13 de febrero de 2012

Diario del viajante 1: Habanos en La Habana.

Venía recorriendo Cuba desde hacía 12 días.Pasé por las blancas playas del Cayo Santa María, arrasé con los daikiris tumbada en una reposera chupando sol y mirando pecesitos azules nadar entre mis pies en las transparentes aguas del Océano Atlántico. También tuve mis días de actividad en Varadero andando en bicicleta por la playa y abarcando las calles de un pueblo con cuatro o cinco pedaleadas. Antes de volver solo me quedaba por ver la verdadera Cuba, la Cuba de 3 millones de habitantes de la ciudad de La Habana.

El último día, como cada día en esa ciudad, me dediqué a perderme en las estrechas calles de adoquines de La Habana Vieja. Edificios de dos o tres pisos con paredes pintadas de muchos colores y balcones que parecían ventanas con dos baldosas. 



Faltaban unos minutos para las 5 y los negocios empezarían a cerrar. Antes de abandonar mi nuevo barrio preferido quería pasar por una perfumería artesanal a probarme algunos aromas. También tenía que pasar a tomarme una chocolatada en el Museo del Chocolate a media cuadra de la Plaza de la Catedral y había prometido acompañar a un amigo turista a comprar habanos en algún negocio especializado. 


Primero pasé por la perfumería. No necesité indicaciones para encontrarla, el olor a perfume me fue guiando hasta la puerta donde el aroma se concentraba y de golpe lo que antes era un solo perfume, ahora podía distinguir cada uno viendo los toneles de vidrio de dónde provenía cada fragancia. Las mesas grandes de roble lustrado tenían pequeños frascos de colores y diferentes tamaños que te los llenaban de acuerdo a la fragancia que uno hubiera elegido. Bolsitas con jabones colgaban de las paredes y detrás de una pequeña puerta de madera se veía un laboratorio rústico, antiguo, completamente artesanal con barriles gigantes y frascos de colores que se iban vertiendo de a uno en un solo tambo para lograr un nuevo olor.

En mi recorrido le siguió el Museo del Chocolate. Un negocio quedado en el 1800 me recibió con miles de moldes de metal que decoraban las paredes. Viejas formas de huevos de pascua, conejos, corazones y ositos. En unas repisas también había tazas de distintas épocas con las primeras frases delicadamente pintadas en la loza. "Mommy", decían casi todas en trazos dorados en letra cursiva.

El siguiente y último lugar por recorrer era la casa de habanos. Cesar, nuestro amigo adoptado en el viaje, entraba y salía de cada negocio buscando algo que nosotros, inentendidos en la materia, no sabíamos que era. Cesar, un abogado de 50 años, relojeaba los estantes exactamente iguales en cada local, fruncía el ceño y pedía la siguiente dirección. Habíamos recorrido 4 negocios en 2 cuadras cortitas como son las de La Habana Vieja y no habíamos permanecido dentro más de dos minutos. Cesar entraba, decía "hmmm" y volvía a salir. Los vendedores callejeros sacaban cajas de sus más finos productos de los morrales y le ofrecían mostrarle selecciones más exclusivas en sus casas. Cesar decía "no" con la mano y seguía caminando buscando negocios hasta en los balcones. 
Sabíamos que aún nos quedaba un negocio muy renombrado llamado "la casa del caminante" pero no teníamos la dirección y en el puesto de información turística de la zona nos lo habían nombrado como el más importante sin dar más datos. 
Preguntamos entonces al seguridad del museo del chocolate por la dirección y en silencio nos señaló una casa en frente. El lugar era un viejo palacio de algún conde español. En la entrada una mujer de seguridad estaba sentada en un banquito tejiendo una manta del mismo color que su uniforme. Los dos portones verdes que daban a un patio con una fuente estaban abiertos y entre las plantas que decoraban el jardín de adoquines al que daban todas las ventanas de las habitaciones, había un pavo real con la cola abierta caminando de un lado a otro, desfilando por la entrada a la espera del siguiente turista que quisiera sacarle una foto. 
Cruzamos la callecita y volvimos a preguntar, esta vez a la tejedora. Mirándonos por encima de sus lentes y sin dejar de tejer nos indicó una escalera azul pequeña al costado del patio que iba a un entrepiso. La principal escalera de la casa estaba al otro lado, era grande, maciza y daba directo al segundo piso. Ésta no. Ésta terminaba en una minúscula puerta color madera con vidrio esmerilado. La escalerita era estrecha y el pie apenas me entraba en cada escalón. Se ve que los colonos del 1700 eran bastante petisos porque apenas terminé de subir me tuve que inclinar bastante para poder pasar por la puerta. Un olor a habano nos pegó como cachetada. Había mucho humo y estaba espeso. La visión era dificultosa y los ojos nos empezaron a arder. Era una pequeña habitación de piso de madera crujiente y paredes con estantes también de madera oscura y lustrada con millones de habanos acomodados uno al lado del otro con fechas de muchos años distintos. Había vitrinas de vidrio con unos más grandes, otros más delgados, más largos y cortos. En la habitación había sillones grandes de cuero con respaldares enormes y apoya brazos del tamaño del torso de una persona. Sobre mesas ratonas había habanos de un metro de largo a modo decorativo y de las arañas de bronce que iluminaban y chocaban con nuestras cabezas, colgaban más habanos de hilos blancos. En una habitación continua, también con sillones y mesas con ceniceros grandes de piedra tallada y cajoncitos con termómetros apilados unos encima de otros. Nos explicaron que dentro de cada cajón con termómetro había habanos que estaban reposando y de esa manera controlaban la temperatura y la humedad de cada uno. Sobre otra mesa de madera rodeada de tabaco, estaba apoyada una caja modelo que se podía abrir y ver el interior. Dependiendo el precio - y obsesión del comprador - se podía comprar una caja con ventilador incorporado.

En eso vi un hombre sentado en una pequeña mesa en un rincón que envolvía tabaco formando los grandes cigarros sistemáticamente sin mirar. En esa habitación había revistas especializadas y varios hombres grandotes, barbudos y viejos sentados leyendo y fumando mientras revolvían un whisky espeso como el humo del lugar. En eso pregunté:

- Y cómo saben cuándo un habano se puso feo?

Una voz me habló entre la humadera y pude ver un hombre también grandote y con bigote grande que me respondía desde una banqueta. A diferencia de todos los clientes que estaban pasando la tarde en el único sitio con aire acondicionado de La Habana, él era cubano.

- Un habano enciende cada uno de nuestros sentidos, señorita - me explicó sin moverse de la banqueta y sacando un habano del bolsillo de su camisa. - Potencia el olfato - dijo acercándose el tabaco a su nariz, pasándolo de punta a punta y rozándolo con su bigote.

- También la vista - me dijo llamándome con la mano. - Ve? El color del tabaco explica muchas cosas. Si está bien quemado y de un tono oscuro, es bueno y está fresco. El tacto dice mucho también. Al pasar la mano y apretar, si está crujiente está seco y viejo. Y por lo tanto también el oído - agregó acercándome el habano al oído y apretándolo en distintas partes. Escucha algo? - No, claro que no se escuchaba nada.

Por último el hombre canoso y bigotudo se acercó el habano a la boca y lo probó poniendo a prueba el último sentido: El gusto. Cerró los ojos y se quedó deleitando el sabor. Luego exhalo y sacó el humo de su boca. Otra vez estaba todo espeso y nebuloso y el hombre se me perdió entre tanta niebla. 
En ese momento Cesar terminó sus compras y nos alertó para irnos. Yo aún pensativa en el hombre y su razonable explicación, enfilé despacito hacía la puerta y justo cuando estaba por salir vi una pared de fotos cholulas. En cada foto estaba mi señor bigotudo con distintas celebridades. 


Bigotudo y Jack Nicholson 
Bigotudo y Frank Sinatra 
Bigotudo y Pierce Brosman
Bigotudo y etc, etc y etc. 


En mi pared imaginaria con celebridades hay una foto del señor Bigotudo y yo. 

6 comentarios:

The Sacred Monster dijo...

Grossa Galáctica... Me dieron infinitas ganas de fumar.

© 2011 J.E.Chervaz / All rights reserved dijo...

Nunca, ni en los hartazgos de los albores más hartos del "harte", ni en las más altas Galas Décimas de la derrota, he leído semejante bosta, creo que solo en tu blog se aprecia el falso talento de saber escribir narrando tamaños vacios pelotudos que no contribuyen a nada más que tu narcinismo; en mi puta vida podré colver a leer unas letras tan básicas y pedorras como las tuyas. ¡Felicitaciones!, haces temblar los epítomes de la comunicación social.

The Sacred Monster dijo...

Parecés bien desubicado Chervaz. Tus textos están bien lejos de ser borgianos, no sé quién te lee ni quien aprueba tu standard de calidad, pero está claro que en comentarios como este no pudiste –ni siquiera- elaborar prolijamente ni tus ideas ni tu sintaxis.
Si no te gusta…. leé otra cosa. Yo hace tiempo que dejé de leerte, sin que por eso haya dejado semejante caterva de pelotudeces ofensivas por despedida.

julia dijo...

Galita esperaba con ansias tus crónicas!!!Chervaz que bueno que saques fotos, porque redactando dejas mucho que desear, no se te entiende... opinologos como vos abundan creo que escribiste una autobiografia y no sobre lo que leiste, supuras envidia, con respecto al falso talento y vacios pelotudos, te recomiendo que te hagas un cursito de fotografia asi los superas ¡Felicitaciones! sos otro arbol de naVidad que se adorna con palabras retorcidas para no quedar insulso.

Anónimo dijo...

Gala, todo esto es... EXCELENTE! Lástima que los comentarios, también, pueden ser de gente idiota como este tal Chervaz... Si tu fuerte son las fotos, empezá a sacar alguna buena!

Parra dijo...

cuando fuiste a cuba? espero que haya mas entradas en este blog sobre ese viaje.
te dejo un regalo que es en realidad un fragmento:

El porvenir de la nación y la solución de sus problemas no pueden seguir dependiendo del interés egoísta de una docena de financieros, de los fríos cálculos sobre ganancias que tracen en sus despachos de aire acondicionado diez o doce magnates. El país no puede seguir de rodillas implorando los milagros de unos cuantos becerros de oro que, como aquél del Antiguo Testamento que derribó la ira del profeta, no hacen milagros de ninguna clase. Los problemas de la República sólo tienen solución si nos dedicamos a luchar por ella con la misma energía, honradez y patriotismo que invirtieron nuestros libertadores en crearla. Y no es con estadistas al estilo de Carlos Saladrigas, cuyo estadismo consiste en dejarlo todo tal cual está y pasarse la vida farfullando sandeces sobre la "libertad absoluta de empresa", "garantías al capital de inversión" y la "ley de la oferta y la demanda", como habrán de resolverse tales problemas. En un palacete de la Quinta Avenida, estos ministros pueden charlar alegremente hasta que no quede ya ni el polvo de los huesos de los que hoy reclaman soluciones urgentes. Y en el mundo actual ningún problema social se resuelve por generación espontánea.

Un gobierno revolucionario con el respaldo del pueblo y el respeto de la nación después de limpiar las instituciones de funcionarios venales y corrompidos, procedería inmediatamente a industrializar el país[...]

Un gobierno revolucionario, después de asentar sobre sus parcelas con carácter de dueños a los cien mil agricultores pequeños que hoy pagan rentas, procedería a concluir definitivamente el problema de la tierra, primero: estableciendo como ordena la Constitución un máximo de extensión para cada tipo de empresa agrícola y adquiriendo el exceso por vía de expropiación, reivindicando las tierras usurpadas al Estado[...]

Termino mi defensa, no lo haré como hacen siempre todos los letrados, pidiendo la libertad del defendido; no puedo pedirla cuando mis compañeros están sufriendo ya en Isla de Pinos ignominiosa prisión. Enviadme junto a ellos a compartir su suerte, es inconcebible que los hombres honrados estén muertos o presos en una república donde está de presidente un criminal y un ladrón.

A los señores magistrados, mi sincera gratitud por haberme permitido expresarme libremente, sin mezquinas coacciones; no os guardo rencor, reconozco que en ciertos aspectos habéis sido humanos y sé que el presidente de este tribunal, hombre de limpia vida, no puede disimular su repugnancia por el estado de cosas reinantes que lo obliga a dictar un fallo injusto. Queda todavía a la Audiencia un problema más grave; ahí están las causas iniciadas por los setenta asesinatos, es decir, la mayor masacre que hemos conocido; los culpables siguen libres con un arma en la mano que es amenaza perenne para la vida de los ciudadanos; si no cae sobre ellos todo el peso de la ley, por cobardía o porque se lo impidan, y no renuncien en pleno todos los magistrados, me apiado de vuestras honras y compadezco la mancha sin precedentes que caerá sobre el Poder Judicial.

En cuanto a mí, sé que la cárcel será dura como no la ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no importa, La historia me absolverá.

Pronunciado por Fidel Castro en el juicio del Moncada, el 16 de octubre de 1953.