18 de julio de 2012

Cuatro años, una encuesta y muchas historias más.

La cosa es así: El 24 de agosto el blog cumple 4 años de vida y a diferencia de sus primeros 3, creo que esta vez amerita un festejo. 
Hace un tiempo que vengo pensando de qué forma un blog puede festejar su cumpleaños, en especial cuando es el blog el que está pensando en hacer el regalo. 

Y este blog considera que es él el que tiene que regalar algo porque son ustedes, los lectores pacientes, que le han regalado a este blog y a su autora muchas alegrías durante tanto tiempo.
En serio, lo han hecho. ¡No sean modestos! saben que escribir para ustedes es un placer, como lo es leer sus comentarios y sus tímidos "me gusta" en el agite (espero que no "spam") en Facebook. 

Es por las 32.000 visitas que este blog les está agradecido y quiere hacerles un obsequio, es por las 2700 que se dieron en el último mes y es por los 321 (hasta ahora) "Me gusta" en la página oficial (?) del blog en la red social. 


Escribir en estos cuatro años ha sido una hermosa experiencia que no hubiera continuado de no ser por las personas del otro lado de la pantalla. De no ser por ustedes al pedirme que subiera contenido más seguido, y festejar cuando lo he hecho. Son lo que están ahí, los que están ahora leyendo, que hacen que Las Pequeñas Cosas siga acá y apunte a seguir viviendo, tal vez algún día con una URL ya no tan adolescente, tal vez algún día con las etiquetas de los posts acomodadas y tal vez (esperemos en breve) algún día sin errores de puntuación y uno que otro de ortografía. 
Porque ¿les cuento un secreto? muchas veces pensé en dejarlo, pensé que no valía la pena planear un texto, sentarme horas a corregirlo y publicarlo porque creía que no había nadie allí disfrutándolo, que era mi única motivación para tal esfuerzo. Pero fueron ustedes lo que de a poco se fueron acercando, se fueron manifestando y haciendo de esto lo que es ahora: Un proyecto, pero por encima de todas las cosas, un gran placer


Es por eso que quiero regalarles a ustedes, los lectores, lo único que tengo para ofrecer: Mis palabras. Porque no tengo nada material que ofertar, ni pienso hacer de este espacio tan libre y despojado de todo un lugar para comprar seguidores por medio de premios, concursos o regalos chantajeros. Les quiero dar lo único que sé hacer y lo que ustedes vienen a buscar acá: Historias. 

Así que el mes que viene, en la semana del cumpleaños de Las Pequeñas Cosas (del mismo 24/08 al 31/08), voy a subir un post diario, con una historia distinta cada día.
Y esta es la parte en la que entran ustedes: Me gustaría que de acá a esa fecha - por el medio que prefieran - me cuenten sobre qué quieren leer.

Para eso he creado esta encuesta en la que enumeré una lista de etiquetas más frecuentes en el blog para que voten y elijan cuáles son las que quieren que estén presentes en la semana del festejo. Tienen tiempo hasta una semana antes del cumpleaños (para darme tiempo de armar bien cada texto, pulirlos, emprolijarlos y seguramente escribirlos) para votar cuantas veces quieran, la cantidad de etiquetas que gusten.
Y si tienen ganas de explayarse un poco más en su elección (lo cual a mi me encantaría) pueden contarme acá en los comentarios, a través del Facebook del blog, por mail a mi Facebook y si su justificación entra en 140 caracteres también vía Twitter


El blog y yo esperamos ansiosos hacer de este festejo una gran fiesta de historias junto a ustedes.




12 de julio de 2012

El ideal de regalo


Este sábado Mora, la hija de mi amiga Camila y la primer bebé del grupo, cumple 2 años y hoy las tías adoptivas fuimos en busca del regalo perfecto. 


Luego de días organizándonos, llegamos a la conclusión de que como queremos mantenernos en el podio de las tías preferidas de la bebé, el regalo (sin importar lo que fuera) debía venir en una caja gigante, con papel llamativo y moños de colores. 


Antes de ir al centro escarbé un poco en mis recuerdos de la infancia y pensé qué era lo que siempre había querido de niña y nunca me habían comprado. Nunca sabré si fue falta de espacio o que yo, como muchas veces, me olvidé de mencionar que quería eso. 


Durante varios años en mi infancia, en los inviernos, viajábamos con mis padres a Ushuaia a visitar a los amigos que habían hecho en los años que vivieron allá. Los días se iban haciendo culipatín, paseando en trineo tirado por los perros de un amigo de mi padre Julio y tomando chocolate caliente en la casita de la montaña del algún peludo delante de la chimenea mientras la nieve caía silenciosa afuera. 
En uno de esos recorridos por casas ajenas, conocí a Agustina. Agustina tenía el juguete más maravilloso que yo haya visto jamás: Una cocina de plástico.
La cocinita tenía horno y microondas con calcomanías que marcaban los minutos. Ella fingía apretar los botones y hacía el ruido acorde al aparato "pi, pi" decía mientras ponía un platito de plástico con un choclo dentro del micro. Tenía hornallas y una canilla con sus respectivos stickers rojo y azul para el agua fría y caliente.

Nunca me olvidé de esa cocinita y siempre quise tener a mano alguna niñita para poder obsequiársela. 
Así fue como hoy, entonces, le sugerí a las otras tías ese regalo y empezó el gran debate.


Laura estuvo encantada con la idea desde el principio y Virginia soñaba con un triciclo que estaba totalmente fuera de nuestro presupuesto, así que aceptó nuestra idea. El problema llegó cuando estábamos en el negocio y, con la encargada colgada de una escalera a 3 metros de altura con tremenda caja en la mano, Lula dijo:


- Es un regalo sexista. ¿Qué mensaje le estamos dando a Mora? ¿Que las nenas cocinan, barren y planchan? - manifestó mientras sacudía una cajita con una plancha rosada y una tabla a tono que estaba en estante continuo. 
- Que le regalemos una cocina no significa que le estemos diciendo que sea ama de casa. Es para que ella haga las mismas cosas que ve que hace su mamá. Las nenas siempre le copian todo a las mamás. 


La empleada seguía a 3 metros de altura con la cajota en las manos y ya empezaba a transpirar mientras abajo nosotras seguíamos:


- ¡La mamá también trabaja! - se defendió Lula.
- Sí, hace música, ¿pero a vos te parece que a Mora le hacen falta instrumentos? ¡No necesita que le regalemos un piano de juguete cuando ella toca uno de verdad! - retruqué yo con sacudiendo ahora un pianito de Princesas que estaba también entre otro montón de juguetes. 


Fue entonces cuando necesité un aliado para mis argumentos y la llamé a Laura: 


- El machismo está en otras cosas. En todo caso cuando crezca le conseguimos un novio que cocine y listo. - aportó Laura en el altavoz. 


La chica que nos atendía ya nos había tirado con la caja para ese momento, se había bajado de la escalera y miraba desde un costado de la góndola como nosotras discutíamos, ahora casi a los gritos. 


- ¡Pero el mensaje que le estamos dando es machista! - insistía Lula - Le estamos diciendo a nuestra sobrina que lo importante es que sepa cocinar y planchar. 


- El sexismo es totalmente subjetivo, Lula. Yo cocino y no por eso soy ama de casa - agregó Laura a través del parlante del celular. 


La chica ya no nos atendía y se había ido a venderle un auto a control remoto a unos clientes mucho más fáciles que nosotras. Yo, por mi parte, miraba la caja embobada, con ganas de salir corriendo y quedármela toda para mi mientras Lula seguía refunfuñando: 


- Dale y con la plata que nos sobra le compramos esta palita y la escoba - decía Lula burlona caminando por los pasillos y señalándome con odio cada juguete con alegorías machistas. - ¡No te rías! Vos sos la que está contribuyendo a que nuestra nena el día de mañana no tenga ambiciones de una profesión y se quiera quedar barriendo. - agregó mientras buscaba más juguetes con los cuales indignarse - ¡Mirá, mirá eso! - y me señaló un juego de limpieza completo - Sabes que tengo razón y estás de acuerdo conmigo. 


- Sí, estoy totalmente de acuerdo con vos, pero ¿que creés? ¿que porque le compremos ese castillo de tela para que se sienta princesa, después por eso va a creerse princesa toda la vida? Hubieras matado tanto como yo por una cocinita de éstas cuando eras chica. No tiene nada que ver con el sexismo, es un juguete soñado. Es grande, es colorido y sirve para identificarse aún más con su mamá. Y sabes que ahí también tengo razón. 


- Bueno, entonces compremos la plancha, porque Camila plancha - respondió Lula con la cabeza baja, aún empacada. No iba a reconocerme más que eso, tenía que sostener su postura. 


- Podemos comprarle este kit de doctora. Para que el día de mañana, cuando recuerde este cumpleaños, sepa que sus tías no quisieron darle un mensaje errado y que en realidad quisieron incitarle a que desarrolle una vocación.


Tengo que reconocer que si bien el tema ahora parece estúpido, en su momento fue un debate caldeado que duró una hora en la cual todos los que trabajaban ahí estaban mirándonos atónitos mientras nosotras discutíamos sobre cómo un juguete para una criatura de dos años iba a definirle todo su futuro. Y no le habría dado tanta importancia si no hubiera creído que realmente Lula tenía razón y le estábamos dando un mensaje que no queríamos, que no representaba lo que nosotras creemos firmemente, pero por otra parte sabíamos que esto estaba yéndose muy lejos. La nena tiene dos años y la cocinita era de lo más monona. 
Mientras nosotras supiéramos que Mora aprenderá sobre el sexismo y los derechos de la mujer, qué importa que le compráramos, ella quiere cocinar como su mamá, ¡dejemosla hacerlo!


Pero no, el tema no terminó ahí y seguimos recorriendo la juguetería en busca de un regalo que no fuera sexista. Después de media hora Lula se dio cuenta que todo los mensajes cognitivos de los juguetes siempre llevaban al atrofio de la mente infantil. Había kits de peluquería, manicura y Barbies para peinar y pintar. Y ella estaba haciendo un berrinche por una cocinita.
Finalmente hubo una conciliación en el sector de juguetes para varones. 


A la caja llegamos, entonces, con la cocinita para que se parezca a mamá, el kit de doctora para que tenga una profesión y un kit de herramientas con un martillo, tornillos, serrucho y sombrero de constructor para que no tenga una visión limitada del tradicional espacio de la mujer y sepa que ella también puede ser constructor, si quiere. 


Nos fuimos de la juguetería contentas, ahora sí teníamos el regalo perfecto. Uno que englobaba todos nuestros ideales, pero por sobre todas las cosas uno que viene en una caja grande, con papel brilloso y moños de colores. 

10 de julio de 2012

Laura no es una pUnk

Fue difícil que se hicieran amigas. Olga usaba los pantalones cuadriculados, las Converse escritas con frases casi suicidas de Nirvana y sus aritos eran alfileres de gancho. Laura, por su parte, se compraba pantalones oxford y en su casa tenía la discografía original de Andrés Calamaro y Bersuit. 

En las clases Olga gritaba canciones de Eskorbuto y Laura tarareaba en bajito algún tema de Vox Dei. Una sentada al lado mío miraba a la otra con cara de susto que mascaba chicle y se pintaba las uñas de negro un banco atrás. Era imposible que los polos opuestos del mundo adolescente pudieran congeniar y sacar de ahí una buena relación.

Nunca sabré si por hartazgo o por alguna arma seductora de Olga, Laura terminó acercándose de a poco a ella y a adoptar algunas de sus costumbres. Años más tarde Laura ya cantaba Flema por los pasillos de la escuela llevando, debajo del guardapolvo y bien cerca del corazón rockanrolero, una remera de No Te Va a Gustar. 

Laura tuvo la mala suerte de enamorarse tanto de Olga como el resto del equipo punky de la escuela. Así fue como sin quererlo empezó a frecuentar muchos lugares que nunca habría ni soñado pisar. La fiesta Dark los sábados y algún recital mugriento en el bar El Sol los viernes. Que porque tocaban unos amigos, un novio o unos desconocidos, Laura siempre acompañaba al resto a algún evento de crestas y tachas. 

En lo que va de estos 7 años de amistad entre Olga y Laura, Laura ha ido a más recitales punkies que ninguna otra hippie que haya en esta ciudad. Así es como se fue aprendiendo canciones de The Clash y los Ramones sin escucharlas, conociendo solo las versiones desafinadas de Olga, llegando a parecerle ajenas e incoherentes cuando estaban musicalizadas. Laura se sabe temas de Zona 84 de tantas veces de haber tenido que verlos, y una vez hasta llegó a ir al recital de Embajada Boliviana porque quería ver en vivo todas esas canciones que había cantado en la ignorancia por años. En esas épocas de escasa tecnología musical - en las horas libres del secundario - si había un mp3 y era de Olga, había que escuchar lo que hubiera. Y siempre había Embajada Boliviana. 

El sábado pasado Laura sumó otra fecha de punk rock a su largo inventario. Con la misma paciencia y aspecto que la acompañan desde el comienzo, mezcló sus aros de pluma, su pollera de colores y sus anillos de piedritas con las remeras de los Dead Kennedys y Sex Pistols. Entre la cerveza que volaba y el pogo amistoso que se levantaba entre la audiencia, Laurita se acomodó en un rincón a esperar que las bandas de tres acordes pasaran una a una. Suspiraba, movía la cabeza cuando reconocía algún tema y bebía cerveza contando en silencio los minutos. Cuando alguna de sus amigas la miraba para corroborar que seguía viva pese al ruido y la distorsión, ella devolvía con una sonrisa, la misma que usa desde hace 7 años. Alrededor una manada de adolescentes cantaba con fervor un tema de Bad Religion, uno de esos que una persona con años en el oficio está cansado de escuchar, un tema de esos que un no punky no se sabe y ni siquiera le importa conocer, uno de esos temas que Laura, distraída y casi sin notarlo, se puede cantar entero y sin errar.

2 de julio de 2012

La importancia de llamarse Paco


- Qué hiciste anoche?
- Salí con Pablo.
- Con quién?
- Con Pablo!
- Qué Pablo?
- PABLO!
- AHH! Paco!
- Seh...


Suelo ser muy prolija con los apodos, casi obsesiva. Bueno, en realidad soy muy obsesiva con casi todo pero a los nombres le dedico especial atención. Sobre todo porque vivo en un mundo donde todos se llaman igual. Si tengo varias amigas llamadas "Lucía", una es "Lu", la otra "Luli", la otra "Lula" y así hasta cubrir las opciones. Me suele pasar que conozco gente que ya viene de por sí con apodo y yo sigo la corriente que comenzó otro. Eso mismo me pasó con Pablo, bueno Paco. Lo conocí como Paco y todo el mundo lo llama de esa forma: "Mis amigos me bautizaron así y es una cuestión de afecto con ellos por el cual lo mantengo", me explicó una vez. Maldito tierno.


Pero a mi no me jodan, Paco es el apodo de Francisco, no de Pablo. Y además a me parece muy lindo nombre Pablo. Así, a secas. 


Desde hace ya un tiempo que tengo este problema. Yo salgo con un Pablo, pero el mundo me dice que salgo con un Paco. Mis amigas le dicen Paco, mi mamá le dice Paco. Mi celular y yo somos los únicos que le decimos Pablo. Hasta hay veces que para evitar la situación ya mencionada en el comienzo yo opto por referirme a él como Paco así me entienden. Es como cuando voy a Starbucks y me preguntan cómo llamarme cuando tengan mi Latte listo. Miento y digo que me llamo Ana o Lara porque tardo más tiempo haciéndole entender al boludo que atiende cuál es mi nombre y tratando de interpretar si el otro boludo que entrega el café me está llamando a mi o a otra cuando grita Lara porque el primer boludo se equivocó y anotó cualquier cosa. Así que si yo puedo ser Lara para Starbucks, ¿por qué Pablo no puede ser Paco para mi?


Además insisto que yo lo conocí así. ¿Cómo me atreví alguna vez a cuestionar su identidad? Antes de que se convirtiera en el sujeto que camina de la mano conmigo, cuando era solo una persona que conocía, yo también lo llamaba Paco.
Lo conocí así y así me gustó. Es hora de hacerle entender a mi teléfono y a mi persona que no tiene sentido intentar darle un apodo a alguien que siempre lo tuvo para mi.