19 de marzo de 2012

Horazio

- Voy, Má. 


Me gritó fuerte un tipo al pasarme con una pequeña parrillita llena de achuras mi primer día de trabajo en aquel restaurant. Estaba parada en el medio de la cocina con mi camisa blanca ya impregnada de olor a papa frita, inexperta arriba de tacos, con una cara de susto que me tenía inmovilizada.


- Por qué me dijo "voy" ese mozo? - le pregunté al gambucero que estaba sacando un tiramisú del freezer. 


- Te estaba avisando que iba detrás tuyo para que no te gires de golpe y terminen todas las achuras en el suelo. 


- Ah! y para que no me queme, claro. 


- Acá nadie le importa lo que te pase a vos - me respondió ya dándome la espalda. 


Salí de la cocina por la puerta correcta. No como algunas horas antes que había entrado por la puerta de salida y casi termina el postre de una mesa de 16 en el suelo. Me ubiqué en mi escritorio de recepcionista al frente del local y me quedé repasando todas las explicaciones que había juntado aquel día cuando...


- Má, te entró gente por la otra puerta. Yo que vos hago "claclear" esos taquitos en el piso y voy atenderlos antes de que te vea El Viejo y te cague a gritos. - ahí estaba otra vez ese mozo diciéndome "Má". 


Salí corriendo y acomodé a los clientes en una simpática mesa cerca del baño. El mozo que me había alertado iba y venía con miles de platos en la mano, partiéndose en veinte pedazos para atender a todos y recordando los más insólitos pedidos. Era alto y muy flaco, tenía pocos pelos en la cabeza pero los tenía prolijamente peinados para atrás y atados con una colita. 


Con los días mis aptitudes laborales fueron mejorando: aprendí a aguantar 6 horas caminando arriba de zapatos, conseguí un buen perfume que le sacaba el olor a papa frita a mi camisa y fui conociendo más a mis compañeros, entre ellos al flaco de colita. Se llamaba Horacio y era un fanático indiscutible de Iron Maiden. 


Cuando ya iban quedando pocas mesas adentrada la madrugada, Horacio y yo nos acomodábamos al lado de la bodega de vinos y hablábamos de música, perros y todas las cosas que haríamos cuando saliéramos de ahí. "El narigón", como le decían todos (y con motivo), me contaba de su mascota Peter, sus sobrinos, sus dvds de Maiden y de sus épocas de estudiante de medicina. Nuestras charlas seguían escaleras arriba yendo a los vestuarios para el ansiado momento de irnos. Me despedía del "Horacio mozo", su delantal color mostaza y el pelo tirante hacía atrás, para encontrarme a la salida con un Horacio de pelo suelto, remera de Iron Maiden, jean gastado y cadena saliendo de un bolsillo. 


Horacio se encargó de enseñarme, cuidarme y alertarme en aquel lugar. Junto a él y otro mozo, Leo, aprendí a defenderme de clientes y patrones. Desde el principio me indicaron que las lágrimas ahí no ayudaban y que la frialdad era lo único que me iba a mantener cuerda. Tener a Horacio durante aquellos 2 años trabajando en un lugar austero y competitivo como fue ese restaurant hizo que aquella época fuera llevadera y hasta feliz. 
Cuando me fui de ahí, dejar a mis amigos en esa cárcel fue lo más duro. Personas con las que había compartido todos los días y nos habíamos bancado mutuamente cuando nuestro mundo, el real (aquel que no le interesaba a nadie ahí adentro) se venía abajo por tener que estar ahí. Nos conteníamos entre nosotros, nos entendíamos y nos ayudábamos. 


- No vuelvas, flaca. Estudiá para no tener que volver acá jamás. - me dijo Horacio mi último día de trabajo. 


Han pasado varios años desde que colgué la camisa con olor a papa frita y no la volví a usar. Ahora solo veo al Horacio original - el de los jeans rotos y las remeras negras - cuando nos juntamos todos en noches infinitas de cerveza y comida, en las cuales el viejo trabajo que nos unió es solo un recuerdo de anécdotas y chismes. 


La semana pasada fue la última reunión del grupo conformado por Horacio, Leo, Virginia y yo. Nuestras juntadas sobrevivieron cambios de trabajo, horarios, vida personal, responsabilidades y demás, pero no podrán lidiar con las distancias. Horacio encontró su media naranja a un océano de distancia y la semana que viene levantará campamento con destino a España. 


- No vuelvas - le dije a mi "Horazio" mientras me despedía - Vas a ser muy feliz allá y yo voy a ir a visitarte.


- En serio, Má? - preguntó mi amigo.


- Sí, Pá. Te lo prometo.


Lo abracé otra vez y con Virginia nos fuimos en las bicis. Antes de perderlo de vista en la oscuridad de la noche, me di vuelta y lo miré por última vez. Me acordé del día que lo conocí, el día que él me alertó que pasaba por detrás mío no para que alguien pudiera degustar esas achuras, si no para que yo no me quemara con la parrilla. 




Feliz destino, Horazio. 

8 de marzo de 2012

El final ineludible

Suele sucederme que me siento vieja cuando alguna amiga me cuenta que su hermanito, aquel chiquitin de ocho años que nos fastidiaba cuando nos preparábamos para ir a la matiné, este año termina el secundario. O me siento mi vieja cuando le digo a alguien más joven "Cuando yo tenía tu edad". Sin embargo con un episodio que viví el otro día noté, por primera vez, que el que crecía no era yo, sino otro. 




Lo cuido a Mateo hace dos años. Tenía 8 recién cumplidos cuando me abrió la puerta y tímido me mostró sus pinturitas y juguetes. Lo agarraba de la mano para cruzar la calle y le cortaba la carne si estaba muy dura para comer. Durante mucho tiempo me supe todos los capítulos de Los Padrinos Mágicos y la programación completa de Cartoon Network. 


Los cambios fueron sutiles y progresivos. No me di cuenta cuando dejó de pedir juguetes y chupetines para empezar a exigir zapatillas nuevas y remeras Vans. O cuando empezó a mirarse el peinado en el espejo después de cepillarse los dientes. Me pareció natural una noche que me pidió que fuera yo a buscarlo a un baile del club porque su papá le hacía pasar vergüenza. Me encantó ser su cómplice, su amiga, su compinche en la pubertad. Contándole las historias de mis primeros bailes, codeándolo cuando el papá lo retaba por quedarse hasta las 3 am en vez de hasta las 2.30. Yo era la niñera joven, la que entendía la importancia de (a partir de ahora) esperarlo en la esquina de la escuela en vez de buscarlo en la puerta. 


Pero las esperadas en la esquina del colegio y las bromitas de los bailes pronto aumentaron en otros pedidos. Además de no querer que lo fuera a buscar, en el colectivo se empezó a sentar solo, bien lejos mío. Ya no hubo más viajes juntos escuchando mis discos en el iPod cada uno con un auricular, yo contándole de las bandas, narrándole anécdotas de los recitales. Ahora él estaba sentado solo, con su reproductor de música mirando por la ventana. Pasarlo a buscar por el club o los bailes pronto se convirtieron en una vergüenza para él. Mis bromas sobre sus noviecitas empezaron a molestarlo, y cuando yo le contaba que "en mis épocas" se bailaban lentos, solo había risas y burlas. Después le siguió la vergüenza digital cuando me eliminó del Facebook para que no viera lo que hacía. Me dijo que no quería tenerme, como no tenía a sus padres ni a sus tíos. 




Fue el otro día que llegué a buscarlo a la casa de su mamá para prepararle el almuerzo y llevarlo al club que me encontré con una escena que fue un duro sopapo de realidad. Contento me abrió la puerta y me llevó a la cocina donde estaban servidos dos platos de fideos con crema y dos huevos fritos. Había cocinado él para los dos. Los fideos no estaban pasados ni duros, estaban justos de crema y no le había errado para nada en las porciones. Los huevos fritos estaban enteros y la yema estaba líquida. Él había cocinado. Y había cocinado muy bien. En dos años juntos, de mi parte solo había tenido fideos pasados o duros y arroz en cantidades monumentales por no tener "la tacita" para calcular. Lo único que siempre yo había hecho bien y que él adoraba de mi, eran los huevos fritos. Nadie en su familia sabía hacer bien uno y yo lo hacías muy ricos. Hace unos meses le había dicho que se acercara mientras los preparaba para enseñarle cómo se hacían: "Para cuando ya no me necesites", le dije en broma.


Ahí estaba yo, sentada delante de un plato que olía bien mientras Mateo, muy sonriente y orgulloso, me espolvoreaba queso rallado sobre la receta original: Fideos con crema y huevo frito. Hablaba sin parar de los pasos que había seguido y como en una maniobra ingeniosa se las había arreglado para sacar los fideos sin quemarse con la olla. Yo no hablaba, seguía mirando el plato y pese al hambre no podía ni comer. 


Después del almuerzo él lavo los platos y nos fuimos - asientos separados - en colectivo al parque. Mientras yo leía un libro él fue y vino con su skate por toda la explanada mientras charlaba con otros chicos, se hacía choques de manos raros y gritaba "bolodo" todo el tiempo. Esa tarde no avancé ni una hoja de mi libro. 


Cuando Esteban llegó a la casa, Mateo estaba en su cuarto y yo en el comedor trabajando en una nota, o mirando la pantalla de la PC, en realidad. Al verlo corrí hacía él, lo abracé muy fuerte y me puse a llorar:


- Tu hijo ya no me necesita - dije tragando mocos. 


- Por qué decís eso? - me preguntó Esteban indicándome que me sentara. 


Entonces le expliqué todas las pistas que no había visto en este último tiempo. Le conté como había pasado de ser su amiga, para convertirme en otro grande que lo fastidiaba. Y por último le dije que ese día él había cocinado y eso ya me volvía obsoleta por completo. Esteban sabía que mi preocupación no era el puesto de trabajo. Siempre supo que mi presencia ahí no era por un sueldo sino por mi cariño a ambos. Entre más llanto le dije que esto solo iba en aumento y como muy pronto ya no me necesitaría, Mateo dejaría también de quererme:


- Porque no voy a venir más, entonces no lo voy a ver. Pero él no va a extrañarme y yo sí. Entendés? - decía yo entre sollozos. 


- Pero vamos a seguir viéndonos, vas a venir a cenar, vamos a hacer cosas como siempre - me consolaba Esteban. 


- No, porque él ya no va a querer estar cuando yo venga. Va a preferir hacer otras cosas que estar conmigo. Se aburre conmigo - y otra vez explotaron las lágrimas. 


La conversación siguió en infinitos ejemplos y reiteradas palabras de aliento que no llegaron a nada. Luego de un rato recuperé la compostura, organicé la semana de trabajo con Esteban, me acerqué a la habitación de Mateo y toqué la puerta que hasta hace un tiempo tenía permitido abrir sin golpear:


- Me voy. Me abrís? - pregunté esperando el acostumbrado rezongue. 


- Dale. 


Camino a la puerta contuve mis ganas de llorar, abrazarlo, gritar y clamar por su niñez eterna a los santos evangelios. Me puse los lentes de sol, levanté el mentón y caminé por el pasillo. 


- Bueno, chau. Te veo en la esquina de siempre el viernes a la salida de la escuela. Vas a cocinar vos de nuevo?


- No, jaja! No importa cuan bien lo haga yo, tus huevos fritos siempre van a ser más ricos - me respondió y poniéndose en puntitas de pie (porque por suerte todavía tiene que hacerlo) me abrazó y me dio un beso.




Hubo lágrimas de nuevo camino a mi casa. Fueron el festejo de saber que debajo de toda esa adolescencia inevitable que viene en camino con un kilo de granos, está el pequeño morocho que me abrió la puerta hace 2 años y con unos dientes menos me invitó a jugar.