12 de julio de 2012

El ideal de regalo


Este sábado Mora, la hija de mi amiga Camila y la primer bebé del grupo, cumple 2 años y hoy las tías adoptivas fuimos en busca del regalo perfecto. 


Luego de días organizándonos, llegamos a la conclusión de que como queremos mantenernos en el podio de las tías preferidas de la bebé, el regalo (sin importar lo que fuera) debía venir en una caja gigante, con papel llamativo y moños de colores. 


Antes de ir al centro escarbé un poco en mis recuerdos de la infancia y pensé qué era lo que siempre había querido de niña y nunca me habían comprado. Nunca sabré si fue falta de espacio o que yo, como muchas veces, me olvidé de mencionar que quería eso. 


Durante varios años en mi infancia, en los inviernos, viajábamos con mis padres a Ushuaia a visitar a los amigos que habían hecho en los años que vivieron allá. Los días se iban haciendo culipatín, paseando en trineo tirado por los perros de un amigo de mi padre Julio y tomando chocolate caliente en la casita de la montaña del algún peludo delante de la chimenea mientras la nieve caía silenciosa afuera. 
En uno de esos recorridos por casas ajenas, conocí a Agustina. Agustina tenía el juguete más maravilloso que yo haya visto jamás: Una cocina de plástico.
La cocinita tenía horno y microondas con calcomanías que marcaban los minutos. Ella fingía apretar los botones y hacía el ruido acorde al aparato "pi, pi" decía mientras ponía un platito de plástico con un choclo dentro del micro. Tenía hornallas y una canilla con sus respectivos stickers rojo y azul para el agua fría y caliente.

Nunca me olvidé de esa cocinita y siempre quise tener a mano alguna niñita para poder obsequiársela. 
Así fue como hoy, entonces, le sugerí a las otras tías ese regalo y empezó el gran debate.


Laura estuvo encantada con la idea desde el principio y Virginia soñaba con un triciclo que estaba totalmente fuera de nuestro presupuesto, así que aceptó nuestra idea. El problema llegó cuando estábamos en el negocio y, con la encargada colgada de una escalera a 3 metros de altura con tremenda caja en la mano, Lula dijo:


- Es un regalo sexista. ¿Qué mensaje le estamos dando a Mora? ¿Que las nenas cocinan, barren y planchan? - manifestó mientras sacudía una cajita con una plancha rosada y una tabla a tono que estaba en estante continuo. 
- Que le regalemos una cocina no significa que le estemos diciendo que sea ama de casa. Es para que ella haga las mismas cosas que ve que hace su mamá. Las nenas siempre le copian todo a las mamás. 


La empleada seguía a 3 metros de altura con la cajota en las manos y ya empezaba a transpirar mientras abajo nosotras seguíamos:


- ¡La mamá también trabaja! - se defendió Lula.
- Sí, hace música, ¿pero a vos te parece que a Mora le hacen falta instrumentos? ¡No necesita que le regalemos un piano de juguete cuando ella toca uno de verdad! - retruqué yo con sacudiendo ahora un pianito de Princesas que estaba también entre otro montón de juguetes. 


Fue entonces cuando necesité un aliado para mis argumentos y la llamé a Laura: 


- El machismo está en otras cosas. En todo caso cuando crezca le conseguimos un novio que cocine y listo. - aportó Laura en el altavoz. 


La chica que nos atendía ya nos había tirado con la caja para ese momento, se había bajado de la escalera y miraba desde un costado de la góndola como nosotras discutíamos, ahora casi a los gritos. 


- ¡Pero el mensaje que le estamos dando es machista! - insistía Lula - Le estamos diciendo a nuestra sobrina que lo importante es que sepa cocinar y planchar. 


- El sexismo es totalmente subjetivo, Lula. Yo cocino y no por eso soy ama de casa - agregó Laura a través del parlante del celular. 


La chica ya no nos atendía y se había ido a venderle un auto a control remoto a unos clientes mucho más fáciles que nosotras. Yo, por mi parte, miraba la caja embobada, con ganas de salir corriendo y quedármela toda para mi mientras Lula seguía refunfuñando: 


- Dale y con la plata que nos sobra le compramos esta palita y la escoba - decía Lula burlona caminando por los pasillos y señalándome con odio cada juguete con alegorías machistas. - ¡No te rías! Vos sos la que está contribuyendo a que nuestra nena el día de mañana no tenga ambiciones de una profesión y se quiera quedar barriendo. - agregó mientras buscaba más juguetes con los cuales indignarse - ¡Mirá, mirá eso! - y me señaló un juego de limpieza completo - Sabes que tengo razón y estás de acuerdo conmigo. 


- Sí, estoy totalmente de acuerdo con vos, pero ¿que creés? ¿que porque le compremos ese castillo de tela para que se sienta princesa, después por eso va a creerse princesa toda la vida? Hubieras matado tanto como yo por una cocinita de éstas cuando eras chica. No tiene nada que ver con el sexismo, es un juguete soñado. Es grande, es colorido y sirve para identificarse aún más con su mamá. Y sabes que ahí también tengo razón. 


- Bueno, entonces compremos la plancha, porque Camila plancha - respondió Lula con la cabeza baja, aún empacada. No iba a reconocerme más que eso, tenía que sostener su postura. 


- Podemos comprarle este kit de doctora. Para que el día de mañana, cuando recuerde este cumpleaños, sepa que sus tías no quisieron darle un mensaje errado y que en realidad quisieron incitarle a que desarrolle una vocación.


Tengo que reconocer que si bien el tema ahora parece estúpido, en su momento fue un debate caldeado que duró una hora en la cual todos los que trabajaban ahí estaban mirándonos atónitos mientras nosotras discutíamos sobre cómo un juguete para una criatura de dos años iba a definirle todo su futuro. Y no le habría dado tanta importancia si no hubiera creído que realmente Lula tenía razón y le estábamos dando un mensaje que no queríamos, que no representaba lo que nosotras creemos firmemente, pero por otra parte sabíamos que esto estaba yéndose muy lejos. La nena tiene dos años y la cocinita era de lo más monona. 
Mientras nosotras supiéramos que Mora aprenderá sobre el sexismo y los derechos de la mujer, qué importa que le compráramos, ella quiere cocinar como su mamá, ¡dejemosla hacerlo!


Pero no, el tema no terminó ahí y seguimos recorriendo la juguetería en busca de un regalo que no fuera sexista. Después de media hora Lula se dio cuenta que todo los mensajes cognitivos de los juguetes siempre llevaban al atrofio de la mente infantil. Había kits de peluquería, manicura y Barbies para peinar y pintar. Y ella estaba haciendo un berrinche por una cocinita.
Finalmente hubo una conciliación en el sector de juguetes para varones. 


A la caja llegamos, entonces, con la cocinita para que se parezca a mamá, el kit de doctora para que tenga una profesión y un kit de herramientas con un martillo, tornillos, serrucho y sombrero de constructor para que no tenga una visión limitada del tradicional espacio de la mujer y sepa que ella también puede ser constructor, si quiere. 


Nos fuimos de la juguetería contentas, ahora sí teníamos el regalo perfecto. Uno que englobaba todos nuestros ideales, pero por sobre todas las cosas uno que viene en una caja grande, con papel brilloso y moños de colores. 

1 comentario:

Laurita H. dijo...

Pobre Mora ...............