16 de octubre de 2012

La verdad de la milanesa

Hoy me topé con un texto que un hombre enamorado recomendaba escrito por su novia. Rodeado de corazones compartía este artículo llenándolo de halagos. Un tipo inteligente, culto, ¿recomendando semejante pedorrada? Me dejó pensando: ¿En qué punto el amor empieza a obstruir la capacidad de ver de forma objetiva la creatividad de una pareja?
Aún no obtuve una respuesta así que voy a usar esto como un ayuda memoria para ver si puedo aclarar un poco mis ideas. Desde luego el que quiera aportar  con algún dato esclarecedor, será bienvenido.

Cabe destacar que no hago esto desde el despecho amoroso donde, sumida en la bronca de la soltería y el abandono, me inmerso en una navegación por la web comiendo chocolate y rebuscando entre las huellas digitales de mi ex para mirar con enfado todas sus actividades, mientras le grito al monitor (dejando partículas de comida en la pantalla) que mi último novio es un papanatas, inútil, que lo que hace (sea lo que fuere) en realidad es una mierda y que lo odio mientras me largo a llorar a mares, abrazo a mi osito y me tiro en la cama con la boca llena de chocolate. No, no estoy haciendo eso y no vengo a esta reflexión por una situación así.

Después de hacerme semejante pregunta decidí que iba a obtener la respuesta revolviendo un poco en la cajita de los ex novios. No sólo no encontré la respuesta, sino que además hallé recuerdos que me indicaron que yo también, en algún momento, fui una enceguecida por el amor. Cuando tenía 16 años, por ejemplo, tuve un noviecito divino con una banda que, ahora mirándolo en retrospectiva, era un asco. No pegaban un acorde, las letras eran un embrollo de cosas sin sentido, sonaban como si estuvieran tocando una batería de cocina en una lata, un desastre. Pero para mi eran los mejores temas del mundo y no entendía cómo no venía EMI Argentina a pedirles un contrato. Claro que en la
 adolescencia todos nos creemos reyes del mundo y que en una etapa más avanzada de la vida reflexionamos sobre nuestras viejas experiencias y vemos que efectivamente nada de lo que hacíamos era tan grandioso como creíamos. A lo que voy con este ejemplo es al hecho de poder ver, con un ojo crítico, si lo que hace nuestra pareja está realmente bueno o no.

Lejos estoy de querer menospreciar lo que cada uno de ellos hizo con tanto esfuerzo, porque cualquiera podría venir con ánimos de venganza (no chicos, por favor) y decirme que en realidad siempre creyeron que yo era pésima en todo lo que hago, pero no lo veían o no querían decirlo porque me querían mucho. Al contrario, creo yo que s
iempre la faceta artística de mi pareja del momento me pareció grandiosa. He tenido a mi lado a grandes artistas ya sea en la plástica, la escritura, el cine, etc, y aún veo las cosas que me maravillaban de ellos en su momento y me siguen gustando y encantando. Ya sea como recuerdos cariñosos o como presentes orgullosos.
Por suerte mi objetividad también me permitió, en el otro extremo, seguir reconociendo si mis ex novios estaban haciendo algo bueno cuando yo más los odiaba, recién me habían dejado o roto el corazón.


En una muy breve encuesta sobre este tema, mi amiga Gabriela opinó: "Creo que en ningún punto. El amor hace que uno elija ignorar o no ver si la persona es malísima en lo que hace, pero siempre sabiendo, en el fondo, la realidad de sus dotes". Cuestionando la respuesta de mi amiga, puedo decir que si uno "en el fondo" sabe si su pareja apesta en eso que se muestra orgulloso, entonces sigue pudiendo emitir un juicio de valor...


Entonces vuelvo a mi pregunta: ¿Cuándo hay que estar atento a una obnubilación por culpa del amor? ¿Cómo podemos seguir manteniendo la objetividad sobre la producción de nuestras parejas cuando hay tanto sentimiento dando vueltas?

Seguiré este censo y cualquier dato, como dije al comienzo, que quieran aportar para esta investigación será de ayuda para lograr una respuesta que me deje un poco más satisfecha y sepa, al fin, la verdad de la milanesa. 

No hay comentarios: