11 de diciembre de 2012

Una vida junto a la cama


La primer materia que me llevé a rendir en mi vida fue Gimnasia...en sexto grado. Sí, en la primaria. Ahí empezó un camino de materias acumuladas que no tuvo fin hasta 5to año del secundario, primer año de mi historia escolar en el que terminé el cursado en noviembre. En palabras de mi madre, que yo no me llevara una materia en el último año de secundaria, solo reflejaba lo mal que estaba la educación. Ella siempre demostrando tanta fe en mi.
Ese verano, el único que tuve completo, fue como tener todos los veranos juntos que no había disfrutado por estar estudiando Francés, Matemática y Biología a la vez. Arrancó en noviembre y siguió hasta abril cuando empecé la facultad.
Noviembre y diciembre fueron divertidos. El planear la graduación, comer lechuga entre dos galletitas de agua para entrar en el vestido, chupar todos los rayos UV que había dando vueltas para volverse negrita, conseguirse un novio para besuquearse en el vals, eran mis mayores preocupaciones. Para cuando pasaron las fiestas ya estaba gorda de nuevo, blanca otra vez y el novio ya me había pateado. Había chupado tanto en todas las graduaciones y fiestas que la resaca ya era un dolor incorporado. La cerveza me había sacado panza y acostarme todos los días a las 6 o 7 de la mañana ya no me permitían levantarme a esas horas en las que el sol sí quema. Sospecho que por todo eso el novio me habrá dejado, pero qué me importaba, el vals había pasado.

No es casualidad que Gimnasia haya sido el comienzo de esta vida acostumbrada a hacer todo a último momento, llena de "después lo hago", "qué fiaca" y sedentarismo extremo. Esa vez, para aprobar la materia y pasar de grado, me pusieron dos semanas en el salón de tercer grado junto a un par de alumnas más (de esas que se llevaban la materia porque les faltaban caramelos en el tarro) a estudiar el reglamento de handball. La rendida consistía en ir a los horarios en los que teníamos la clase a que la profesora machona de pelo cortito oscuro nos explicara las reglas del deporte. Lo que en realidad sucedió fue que fuimos un par de veces a leer en silencio mientras la maestra - siempre vestida de sport - se frotaba su gran panza embarazada mientras lagrimeaba cuentos de Pablo Coelho.  De la vergüenza de que la viéramos sensible en su octavo mes de embarazo, nos mandaba al patio de cemento caliente de verano a jugar solas. Esto resultaba en mi persona durmiendo debajo del mástil de la bandera a la sombra del limonero mientras "las cortitas" buscaban una pelota de handball que no estuviera pinchada.

En esas dos semanas yo descubrí que era mucho mejor levantarme cuatro veces en un mes de diciembre para leer un reglamento y aprobar, que ir varias mañanas a la escuela y correr detrás de una pelota como animales de la selva en busca de la cena. Porque yo no me lleve Gimnasia a diciembre en sexto grado aquel caótico verano del 2001 porque era fofita o poco esforzada como Daria jugando al voley, yo me llevé Gimnasia - y esto lo digo con orgullo - porque antes que levantarme a las 10 am para ir a la escuela que me quedaba a tres cuadras de mi casa, prefería faltar y seguir durmiendo 2 horitas más. Sí, porque encima iba a la escuela a la tarde. Sí, señor: Yo me llevé Gimnasia en sexto grado en el año 2001 por no ir.


Guardé esa experiencia en secreto y fue mi estrategia para escaparle al deporte escolar toda mi vida. Luego cuando empecé a ir al colegio a la mañana, la excusa de faltar era para dormir la siesta. Inventaría que era para irme a fumar porro al parque o besuquearme con un novio que me pasaba a buscar en moto, pero no, la verdad es que yo faltaba a la hora de gimnasia para dormir todo eso que la puta escuela no me había dejado dormir, por ejemplo, las frías mañanas de julio. Faltaba prácticamente todo el año y cuando me estaba a punto de llevar Gimnasia, aparecía 3 semanas seguidas con puntualidad inglesa a las clases de recuperatorio. La puntualidad era lo único memorable que hacía porque después me quejaba la hora que duraba la clase hasta que me dejaban irme. Ya no había reglamentos de handball para estudiar, acá las estiradas de las profesoras - o peor aún, los emocionados practicantes - me hacían correr alrededor del patio, jugar al basquet, fútbol y (el que más odio) voley. Yo hacía tripa - corazón y pensaba que eran 3 semanas contra 40 que había dormido plácidamente.

Con los años el curro de las clases de recuperatorio se me terminó y hubo que inventar algo nuevo, en especial cuando a este calvario se le sumó Natación. Fue entonces cuando la genética hizo lo suyo y por primera vez en la vida la miopía me sirvió para algo más que no fuera evitar saludar a un boludo por la calle. En esa época usaba lentes todo el día y tuve la "suerte" de que en 7mo grado un rubiecito muy canchero me diera un tremendo pelotazo en el ojo rompiéndome los lentes en la cara y logrando que yo le tomara un miedo (que aún existe) a cualquier esfera que se use para hacer deporte. Desde entonces cada vez que me tiran una pelota yo me hago bolita, me tiro al piso y chillo como si fuera lluvia ácida. Ese incidente me sirvió para hacer grandes dramatizaciones 
frente a mis docentes sobre aquel trágico y conmovedor accidente que terminó en ese gran temor a las pelotas. Inflaba la historia al punto de narrar a Santiago (el golpeador) con cara de venganza, tirándome la pelota con fuerza y apropósito. A veces hasta lo describía con una sonrisa maligna y un parche en el ojo, de esos de pirata. Al relato también le agregaba vidrios incrustados en mis pómulos, sangre en el patio y meses de recuperación. Si alguien pedía ver las cicatrices argumentaba que las pecas marrones de mi cara las tapaban, por suerte. Con el accidente pude robar un tiempo más. Me hacían ir, pero al menos no tenía que participar de los deportes y me podía quedar leyendo en un rincón al sol, que era casi como estar durmiendo.
En Natación la miopía también me sirvió para zafar de meterme al menos algunas veces. Acá no hubo que inventar tragedias ni pensar estrategias porque tuve un accidente que le dio tanta lástima a la docente que ella misma propuso que yo no me metiera al agua. Tal como sucede cuando un "cuatro ojos" intenta mirar si los ravioles flotan en una cacerola con agua hirviendo, en la pileta del club al entrar en la zona de la piscina mis lentes se empañaban a tal punto que yo no veía por dónde caminaba. Mucho menos veía si me los sacaba. Una mañana, entrando a la clase apurada porque llegaba tarde, se me empañaron los anteojos y no vi una larga soga con bollas que acababan de sacar del agua. Me enredé y terminé vestida, con bolsito - pero sin gorrito ni antiparras puestas como exigía el lugar - en la hilera 4 de la aclimatada pileta del Centro de Deportes Belgrano. Porrazo de por medio contra el borde, sin mayores heridas que una contusión. Un accidente, un gran acto de vergüenza, pero chau Natación por un año.

El no hacer deporte toda una vida por vagancia, miedo o simplemente por falta de afinidad con la transpiración, el espíritu de compañerismo y ánimos de competencia, han tenido grandes consecuencias en mi cuerpo. Con eso me refiero terribles males como no tener culo que llene jeans, pantorrillas inexistentes que se luzcan en los zapatos y, en los últimos años, el nacimiento - a los costados del estómago - dos flotadores de grasa que, según parece, han venido para quedarse.
Cada vez que me miro en el espejo y veo esos signos permanentes de abandono en mi persona, reflexiono sobre aquellos años mientras me apreto la chicha, me pongo en punta de pies a ver si sale un músculo de mis piernas o me levanto las tetas con las dos manos (ya que estamos le adjudico su caída también a la falta de deporte). Pienso en cómo sería si hubiera seguido en danza cuando tenía 6 años, o si hubiera vuelto a la clase de gimnasia deportiva con la minita que gritaba todo el tiempo. En eso, al costado de mi patética imagen, veo mi cama con su almohada de pluma esponjosa que me llama con la imaginación y corro a su encuentro.

Todo lo hice por nosotras, por el amor incondicional que le tengo a ese rectángulo de colchón. Cuando me acuesto en ella, pienso en mis inexistentes curvas y concluyo en que no me arrepiento de nada. Lo volvería a hacer todo otra vez, lo que sea por dormir solo un ratito más.