29 de octubre de 2012

El final de Mariana

Para seguir el hilo de esta historia, es necesario leer previamente:

- La del sapo en la barriga I
- La del sapo en la barriga II
- La del sapo en la barriga III


Aún hoy, después de un año del suceso, me acuerdo de lo que pasó y se me revuelven las tripas. Es por eso y porque quise que hubiera pasado suficiente tiempo antes de someternos a todos a esto otra vez, que no escribí sobre ella antes. 


Ansiaba mi último trabajo con Mariana porque sería el comienzo del final, no tendría que volver a verla a ella, ni a su pelo sin gracia, ni a sus pantuflas de conejito. Por otra parte me dolía que el trabajo que tanto había disfrutado hacer llegara a su fin, pero lamentablemente toda esa experiencia laboral se había visto opacada por su presencia y ahora el recuerdo de esa época está manchado con una imagen mental de Mariana mirando al vacío con la boca abierta.

Nuestra última labor periodística juntas nos llevo a un barrio obrero en los confines de la ciudad. Nuestra misión era entrevistar a unas mujeres muy audaces que con uñas, dientes y cargando a sus hijos habían resistido desalojos durante muchos años. La idea de la visita al barrio era que además nos mostraran las casas que el gobierno les había otorgado con la condición que dejaran el terreno donde habían estado armado con tanto esfuerzo sus modestos hogares.

Ese día nuestros compañeros no nos acompañaron. Habíamos dividido las tareas y a los muchachos del grupo les había tocado la entrevista con los abogados de las familias desalojadas. Éramos ella y yo 60 minutos arriba de un colectivo. Solas. Teniendo que hablar entre nosotras. Conversando. Escuchándola. Sintiendo su respiración.
Amo andar en colectivo de linea, pero nunca un viaje se me hizo tan largo como aquel. La charla con Mariana solo duró los primeros 20 minutos y cuando los detalles de nuestro trabajo estaban completamente definidos yo me dediqué, aliviada, a mirar por la ventana mientras ella se mandaba mensajes de texto con su novio sin vida social.

El barrio había sido levantado en un pedazo de campo donde Rosario se termina. Se notaba lo ficticio que era la hilera de casas que no encajaban en estilo y antigüedad con todo lo que las rodeaba. La precariedad de su construcción y escaso diseño en la disposición de los ambientes demostraban la urgencia con la cual se había emplazado el "barrio". Una urgencia que no era por darle un hogar a gente que no lo tenía - porque en realidad sí lo tenía -, si no por sacarse de encima este grupo de personas que estorbaban en un sitio prodigio para hacer un edificio.
Techos con goteras al poco tiempo de haber sido hechos, puertas que no cerraban, papeles aún sin firmar y muchas pero muchas dudas en torno al futuro de todos los que estaban ahí, fueron algunos de los escenarios que encontramos al llegar.

El grupo de mujeres, junto a niñitos y perros, nos mostraron atentas cada una de sus casas. Era esta altura del año, hacía calor, era mediodía y el sol rajaba la tierra seca de los patios que aún no tenían pasto. Juguetes rotos y arquitos de fútbol decoraban el metro cuadrado de jardín que tenía cada casa.
Lo que siguió después fue una extensa charla de casi dos horas donde cada una de estas señoras contó su experiencia en el desalojo.
Sentadas en ronda en el patio mientras los chicos jugaban con una manguera, Lia y Adela cebaron mates mientras narraban su historia. Fueron los mates más amargos de mi vida, no por lo la yerba, si no por las historias duras que los acompañaron.

Lia, embarazada de 7 meses, había dormido varias noches frente a la Municipalidad cuando con sus vecinos se instalaron frente al edificio para pedir que les devolvieran sus casas. Su beba, Maia, quedó con secuelas en los pulmones porque cuando nació también durmió varias noches en la calle mientras junto a su mamá, ella sin saberlo, reclamaban por un sitio donde poner su cunita.
Adela, por su parte, fue la cara visible de las marchas y los reclamos cuando los medios se interesaron por el tema. Sus patrones de ese momento, dueños de una casa en un country la despidieron cuando el asunto se puso turbio porque "no querían estar pegados a semejante barbaridad".

Ambas mujeres contaron sus relatos, sus duros pasados y sus difíciles presentes que ahora, con casa propia que nadie le quitaría, no podían ampliar, arreglar o decorar porque ambas estaban sin trabajo. Extrovertidas y con sangre fría contaron cómo se destruyeron sus matrimonios durante el proceso, como sus hijos crecieron durmiendo en la calle, como ellas perdieron todo cuando la policía las sacó a los empujones de ese lugar en el que ellas habían creado un hogar. Las peleas con los vecinos, la fragmentación que suele darse en todo grupo grande que lucha por una causa. Las peleas internas, la corrupción detrás de cada etapa del proceso. Ellas hablaban y nosotras chupábamos mate, le agregábamos edulcorante pero no había forma de que endulzara la historia.

Fue una tarde en la que escuché las voces acalladas por una sociedad sorda que no quiere ver ni oír. Una historia que era mucho más que mover un grupo de revoltosos (como los pintaban los medios) de un sitio a otro. Nunca escucharon, ni la prensa, ni las autoridades, ni siquiera la gente que supuestamente los defendía, qué era lo que ellos querían. Un grupo de "marginados" que por defender sus pocas cosas, fueron aún más discriminados. Entendí, esa tarde rodeada de niñitos mocosos y perros con sarna, que a esta gente no se le había respetado un único deseo: El de elegir dónde hacer su propio hogar.

Mariana y yo nos fuimos de la casa de Lia con el corazón en la garganta. Con las palabras frescas y sintiendo ese dolor casi en carne propia. Caminamos por las calles de tierra un rato largo sin hablar hasta que pudimos digerir el momento y empezamos a charlar profesionalmente de cómo diagramar esta difícil entrevista. 


- Tenemos bastante información - le dije yo mientras miraba para atrás a ver si venía el 126 verde.

- Sí... - respondió ella poco convencida.

- ¿Qué pasa? ¿Te quedaste con alguna pregunta que hubieras querido hacer? - pregunté repasando mentalmente todas las que habíamos llevado preparadas.

- Sí, bah, no. Era una pregunta nada que ver. - me contestó mirando con vergüenza el suelo. 


- ¿Pero algo que podría habernos servido para el texto? - insistí ya poniéndome nerviosa. 

- No, sobre otra cosa - me miró y se sonrió. Con esa sonrisa de idiota que está por decir una burrada inmensa y ya intenta taparlo con una risita inocente que intenta alisar el terreno.

- ¿Qué cosa? - interrogué con un muy mal modo. Si hubiera podido la habría puesto contra una pared y le habría dado cachetazos para darle un toque de teatro al interrogatorio...bueh, en realidad porque su cara nada más me generaba ese impulso.

Hubo un momento eterno entre mi pregunta y su respuesta en el cual por un extraño motivo me sentí muy aliviada de que fuera lo que sea que me iba a decir solamente lo iba a escuchar yo y no nuestras entrevistadas. Por algún motivo desconocido, me alegré por anticipado de que no hubiera hecho esa pregunta. Por algo presentí lo que se venía y volví a mirar si el colectivo estaba a la vista. Tuve la intuición que después de lo que dijera yo iba a tener que huir para no matarla.

- Nada, que estoy necesitando alguien que limpie en mi casa y quería preguntarle a alguna cómo eran sus horarios - dijo. 

En ese momento el 126 verde frenó frente a mi y me subí. Antes de arrancar y que se cerrase la puerta, desde la escalera del bondi, me di vuelta, la miré y con mucha tranquilidad le respondí:

- Te agradezco. Te agradezco que no hayas preguntado eso, porque habría tenido que levantarme e irme de la vergüenza. 


Esa fue la última vez que hablé con Mariana y ésta, la última vez que escribo sobre ella. 

16 de octubre de 2012

La verdad de la milanesa

Hoy me topé con un texto que un hombre enamorado recomendaba escrito por su novia. Rodeado de corazones compartía este artículo llenándolo de halagos. Un tipo inteligente, culto, ¿recomendando semejante pedorrada? Me dejó pensando: ¿En qué punto el amor empieza a obstruir la capacidad de ver de forma objetiva la creatividad de una pareja?
Aún no obtuve una respuesta así que voy a usar esto como un ayuda memoria para ver si puedo aclarar un poco mis ideas. Desde luego el que quiera aportar  con algún dato esclarecedor, será bienvenido.

Cabe destacar que no hago esto desde el despecho amoroso donde, sumida en la bronca de la soltería y el abandono, me inmerso en una navegación por la web comiendo chocolate y rebuscando entre las huellas digitales de mi ex para mirar con enfado todas sus actividades, mientras le grito al monitor (dejando partículas de comida en la pantalla) que mi último novio es un papanatas, inútil, que lo que hace (sea lo que fuere) en realidad es una mierda y que lo odio mientras me largo a llorar a mares, abrazo a mi osito y me tiro en la cama con la boca llena de chocolate. No, no estoy haciendo eso y no vengo a esta reflexión por una situación así.

Después de hacerme semejante pregunta decidí que iba a obtener la respuesta revolviendo un poco en la cajita de los ex novios. No sólo no encontré la respuesta, sino que además hallé recuerdos que me indicaron que yo también, en algún momento, fui una enceguecida por el amor. Cuando tenía 16 años, por ejemplo, tuve un noviecito divino con una banda que, ahora mirándolo en retrospectiva, era un asco. No pegaban un acorde, las letras eran un embrollo de cosas sin sentido, sonaban como si estuvieran tocando una batería de cocina en una lata, un desastre. Pero para mi eran los mejores temas del mundo y no entendía cómo no venía EMI Argentina a pedirles un contrato. Claro que en la
 adolescencia todos nos creemos reyes del mundo y que en una etapa más avanzada de la vida reflexionamos sobre nuestras viejas experiencias y vemos que efectivamente nada de lo que hacíamos era tan grandioso como creíamos. A lo que voy con este ejemplo es al hecho de poder ver, con un ojo crítico, si lo que hace nuestra pareja está realmente bueno o no.

Lejos estoy de querer menospreciar lo que cada uno de ellos hizo con tanto esfuerzo, porque cualquiera podría venir con ánimos de venganza (no chicos, por favor) y decirme que en realidad siempre creyeron que yo era pésima en todo lo que hago, pero no lo veían o no querían decirlo porque me querían mucho. Al contrario, creo yo que s
iempre la faceta artística de mi pareja del momento me pareció grandiosa. He tenido a mi lado a grandes artistas ya sea en la plástica, la escritura, el cine, etc, y aún veo las cosas que me maravillaban de ellos en su momento y me siguen gustando y encantando. Ya sea como recuerdos cariñosos o como presentes orgullosos.
Por suerte mi objetividad también me permitió, en el otro extremo, seguir reconociendo si mis ex novios estaban haciendo algo bueno cuando yo más los odiaba, recién me habían dejado o roto el corazón.


En una muy breve encuesta sobre este tema, mi amiga Gabriela opinó: "Creo que en ningún punto. El amor hace que uno elija ignorar o no ver si la persona es malísima en lo que hace, pero siempre sabiendo, en el fondo, la realidad de sus dotes". Cuestionando la respuesta de mi amiga, puedo decir que si uno "en el fondo" sabe si su pareja apesta en eso que se muestra orgulloso, entonces sigue pudiendo emitir un juicio de valor...


Entonces vuelvo a mi pregunta: ¿Cuándo hay que estar atento a una obnubilación por culpa del amor? ¿Cómo podemos seguir manteniendo la objetividad sobre la producción de nuestras parejas cuando hay tanto sentimiento dando vueltas?

Seguiré este censo y cualquier dato, como dije al comienzo, que quieran aportar para esta investigación será de ayuda para lograr una respuesta que me deje un poco más satisfecha y sepa, al fin, la verdad de la milanesa. 

15 de octubre de 2012

La grabación

No necesito abrir esos archivos para recordar con exactitud la conversación en aquella grabación. Hasta recuerdo el momento, el lugar y la situación en la que estábamos.

Era invierno, era domingo y recién terminábamos de almorzar. Vos estabas sentado en tu butaca, en tu lugar en la mesa, con un perro echado a cada lado durmiendo la siesta que el resto de la familia ya se disponía a tomar, como correspondía después del asado que habías hecho.

Tu celular era nuevo y a duras penas sabías usarlo. Tenía un compositor de canciones que yo, inútil musical al igual que vos, había toqueteado creando una melodía desafinada. Esa que usaste como ringtone para tus mensajes de texto hasta el último día que recibiste uno, justamente de mi parte.

Me pediste que te enseñara todos los truquitos que tenía y toqueteando todo encontramos un grabador. "No lo vas a usar nunca", te dije. "Pero quiero saber  cómo funciona", respondiste curioso. Como con todo desafío que se te presentaba te dabas maña para descifrar cualquier aparato. Así me enseñaste a disfrutar resolver todo lo que me genera una mínima dificultad.

"Bueno apretás acá y empieza a grabar. ¿Ves el puntito rojo que titila? Significa que nos está grabando", te expliqué. "Aha ¿y ahora cómo lo paramos? Quiero escuchar esto", dijiste. "plin", sonó el aparatito asustando a nuestra perra Berta que se despertó, resopló, se acomodó y siguió durmiendo.

Hoy encontré esa y algunas grabaciones más que hicimos aquel día. Lo único que me queda con un rastro de tu voz. Justo hoy. ¿Qué irónico, no? Cuando hoy hace 3 años escuché tu voz por última vez.

Aunque no me animo a escucharlas, no necesito oírlas. Porque no importa, Papá, cuanto tiempo pase, cada momento junto a vos sigue estando presente en mi. Cada día, cada mes y cada año.


11 de octubre de 2012

Una de taxistas III


- Buenas noches. Al Willie Dixon, por favor. ¿Sabe dónde queda?

- Claro, chiquita. ¿Tan viejo te pensás que soy?

- No me refería a eso, pero listo entonces.

- Suipacha y… ¿?

- Pff…Güemes… - respondí ya con ganas de bajarme.


Arrancamos y a las pocas cuadras un ringtone polifónico sonó brevemente. El taxista de escasos pelos canosos y con barriga que tocaba el volante con dificultad se levantó del asiento colgándose del manubrio e inclinando levemente el auto contra el cordón derecho y sacó con dificultad el celular de su trasero. Yo ya quería tirarme del auto.


- Pfff! ¡Las cosas que me dice esta pendeja! Es mi novia la que me escribe, sabé’.

- Ah…

- Tiene 22 años y unas piernas, ¡Qué piernas que tiene esa nena!

- Hmm…

- Mirá, mirá esas piernas – agregó el tachero estirando su mano y dándome su celular Samsung azul con tapita. 


De fondo, efectivamente, había una fotografía en la que se veían un par de piernas largas que terminaban en una minifalda a rayas color mostaza, gris y negra. No había torso ni cabeza, solo piernas de frente. Sin agarrar el celular fingí sorpresa y contesté cómplice: 

- ¡Faa! ¡Qué piernas!

- ¿Viste? Tengo suerte de que me haya dado bola a mí, vistes. ¡Ojo! No soy viejo yo, eh. Tengo 41, pero no cualquiera de mi edad sale con un minón así, eh. Es más, yo si tuviera una nena de esa edad y sale con un tipo de mi edad la cago a trompadas, vistes. Pero es distinto mi nena no tendría necesidad de buscarse un macho que la tenga que cuidar como La Naty me necesita a mí.

- Claro.

- Ahora La Naty está mucho mejor, pasa que tiene un marido que la faja y ella está sin guita como para irse de la casa.

- Ah, tiene marido – Ya a esa altura no responder no iba a zafarme de la conversación.

- Sí, pero solo comparten la casa y la tenencia del nene, pero nada más, eh. Se conocieron cuando ella era muy chica y él era su fiolo, entonces no le quedó otra.

- ¿Su fiolo?... O sea…

- Sí, sí, pero ya no trabaja más en la calle, eh. Ahora está en un privado, re cómoda. Dentro de poco se va a ir de ahí. Eso sí, si él se entera que anda conmigo la mata. Así que tenemos que tener cuidado.

- Claro, me imagino.

- Tengo otra foto de ella en bikini, pero esa no te la puedo mostrar porque la tuve que borrar. Mejor no tener evidencia, vistes

- Entiendo, bueno, no se preocupe. Me la debe.

- ¡Jeje! Sí, claro. Son 14 pé, linda.

- ¡Jeje! Ahí tiene. Suerte con La Naty, eh.

- Gracias, preciosa. La próxima te muestro más fotos.

- ¡No puedo esperar!


8 de octubre de 2012

Una de taxistas II

 Hola, siga por acá bordeando el río hasta el Parque Urquiza que llegando le indico dónde, por favor.

- Dale, buenísimo


A los pocos metros de arrancar el viaje un semáforo nos frenó delante del Parque España y entre los árboles una gran luna llena se vislumbraba sobre el río. 


- ‘Ta grande la luna hoy, eh. 

- Sí, hacía mucho que no había luna llena. 

- La última fue el 31 de julio.

- Ah.

- Yo sé bien porque las voy contando. 

- Ah.

- Y no es casualidad que me hayas enganchado por esta zona. Siempre elijo buscar viajes por la costa así puedo ir controlando la luna y el río.

- Ah…

- Así busco movimientos en el cielo. 

- ¿Qué cosa?

- Movimientos poco comunes. ¿Nunca estuviste mirando el cielo sobre el río y notaste “cosas extrañas”? 

- No…bah…una vez vi una lluvia de meteoritos, o estrellas fugaces. 

- ¡Estrellas fugaces! ¡JAJA! Casi siempre son objetos voladores no identificados que parecen estrellas porque viajan a tal velocidad que se confunden con facilidad al ojo humano. Además cuando la gente como vos ve cosas así cree que son meteoritos, pero no chiquita, no son estrellitas. Años hace que patrullo esta zona. A mí me dan un viaje a Zona Sur no lo tomo, no, no. Me manejo por acá para controlar siempre estos movimientos. Y cuando hay luna llena, no sabes, se duplican los objetos voladores. Así que genial que me hayas tocado vos, así voy controlando la costa, si me hubiera tocado otro pasajero andá a saber, capaz que me mandaba al pleno centro que con los edificios y la claridad no se ve un carajo. 


Para esta altura el conductor de pelada reluciente y nariz larga y respingada tenía la cabeza pegada a la ventanilla intentando no perder de vista la luna ni un segundo mientras seguía con sus teorías sin darse ni un respiro para juntar saliva. 


- Cuando laburo de día que dejo el coche entrada la medianoche aprovecho y voy al planetario, pero esos que trabajan ahí no entienden nada. ¿Al Parque Urquiza me dijiste? ¿No vas cerca del Planetario, vos?

- A lo mejor… - respondí yo que sí iba cerca del Planetario, que en realidad iba a una cuadra del Planetario, que quería llorar y llamar a mi mami. 

- Perfecto.  Te tiro ahí y me cruzo. 

- Deje, me tiro ahora. 

- ¿Qué? No escuché. 

- Nada, nada. Que la luna está amarilla. Mire…  

El regreso


Han pasado casi dos meses desde la última vez que actualicé Las Pequeñas Cosas con una promesa – ahora – incumplida. Imagino que del otro lado de la pantalla hay más de una cara ofendida con toda razón y por eso hago un paréntesis en la rutina de publicación para ponerlos un poco al día de lo que pasó de este lado del monitor. Podría hacerme la boluda y publicar los textos que votaron y se ganaron merecidamente, pero como este vínculo funciona conmigo contándoles un poco de todo, mejor que deje de perder líneas y los ponga al día.

El cumpleaños de mi blog pasó casi el soplido de un viento. Lo sentí de golpe, me puso la piel de gallina, pero cuando quise acordarme de lo que era ya se había ido. Ni tiempo tuve de festejarlo acá publicando los textos de regalo, ni de acordarme de comprar un cupcake, ponerle una velita y comérmelo sin convidarle a nadie.

Muchas cosas pasaron en los últimos dos meses que me alejaron, con un gran pesar, de este rosado espacio. Un trabajo nuevo que me llenó de orgullo y alegría, un verdadero y borracho cumpleaños con 23 velitas y muchos amigos, un viaje de muchas millas recorridas en auto a destinos lejanos y desconocidos, y la partida de un amor hacía nuevo horizonte, fueron algunas de las cosas que me tuvieron lejos de esta actividad que tanto disfruto hacer.

Si bien alguno de estos eventos me mantuvo felizmente ocupada, en especial cuando el otro de ellos me causaba un dolor inmenso que debía intentar calmar de alguna forma, la falta de este espacio siempre estuvo presente. Ya fuera para escribir sobre la aventura en auto por otros países, las anécdotas accidentadas de un nuevo y desconocido espacio de trabajo, o los nostálgicos relatos de este amor que ahora lejos está, extrañé a Las Pequeñas Cosas todo el tiempo.

No vengo a hacer promesas que no puedo cumplir, menos a prometer que los impases entre texto y texto serán menores, o que el ritmo de publicación será más fluido y dinámico. Sólo quiero decir que estoy acá, que ya volví y que las experiencias de estos meses son, ahora, nuevas historias para contar.
Empecemos, entonces, a narrar.