cosa, amiga.

- Lo escucho, mi buen amigo.

- No es lo mismo ser el "SMS de las 4 am" que el "SMS de las 6 am"...

- ¿Ah no? ¿Por?

- Y porque si sos el #SMSDeCoger de las 4 am significa que el chabón está a punto caramelo. Y es un buen chongo. Casi educado, te diría. 


- Y el de las 6 am...

- Ese es el de desesperado. Ya no le queda nada, se tira una chance y ve qué pesca...

- Además si son las 6 am y sigue dando vueltas significa que está bastante enfiestado. Probablemente muy puesto o muy borracho. 

- Na, tampoco para tanto. ¡Está bien, boluda! ¡Recién está terminando la noche! Eso es lo que dura mas o menos la joda.

- ....

- ¿Me vas a decir que vos no aguantás hasta esa hora? 

- Eh...see...ponele...a veces...

-¡¿A veces?!

- ¡Y estoy cansada, qué querés! ¿Sabés la de veces que me sonó el teléfono tipo 7 am y tuve que fingir que recién llegaba?


- "La de veces"...

- Bueno, una o dos. 

- ¿Cómo que recién llegabas? 

- Claro, estaba en el 9no sueño y tenía una #LlamadaDeCoger. Cuando me preguntaban: "estás durmiendo?", yo decía: "na,na, reciéeeen llego". 

- ¿Pero ibas?

- ¡Na! Ni a palos. Pero era para que no supieran que en realidad me había acostado a las 11 mirando la repetición de "Friends".

- Entonces la vez que te escribí para ir al after y me dijiste: "uh recién entro a mi casa"...

- Hacía una hora y media que estaba en pijama y medias mirando Family Guy y tomando Coca Cola....

- Ahhh... pero vos te vas a morir sola.

- Sola no, con mi gatito.

- No, ni siquiera. Los gatos sí salen de noche. 

16 de abril de 2013

Una de cal y otra de arena

El dicho dice que cuando te va bien en el amor te va mal en el juego, o a veces a la inversa. Odio el juego así que nunca pude comprobar si la frase alguna vez se confirma, pero una vez escuché una mucho más acertada y empecé a creer fielmente en ella: 
En esa película de chicas, El Diablo Viste a la Moda, la morocha protagonista ve su relación romántica desmoronarse frente a un inminente éxito laboral y no se da cuenta hasta que uno de sus compañeros le dice que cuando su vida amorosa esté totalmente destrozada, será el momento de recibir un ascenso. 


Una tarde de invierno mi celular sonó y una de las satisfacciones personales más grandes que haya tenido se confirmó del otro lado del aparato. Era un tipo que me quería en su empresa para trabajar. A mi. Para hacer eso que yo estudié, eso que sé hacer, eso que yo elegí ser en mi vida. Me lo había ganado con todos mis esfuerzos y nada más. Nadie había ayudado. Todo fue mérito mío y fue un sentimiento maravilloso. 

No había terminado de procesar mi felicidad cuando esa misma noche me encontré con mi novio de entonces y con una sonrisa que se me escapaba de la cara, le compartí mi alegría. Me abrazó fuerte, me felicitó, me dio un beso y me dijo que estaba orgulloso de mi. Una hora más tarde me dejó.
Tenía algo que contarme, hacía un tiempo que me lo quería decir pero no sabía cómo, no encontraba las palabras. Ese día, justo ese día, supo cómo expresarse. Ese día aprendió a hablar. No otro, ese día.


Un tropezón ajeno me dejó sin mi trabajo añorado un verano. La misma alegría que me había generado obtenerlo, solo se iguala con el nivel de dolor que sentí cuando no lo tuve más. Me despedí del empleo con un duelo que duró los tres meses que dura habilitada la pileta de una colonia.

Como después de cada lluvia sale el sol, después un tiempo con la persiana baja y metida debajo de una colcha, salí a la luz y empecé de nuevo. Otro trabajo, otro éxito personal, otro escalón subido, otra vez ese sentimiento de satisfacción, ahora aumentado por el hecho de haber superado una caída que me había hecho dudar de mi. Tenía confianza otra vez. Y otra vez tenía con quien compartir mi alegría. 


El primer día del nuevo trabajo, cargando los chismes y ese cansancio de nervios felices, fui a contarle todo al nuevo compañero. Me hizo preguntas, escuchó atento cuando elogiaba hasta a la cafetera de la oficina y se río con los chistes profesionales que quizás ni siquiera entendía. Me abrazó, me besó la frente y me contó de él. Me contó que tenía dudas con todo, con él, conmigo. Dudas de mi. Dudas sobre nosotros. Dudas de que quisiera que hubiera un "nosotros". Que las tenía hace un tiempo y le había costado identificarlas. Pero pudo hacerlo ese día. Justo ese día. No otro, sino ese día.

Quise hacerme un bollito, bajar la persiana de nuevo y no salir hasta que parara de llover en mi mente. Tal vez, en realidad, lo único que hubiera querido era que se terminara el día. Que ya no fuera ese, sino otro.

2 de abril de 2013

Conversaciones breves I


- ¿Y después del boliche qué hiciste? ¿Lo saludaste y te fuiste?


- No, me acompañó a mi casa y me pidió mi Facebook. 


- ¿Y se lo diste?

- No.


- ¡¿Por qué?!


- ¡Porque no lo quiero tener en Facebook! Detesto esta era digital en la que tenés que tener a todo el mundo en Facebook. ¡No lo conozco! ¿Para qué lo quiero ahí?

- Cierto que sos la más parca para aceptar gente... ¡Para chusmearle la vida, saber quién es, qué le gusta!
- ¡Pero no quiero saber todo eso porque va a dejar de interesarme! Prefiero enterarme de que le gusta Ricardo Arjona saliendo con él y en lo posible después de un buen polvo ¡no antes! Me sacaría las ganas de cogérmelo y está muy bueno...
- ¡Ay! Bueno. ¿Qué hiciste, entonces?

- Le dí mi teléfono.

- ¿Pero te lo pidió?
- No, pero se lo di igual porque le dije que no me gustaba Facebook.
- Estás todo el día en Facebook...
- ¡No es lo mismo! Además no quiero que me chateé. No quiero tener que estar viendo si me habla o no, qué me dice, tener que tener una conversación interesante todo el tiempo. Que si tiene un "visto", que si está escribiendo, que si me chatea pero no me invita a salir, o es re denso y me habla todo el tiempo.
- Chateás todos los días, todo el tiempo...
- No es lo mismo, a mi me gusta chatear con conocidos, no con gente que no me conoce y no entiende mis chistes escritos. Además ya tengo demasiados chongos muertos en Facebook como para sumar otro y tener que verlo ahí. Mejor teléfono que si un día no quiero saber más de él, no lo atiendo y chau. ¡Qué es eso de enterarme si está acá o en Machu Pichu, si tiene novia, si la dejó embarazada...!
- ¡Bueh! ¡Tampoco para tanto!
- ¡Que no! Te acordás ese que me volteaba en el 2008...
- Te revolcaste con un montón en el 2008...
- El rubio...
- Te curtiste un montón de rubios en el...
- ¡Bueno, bueno! Ya entendí, fui muy promiscua en el 2008. ¡Manuel! Ese.
- No me acuerdo de ningún Manuel. ¿No será Emanuel?

- ¡Ese! ¡Bah! Se llaman todos igual.

- Bueno, ¿qué pasa con ese?

- Está embarazado.

- ¿En serio? Qué loco.
- No, lo loco es que yo lo sepa cuando no me importa.
- Está bien, entiendo el punto. ¿Y te escribió éste ahora?
- No, le mandé yo un mensaje para invitarlo a tomar mates a la tarde.
- ¿Y? ¿Te contestó?

- No. Me agregó a Facebook.

19 de marzo de 2013

El compromiso del cepillo de dientes

*Como ya saben algunos, este blog a veces lleva adelante investigaciones de carácter cotidiano, intentando responderse algunos interrogantes filosóficos que surgen en el día a día. Estas preguntas aparecen tras largas reflexiones que la autora tiene tanto de forma particular como grupal en profundos debates sobre la sociología humana

En el día de hoy vengo a hablar de una duda que me viene persiguiendo hace muchos días y que - como la mayoría de las investigaciones que lleva adelante este blog - no ha tenido respuesta. 

La otra noche llevaba en el auto a mi amiga Lucila a la casa de su flamante novio. Antes de salir de su departamento, Lucila puso en una mochila su computadora ("para trabajar en lo de Lucho"), un libro ("para leer en la cama cuando él lee el suyo"), recetas de cocina ("queremos probar de hacer fetuccinis caseros"), ropa limpia ("seguro que mañana antes de salir me pego una duchita") y otros objetos varios. 
Cuando estábamos llegando al domicilio de Lucho, mi amiga notó que se había olvidado de algo: 

- ¡La puta madre, me dejé el cepillo de dientes!
- ¿Qué no tenés uno en...
- ¿En su casa? ¿Estás loca, vos? ¡No da todavía!.
- Iba a decir en tu nécessaire...
- Gala, sos la única persona que conozco que sale al supermercado con un nécessaire. 

Es cierto. Yo tengo siempre en mi bolso/mochila/cartera una cartuchera con todo lo que yo llamo "necesario para vivir en la calle al menos 2 días". La verdad es que yo tampoco tenía uno, ni se me cruzaba la idea de usar un nécessaire hasta que empecé a usar lentes de contacto y tuve que llevar tanta cantidad de porquerías que no me quedó otra opción. Todo el tiempo se me metía una mugre y tenía que sacarme los ojitos de plástico, lavarlos y volver a ponerlos. Desde entonces me acostumbré a llevar cajitas para lentes, líquidos y más líquidos, hasta que con el tiempo le fui agregando pastillas, peine, pinturas y ¡un cepillo de dientes!, claro. 

Pero volviendo a la conversación con Lucila, me llamó mucho la atención que mi amiga considerara que dejar un cepillo de dientes en la casa de su novio era un compromiso muy grande y no así llevarse la mitad de sus pertenenencias a su casa.

Por el otra parte mi amiga Nina es bastante invasiva con su novio Pato. En la casa de Pato está la bicicleta de Nina, otra que nadie sabe de dónde sacó, muchos libros, ropa y hasta toallitas en el botiquín del baño. Las cosas de Nina invaden todos los espacios de Patricio, menos el agujerito de los cepillos de dientes. Nina fue interrogada sobre esta cuestión para esta investigación.


Con un café doble en mano, con su pijama puesto (tiene hasta pijama propio en la casa de Pato) y con los pies arriba de la mesa, Nina responde:

- ¿Cepillo de dientes? ¿Acá? Me deja si le traigo un cepillo de dientes. 

Creyendo que esta era una cuestión meramente masculina, esta investigadora llevó su cuestionario a mujeres que juegan de local para constatar si esta es una preocupación solo de hombres o no distingue género.

- Pablo tiene su cajón con forros. Siempre que viene ya sabe dónde están, cuántos hay - además así calcula si los usé con otros, ¡como si fuera a sacarlos de ahí! - y elige los que quiere, pero de más pertenencias ¡ni hablar!. Que ni se le ocurra dejar nada por más de un par de horas, a ver si todavía cree que está en su derecho de instalarse. Definitivamente todavía no llegamos a ese punto de la relación. 

Esta es mi amiga Ana que tiene una "relación abierta" con un muchacho apodado El Mono. El Mono tiene su "cajón con forros", lo cual a mi modo de entender, es como un perro meando un poste. No así para que no le permite a "Monito" tener derecho sobre ningún ambiente de la casa, muchísimo menos hablar sobre dejarle un acompañante al rosado cepillo de dientes en el vasito de plástico del baño. 

Este es un nuevo misterio sin resolver que presenta este blog: ¿Por qué es el cepillo de dientes el objeto que más compromiso genera entre dos personas?

No tenemos la respuesta aún y los invitamos a opinar, dejar su propia experiencia, putear a su pareja o plantearles (a través de este texto, si gustan) este dilema existencial.


¿Empezarán a mutar las frases que usamos con nuestros novios y novias a la hora de interrogarlos sobre nuestro status romántico?
¿Dejaremos de preguntarnos "¿Qué somos?" para pasar a preguntarnos "¿Podemos dejar el cepillo de dientes en su casa?" ?

No lo sabemos. No, señor. 

28 de febrero de 2013

Compañeros de ruta

Dando vueltas por el ciberespacio encontré un concurso en Facebook de una gran marca de autos. Decía que si uno contaba una historia de amor a la distancia, esta marca te daba un auto para viajar a encontrarte con tu ser amado.

Pensé en participar para narrar una historia y divertirme intentando ganar. Luego vi que el relato ganador no era elegido ni por un jurado, ni por un séquito de lectores, sino que aquel - como se estila ahora en la red social - que juntara mayor cantidad de "Likes" se llevaría el premio. La modalidad del concurso me decepcionó porque no importaba cuánto esmero le pusiera yo a mi cuento, podía ganar aquel que había escrito "el amor de mi Bida" pero que había suplicado a todos sus amigos virtuales que votaran por él. A diferencia de mi que seguramente solo le habría pedido a un par de amigos reales que en vez de elegirme, simplemente me leyeran. 


Cerré la ventana donde estaba el concurso pero me quedé pensando mucho tanto en su propuesta como en su premio, y me costó entender por qué. 


Hace cinco años, en el patio de una casa amiga, conocí a mi perfecto compañero de viaje. Era una noche de verano en la que abundaba el vino y las conversaciones superpuestas. Entre los murmullos de los presentes, empecé a compartir con un sujeto todo lo que ambos adorábamos de viajar. Subirse a un auto sin rumbo cierto, manejar disfrutando los paisajes y perderse en los pueblos más inhóspitos de cualquier parte del mundo. Viajar como viajero y no como turista. Viajar para ver lo que usualmente no se ve.
Esa noche nos contamos nuestras experiencias, destinos preferidos, virtudes como expedicionistas y nuestras mayores falencias como viajeros. 


- Soy una obsesiva. Amo los mapas y la planificación - le conté. 
- Yo me vivo perdiendo, pero siempre llego - contestó. 

Aquella discordancia fue el ensamblaje perfecto, la síntesis del complemento. Así nomás lo supe: Yo quería viajar con él. 

Los años pasaron y los viajes estuvieron presentes en la vida de cada uno. Siempre fueron nuestras metas más cercanas, el destino de nuestros ahorros, nuestros proyectos más añorados. El recorrer las rutas era nuestro tema de conversación preferido y cada vez que uno de los dos concretaba un viaje, nos contábamos los detalles con emoción. Lo mismo se repetía al regresar: Nos encontrábamos para narrarnos cada ciudad, cada momento y las anécdotas más divertidas. 
Como si fuera una película de suspenso él me contaba sus andanzas en peligrosas ciudades de Europa y yo, al igual que una comedia, mis aventuras en una isla comunista.

Pero nunca nos fuimos de viaje juntos. Él lo hacía con amigos, hermanos o novia de turno y yo sola o con mi madre. 
La oportunidad llegó hace dos años cuando finalmente armamos un plan en conjunto con la intención de confirmar que seríamos la mejor pareja de viajes o en caso contrario, que no teníamos nada en común. Chile fue nuestro destino: Santiago, Valparaíso, Viña del Mar en 10 días. Pero cuando íbamos a comprar los pasajes una conversación cambió todo: 

- No puedo hacer este viaje siendo solo tu amigo - disparó delante de la computadora. 
- Eso es lo único que vamos a ser - respondí fríamente. 
- Entonces no seremos nada - dijo y cerró la tapa de la notebook. 

Nunca más volvimos a proyectar nada juntos. Desde ese día nos limitamos a seguir escuchándonos entusiasmados los viajes de cada uno, como si nunca nada hubiera sucedido.


En mi último viaje manejé desde New Jersey hasta Québec ida y vuelta. En esas muchísimas horas sola con mi mente, mi música y un paisaje que iba pasando de ser cálido y veraniego a otoñal y amarillo, pensé mucho en él.
Paraba en las montañas de Canadá y me quedaba mirando los lagos espejados que hacían parecer doble a las montañas intentando memorizar cada sensación y aroma para contárselo a mi regreso. Le dediqué cada una de las 1200 millas que conduje y en cada estado de USA y "province" de Canadá por el que pase, me acordé de nuestro viaje frustrado y ya no me pareció la mejor decisión que pude haber tomado. 
A diferencia de las otras veces, ya no me entusiasmaba juntar relatos para compartir con él a mi regreso, no importaba cuan detalladas le contara mis anécdotas, mucho mejor habría sido vivirlas juntos.
Nuestro reencuentro pos mi viaje fue el mismo de siempre: Largas horas contando el recorrido, mostrando fotos y entregando regalos. Como parte de nuestro pacto implícito, no le dije nada de todo lo que había pensado y dejé que esas reflexiones quedaran acumulando polvo en mi mente junto a mi capacidad de dividir por dos cifras.

Hace poco hicimos un viaje de 20 km solos y el 
tema del gusto de viajar, naturalmente, volvió a salir refiriéndonos a nuestros planes veraniegos. En ese momento todo lo que había pensado viendo las hojas rojas de los árboles canadienses volvió a surgir y no quise que ese corto trayecto terminara nunca. Si no hubiésemos tenido que llegar a un asado, le habría pedido que nunca dejara la autopista y siguiera hasta quedarnos sin nafta. Pero no dije nada. Me callé porque pensé que mi oportunidad había pasado hacía mucho tiempo. 

Por suerte - a veces y solo a veces - me equivoco y ese día estaba muy equivocada. Necesitamos solamente ese trayecto para decidir que no queríamos hacer ni un kilómetro más separados.


Ahora puedo decir que entendí porque el concurso de la marca de autos no me sirve. Puedo contar una historia de amor, conseguir un montón de amigos que voten por ella, pero en definitiva es el premio lo que no me interesa.
Yo no necesito un auto para viajar a ver al chico que me gusta porque ya lo tengo acá conmigo. Yo necesito un auto para que él y yo seamos, de una vez por todas, compañeros de ruta.



4 de febrero de 2013

Una de taxistas IV

- Hola, buenas noches.
- Hola piba. ¿Para dónde?
- Vamos a Zeballos y Oroño, por favor. 

- Va a llover, visteS. 
- Así parece...
- ¿Yo no te llevé para el lado de Pichincha ayer?
- Nop.
- ¿Segura?
- Sí, no tomo muchos taxis. 
- ¿Pero fuiste a Pichincha?
- No en taxi.
- ¿Fuiste?
- Si puede doble en esta porque quiero pasar por un kiosko. 
- Ok. Che y...¿por qué no tomás muchos taxis? 
- Porque no me gustan... 

En eso una moto nos pasa y cierra el paso del taxi que, además de bocina, saca la cabeza por la ventana y grita:

- ¡NEGRO DE MIERDA! ¡LA QUE TE PARIÓ!. Qué especie asquerosa que son. No saben leer, pero aprenden rapidito a usar esas motitos. Disculpá, linda. ¿Qué me decías?

- Que me encanta andar en taxi. 

24 de enero de 2013

Lo haría todo otra vez

Fue uno de esos silencios en los cuales se podían escuchar las tres campanadas de la iglesia que estaba a cinco cuadras. Uno de esos silencios largos que en la mente, que va a mil revoluciones, solo parecen que duran unos pocos segundos. Es ese proceso acelerado en el que el cerebro intenta consolar al corazón y hacerle entender lo que está sucediendo.
Se cruzan mil pensamientos, momentos y situaciones y no importa si los recuerdos datan de años de antigüedad o meses de vigencia, la puñalada duele de la misma forma y penetra con fuerza porque es el factor sorpresa el filo del cuchillo. Los recuerdos pasan rápido y pinchan como viento de invierno a la mañana y el cerebro se detiene en detalles minúsculos que el corazón archiva entre los más preciados. Estupideces que a nadie le interesan, solo a los dos órganos vitales del ser humano: Cuando te dio la mano por primera vez, cuando se rieron juntos a carcajadas durante cuadras y cuadras, borrachos de alegría, o cuando esa mañana que tenías fiebre te trajo el desayuno y en vez de un piquito suave en los labios secos y enfermos, te besó con más cariño que nunca la punta de la nariz mocosa.

La bronca, el enojo y la incomprensión eran tan grandes que ni siquiera todo ese remolino de sentimientos y recuerdos hizo efecto para que el mar de agua salada saliera de mis ojos. Los minutos en silencio pasaban, los pocos autos de la noche rodando sobre el cemento en las calles lejanas se escuchaban como si pasaran justo por mi oreja. Pero nada me inmutaba, mi cerebro estaba cacheteando a mi corazón, diciéndole que todo se había terminado y que al día siguiente cuando me levantara tendría que empezar todo otra vez, sola, de cero.

Del banquito de metal de la cocina a la silla del comedor nos separaban exactamente siete baldosas. Nunca lo sentí tan lejos como esa noche. Cerraba los ojos y cuando los volvía abrir esperaba ver otra imagen, pero no, ahí estaba él con cara de culpa, sin saber qué decir.
Lo peor que puede suceder en una separación es entender y respetar los motivos por los que se da. Sería mucho más fácil separarse con rencor, ira, resentimiento.
 Pero dejar ir a una persona tan pronto, sin haber tenido tiempo - en el breve lapso que duró - de decirle todas esas cosas que hubieras querido, es más doloroso que cualquier traición.

Lo miraba y pese a saber que no había vuelta atrás, que la decisión estaba tomada y que, lamentablemente, era sensata y yo estaba de acuerdo, quería caminar en un paso las siete baldosas, abrazarlo con todas las fuerzas y decirle al oído todo lo que la relación no había dado el tiempo de contar, o que mi personalidad no se había animado a decirle antes. Timidez, vergüenza o escaso tiempo juntos aún me habían demorado un montón de frases cliché, tontas, enamoradizas que ahora que se me querían escapar de la boca como un vómito, ya no servirían de nada.

De golpe, sin darme cuenta, algo salió:


- ¿Sabías que odio el café instantáneo? - empecé diciendo casi en un susurro.
- No - respondió sorprendido por el comentario suelto.
- Sí, lo detesto. En realidad es porque a duras penas tomo café. ¿Nunca te dije que empecé a tomar café hace menos de seis meses?
- No 

- Tomo lágrima solamente porque todavía no me acostumbro al gusto fuerte. Me va gustando pero voy de a poco. - le expliqué mirando fijamente el mosaico con una mancha de grasa del horno en forma de luna. - Pero el café instantáneo todavía me cuesta mucho, en especial si es solo, ni siquiera con leche. Pero vos lo tomás así y a mi me gustaba tomar café con vos. 

Realmente no sé qué hizo durante ese corto relato porque yo estaba tan concentrada en mis reflexiones y en la mancha de grasa en forma de luna que nunca lo miré. 
Seguí:
- Me gustaba bajar la escalera y verte revolver el café sentado en la puerta de tu casa el domingo a la mañana. Revolviendo frenético y agregando sutilmente el agua de la pava. Desayunar ese café espantoso viendo la gente correr por el parque. ¿Sabías que tampoco me gusta el Te? - agregué.
- No - volvió a decir con mucho esfuerzo, como si las dos letras las tuviera atragantadas de dolor.
- Menos esos que tiene sabores medios sintéticos como frutilla, manzana. En realidad ninguno de todos los que tenés en tu cajita de Te. Pero me gustaba compartir con vos el Te después de la cena mientras charlábamos escuchando el reloj de la pared marcar los minutos. Tampoco tomo agua al natural, la prefiero fría, pero vos siempre me ofrecías esa. Y dejame decirte que detesto el morrón y la berenjena, aunque sean tus ingredientes preferidos para cocinar. Pero por verte cortar con tanto esmero cada uno y combinar sus colores en un wok, valía la pena tragarlas. 


Se paró y de una zancada se acercó a mi y se apoyó en la mesada sin decir nada. Lo sé porque lo vi de reojo, pero en realidad seguía mirando la mancha con forma de luna. 

- Hace un par de meses que leo el Olé. En especial la parte de tenis porque de eso no entiendo. De fútbol viste que algo sé, además me gusta. Estoy al tanto de si NOB gana o pierde, pero más allá de eso no me entero. Pero quería entender de qué hablabas cuando lo leías en voz alta los sábados a la mañana. Ahora sé varios jugadores. Federer, Del Potro, ¿ves?
- Sí, aprendiste - dijo con un nudo en la garganta, apoyado sobre el frío mármol. 

- Y odio, pero odio las olimpiadas. Me aburren terriblemente. Sobretodo las competencias tipo tae kwon do o Esgrima que no sé cuándo ganan o pierden. Pero nunca vi a alguien mirar todos las disciplinas con tanta pasión como vos. Viviría viendo las Olimpiadas una y otra vez con tal de hacerlo con vos. - le dije sin inmutarme.
Mi voz era firme y severa, y mis ojos, además de estar fijos en el mismo punto, estaban secos y desafiantes. La sorpresa que me había dejado todo el suceso no me permitía ni llorar. No me salía, no parecía que fuera a caerse ni una lágrima. Estaba frustrada y dolida, y cuando estoy así mi dolor se expresa en una presencia distante. Así, tal cual ese momento.


- Y Sidhartha me pareció un libro de mierda, con un mensaje totalmente mediocre. Pero lo volvería a leer, como volvería a hacer todo otra vez.

Hubo otro silencio que se interrumpió, por primera vez en un largo rato, por una voz que no fue la mía: 


- ¿Y por qué hiciste todo eso? - Preguntó con una sincera, irritante e inocente intriga.

Podría haber reaccionado acorde a mis costumbres y ofenderme, pero en ese momento todo el dolor brotó de mi y no me dio tiempo a nada. Las lágrimas se me salieron y entre un llanto ahogado, con las palabras llenas de agua y tristeza, le respondí lo que tanto había querido decirle en esos meses y que sabía que era la última oportunidad para hacerlo: 


- Porque te quiero - dije.

El abrazo que le siguió a esas últimas palabras fue el más fuerte y dulce que me dio en el tiempo que estuvimos juntos. Fue una disculpa, una respuesta, pero principalmente fue una despedida.