20 de febrero de 2012

El saquito de hilo blanco


Pepa tiene un hermoso saquito de hilo blanco con florcitas de colores. Lo usa seguido con un capri blanco y una remera al tono de alguna de las flores de su abrigo. Pepa es una amiga de Mamá que ha compartido con nosotros muchos buenos y malos momentos. La veo seguido a Pepa, y cada vez que usa ese suéter sólo me puedo acordar de una cosa.

Hace unos años Pepa me llamó un mediodía y trató de decirme algo que yo no quise escuchar. La interrumpí y hablé yo, como hago siempre. Me las rebusqué para hacerle creer que ya sabía de qué hablaba y que por lo tanto no debía decirme nada. Me dijo que me pasaba a buscar por dónde yo estaba, que no me moviera y que me quedara tranquila. 
No sabía porqué me decía que me quedara tranquila. El día estaba lindo, yo iba camino al super a comprar comida porque estaba sola por unos días. Papá y Mamá estaban de viaje y yo había aprobado una materia de la facultad. Hacía un ratito Mama me había llamado para contarme que Papa se había vuelto de la playa porque no se sentía bien. Seguramente de eso hablaba Pepa. De eso tenía que estar hablando.

Pepa llegó pronto a esa esquina, yo me subí al auto y arrancamos. A diferencia de mi costumbre de hablar sin parar, me acomodé en el asiento del acompañante y me quedé callada mirando por la ventana con un nudo en el estómago. Pepa hablaba rápido y escupía frases como "yo le dije que se cuidara", "y encima tu mamá sola allá". Dejé de mirar la ventana justo cuando de la boca de Pepa salió la palabra "sepelio". Apreté muy fuerte el cinturón de seguridad y me hundí en el asiento. Me hice un bollito, me arrinconé contra la puerta, la miré con pánico y con un hilo de voz dije mis primeras palabras desde que subí al auto: "yo no sabía eso".
Pepa pegó un volantazo y en una fracción de segundo estaba apartada del tráfico de Av. Francia y tenía el auto en doble fila con las balizas puestas. Lo último que vi antes de que Pepa se tirara encima mío para abrazarme y contener mis llantos y gritos histéricos, fue el saquito de hilo blanco con florcitas de colores. 

19 de febrero de 2012

Sentimiento de realidad


Este blog se ha inmerso en una nueva investigación. Cada tanto - poco frecuente en su corta vida - se dedica a problemas sociales de gran importancia (de "importancia" nos referimos de carácter importante para la autora de este bello y rosado espacio, es decir: yo). 


En el último mes comenzaron unos rumores fuertes de que papá Morrissey vendría a tocar a Argentina y con el tiempo esos rumores se fueron potenciando al punto de decir que Moz también vendría a la ciudad. (Aclaración: si para este párrafo usted no entiende de qué estamos hablando, le recomiendo que se retire del establecimiento y espere al próximo posteo porque le aseguro que lo que viene a continuación le va a interesar poco y nada). 


Finalmente me enteré vía sms por CubaCel cuando estaba allá con las patitas en las aguas cristalinas del Caribe que papa Moz estaría contando los billetitos para venir a tocar a Rosario. Recuerdo que el Campari que tenía en la mano voló por los aires y me puse a gritarle al alemán que tenía a mi lado: "MORRISSEY!! MORRRISEEEEEEEYYYY EN MI CIUDAAAAAAADDDD", mientras el hombre de bigotes blancos en pelotas (porque estábamos en la playa nudista) me miraba muy desconcertado. 


Cuando retorné a la city me enteré que la fecha ya estaba cerrada, que las anticipadas ya estaban a la venta, pero en mi cabeza no entraba semejante felicidad. Pensé, entonces, que necesitaba tener la entrada en mi mano para que la idea de Morrissey en mi mente fuera cobrando veracidad. Mientras tanto, mi mejor amiga que estaba vacacionando en Uruguay y no tenía tecnología capacitada para mandarme informes sobre sus historias hippies, encontraba métodos para preguntarme si ya le había comprado su entrada para Moz. Cada unos días encontraba un mensaje en facebook que solo decía: "Acá hay gente que ya tiene la entrada. Qué está pasando que yo no tengo la mía?". 


Entonces fui a comprar la entrada:


- Hola. Acá venden las entradas para Morrissey, ¿no?
- Sí. 
- Seguro? Morrissey. MO RRI SSEY. 
- S-Í.
- Ok...
- Me quedan 5 con promoción. Cuántas querés?
- Qué? 5? Nada más? Necesito 3 pero no tengo la plata ahora, tengo que ir a recolectarla. 
- Mirá, la boletería cierra en 5 minutos y vuelvo abrir mañana a las 9. 
- Pero...yo...mañana..trabajo a las 9 no puedo..venir...no llego...5 entradas...necesito 3...Morrissey.Morrissey.
- Bueno. Cuánto tardás en ir a buscar la plata y volver? Estás cerca?
- Sí, sí, acá nomás. 5 cuadras. 
- Dale, te banco 20 minutos. 


Divino el flaco. Salí rajando a mi casa a juntar la plata de las entradas y volver. Tenía que comprarle la entrada a mis amigas y yo recién llegaba de gastarme todos mis ahorros en ron cubano. Literalmente junté monedas y bicicleteé lo más rápido que pude de nuevo al local (de paso, les comento que hacía 38º a las 8 pm) y el muchacho me entregó las 3 entradas. La miré atenta y no, no hubo ganas de gritar, ni de saltar, ni un mínima sensación de "REALIDAD". Nada. No lo podía creer que iba a ver Morrissey. 


El tema fue cuando los carteles empezaron a aflorar en las calles, ahí el sentimiento de realidad empezó a cobrar vida. Cuando vi a un Morrissey con un gatito en la cabeza en plena calle sentí que era cierto, que papá Morrissey venía a casa. Empecé a cruzarme con otros enfermos fanáticos como yo y nos contábamos entre nosotros cómo habíamos visto los carteles:


- Yo venía en el taxi, vi uno y pegué tal grito que el taxista se asustó.
- Yo lo vi en el colectivo y no podía ponerme a gritar y me lo vengo comiendo desde entonces. 
- Cuando lo vi le pedí a un desconocido que me sacara una foto con el cartel, no entendía nada.


Como enfermitos todos contándonos las anécdotas y riéndonos histéricos de la emoción. Ahora sí sentíamos la adrenalina de la verdad pero había una molestia entre tanta alegría y acá es cuando empieza la investigación. 


Yo seguía sintiéndome insatisfecha, incrédula, reacia, desconfiada entonces empecé a averiguar si era la única que se sentía así. 
Después de charlar con varios fanáticos llegamos todos a la conclusión de que son pequeñas cuotas de alegría que no serán felicidad completa hasta no estar ahí y ver a Morrissey salir al escenario. No importa que estén los carteles, que el salón esté reservado y que tengamos las entradas en la mano, nosotros seguiremos creyendo que esto es el cuento del tío y que el día del recital cuando estemos todos ahí con nuestras remeritas de The Smiths y los lentecitos hipster, va a salir Joison al escenario y después de una carcajada que será eterna, nos va a señalar con el dedo y mientras saca billetes de 100 dolares de los bolsillos y los agita eufórico, una escalera va a caer del techo del Salón Metropolitano, éste se va abrir y Joison se va a subir a un helicóptero al grito de "EN SERIO CREYERON QUE MORRISSEY VENDRÍA ACÁ? JAJAJAJA" y con una risa maligna desaparecerá de nuestras vistas y en el escenario quedará solo un radiograbador que se prenderá automáticamente empezando a reproducir "Morrissey" de Leo García mientras todos nosotros aún boquiabiertos empezamos a largar gruesas lágrimas de nuestros ojos. 


Todo lo anterior no es solo producto de mi imaginación. Esta pesadilla recién narrada es un recopilado de varias ideas que otros fanáticos tienen en su mente de lo que va a suceder. Algunos agregaron que pondrían un Morrissey falso con peluca de jopo, pero nos pareció demasiado y formulamos la idea anterior como el posible desenlace de esta triste historia. 


Quedan 13 días de angustia. Después de eso veremos si la pesadilla se hará realidad o la felicidad reinará en la historia.



foto: Ana Thompson. 


13 de febrero de 2012

Diario del viajante 1: Habanos en La Habana.

Venía recorriendo Cuba desde hacía 12 días.Pasé por las blancas playas del Cayo Santa María, arrasé con los daikiris tumbada en una reposera chupando sol y mirando pecesitos azules nadar entre mis pies en las transparentes aguas del Océano Atlántico. También tuve mis días de actividad en Varadero andando en bicicleta por la playa y abarcando las calles de un pueblo con cuatro o cinco pedaleadas. Antes de volver solo me quedaba por ver la verdadera Cuba, la Cuba de 3 millones de habitantes de la ciudad de La Habana.

El último día, como cada día en esa ciudad, me dediqué a perderme en las estrechas calles de adoquines de La Habana Vieja. Edificios de dos o tres pisos con paredes pintadas de muchos colores y balcones que parecían ventanas con dos baldosas. 



Faltaban unos minutos para las 5 y los negocios empezarían a cerrar. Antes de abandonar mi nuevo barrio preferido quería pasar por una perfumería artesanal a probarme algunos aromas. También tenía que pasar a tomarme una chocolatada en el Museo del Chocolate a media cuadra de la Plaza de la Catedral y había prometido acompañar a un amigo turista a comprar habanos en algún negocio especializado. 


Primero pasé por la perfumería. No necesité indicaciones para encontrarla, el olor a perfume me fue guiando hasta la puerta donde el aroma se concentraba y de golpe lo que antes era un solo perfume, ahora podía distinguir cada uno viendo los toneles de vidrio de dónde provenía cada fragancia. Las mesas grandes de roble lustrado tenían pequeños frascos de colores y diferentes tamaños que te los llenaban de acuerdo a la fragancia que uno hubiera elegido. Bolsitas con jabones colgaban de las paredes y detrás de una pequeña puerta de madera se veía un laboratorio rústico, antiguo, completamente artesanal con barriles gigantes y frascos de colores que se iban vertiendo de a uno en un solo tambo para lograr un nuevo olor.

En mi recorrido le siguió el Museo del Chocolate. Un negocio quedado en el 1800 me recibió con miles de moldes de metal que decoraban las paredes. Viejas formas de huevos de pascua, conejos, corazones y ositos. En unas repisas también había tazas de distintas épocas con las primeras frases delicadamente pintadas en la loza. "Mommy", decían casi todas en trazos dorados en letra cursiva.

El siguiente y último lugar por recorrer era la casa de habanos. Cesar, nuestro amigo adoptado en el viaje, entraba y salía de cada negocio buscando algo que nosotros, inentendidos en la materia, no sabíamos que era. Cesar, un abogado de 50 años, relojeaba los estantes exactamente iguales en cada local, fruncía el ceño y pedía la siguiente dirección. Habíamos recorrido 4 negocios en 2 cuadras cortitas como son las de La Habana Vieja y no habíamos permanecido dentro más de dos minutos. Cesar entraba, decía "hmmm" y volvía a salir. Los vendedores callejeros sacaban cajas de sus más finos productos de los morrales y le ofrecían mostrarle selecciones más exclusivas en sus casas. Cesar decía "no" con la mano y seguía caminando buscando negocios hasta en los balcones. 
Sabíamos que aún nos quedaba un negocio muy renombrado llamado "la casa del caminante" pero no teníamos la dirección y en el puesto de información turística de la zona nos lo habían nombrado como el más importante sin dar más datos. 
Preguntamos entonces al seguridad del museo del chocolate por la dirección y en silencio nos señaló una casa en frente. El lugar era un viejo palacio de algún conde español. En la entrada una mujer de seguridad estaba sentada en un banquito tejiendo una manta del mismo color que su uniforme. Los dos portones verdes que daban a un patio con una fuente estaban abiertos y entre las plantas que decoraban el jardín de adoquines al que daban todas las ventanas de las habitaciones, había un pavo real con la cola abierta caminando de un lado a otro, desfilando por la entrada a la espera del siguiente turista que quisiera sacarle una foto. 
Cruzamos la callecita y volvimos a preguntar, esta vez a la tejedora. Mirándonos por encima de sus lentes y sin dejar de tejer nos indicó una escalera azul pequeña al costado del patio que iba a un entrepiso. La principal escalera de la casa estaba al otro lado, era grande, maciza y daba directo al segundo piso. Ésta no. Ésta terminaba en una minúscula puerta color madera con vidrio esmerilado. La escalerita era estrecha y el pie apenas me entraba en cada escalón. Se ve que los colonos del 1700 eran bastante petisos porque apenas terminé de subir me tuve que inclinar bastante para poder pasar por la puerta. Un olor a habano nos pegó como cachetada. Había mucho humo y estaba espeso. La visión era dificultosa y los ojos nos empezaron a arder. Era una pequeña habitación de piso de madera crujiente y paredes con estantes también de madera oscura y lustrada con millones de habanos acomodados uno al lado del otro con fechas de muchos años distintos. Había vitrinas de vidrio con unos más grandes, otros más delgados, más largos y cortos. En la habitación había sillones grandes de cuero con respaldares enormes y apoya brazos del tamaño del torso de una persona. Sobre mesas ratonas había habanos de un metro de largo a modo decorativo y de las arañas de bronce que iluminaban y chocaban con nuestras cabezas, colgaban más habanos de hilos blancos. En una habitación continua, también con sillones y mesas con ceniceros grandes de piedra tallada y cajoncitos con termómetros apilados unos encima de otros. Nos explicaron que dentro de cada cajón con termómetro había habanos que estaban reposando y de esa manera controlaban la temperatura y la humedad de cada uno. Sobre otra mesa de madera rodeada de tabaco, estaba apoyada una caja modelo que se podía abrir y ver el interior. Dependiendo el precio - y obsesión del comprador - se podía comprar una caja con ventilador incorporado.

En eso vi un hombre sentado en una pequeña mesa en un rincón que envolvía tabaco formando los grandes cigarros sistemáticamente sin mirar. En esa habitación había revistas especializadas y varios hombres grandotes, barbudos y viejos sentados leyendo y fumando mientras revolvían un whisky espeso como el humo del lugar. En eso pregunté:

- Y cómo saben cuándo un habano se puso feo?

Una voz me habló entre la humadera y pude ver un hombre también grandote y con bigote grande que me respondía desde una banqueta. A diferencia de todos los clientes que estaban pasando la tarde en el único sitio con aire acondicionado de La Habana, él era cubano.

- Un habano enciende cada uno de nuestros sentidos, señorita - me explicó sin moverse de la banqueta y sacando un habano del bolsillo de su camisa. - Potencia el olfato - dijo acercándose el tabaco a su nariz, pasándolo de punta a punta y rozándolo con su bigote.

- También la vista - me dijo llamándome con la mano. - Ve? El color del tabaco explica muchas cosas. Si está bien quemado y de un tono oscuro, es bueno y está fresco. El tacto dice mucho también. Al pasar la mano y apretar, si está crujiente está seco y viejo. Y por lo tanto también el oído - agregó acercándome el habano al oído y apretándolo en distintas partes. Escucha algo? - No, claro que no se escuchaba nada.

Por último el hombre canoso y bigotudo se acercó el habano a la boca y lo probó poniendo a prueba el último sentido: El gusto. Cerró los ojos y se quedó deleitando el sabor. Luego exhalo y sacó el humo de su boca. Otra vez estaba todo espeso y nebuloso y el hombre se me perdió entre tanta niebla. 
En ese momento Cesar terminó sus compras y nos alertó para irnos. Yo aún pensativa en el hombre y su razonable explicación, enfilé despacito hacía la puerta y justo cuando estaba por salir vi una pared de fotos cholulas. En cada foto estaba mi señor bigotudo con distintas celebridades. 


Bigotudo y Jack Nicholson 
Bigotudo y Frank Sinatra 
Bigotudo y Pierce Brosman
Bigotudo y etc, etc y etc. 


En mi pared imaginaria con celebridades hay una foto del señor Bigotudo y yo.