17 de abril de 2012

El Idiota

Hacía 10 minutos que lo conocía. "Que lo conocía", bah! Hacía 10 minutos que él se había presentado de forma pedante y egocéntrica, fanfarroneando qué había escrito y dónde lo había publicado frente a los compañeros.

Como es costumbre en mi, lo odié desde ese momento. Pero lo odié más cuando me tocó a mi presentarme frente al curso. Hacía 300 km semanales (sin contar la vuelta) para cursar algo que ni siquiera estaba segura si me iba a servir y con todo el pesar mental que eso involucraba, encima tuve que escuchar al pelotudo éste que con una sola frase me refrescó un pensamiento que se repetía en mi mente a medida que miraba pasar los árboles en la ruta camino al curso:


- Ah, pero vos estás re loca - me dijo. 


El único que sabía hasta ese momento que yo hacía "la locura" de viajar una vez por semana para cursar por 2 horas, era mi profesor y una compañera que habían oficiado de conspiradores para que yo pudiera estar ahí. 


- Me llamó Gala - empecé - y soy de Rosario... - continué mi presentación viendo a mis compañeros que me miraban prestando la misma atención que al resto de los expositores. 
Era una ciudad grande, todos venían de distintos lados. Ahí nomás, entre los 15 que éramos, había un salteño y el mismo pelotudo que hasta se había tomado el trabajo de explicar que él era uruguayo. Ojo. 
Hice una pausa y miré asustada a mi docente que me sonreía, dándome fuerzas para la confesión que se venía a continuación. Miré fijo a mis compañeros y casi con vergüenza seguí:


- ...y vivo en Rosario. - concluí. Las caras de los porteños y aporteñados cambiaron por completo. De simples miradas de atención, la mayoría abrió los ojos y hasta creo haber visto una que otra boca abierta. Por una milésima de segundo todos se quedaron callados hasta que una voz dijo:


- Ah, pero vos estás re loca. 


- Gracias por confirmar mis sospechas - le respondí cortante, con mi mejor cara de ofendida y seguí mi presentación salteando su mirada. 


No fue tanta la bronca que me generó ese comentario, como el desequilibrio emocional que sentí después. Me había costado meses de debate mental y grupal la decisión de estar ahí, como para que viniera un porteño adoptivo, desconocido y agrandado a decirme algo que mi conciencia me venía gritando desde que me había propuesto hacer semejante proyecto personal. 


- Y ahora te volvés? - me dijo El Idiota, en un tono más tímido cuando bajábamos en el ascensor. 


- 23.15hs Retiro - Rosario - me limite a contestar sin quitar la mirada del tablero del ascensor. 


No bien llegamos a la planta baja salí apurada y no volví a mirarlo. 
Todo el camino de vuelta a casa lloré. Lloré de miedo, angustia y duda. La frase del pelotudo me retumbaba en la cabeza y tenía la horrible sensación de que en parte tenía razón. Tal vez no era una loca, pero sí una ingenua. Me había convencido a mi misma que ese curso me iba a servir para definir cuestiones laborales, pero después de que un desconocido me hiciera tal apreciación, empecé a dudar de si mis horizontes profesionales no eran demasiado lejanos e inalcanzables. 


"Llegaste bien, loca? je", decía un mensaje en Facebook. 


La concha de su madre. No le había alcanzado con humillarme frente a todos y torturar mi viaje de vuelta con su frase resonando en mi cabeza - como un Tod repitiendo en la mente de Bart "el hierro nos ayuda a jugar" - sino que encima me había rastreado en el mundo digital para cerciorarse que su opinión también terminara de arruinarme el sueño. 


Los siguientes dos meses transcurrieron más tranquilos. La idea en mi mente se fue asentando de a poco y hasta llegué a esperar ansiosa el día del cursado. Las respuestas que había ido a buscar a 300 km fueron apareciendo en cada clase con los nuevos aprendizajes y cada kilómetro recorrido empezó a convertirse en una ruta segura. 
Con El Idiota cruzaba pocas palabras, las mínimas indispensables e intentaba tenerlo lejos mío, pero de una forma u otra siempre lograba acceder a mi:


- Vas para Retiro? Te puedo alcanzar un par de cuadras en el taxi, si querés. 


- No, gracias. Hoy me quedo - respondí orgullosa. 


- Ah sí? y dónde estás parando?. Te llevo, boluda. Eso pesa una bocha, eh? - insistió, el muy puto. 


- No - Sí, pesaba una tonelada. Tenía mi vida para un fin de semana en una mochila. 


Era un imbécil, pero no estúpido. Se daba cuenta que su insistencia no iba a ganarle a mi orgullo y se retiraba de la batalla con un saludo atento que yo a duras penas respondía con una mueca. 


No entendía porqué persistía tanto en caerme bien. Había empezado de la peor forma y, después de todo, el curso terminaría pronto y no nos volveríamos a ver. Me indignaban sus muestras de cordialidad y su interés por mi supervivencia en la gran ciudad. Mis amigos y mi vieja sabían del idiota casi tanto como de un amor no correspondido. Pero éste no era el caso, el boludo éste no me quería levantar y de eso estaba segura. El Idiota quería otra cosa, y yo tenía que saber qué era. 


- Te volvés? - la pregunta de rutina se repetía en el ascensor.


- No. Me quedo.


- Te estás quedando seguido.


- Sí. 


- En qué zona estás parando?


- Recoleta.


- Querés que te alcance? Voy para ese lado. 


- Bueno. Gracias - La verdad que después de varias semanas la jodita de pasearme por Buenos Aires con un yunque en la espalda me estaba por sacar una hernia. Además quería saber a dónde iba todo este juego de simpatía por parte del imbécil, claro. 


Esa noche en el taxi hablamos. Hablamos de nuestros estudios, de la inserción laboral, de la ciudad de cada uno. El fanfarrón, egocéntrico y pedante lo único que dijo de si mismo fue que vivía feliz con su novia y tenía dos gatitos. 


La última noche de cursado organizamos todos para cenar y salir, pero finalmente los únicos dispuestos para la segunda parte del plan fuimos el Yanotanidiota y yo. 


- Ya que no hacemos nada me voy a ver unas bandas acá cerca. Vos querés venir?


Era viernes, estaba en Buenos Aires y me estaban invitando a ver un recital. Podría haber sido Hitler y yo aceptaba igual. 
Caminamos y otra vez hablamos mucho. Esta vez de los amigos, las parejas, las metas y nuestros proyectos. Vimos las bandas, las criticamos y nos reímos. Cuando llegó el momento de despedirnos una extraña sensación de tristeza me invadió. Ahora que nos llevábamos bien ya no nos íbamos a ver todas las semanas.




Hoy El Idiota, su novia y sus dos gatitos son visita obligatoria cada vez que voy a Buenos Aires. Cuando estamos cada uno en su ciudad, hablamos por teléfono, nos escribimos y estamos siempre al día de lo que pasa en la vida de cada uno. Sin embargo aquella duda que tuve en un comienzo fue mutando pero nunca tuvo respuesta y ya no la tendrá. ¿Por qué insistió tanto en ser mi amigo? Eso prefiero que solo lo sepa él. 



1 comentario:

Mariana dijo...

a veces las mejores amistades comienzan de las maneras mas raras!