18 de junio de 2012

La ventana indiscreta

Todavía soñaba cuando empecé a escuchar un clarinete. No estaba segura si la melodía venía de mi cabeza o si, efectivamente, afuera había un clarinete sonando. En mi sueño estaba en una feria de libros, en una plaza, con unos compañeros de la facultad. Lo que sucedía fuera de eso me tenía sin cuidado. Me había despertado un rato antes y, también entre sueños de librerías, escuché el sonido de la lluvia golpear contra mi ventana. 

Entonces la realidad me indicaba que hacía frío, llovía, por el silencio era domingo y la frazada - porque no estaba respirando - me tapaba hasta la nariz. El resto lo debía haber soñado, inclusive lo del clarinete. Si embargo, la música se fue haciendo cada vez más concreta hasta que...

- Vos escuchás esa música o yo ya estoy definitivamente loco? - la voz de Pablo terminó de traerme a la realidad.

- Sí, pero no logro dilucidar si la están tocando en vivo o está grabado - le respondí mientras tanteaba ciegamente los lentes para ponérmelos. 

Me incorporé y miré por la ventana cómo las gotitas se unían entre ellas cayendo en un único destino vertical. Sin importarme los probables 3° de afuera abrí la ventana de par en par y me apoyé en el marco a escuchar el clarinete. Pablo se me unió aún con las lagañas puestas mientras se refregaba los ojos porque la claridad lo había cegado. 
Era mi barrio, mi ventana, mi paisaje. No podía haber un clarinete sonando en mi domingo a la mañana sin que yo lo tuviera controlado, como los goles de la canchita de la vuelta.
Las nenas del piso de arriba todavía dormían porque sino ya habrían empezado los gritos y los tirones de pelo que se escuchan todas las mañanas a través de mis paredes de papel. Mi vecino divorciado y caravanero ya se había levantado para ir a almorzar con los chicos, pese a haberse acostado hacía unas pocas horas. Partido en la canchita de fútbol 5 no había porque llovía y seguro que el cumpleaños de algún niñito habría tenido que ser mudado de locación debido al frío y el mal clima. No había festejos patrios que hicieran llegar el sonido del Monumento con el viento. Ese clarinete no era del barrio. 

Miré para todas las ventanas conocidas y desconocidas. Primero me fijé en el del departamento con pecera gigante. Las cortinas estaban cerradas, las luces azules de la pecera no se veían. De ahí no venía la música. Agudicé el oído intentando descubrir si la melodía venía de la izquierda o de la derecha. Miré al otro extremo donde está el balcón del pibe que se pasea en boxers todos los días y nada. Pasé la mirada veloz por la casa de la vieja con los malvones de colores, y tampoco. Miré la casa con el conejito blanco en la terraza y por la lluvia no había asado y el conejito miraba caer agua desde su cucha debajo de la parrilla. Todas las ventanas del barrio dormían. Entonces, de dónde venía el clarinete? 

Casi en un descuido volví a mirar el balcón del edificio de al lado del departamento de la pecera. Como un Wally evidente al lado de los Vikingos que viste sin mirar veinte veces mientras buscabas, ahí estaba el clarinete. 

- Mirá mirá ahí está... - dije incorporándome y señalando con un dedo casi helado por el frío.

- Es un saxo soprano - agregó Pablo sabiondo. 

Un hombre de polera blanca con pullover negro de escote en V y lentes redonditos estaba delante de una ventana abierta tocándole una melodía al domingo helado y mojado. Me volví apoyar en el marco y colgada de los barrotes mojados me desayuné la canción con el frío del río que me iba despertando cada vez más. El hombre tocó algunos minutos distraído e inconsciente de este público que lo observaba. El cielo estaba gris, el frío pinchaba y las gotas seguían mojando todo a su paso. Era domingo al mediodía, las ventanas del barrio dormían, excepto la del hombre tocando y la de este público improvisado que, al igual que el músico, con la música no sintió el frío. 


12 de junio de 2012

Olor a madera

Hoy entré a mi casa y había olor a madera. Mi olor preferido en todo el mundo. El mismo olor que aún tienen los cajones de la cómoda que hizo mi viejo y donde él guardaba su ropa con olor a aserrín. 


En invierno siempre volvía de la carpintería con aroma a troncos frescos impregnado en su piel y pedacitos de viruta arremolinados en su pullover. Era su olor permanente y no se le iba ni cuando se echaba litros de perfume para ir a cenar. Él después de tantos años respirándolo ya ni se lo sentía, nosotras ansiábamos sentir ese perfume a carpintería para cerciorarnos que ya estaba ahí, con su olor y sus silbidos, con sus cantos en la cocina y su bullicio de felicidad. 


Pero pese a ser uno de los olores que más disfruté en la vida, cuando no hubo más vida no quise volver a olerlo. El recuerdo es muy fuerte y el dolor es muy grande. No importa cuánto me guste el olor a madera recién cortada, a viruta arremolinada en un pullover, si no viene con papá que no venga. 


Han pasado ya dos años y medio que no hay olor a madera fresca en mi casa. La cómoda sigue oliendo como el primer día que la trajo, pero no hay nada que sacar de ahí, no hay motivos para acercarse y oler. No hay ropa con viruta, no hay pulloveres con perfume para ir a cenar. Abrir la cómoda es revolver olores que no llevan a ningún lado más que a recuerdos que no quiero evocar. Como si pasar delante de cualquier carpintería con sus máquinas encendidas, su viruta propia y su madera fresca no fueran suficientes sensaciones que me llevan a algo que ya no está.  


Hoy entré a mi casa y había olor a madera. El olor que, ahora, más odio en el mundo.