29 de abril de 2012

La jirafa de la bolsa

- ¡Facundo, vení a darle un beso a la nona!

Facundo se hace el boludo y corre alrededor del salón con una cuchara en la mano que acaba de sacar de otra mesa. Es un avión cuando lo hace volar entre los tablones de madera y es un tren cuando está apoyado sobre los manteles color manteca. El pequeño rubio no llega ni al metro de altura y lo disfrazaron de persona grande: tiene una camisa a cuadritos y un pulovercito escote en V con un pantalón de corderoy que ya está sucio en las rodillas. 

- ¡Facundo! ¡te dije que vengas a darle un beso a la abuela Lili!

Facundo deja de hacer pantomima y se acerca a darle un beso al aire a la abuelita cumpleañera que le sonríe agradecida. Intenta abrazarlo y el pequeño se le escapa entre los brazos para seguir corriendo por el restaurant con la cuchara multifacética.

Lo peor que le puede pasar a un niño es asistir a una reunión llena de envoltorios de regalos, moños, cajas, paquetes y bolsas y que ninguna sea para él. Lo que puede llegar a ser aún más horrible es que encima dentro de todos esos bolsos misteriosos ni siquiera haya regalos que uno pueda envidiarle a otro niño.
Facundo ignora a todos los parientes y amigos que vienen a saludarlo y se pierde entre las mesas haciendo volar la cuchara mientras los mozos hacen malabares para esquivarlo sin tirar el asado. Solo se acerca a su abuela cuando alguien se une a la reunión y viene con un paquete. Facundo se cuelga de la mesa, arrastra un poco el mantel...


- ¡Facu cuidado! ¡te estás llevando todo! Mamá mostrale, por favor. Va a tirar las copas...

La chalina, el collar y el elefante de porcelana no son regalos que le interesen a Facundo y cuando la abuela Lili se inclina para mostrárselos, el rubio ya está escondido entre unas sillas, ahora con dos cucharas. 

En la escala de las peores cosas que le pueden suceder a un chiquilín en una reunión de adultos, se le suma una nueva al escalafón cuando empiezan a llegar las viejas amigas de la abuela. Son esa clase de jubilados que además de llevar una cartera gigante, necesitan aparte una bolsita con quién sabe qué cosa dentro. En la cartera ya llevan desde los lentes para ver de lejos, de cerca, de arriba y de abajo, medicamentos de todo tipo y hasta pomadas para el sol, aún siendo de noche. Pero aparte, a veces suelen andar con una bolsa accesoria. Las más berretas usarán una de supermercado, las más finas se animan a andar con una de marca. 

En eso llega Nelly que viene agitando los guantes de cuero desde la puerta saludando a su amiga. Facundo la mira desde abajo de la mesa de al lado y ve que Nelly trae una bolsa de "El Mundo del Juguete". Facundo no lee, pero sabe bien qué es eso. Tiene el dibujo de una jirafa sonriente y colores fuertes y alegres como rojo y verde. Suelta las cucharas y sale corriendo para ubicarse en un lugar preferencial cerca de su abuelita. Se queda expectante esperando que Nelly se acerque y la nona Lili lo presente. Facundo sonríe de oreja a oreja y se deja besuquear por la desconocida. 

- Qué rico, nene. ¡Se parece a Fabián cuando era chico! 
- Sí, pero este es el hijito de Mónica. 
- ¡Pero es parecido!
- ¡Ay! Sí, para mi también, pero que no te escuche el padre que se pone re celoso. 

Facundo tiene la mirada fija en la bolsa de la jirafa y se queda mientras la amiga Nelly le acaricia la cabeza y lo estampa contra su tapado de piel que huele a naftalina. 

- Disculpame Lili que llegué tarde, pero tenía que pasar sí o sí por lo de la Mery que me tenía que devolver un saquito que le prestó Luciana a su nieto que se fue de excursión a Mendoza con el colegio. Yo le dije "para qué le vas a comprar un tapado para eso si después crecen y lo tenés que tirar". Pero resulta que después nos acordamos que Úrsula también hacía la excursión y lo necesita. Se va mañana, viste. 

- ¡Claro! Dame que le digo a mi yerno que te lo cuelgue por allá así no te estorba. ¡¡¡Pablo!!! 

Facundo ve, entonces, como su padre se lleva la bolsa de la juguetería y el tapado con olor a naftalina. Aprovecha que Nelly está buscando algo en su cartera para irse corriendo mientras se rasca el cachete que le quedó picando por el roce con el abrigo peludo de la desconocida. 

No hay nada peor para un niño que un cumpleaños de adulto donde encima aparecen bolsas de jugueterías con cosas dentro que lejos están de ser divertidas. Facundo se va enojado llevándose mozos y sillas por delante. Se instala debajo de la mesa con sus cucharas voladoras y se queda ahí toda la noche. No le interesa comer el puré ni la morcilla cortada. Solo sale para pedirle a la madre que le sirva más Fanta y se vuelve a su guarida. La estúpida bolsa de la jirafa lo mira burlona desde un perchero. Se le caga de risa. 

- ¿Y Fabián no venía? 
- Está llegando de Buenos Aires. Venía directo de la estación, mi ángel. Supongo que llegará para la torta. Mozo, este churrasco está crudo. 

Facundo escucha la llegada de su tío, pero no sale de abajo de la mesa para ir a saludarlo. En otro momento habría ido corriendo a su encuentro, pero no hoy. Hoy está la estúpida jirafa de la bolsa ahí afuera. 
Está librando una batalla entre las cucharas cuando ve los pies de su tío Fabián que se asoman entre el piso y el mantel. 

- ¿Vas a salir? 

No contesta y vuelve a bajar la mirada. La cuchara de la izquierda está a punto de ganarle a la de la derecha cuando ve que entre los pies del tío Fabián aparece una bolsa roja y verde con una jirafa sonriente. Ésta no tiene forma de tapado para el nieto de alguien, tiene forma de caja y de una muy grande. 
Facundo saca la cabeza de abajo de la mesa y ve a su tío gigante que le devuelve la mirada con una gran sonrisa. Esta jirafa no se está burlando de él, esta jirafa lo llama con su sonrisa dibujada. Sale y se arroja a los brazos de Fabián. No importa que haya dentro de la bolsa con la jirafa, Facundo sabe que esta vez sí es para él. 

28 de abril de 2012

Una de taxistas I

- No vas a bailar hoy?

- Disculpe?

- Que si no salís hoy...a bailar o algo. 

- No...

- Por qué?

- Porque es jueves...

- Pero ya llevé varios chicos que salían. Sos la primera que se vuelve. Tu novio no quería salir?

- No es mi novio...y no suelo salir los jueves. Trabajo mañana y esas cosas. Los adolescentes y universitarios al pedo salen los jueves. 

- Entiendo, además hace frío. 

- Aha. Si agarra por ésta acá me deja justo en la puerta.

- El frío te saca las ganas de salir? 

- Depende, pero igual siempre prefiero salir en invierno que en verano.

- Y vas a bailar?

- No, no bailo.

- Todos bailan. 

- Yo no. 

- Sos de planes más tranquilos?

- Mse...

- Preferís ir al cine con tu novio?

- No tengo novio. 

- Bueno, ese chico que te puso en el taxi te lleva al cine?

- No. 

- Y no bailas por qué motivo?

- No sé, qué se yo...no sé bailar...!

- Yo bailaba re bien. Ahora me ves así todo gordo, pero antes cuando tenía tu edad...bah, qué edad tenés vos?

- ...

- Bueno, sí, por ahí, a los 18 jugaba al rugby en mi pueblo, estaba todo marcado. Porque yo no soy de acá, viste. Se me nota, eh?

- ....

- Soy de un pueblito de Córdoba, cerca de Villa María y allá para salir había que ir Villa María en colectivo. Nada de auto, claro.

- aha...

- Y para mis 18, tu edad más o menos, mis viejos me regalaron un gamulán. Sabes lo que es un gamulan?

- Un tapado?

- Sí, de piel curtida afuera y corderito adentro. 

- Aha.... 

- Bueno me regalaron uno de esos empezando el invierno. Fue la única vez que rezaba porque llegara el frío para usarlo. Y esperé ansioso el sábado para ponérmelo para salir.

- Y con qué se lo puso?

- Con una camisa de flores. En esa época era todo muy John Travolta. Usábamos camisas de cuello y puños bien anchos. Plataformas con taco y jeans oxford.

- Usted usaba plataforma con taco?

- Un poco, pero sí. Y arriba de todo eso el gamulán. Imaginate, caminando al lado de la ruta así vestido yendo al cheboli. 

- Aha...y?

- Bueno, cuestión que salí a estrenar mi gamulán nuevo re contento y cuando llego al boliche hacía un calor de los mil infiernos ahí dentro. 

- Claro, pasa seguido. 

- Imaginate que si me lo sacaba, porque no había guardaropas en ese momento. Si lo dejaba en una silla, me lo robaban. 

- Y entonces qué hizo?

- Me lo dejé puesto toda la noche. Nunca me cagué tanto de calor en mi vida. 

- Volvió sano y salvo el gamulán?

- Sí, todo bien, pero EL CALOR.

- Me imagino. No se enfermó cuando salió y el frío le pegó en todo mojado de transpiración?

- No me acuerdo, a lo mejor. En la esquina?

- Qué?

- Si te dejo en la esquina...

- No, a mitad de cuadra, por favor. 

- Uh me olvidé de poner el contador.

- laput...

- Dejá, no importa. Suficiente que me escuchaste

- Un placer.

- Buenas noches, linda.

- Chau, Gamulán. 

17 de abril de 2012

El Idiota

Hacía 10 minutos que lo conocía. "Que lo conocía", bah! Hacía 10 minutos que él se había presentado de forma pedante y egocéntrica, fanfarroneando qué había escrito y dónde lo había publicado frente a los compañeros.

Como es costumbre en mi, lo odié desde ese momento. Pero lo odié más cuando me tocó a mi presentarme frente al curso. Hacía 300 km semanales (sin contar la vuelta) para cursar algo que ni siquiera estaba segura si me iba a servir y con todo el pesar mental que eso involucraba, encima tuve que escuchar al pelotudo éste que con una sola frase me refrescó un pensamiento que se repetía en mi mente a medida que miraba pasar los árboles en la ruta camino al curso:


- Ah, pero vos estás re loca - me dijo. 


El único que sabía hasta ese momento que yo hacía "la locura" de viajar una vez por semana para cursar por 2 horas, era mi profesor y una compañera que habían oficiado de conspiradores para que yo pudiera estar ahí. 


- Me llamó Gala - empecé - y soy de Rosario... - continué mi presentación viendo a mis compañeros que me miraban prestando la misma atención que al resto de los expositores. 
Era una ciudad grande, todos venían de distintos lados. Ahí nomás, entre los 15 que éramos, había un salteño y el mismo pelotudo que hasta se había tomado el trabajo de explicar que él era uruguayo. Ojo. 
Hice una pausa y miré asustada a mi docente que me sonreía, dándome fuerzas para la confesión que se venía a continuación. Miré fijo a mis compañeros y casi con vergüenza seguí:


- ...y vivo en Rosario. - concluí. Las caras de los porteños y aporteñados cambiaron por completo. De simples miradas de atención, la mayoría abrió los ojos y hasta creo haber visto una que otra boca abierta. Por una milésima de segundo todos se quedaron callados hasta que una voz dijo:


- Ah, pero vos estás re loca. 


- Gracias por confirmar mis sospechas - le respondí cortante, con mi mejor cara de ofendida y seguí mi presentación salteando su mirada. 


No fue tanta la bronca que me generó ese comentario, como el desequilibrio emocional que sentí después. Me había costado meses de debate mental y grupal la decisión de estar ahí, como para que viniera un porteño adoptivo, desconocido y agrandado a decirme algo que mi conciencia me venía gritando desde que me había propuesto hacer semejante proyecto personal. 


- Y ahora te volvés? - me dijo El Idiota, en un tono más tímido cuando bajábamos en el ascensor. 


- 23.15hs Retiro - Rosario - me limite a contestar sin quitar la mirada del tablero del ascensor. 


No bien llegamos a la planta baja salí apurada y no volví a mirarlo. 
Todo el camino de vuelta a casa lloré. Lloré de miedo, angustia y duda. La frase del pelotudo me retumbaba en la cabeza y tenía la horrible sensación de que en parte tenía razón. Tal vez no era una loca, pero sí una ingenua. Me había convencido a mi misma que ese curso me iba a servir para definir cuestiones laborales, pero después de que un desconocido me hiciera tal apreciación, empecé a dudar de si mis horizontes profesionales no eran demasiado lejanos e inalcanzables. 


"Llegaste bien, loca? je", decía un mensaje en Facebook. 


La concha de su madre. No le había alcanzado con humillarme frente a todos y torturar mi viaje de vuelta con su frase resonando en mi cabeza - como un Tod repitiendo en la mente de Bart "el hierro nos ayuda a jugar" - sino que encima me había rastreado en el mundo digital para cerciorarse que su opinión también terminara de arruinarme el sueño. 


Los siguientes dos meses transcurrieron más tranquilos. La idea en mi mente se fue asentando de a poco y hasta llegué a esperar ansiosa el día del cursado. Las respuestas que había ido a buscar a 300 km fueron apareciendo en cada clase con los nuevos aprendizajes y cada kilómetro recorrido empezó a convertirse en una ruta segura. 
Con El Idiota cruzaba pocas palabras, las mínimas indispensables e intentaba tenerlo lejos mío, pero de una forma u otra siempre lograba acceder a mi:


- Vas para Retiro? Te puedo alcanzar un par de cuadras en el taxi, si querés. 


- No, gracias. Hoy me quedo - respondí orgullosa. 


- Ah sí? y dónde estás parando?. Te llevo, boluda. Eso pesa una bocha, eh? - insistió, el muy puto. 


- No - Sí, pesaba una tonelada. Tenía mi vida para un fin de semana en una mochila. 


Era un imbécil, pero no estúpido. Se daba cuenta que su insistencia no iba a ganarle a mi orgullo y se retiraba de la batalla con un saludo atento que yo a duras penas respondía con una mueca. 


No entendía porqué persistía tanto en caerme bien. Había empezado de la peor forma y, después de todo, el curso terminaría pronto y no nos volveríamos a ver. Me indignaban sus muestras de cordialidad y su interés por mi supervivencia en la gran ciudad. Mis amigos y mi vieja sabían del idiota casi tanto como de un amor no correspondido. Pero éste no era el caso, el boludo éste no me quería levantar y de eso estaba segura. El Idiota quería otra cosa, y yo tenía que saber qué era. 


- Te volvés? - la pregunta de rutina se repetía en el ascensor.


- No. Me quedo.


- Te estás quedando seguido.


- Sí. 


- En qué zona estás parando?


- Recoleta.


- Querés que te alcance? Voy para ese lado. 


- Bueno. Gracias - La verdad que después de varias semanas la jodita de pasearme por Buenos Aires con un yunque en la espalda me estaba por sacar una hernia. Además quería saber a dónde iba todo este juego de simpatía por parte del imbécil, claro. 


Esa noche en el taxi hablamos. Hablamos de nuestros estudios, de la inserción laboral, de la ciudad de cada uno. El fanfarrón, egocéntrico y pedante lo único que dijo de si mismo fue que vivía feliz con su novia y tenía dos gatitos. 


La última noche de cursado organizamos todos para cenar y salir, pero finalmente los únicos dispuestos para la segunda parte del plan fuimos el Yanotanidiota y yo. 


- Ya que no hacemos nada me voy a ver unas bandas acá cerca. Vos querés venir?


Era viernes, estaba en Buenos Aires y me estaban invitando a ver un recital. Podría haber sido Hitler y yo aceptaba igual. 
Caminamos y otra vez hablamos mucho. Esta vez de los amigos, las parejas, las metas y nuestros proyectos. Vimos las bandas, las criticamos y nos reímos. Cuando llegó el momento de despedirnos una extraña sensación de tristeza me invadió. Ahora que nos llevábamos bien ya no nos íbamos a ver todas las semanas.




Hoy El Idiota, su novia y sus dos gatitos son visita obligatoria cada vez que voy a Buenos Aires. Cuando estamos cada uno en su ciudad, hablamos por teléfono, nos escribimos y estamos siempre al día de lo que pasa en la vida de cada uno. Sin embargo aquella duda que tuve en un comienzo fue mutando pero nunca tuvo respuesta y ya no la tendrá. ¿Por qué insistió tanto en ser mi amigo? Eso prefiero que solo lo sepa él.