11 de diciembre de 2012

Una vida junto a la cama


La primer materia que me llevé a rendir en mi vida fue Gimnasia...en sexto grado. Sí, en la primaria. Ahí empezó un camino de materias acumuladas que no tuvo fin hasta 5to año del secundario, primer año de mi historia escolar en el que terminé el cursado en noviembre. En palabras de mi madre, que yo no me llevara una materia en el último año de secundaria, solo reflejaba lo mal que estaba la educación. Ella siempre demostrando tanta fe en mi.
Ese verano, el único que tuve completo, fue como tener todos los veranos juntos que no había disfrutado por estar estudiando Francés, Matemática y Biología a la vez. Arrancó en noviembre y siguió hasta abril cuando empecé la facultad.
Noviembre y diciembre fueron divertidos. El planear la graduación, comer lechuga entre dos galletitas de agua para entrar en el vestido, chupar todos los rayos UV que había dando vueltas para volverse negrita, conseguirse un novio para besuquearse en el vals, eran mis mayores preocupaciones. Para cuando pasaron las fiestas ya estaba gorda de nuevo, blanca otra vez y el novio ya me había pateado. Había chupado tanto en todas las graduaciones y fiestas que la resaca ya era un dolor incorporado. La cerveza me había sacado panza y acostarme todos los días a las 6 o 7 de la mañana ya no me permitían levantarme a esas horas en las que el sol sí quema. Sospecho que por todo eso el novio me habrá dejado, pero qué me importaba, el vals había pasado.

No es casualidad que Gimnasia haya sido el comienzo de esta vida acostumbrada a hacer todo a último momento, llena de "después lo hago", "qué fiaca" y sedentarismo extremo. Esa vez, para aprobar la materia y pasar de grado, me pusieron dos semanas en el salón de tercer grado junto a un par de alumnas más (de esas que se llevaban la materia porque les faltaban caramelos en el tarro) a estudiar el reglamento de handball. La rendida consistía en ir a los horarios en los que teníamos la clase a que la profesora machona de pelo cortito oscuro nos explicara las reglas del deporte. Lo que en realidad sucedió fue que fuimos un par de veces a leer en silencio mientras la maestra - siempre vestida de sport - se frotaba su gran panza embarazada mientras lagrimeaba cuentos de Pablo Coelho.  De la vergüenza de que la viéramos sensible en su octavo mes de embarazo, nos mandaba al patio de cemento caliente de verano a jugar solas. Esto resultaba en mi persona durmiendo debajo del mástil de la bandera a la sombra del limonero mientras "las cortitas" buscaban una pelota de handball que no estuviera pinchada.

En esas dos semanas yo descubrí que era mucho mejor levantarme cuatro veces en un mes de diciembre para leer un reglamento y aprobar, que ir varias mañanas a la escuela y correr detrás de una pelota como animales de la selva en busca de la cena. Porque yo no me lleve Gimnasia a diciembre en sexto grado aquel caótico verano del 2001 porque era fofita o poco esforzada como Daria jugando al voley, yo me llevé Gimnasia - y esto lo digo con orgullo - porque antes que levantarme a las 10 am para ir a la escuela que me quedaba a tres cuadras de mi casa, prefería faltar y seguir durmiendo 2 horitas más. Sí, porque encima iba a la escuela a la tarde. Sí, señor: Yo me llevé Gimnasia en sexto grado en el año 2001 por no ir.


Guardé esa experiencia en secreto y fue mi estrategia para escaparle al deporte escolar toda mi vida. Luego cuando empecé a ir al colegio a la mañana, la excusa de faltar era para dormir la siesta. Inventaría que era para irme a fumar porro al parque o besuquearme con un novio que me pasaba a buscar en moto, pero no, la verdad es que yo faltaba a la hora de gimnasia para dormir todo eso que la puta escuela no me había dejado dormir, por ejemplo, las frías mañanas de julio. Faltaba prácticamente todo el año y cuando me estaba a punto de llevar Gimnasia, aparecía 3 semanas seguidas con puntualidad inglesa a las clases de recuperatorio. La puntualidad era lo único memorable que hacía porque después me quejaba la hora que duraba la clase hasta que me dejaban irme. Ya no había reglamentos de handball para estudiar, acá las estiradas de las profesoras - o peor aún, los emocionados practicantes - me hacían correr alrededor del patio, jugar al basquet, fútbol y (el que más odio) voley. Yo hacía tripa - corazón y pensaba que eran 3 semanas contra 40 que había dormido plácidamente.

Con los años el curro de las clases de recuperatorio se me terminó y hubo que inventar algo nuevo, en especial cuando a este calvario se le sumó Natación. Fue entonces cuando la genética hizo lo suyo y por primera vez en la vida la miopía me sirvió para algo más que no fuera evitar saludar a un boludo por la calle. En esa época usaba lentes todo el día y tuve la "suerte" de que en 7mo grado un rubiecito muy canchero me diera un tremendo pelotazo en el ojo rompiéndome los lentes en la cara y logrando que yo le tomara un miedo (que aún existe) a cualquier esfera que se use para hacer deporte. Desde entonces cada vez que me tiran una pelota yo me hago bolita, me tiro al piso y chillo como si fuera lluvia ácida. Ese incidente me sirvió para hacer grandes dramatizaciones 
frente a mis docentes sobre aquel trágico y conmovedor accidente que terminó en ese gran temor a las pelotas. Inflaba la historia al punto de narrar a Santiago (el golpeador) con cara de venganza, tirándome la pelota con fuerza y apropósito. A veces hasta lo describía con una sonrisa maligna y un parche en el ojo, de esos de pirata. Al relato también le agregaba vidrios incrustados en mis pómulos, sangre en el patio y meses de recuperación. Si alguien pedía ver las cicatrices argumentaba que las pecas marrones de mi cara las tapaban, por suerte. Con el accidente pude robar un tiempo más. Me hacían ir, pero al menos no tenía que participar de los deportes y me podía quedar leyendo en un rincón al sol, que era casi como estar durmiendo.
En Natación la miopía también me sirvió para zafar de meterme al menos algunas veces. Acá no hubo que inventar tragedias ni pensar estrategias porque tuve un accidente que le dio tanta lástima a la docente que ella misma propuso que yo no me metiera al agua. Tal como sucede cuando un "cuatro ojos" intenta mirar si los ravioles flotan en una cacerola con agua hirviendo, en la pileta del club al entrar en la zona de la piscina mis lentes se empañaban a tal punto que yo no veía por dónde caminaba. Mucho menos veía si me los sacaba. Una mañana, entrando a la clase apurada porque llegaba tarde, se me empañaron los anteojos y no vi una larga soga con bollas que acababan de sacar del agua. Me enredé y terminé vestida, con bolsito - pero sin gorrito ni antiparras puestas como exigía el lugar - en la hilera 4 de la aclimatada pileta del Centro de Deportes Belgrano. Porrazo de por medio contra el borde, sin mayores heridas que una contusión. Un accidente, un gran acto de vergüenza, pero chau Natación por un año.

El no hacer deporte toda una vida por vagancia, miedo o simplemente por falta de afinidad con la transpiración, el espíritu de compañerismo y ánimos de competencia, han tenido grandes consecuencias en mi cuerpo. Con eso me refiero terribles males como no tener culo que llene jeans, pantorrillas inexistentes que se luzcan en los zapatos y, en los últimos años, el nacimiento - a los costados del estómago - dos flotadores de grasa que, según parece, han venido para quedarse.
Cada vez que me miro en el espejo y veo esos signos permanentes de abandono en mi persona, reflexiono sobre aquellos años mientras me apreto la chicha, me pongo en punta de pies a ver si sale un músculo de mis piernas o me levanto las tetas con las dos manos (ya que estamos le adjudico su caída también a la falta de deporte). Pienso en cómo sería si hubiera seguido en danza cuando tenía 6 años, o si hubiera vuelto a la clase de gimnasia deportiva con la minita que gritaba todo el tiempo. En eso, al costado de mi patética imagen, veo mi cama con su almohada de pluma esponjosa que me llama con la imaginación y corro a su encuentro.

Todo lo hice por nosotras, por el amor incondicional que le tengo a ese rectángulo de colchón. Cuando me acuesto en ella, pienso en mis inexistentes curvas y concluyo en que no me arrepiento de nada. Lo volvería a hacer todo otra vez, lo que sea por dormir solo un ratito más.  

29 de octubre de 2012

El final de Mariana

Para seguir el hilo de esta historia, es necesario leer previamente:

- La del sapo en la barriga I
- La del sapo en la barriga II
- La del sapo en la barriga III


Aún hoy, después de un año del suceso, me acuerdo de lo que pasó y se me revuelven las tripas. Es por eso y porque quise que hubiera pasado suficiente tiempo antes de someternos a todos a esto otra vez, que no escribí sobre ella antes. 


Ansiaba mi último trabajo con Mariana porque sería el comienzo del final, no tendría que volver a verla a ella, ni a su pelo sin gracia, ni a sus pantuflas de conejito. Por otra parte me dolía que el trabajo que tanto había disfrutado hacer llegara a su fin, pero lamentablemente toda esa experiencia laboral se había visto opacada por su presencia y ahora el recuerdo de esa época está manchado con una imagen mental de Mariana mirando al vacío con la boca abierta.

Nuestra última labor periodística juntas nos llevo a un barrio obrero en los confines de la ciudad. Nuestra misión era entrevistar a unas mujeres muy audaces que con uñas, dientes y cargando a sus hijos habían resistido desalojos durante muchos años. La idea de la visita al barrio era que además nos mostraran las casas que el gobierno les había otorgado con la condición que dejaran el terreno donde habían estado armado con tanto esfuerzo sus modestos hogares.

Ese día nuestros compañeros no nos acompañaron. Habíamos dividido las tareas y a los muchachos del grupo les había tocado la entrevista con los abogados de las familias desalojadas. Éramos ella y yo 60 minutos arriba de un colectivo. Solas. Teniendo que hablar entre nosotras. Conversando. Escuchándola. Sintiendo su respiración.
Amo andar en colectivo de linea, pero nunca un viaje se me hizo tan largo como aquel. La charla con Mariana solo duró los primeros 20 minutos y cuando los detalles de nuestro trabajo estaban completamente definidos yo me dediqué, aliviada, a mirar por la ventana mientras ella se mandaba mensajes de texto con su novio sin vida social.

El barrio había sido levantado en un pedazo de campo donde Rosario se termina. Se notaba lo ficticio que era la hilera de casas que no encajaban en estilo y antigüedad con todo lo que las rodeaba. La precariedad de su construcción y escaso diseño en la disposición de los ambientes demostraban la urgencia con la cual se había emplazado el "barrio". Una urgencia que no era por darle un hogar a gente que no lo tenía - porque en realidad sí lo tenía -, si no por sacarse de encima este grupo de personas que estorbaban en un sitio prodigio para hacer un edificio.
Techos con goteras al poco tiempo de haber sido hechos, puertas que no cerraban, papeles aún sin firmar y muchas pero muchas dudas en torno al futuro de todos los que estaban ahí, fueron algunos de los escenarios que encontramos al llegar.

El grupo de mujeres, junto a niñitos y perros, nos mostraron atentas cada una de sus casas. Era esta altura del año, hacía calor, era mediodía y el sol rajaba la tierra seca de los patios que aún no tenían pasto. Juguetes rotos y arquitos de fútbol decoraban el metro cuadrado de jardín que tenía cada casa.
Lo que siguió después fue una extensa charla de casi dos horas donde cada una de estas señoras contó su experiencia en el desalojo.
Sentadas en ronda en el patio mientras los chicos jugaban con una manguera, Lia y Adela cebaron mates mientras narraban su historia. Fueron los mates más amargos de mi vida, no por lo la yerba, si no por las historias duras que los acompañaron.

Lia, embarazada de 7 meses, había dormido varias noches frente a la Municipalidad cuando con sus vecinos se instalaron frente al edificio para pedir que les devolvieran sus casas. Su beba, Maia, quedó con secuelas en los pulmones porque cuando nació también durmió varias noches en la calle mientras junto a su mamá, ella sin saberlo, reclamaban por un sitio donde poner su cunita.
Adela, por su parte, fue la cara visible de las marchas y los reclamos cuando los medios se interesaron por el tema. Sus patrones de ese momento, dueños de una casa en un country la despidieron cuando el asunto se puso turbio porque "no querían estar pegados a semejante barbaridad".

Ambas mujeres contaron sus relatos, sus duros pasados y sus difíciles presentes que ahora, con casa propia que nadie le quitaría, no podían ampliar, arreglar o decorar porque ambas estaban sin trabajo. Extrovertidas y con sangre fría contaron cómo se destruyeron sus matrimonios durante el proceso, como sus hijos crecieron durmiendo en la calle, como ellas perdieron todo cuando la policía las sacó a los empujones de ese lugar en el que ellas habían creado un hogar. Las peleas con los vecinos, la fragmentación que suele darse en todo grupo grande que lucha por una causa. Las peleas internas, la corrupción detrás de cada etapa del proceso. Ellas hablaban y nosotras chupábamos mate, le agregábamos edulcorante pero no había forma de que endulzara la historia.

Fue una tarde en la que escuché las voces acalladas por una sociedad sorda que no quiere ver ni oír. Una historia que era mucho más que mover un grupo de revoltosos (como los pintaban los medios) de un sitio a otro. Nunca escucharon, ni la prensa, ni las autoridades, ni siquiera la gente que supuestamente los defendía, qué era lo que ellos querían. Un grupo de "marginados" que por defender sus pocas cosas, fueron aún más discriminados. Entendí, esa tarde rodeada de niñitos mocosos y perros con sarna, que a esta gente no se le había respetado un único deseo: El de elegir dónde hacer su propio hogar.

Mariana y yo nos fuimos de la casa de Lia con el corazón en la garganta. Con las palabras frescas y sintiendo ese dolor casi en carne propia. Caminamos por las calles de tierra un rato largo sin hablar hasta que pudimos digerir el momento y empezamos a charlar profesionalmente de cómo diagramar esta difícil entrevista. 


- Tenemos bastante información - le dije yo mientras miraba para atrás a ver si venía el 126 verde.

- Sí... - respondió ella poco convencida.

- ¿Qué pasa? ¿Te quedaste con alguna pregunta que hubieras querido hacer? - pregunté repasando mentalmente todas las que habíamos llevado preparadas.

- Sí, bah, no. Era una pregunta nada que ver. - me contestó mirando con vergüenza el suelo. 


- ¿Pero algo que podría habernos servido para el texto? - insistí ya poniéndome nerviosa. 

- No, sobre otra cosa - me miró y se sonrió. Con esa sonrisa de idiota que está por decir una burrada inmensa y ya intenta taparlo con una risita inocente que intenta alisar el terreno.

- ¿Qué cosa? - interrogué con un muy mal modo. Si hubiera podido la habría puesto contra una pared y le habría dado cachetazos para darle un toque de teatro al interrogatorio...bueh, en realidad porque su cara nada más me generaba ese impulso.

Hubo un momento eterno entre mi pregunta y su respuesta en el cual por un extraño motivo me sentí muy aliviada de que fuera lo que sea que me iba a decir solamente lo iba a escuchar yo y no nuestras entrevistadas. Por algún motivo desconocido, me alegré por anticipado de que no hubiera hecho esa pregunta. Por algo presentí lo que se venía y volví a mirar si el colectivo estaba a la vista. Tuve la intuición que después de lo que dijera yo iba a tener que huir para no matarla.

- Nada, que estoy necesitando alguien que limpie en mi casa y quería preguntarle a alguna cómo eran sus horarios - dijo. 

En ese momento el 126 verde frenó frente a mi y me subí. Antes de arrancar y que se cerrase la puerta, desde la escalera del bondi, me di vuelta, la miré y con mucha tranquilidad le respondí:

- Te agradezco. Te agradezco que no hayas preguntado eso, porque habría tenido que levantarme e irme de la vergüenza. 


Esa fue la última vez que hablé con Mariana y ésta, la última vez que escribo sobre ella. 

16 de octubre de 2012

La verdad de la milanesa

Hoy me topé con un texto que un hombre enamorado recomendaba escrito por su novia. Rodeado de corazones compartía este artículo llenándolo de halagos. Un tipo inteligente, culto, ¿recomendando semejante pedorrada? Me dejó pensando: ¿En qué punto el amor empieza a obstruir la capacidad de ver de forma objetiva la creatividad de una pareja?
Aún no obtuve una respuesta así que voy a usar esto como un ayuda memoria para ver si puedo aclarar un poco mis ideas. Desde luego el que quiera aportar  con algún dato esclarecedor, será bienvenido.

Cabe destacar que no hago esto desde el despecho amoroso donde, sumida en la bronca de la soltería y el abandono, me inmerso en una navegación por la web comiendo chocolate y rebuscando entre las huellas digitales de mi ex para mirar con enfado todas sus actividades, mientras le grito al monitor (dejando partículas de comida en la pantalla) que mi último novio es un papanatas, inútil, que lo que hace (sea lo que fuere) en realidad es una mierda y que lo odio mientras me largo a llorar a mares, abrazo a mi osito y me tiro en la cama con la boca llena de chocolate. No, no estoy haciendo eso y no vengo a esta reflexión por una situación así.

Después de hacerme semejante pregunta decidí que iba a obtener la respuesta revolviendo un poco en la cajita de los ex novios. No sólo no encontré la respuesta, sino que además hallé recuerdos que me indicaron que yo también, en algún momento, fui una enceguecida por el amor. Cuando tenía 16 años, por ejemplo, tuve un noviecito divino con una banda que, ahora mirándolo en retrospectiva, era un asco. No pegaban un acorde, las letras eran un embrollo de cosas sin sentido, sonaban como si estuvieran tocando una batería de cocina en una lata, un desastre. Pero para mi eran los mejores temas del mundo y no entendía cómo no venía EMI Argentina a pedirles un contrato. Claro que en la
 adolescencia todos nos creemos reyes del mundo y que en una etapa más avanzada de la vida reflexionamos sobre nuestras viejas experiencias y vemos que efectivamente nada de lo que hacíamos era tan grandioso como creíamos. A lo que voy con este ejemplo es al hecho de poder ver, con un ojo crítico, si lo que hace nuestra pareja está realmente bueno o no.

Lejos estoy de querer menospreciar lo que cada uno de ellos hizo con tanto esfuerzo, porque cualquiera podría venir con ánimos de venganza (no chicos, por favor) y decirme que en realidad siempre creyeron que yo era pésima en todo lo que hago, pero no lo veían o no querían decirlo porque me querían mucho. Al contrario, creo yo que s
iempre la faceta artística de mi pareja del momento me pareció grandiosa. He tenido a mi lado a grandes artistas ya sea en la plástica, la escritura, el cine, etc, y aún veo las cosas que me maravillaban de ellos en su momento y me siguen gustando y encantando. Ya sea como recuerdos cariñosos o como presentes orgullosos.
Por suerte mi objetividad también me permitió, en el otro extremo, seguir reconociendo si mis ex novios estaban haciendo algo bueno cuando yo más los odiaba, recién me habían dejado o roto el corazón.


En una muy breve encuesta sobre este tema, mi amiga Gabriela opinó: "Creo que en ningún punto. El amor hace que uno elija ignorar o no ver si la persona es malísima en lo que hace, pero siempre sabiendo, en el fondo, la realidad de sus dotes". Cuestionando la respuesta de mi amiga, puedo decir que si uno "en el fondo" sabe si su pareja apesta en eso que se muestra orgulloso, entonces sigue pudiendo emitir un juicio de valor...


Entonces vuelvo a mi pregunta: ¿Cuándo hay que estar atento a una obnubilación por culpa del amor? ¿Cómo podemos seguir manteniendo la objetividad sobre la producción de nuestras parejas cuando hay tanto sentimiento dando vueltas?

Seguiré este censo y cualquier dato, como dije al comienzo, que quieran aportar para esta investigación será de ayuda para lograr una respuesta que me deje un poco más satisfecha y sepa, al fin, la verdad de la milanesa. 

15 de octubre de 2012

La grabación

No necesito abrir esos archivos para recordar con exactitud la conversación en aquella grabación. Hasta recuerdo el momento, el lugar y la situación en la que estábamos.

Era invierno, era domingo y recién terminábamos de almorzar. Vos estabas sentado en tu butaca, en tu lugar en la mesa, con un perro echado a cada lado durmiendo la siesta que el resto de la familia ya se disponía a tomar, como correspondía después del asado que habías hecho.

Tu celular era nuevo y a duras penas sabías usarlo. Tenía un compositor de canciones que yo, inútil musical al igual que vos, había toqueteado creando una melodía desafinada. Esa que usaste como ringtone para tus mensajes de texto hasta el último día que recibiste uno, justamente de mi parte.

Me pediste que te enseñara todos los truquitos que tenía y toqueteando todo encontramos un grabador. "No lo vas a usar nunca", te dije. "Pero quiero saber  cómo funciona", respondiste curioso. Como con todo desafío que se te presentaba te dabas maña para descifrar cualquier aparato. Así me enseñaste a disfrutar resolver todo lo que me genera una mínima dificultad.

"Bueno apretás acá y empieza a grabar. ¿Ves el puntito rojo que titila? Significa que nos está grabando", te expliqué. "Aha ¿y ahora cómo lo paramos? Quiero escuchar esto", dijiste. "plin", sonó el aparatito asustando a nuestra perra Berta que se despertó, resopló, se acomodó y siguió durmiendo.

Hoy encontré esa y algunas grabaciones más que hicimos aquel día. Lo único que me queda con un rastro de tu voz. Justo hoy. ¿Qué irónico, no? Cuando hoy hace 3 años escuché tu voz por última vez.

Aunque no me animo a escucharlas, no necesito oírlas. Porque no importa, Papá, cuanto tiempo pase, cada momento junto a vos sigue estando presente en mi. Cada día, cada mes y cada año.


11 de octubre de 2012

Una de taxistas III


- Buenas noches. Al Willie Dixon, por favor. ¿Sabe dónde queda?

- Claro, chiquita. ¿Tan viejo te pensás que soy?

- No me refería a eso, pero listo entonces.

- Suipacha y… ¿?

- Pff…Güemes… - respondí ya con ganas de bajarme.


Arrancamos y a las pocas cuadras un ringtone polifónico sonó brevemente. El taxista de escasos pelos canosos y con barriga que tocaba el volante con dificultad se levantó del asiento colgándose del manubrio e inclinando levemente el auto contra el cordón derecho y sacó con dificultad el celular de su trasero. Yo ya quería tirarme del auto.


- Pfff! ¡Las cosas que me dice esta pendeja! Es mi novia la que me escribe, sabé’.

- Ah…

- Tiene 22 años y unas piernas, ¡Qué piernas que tiene esa nena!

- Hmm…

- Mirá, mirá esas piernas – agregó el tachero estirando su mano y dándome su celular Samsung azul con tapita. 


De fondo, efectivamente, había una fotografía en la que se veían un par de piernas largas que terminaban en una minifalda a rayas color mostaza, gris y negra. No había torso ni cabeza, solo piernas de frente. Sin agarrar el celular fingí sorpresa y contesté cómplice: 

- ¡Faa! ¡Qué piernas!

- ¿Viste? Tengo suerte de que me haya dado bola a mí, vistes. ¡Ojo! No soy viejo yo, eh. Tengo 41, pero no cualquiera de mi edad sale con un minón así, eh. Es más, yo si tuviera una nena de esa edad y sale con un tipo de mi edad la cago a trompadas, vistes. Pero es distinto mi nena no tendría necesidad de buscarse un macho que la tenga que cuidar como La Naty me necesita a mí.

- Claro.

- Ahora La Naty está mucho mejor, pasa que tiene un marido que la faja y ella está sin guita como para irse de la casa.

- Ah, tiene marido – Ya a esa altura no responder no iba a zafarme de la conversación.

- Sí, pero solo comparten la casa y la tenencia del nene, pero nada más, eh. Se conocieron cuando ella era muy chica y él era su fiolo, entonces no le quedó otra.

- ¿Su fiolo?... O sea…

- Sí, sí, pero ya no trabaja más en la calle, eh. Ahora está en un privado, re cómoda. Dentro de poco se va a ir de ahí. Eso sí, si él se entera que anda conmigo la mata. Así que tenemos que tener cuidado.

- Claro, me imagino.

- Tengo otra foto de ella en bikini, pero esa no te la puedo mostrar porque la tuve que borrar. Mejor no tener evidencia, vistes

- Entiendo, bueno, no se preocupe. Me la debe.

- ¡Jeje! Sí, claro. Son 14 pé, linda.

- ¡Jeje! Ahí tiene. Suerte con La Naty, eh.

- Gracias, preciosa. La próxima te muestro más fotos.

- ¡No puedo esperar!


8 de octubre de 2012

Una de taxistas II

 Hola, siga por acá bordeando el río hasta el Parque Urquiza que llegando le indico dónde, por favor.

- Dale, buenísimo


A los pocos metros de arrancar el viaje un semáforo nos frenó delante del Parque España y entre los árboles una gran luna llena se vislumbraba sobre el río. 


- ‘Ta grande la luna hoy, eh. 

- Sí, hacía mucho que no había luna llena. 

- La última fue el 31 de julio.

- Ah.

- Yo sé bien porque las voy contando. 

- Ah.

- Y no es casualidad que me hayas enganchado por esta zona. Siempre elijo buscar viajes por la costa así puedo ir controlando la luna y el río.

- Ah…

- Así busco movimientos en el cielo. 

- ¿Qué cosa?

- Movimientos poco comunes. ¿Nunca estuviste mirando el cielo sobre el río y notaste “cosas extrañas”? 

- No…bah…una vez vi una lluvia de meteoritos, o estrellas fugaces. 

- ¡Estrellas fugaces! ¡JAJA! Casi siempre son objetos voladores no identificados que parecen estrellas porque viajan a tal velocidad que se confunden con facilidad al ojo humano. Además cuando la gente como vos ve cosas así cree que son meteoritos, pero no chiquita, no son estrellitas. Años hace que patrullo esta zona. A mí me dan un viaje a Zona Sur no lo tomo, no, no. Me manejo por acá para controlar siempre estos movimientos. Y cuando hay luna llena, no sabes, se duplican los objetos voladores. Así que genial que me hayas tocado vos, así voy controlando la costa, si me hubiera tocado otro pasajero andá a saber, capaz que me mandaba al pleno centro que con los edificios y la claridad no se ve un carajo. 


Para esta altura el conductor de pelada reluciente y nariz larga y respingada tenía la cabeza pegada a la ventanilla intentando no perder de vista la luna ni un segundo mientras seguía con sus teorías sin darse ni un respiro para juntar saliva. 


- Cuando laburo de día que dejo el coche entrada la medianoche aprovecho y voy al planetario, pero esos que trabajan ahí no entienden nada. ¿Al Parque Urquiza me dijiste? ¿No vas cerca del Planetario, vos?

- A lo mejor… - respondí yo que sí iba cerca del Planetario, que en realidad iba a una cuadra del Planetario, que quería llorar y llamar a mi mami. 

- Perfecto.  Te tiro ahí y me cruzo. 

- Deje, me tiro ahora. 

- ¿Qué? No escuché. 

- Nada, nada. Que la luna está amarilla. Mire…  

El regreso


Han pasado casi dos meses desde la última vez que actualicé Las Pequeñas Cosas con una promesa – ahora – incumplida. Imagino que del otro lado de la pantalla hay más de una cara ofendida con toda razón y por eso hago un paréntesis en la rutina de publicación para ponerlos un poco al día de lo que pasó de este lado del monitor. Podría hacerme la boluda y publicar los textos que votaron y se ganaron merecidamente, pero como este vínculo funciona conmigo contándoles un poco de todo, mejor que deje de perder líneas y los ponga al día.

El cumpleaños de mi blog pasó casi el soplido de un viento. Lo sentí de golpe, me puso la piel de gallina, pero cuando quise acordarme de lo que era ya se había ido. Ni tiempo tuve de festejarlo acá publicando los textos de regalo, ni de acordarme de comprar un cupcake, ponerle una velita y comérmelo sin convidarle a nadie.

Muchas cosas pasaron en los últimos dos meses que me alejaron, con un gran pesar, de este rosado espacio. Un trabajo nuevo que me llenó de orgullo y alegría, un verdadero y borracho cumpleaños con 23 velitas y muchos amigos, un viaje de muchas millas recorridas en auto a destinos lejanos y desconocidos, y la partida de un amor hacía nuevo horizonte, fueron algunas de las cosas que me tuvieron lejos de esta actividad que tanto disfruto hacer.

Si bien alguno de estos eventos me mantuvo felizmente ocupada, en especial cuando el otro de ellos me causaba un dolor inmenso que debía intentar calmar de alguna forma, la falta de este espacio siempre estuvo presente. Ya fuera para escribir sobre la aventura en auto por otros países, las anécdotas accidentadas de un nuevo y desconocido espacio de trabajo, o los nostálgicos relatos de este amor que ahora lejos está, extrañé a Las Pequeñas Cosas todo el tiempo.

No vengo a hacer promesas que no puedo cumplir, menos a prometer que los impases entre texto y texto serán menores, o que el ritmo de publicación será más fluido y dinámico. Sólo quiero decir que estoy acá, que ya volví y que las experiencias de estos meses son, ahora, nuevas historias para contar.
Empecemos, entonces, a narrar. 

18 de julio de 2012

Cuatro años, una encuesta y muchas historias más.

La cosa es así: El 24 de agosto el blog cumple 4 años de vida y a diferencia de sus primeros 3, creo que esta vez amerita un festejo. 
Hace un tiempo que vengo pensando de qué forma un blog puede festejar su cumpleaños, en especial cuando es el blog el que está pensando en hacer el regalo. 

Y este blog considera que es él el que tiene que regalar algo porque son ustedes, los lectores pacientes, que le han regalado a este blog y a su autora muchas alegrías durante tanto tiempo.
En serio, lo han hecho. ¡No sean modestos! saben que escribir para ustedes es un placer, como lo es leer sus comentarios y sus tímidos "me gusta" en el agite (espero que no "spam") en Facebook. 

Es por las 32.000 visitas que este blog les está agradecido y quiere hacerles un obsequio, es por las 2700 que se dieron en el último mes y es por los 321 (hasta ahora) "Me gusta" en la página oficial (?) del blog en la red social. 


Escribir en estos cuatro años ha sido una hermosa experiencia que no hubiera continuado de no ser por las personas del otro lado de la pantalla. De no ser por ustedes al pedirme que subiera contenido más seguido, y festejar cuando lo he hecho. Son lo que están ahí, los que están ahora leyendo, que hacen que Las Pequeñas Cosas siga acá y apunte a seguir viviendo, tal vez algún día con una URL ya no tan adolescente, tal vez algún día con las etiquetas de los posts acomodadas y tal vez (esperemos en breve) algún día sin errores de puntuación y uno que otro de ortografía. 
Porque ¿les cuento un secreto? muchas veces pensé en dejarlo, pensé que no valía la pena planear un texto, sentarme horas a corregirlo y publicarlo porque creía que no había nadie allí disfrutándolo, que era mi única motivación para tal esfuerzo. Pero fueron ustedes lo que de a poco se fueron acercando, se fueron manifestando y haciendo de esto lo que es ahora: Un proyecto, pero por encima de todas las cosas, un gran placer


Es por eso que quiero regalarles a ustedes, los lectores, lo único que tengo para ofrecer: Mis palabras. Porque no tengo nada material que ofertar, ni pienso hacer de este espacio tan libre y despojado de todo un lugar para comprar seguidores por medio de premios, concursos o regalos chantajeros. Les quiero dar lo único que sé hacer y lo que ustedes vienen a buscar acá: Historias. 

Así que el mes que viene, en la semana del cumpleaños de Las Pequeñas Cosas (del mismo 24/08 al 31/08), voy a subir un post diario, con una historia distinta cada día.
Y esta es la parte en la que entran ustedes: Me gustaría que de acá a esa fecha - por el medio que prefieran - me cuenten sobre qué quieren leer.

Para eso he creado esta encuesta en la que enumeré una lista de etiquetas más frecuentes en el blog para que voten y elijan cuáles son las que quieren que estén presentes en la semana del festejo. Tienen tiempo hasta una semana antes del cumpleaños (para darme tiempo de armar bien cada texto, pulirlos, emprolijarlos y seguramente escribirlos) para votar cuantas veces quieran, la cantidad de etiquetas que gusten.
Y si tienen ganas de explayarse un poco más en su elección (lo cual a mi me encantaría) pueden contarme acá en los comentarios, a través del Facebook del blog, por mail a mi Facebook y si su justificación entra en 140 caracteres también vía Twitter


El blog y yo esperamos ansiosos hacer de este festejo una gran fiesta de historias junto a ustedes.




12 de julio de 2012

El ideal de regalo


Este sábado Mora, la hija de mi amiga Camila y la primer bebé del grupo, cumple 2 años y hoy las tías adoptivas fuimos en busca del regalo perfecto. 


Luego de días organizándonos, llegamos a la conclusión de que como queremos mantenernos en el podio de las tías preferidas de la bebé, el regalo (sin importar lo que fuera) debía venir en una caja gigante, con papel llamativo y moños de colores. 


Antes de ir al centro escarbé un poco en mis recuerdos de la infancia y pensé qué era lo que siempre había querido de niña y nunca me habían comprado. Nunca sabré si fue falta de espacio o que yo, como muchas veces, me olvidé de mencionar que quería eso. 


Durante varios años en mi infancia, en los inviernos, viajábamos con mis padres a Ushuaia a visitar a los amigos que habían hecho en los años que vivieron allá. Los días se iban haciendo culipatín, paseando en trineo tirado por los perros de un amigo de mi padre Julio y tomando chocolate caliente en la casita de la montaña del algún peludo delante de la chimenea mientras la nieve caía silenciosa afuera. 
En uno de esos recorridos por casas ajenas, conocí a Agustina. Agustina tenía el juguete más maravilloso que yo haya visto jamás: Una cocina de plástico.
La cocinita tenía horno y microondas con calcomanías que marcaban los minutos. Ella fingía apretar los botones y hacía el ruido acorde al aparato "pi, pi" decía mientras ponía un platito de plástico con un choclo dentro del micro. Tenía hornallas y una canilla con sus respectivos stickers rojo y azul para el agua fría y caliente.

Nunca me olvidé de esa cocinita y siempre quise tener a mano alguna niñita para poder obsequiársela. 
Así fue como hoy, entonces, le sugerí a las otras tías ese regalo y empezó el gran debate.


Laura estuvo encantada con la idea desde el principio y Virginia soñaba con un triciclo que estaba totalmente fuera de nuestro presupuesto, así que aceptó nuestra idea. El problema llegó cuando estábamos en el negocio y, con la encargada colgada de una escalera a 3 metros de altura con tremenda caja en la mano, Lula dijo:


- Es un regalo sexista. ¿Qué mensaje le estamos dando a Mora? ¿Que las nenas cocinan, barren y planchan? - manifestó mientras sacudía una cajita con una plancha rosada y una tabla a tono que estaba en estante continuo. 
- Que le regalemos una cocina no significa que le estemos diciendo que sea ama de casa. Es para que ella haga las mismas cosas que ve que hace su mamá. Las nenas siempre le copian todo a las mamás. 


La empleada seguía a 3 metros de altura con la cajota en las manos y ya empezaba a transpirar mientras abajo nosotras seguíamos:


- ¡La mamá también trabaja! - se defendió Lula.
- Sí, hace música, ¿pero a vos te parece que a Mora le hacen falta instrumentos? ¡No necesita que le regalemos un piano de juguete cuando ella toca uno de verdad! - retruqué yo con sacudiendo ahora un pianito de Princesas que estaba también entre otro montón de juguetes. 


Fue entonces cuando necesité un aliado para mis argumentos y la llamé a Laura: 


- El machismo está en otras cosas. En todo caso cuando crezca le conseguimos un novio que cocine y listo. - aportó Laura en el altavoz. 


La chica que nos atendía ya nos había tirado con la caja para ese momento, se había bajado de la escalera y miraba desde un costado de la góndola como nosotras discutíamos, ahora casi a los gritos. 


- ¡Pero el mensaje que le estamos dando es machista! - insistía Lula - Le estamos diciendo a nuestra sobrina que lo importante es que sepa cocinar y planchar. 


- El sexismo es totalmente subjetivo, Lula. Yo cocino y no por eso soy ama de casa - agregó Laura a través del parlante del celular. 


La chica ya no nos atendía y se había ido a venderle un auto a control remoto a unos clientes mucho más fáciles que nosotras. Yo, por mi parte, miraba la caja embobada, con ganas de salir corriendo y quedármela toda para mi mientras Lula seguía refunfuñando: 


- Dale y con la plata que nos sobra le compramos esta palita y la escoba - decía Lula burlona caminando por los pasillos y señalándome con odio cada juguete con alegorías machistas. - ¡No te rías! Vos sos la que está contribuyendo a que nuestra nena el día de mañana no tenga ambiciones de una profesión y se quiera quedar barriendo. - agregó mientras buscaba más juguetes con los cuales indignarse - ¡Mirá, mirá eso! - y me señaló un juego de limpieza completo - Sabes que tengo razón y estás de acuerdo conmigo. 


- Sí, estoy totalmente de acuerdo con vos, pero ¿que creés? ¿que porque le compremos ese castillo de tela para que se sienta princesa, después por eso va a creerse princesa toda la vida? Hubieras matado tanto como yo por una cocinita de éstas cuando eras chica. No tiene nada que ver con el sexismo, es un juguete soñado. Es grande, es colorido y sirve para identificarse aún más con su mamá. Y sabes que ahí también tengo razón. 


- Bueno, entonces compremos la plancha, porque Camila plancha - respondió Lula con la cabeza baja, aún empacada. No iba a reconocerme más que eso, tenía que sostener su postura. 


- Podemos comprarle este kit de doctora. Para que el día de mañana, cuando recuerde este cumpleaños, sepa que sus tías no quisieron darle un mensaje errado y que en realidad quisieron incitarle a que desarrolle una vocación.


Tengo que reconocer que si bien el tema ahora parece estúpido, en su momento fue un debate caldeado que duró una hora en la cual todos los que trabajaban ahí estaban mirándonos atónitos mientras nosotras discutíamos sobre cómo un juguete para una criatura de dos años iba a definirle todo su futuro. Y no le habría dado tanta importancia si no hubiera creído que realmente Lula tenía razón y le estábamos dando un mensaje que no queríamos, que no representaba lo que nosotras creemos firmemente, pero por otra parte sabíamos que esto estaba yéndose muy lejos. La nena tiene dos años y la cocinita era de lo más monona. 
Mientras nosotras supiéramos que Mora aprenderá sobre el sexismo y los derechos de la mujer, qué importa que le compráramos, ella quiere cocinar como su mamá, ¡dejemosla hacerlo!


Pero no, el tema no terminó ahí y seguimos recorriendo la juguetería en busca de un regalo que no fuera sexista. Después de media hora Lula se dio cuenta que todo los mensajes cognitivos de los juguetes siempre llevaban al atrofio de la mente infantil. Había kits de peluquería, manicura y Barbies para peinar y pintar. Y ella estaba haciendo un berrinche por una cocinita.
Finalmente hubo una conciliación en el sector de juguetes para varones. 


A la caja llegamos, entonces, con la cocinita para que se parezca a mamá, el kit de doctora para que tenga una profesión y un kit de herramientas con un martillo, tornillos, serrucho y sombrero de constructor para que no tenga una visión limitada del tradicional espacio de la mujer y sepa que ella también puede ser constructor, si quiere. 


Nos fuimos de la juguetería contentas, ahora sí teníamos el regalo perfecto. Uno que englobaba todos nuestros ideales, pero por sobre todas las cosas uno que viene en una caja grande, con papel brilloso y moños de colores. 

10 de julio de 2012

Laura no es una pUnk

Fue difícil que se hicieran amigas. Olga usaba los pantalones cuadriculados, las Converse escritas con frases casi suicidas de Nirvana y sus aritos eran alfileres de gancho. Laura, por su parte, se compraba pantalones oxford y en su casa tenía la discografía original de Andrés Calamaro y Bersuit. 

En las clases Olga gritaba canciones de Eskorbuto y Laura tarareaba en bajito algún tema de Vox Dei. Una sentada al lado mío miraba a la otra con cara de susto que mascaba chicle y se pintaba las uñas de negro un banco atrás. Era imposible que los polos opuestos del mundo adolescente pudieran congeniar y sacar de ahí una buena relación.

Nunca sabré si por hartazgo o por alguna arma seductora de Olga, Laura terminó acercándose de a poco a ella y a adoptar algunas de sus costumbres. Años más tarde Laura ya cantaba Flema por los pasillos de la escuela llevando, debajo del guardapolvo y bien cerca del corazón rockanrolero, una remera de No Te Va a Gustar. 

Laura tuvo la mala suerte de enamorarse tanto de Olga como el resto del equipo punky de la escuela. Así fue como sin quererlo empezó a frecuentar muchos lugares que nunca habría ni soñado pisar. La fiesta Dark los sábados y algún recital mugriento en el bar El Sol los viernes. Que porque tocaban unos amigos, un novio o unos desconocidos, Laura siempre acompañaba al resto a algún evento de crestas y tachas. 

En lo que va de estos 7 años de amistad entre Olga y Laura, Laura ha ido a más recitales punkies que ninguna otra hippie que haya en esta ciudad. Así es como se fue aprendiendo canciones de The Clash y los Ramones sin escucharlas, conociendo solo las versiones desafinadas de Olga, llegando a parecerle ajenas e incoherentes cuando estaban musicalizadas. Laura se sabe temas de Zona 84 de tantas veces de haber tenido que verlos, y una vez hasta llegó a ir al recital de Embajada Boliviana porque quería ver en vivo todas esas canciones que había cantado en la ignorancia por años. En esas épocas de escasa tecnología musical - en las horas libres del secundario - si había un mp3 y era de Olga, había que escuchar lo que hubiera. Y siempre había Embajada Boliviana. 

El sábado pasado Laura sumó otra fecha de punk rock a su largo inventario. Con la misma paciencia y aspecto que la acompañan desde el comienzo, mezcló sus aros de pluma, su pollera de colores y sus anillos de piedritas con las remeras de los Dead Kennedys y Sex Pistols. Entre la cerveza que volaba y el pogo amistoso que se levantaba entre la audiencia, Laurita se acomodó en un rincón a esperar que las bandas de tres acordes pasaran una a una. Suspiraba, movía la cabeza cuando reconocía algún tema y bebía cerveza contando en silencio los minutos. Cuando alguna de sus amigas la miraba para corroborar que seguía viva pese al ruido y la distorsión, ella devolvía con una sonrisa, la misma que usa desde hace 7 años. Alrededor una manada de adolescentes cantaba con fervor un tema de Bad Religion, uno de esos que una persona con años en el oficio está cansado de escuchar, un tema de esos que un no punky no se sabe y ni siquiera le importa conocer, uno de esos temas que Laura, distraída y casi sin notarlo, se puede cantar entero y sin errar.

2 de julio de 2012

La importancia de llamarse Paco


- Qué hiciste anoche?
- Salí con Pablo.
- Con quién?
- Con Pablo!
- Qué Pablo?
- PABLO!
- AHH! Paco!
- Seh...


Suelo ser muy prolija con los apodos, casi obsesiva. Bueno, en realidad soy muy obsesiva con casi todo pero a los nombres le dedico especial atención. Sobre todo porque vivo en un mundo donde todos se llaman igual. Si tengo varias amigas llamadas "Lucía", una es "Lu", la otra "Luli", la otra "Lula" y así hasta cubrir las opciones. Me suele pasar que conozco gente que ya viene de por sí con apodo y yo sigo la corriente que comenzó otro. Eso mismo me pasó con Pablo, bueno Paco. Lo conocí como Paco y todo el mundo lo llama de esa forma: "Mis amigos me bautizaron así y es una cuestión de afecto con ellos por el cual lo mantengo", me explicó una vez. Maldito tierno.


Pero a mi no me jodan, Paco es el apodo de Francisco, no de Pablo. Y además a me parece muy lindo nombre Pablo. Así, a secas. 


Desde hace ya un tiempo que tengo este problema. Yo salgo con un Pablo, pero el mundo me dice que salgo con un Paco. Mis amigas le dicen Paco, mi mamá le dice Paco. Mi celular y yo somos los únicos que le decimos Pablo. Hasta hay veces que para evitar la situación ya mencionada en el comienzo yo opto por referirme a él como Paco así me entienden. Es como cuando voy a Starbucks y me preguntan cómo llamarme cuando tengan mi Latte listo. Miento y digo que me llamo Ana o Lara porque tardo más tiempo haciéndole entender al boludo que atiende cuál es mi nombre y tratando de interpretar si el otro boludo que entrega el café me está llamando a mi o a otra cuando grita Lara porque el primer boludo se equivocó y anotó cualquier cosa. Así que si yo puedo ser Lara para Starbucks, ¿por qué Pablo no puede ser Paco para mi?


Además insisto que yo lo conocí así. ¿Cómo me atreví alguna vez a cuestionar su identidad? Antes de que se convirtiera en el sujeto que camina de la mano conmigo, cuando era solo una persona que conocía, yo también lo llamaba Paco.
Lo conocí así y así me gustó. Es hora de hacerle entender a mi teléfono y a mi persona que no tiene sentido intentar darle un apodo a alguien que siempre lo tuvo para mi. 

18 de junio de 2012

La ventana indiscreta

Todavía soñaba cuando empecé a escuchar un clarinete. No estaba segura si la melodía venía de mi cabeza o si, efectivamente, afuera había un clarinete sonando. En mi sueño estaba en una feria de libros, en una plaza, con unos compañeros de la facultad. Lo que sucedía fuera de eso me tenía sin cuidado. Me había despertado un rato antes y, también entre sueños de librerías, escuché el sonido de la lluvia golpear contra mi ventana. 

Entonces la realidad me indicaba que hacía frío, llovía, por el silencio era domingo y la frazada - porque no estaba respirando - me tapaba hasta la nariz. El resto lo debía haber soñado, inclusive lo del clarinete. Si embargo, la música se fue haciendo cada vez más concreta hasta que...

- Vos escuchás esa música o yo ya estoy definitivamente loco? - la voz de Pablo terminó de traerme a la realidad.

- Sí, pero no logro dilucidar si la están tocando en vivo o está grabado - le respondí mientras tanteaba ciegamente los lentes para ponérmelos. 

Me incorporé y miré por la ventana cómo las gotitas se unían entre ellas cayendo en un único destino vertical. Sin importarme los probables 3° de afuera abrí la ventana de par en par y me apoyé en el marco a escuchar el clarinete. Pablo se me unió aún con las lagañas puestas mientras se refregaba los ojos porque la claridad lo había cegado. 
Era mi barrio, mi ventana, mi paisaje. No podía haber un clarinete sonando en mi domingo a la mañana sin que yo lo tuviera controlado, como los goles de la canchita de la vuelta.
Las nenas del piso de arriba todavía dormían porque sino ya habrían empezado los gritos y los tirones de pelo que se escuchan todas las mañanas a través de mis paredes de papel. Mi vecino divorciado y caravanero ya se había levantado para ir a almorzar con los chicos, pese a haberse acostado hacía unas pocas horas. Partido en la canchita de fútbol 5 no había porque llovía y seguro que el cumpleaños de algún niñito habría tenido que ser mudado de locación debido al frío y el mal clima. No había festejos patrios que hicieran llegar el sonido del Monumento con el viento. Ese clarinete no era del barrio. 

Miré para todas las ventanas conocidas y desconocidas. Primero me fijé en el del departamento con pecera gigante. Las cortinas estaban cerradas, las luces azules de la pecera no se veían. De ahí no venía la música. Agudicé el oído intentando descubrir si la melodía venía de la izquierda o de la derecha. Miré al otro extremo donde está el balcón del pibe que se pasea en boxers todos los días y nada. Pasé la mirada veloz por la casa de la vieja con los malvones de colores, y tampoco. Miré la casa con el conejito blanco en la terraza y por la lluvia no había asado y el conejito miraba caer agua desde su cucha debajo de la parrilla. Todas las ventanas del barrio dormían. Entonces, de dónde venía el clarinete? 

Casi en un descuido volví a mirar el balcón del edificio de al lado del departamento de la pecera. Como un Wally evidente al lado de los Vikingos que viste sin mirar veinte veces mientras buscabas, ahí estaba el clarinete. 

- Mirá mirá ahí está... - dije incorporándome y señalando con un dedo casi helado por el frío.

- Es un saxo soprano - agregó Pablo sabiondo. 

Un hombre de polera blanca con pullover negro de escote en V y lentes redonditos estaba delante de una ventana abierta tocándole una melodía al domingo helado y mojado. Me volví apoyar en el marco y colgada de los barrotes mojados me desayuné la canción con el frío del río que me iba despertando cada vez más. El hombre tocó algunos minutos distraído e inconsciente de este público que lo observaba. El cielo estaba gris, el frío pinchaba y las gotas seguían mojando todo a su paso. Era domingo al mediodía, las ventanas del barrio dormían, excepto la del hombre tocando y la de este público improvisado que, al igual que el músico, con la música no sintió el frío. 


12 de junio de 2012

Olor a madera

Hoy entré a mi casa y había olor a madera. Mi olor preferido en todo el mundo. El mismo olor que aún tienen los cajones de la cómoda que hizo mi viejo y donde él guardaba su ropa con olor a aserrín. 


En invierno siempre volvía de la carpintería con aroma a troncos frescos impregnado en su piel y pedacitos de viruta arremolinados en su pullover. Era su olor permanente y no se le iba ni cuando se echaba litros de perfume para ir a cenar. Él después de tantos años respirándolo ya ni se lo sentía, nosotras ansiábamos sentir ese perfume a carpintería para cerciorarnos que ya estaba ahí, con su olor y sus silbidos, con sus cantos en la cocina y su bullicio de felicidad. 


Pero pese a ser uno de los olores que más disfruté en la vida, cuando no hubo más vida no quise volver a olerlo. El recuerdo es muy fuerte y el dolor es muy grande. No importa cuánto me guste el olor a madera recién cortada, a viruta arremolinada en un pullover, si no viene con papá que no venga. 


Han pasado ya dos años y medio que no hay olor a madera fresca en mi casa. La cómoda sigue oliendo como el primer día que la trajo, pero no hay nada que sacar de ahí, no hay motivos para acercarse y oler. No hay ropa con viruta, no hay pulloveres con perfume para ir a cenar. Abrir la cómoda es revolver olores que no llevan a ningún lado más que a recuerdos que no quiero evocar. Como si pasar delante de cualquier carpintería con sus máquinas encendidas, su viruta propia y su madera fresca no fueran suficientes sensaciones que me llevan a algo que ya no está.  


Hoy entré a mi casa y había olor a madera. El olor que, ahora, más odio en el mundo. 

29 de abril de 2012

La jirafa de la bolsa

- ¡Facundo, vení a darle un beso a la nona!

Facundo se hace el boludo y corre alrededor del salón con una cuchara en la mano que acaba de sacar de otra mesa. Es un avión cuando lo hace volar entre los tablones de madera y es un tren cuando está apoyado sobre los manteles color manteca. El pequeño rubio no llega ni al metro de altura y lo disfrazaron de persona grande: tiene una camisa a cuadritos y un pulovercito escote en V con un pantalón de corderoy que ya está sucio en las rodillas. 

- ¡Facundo! ¡te dije que vengas a darle un beso a la abuela Lili!

Facundo deja de hacer pantomima y se acerca a darle un beso al aire a la abuelita cumpleañera que le sonríe agradecida. Intenta abrazarlo y el pequeño se le escapa entre los brazos para seguir corriendo por el restaurant con la cuchara multifacética.

Lo peor que le puede pasar a un niño es asistir a una reunión llena de envoltorios de regalos, moños, cajas, paquetes y bolsas y que ninguna sea para él. Lo que puede llegar a ser aún más horrible es que encima dentro de todos esos bolsos misteriosos ni siquiera haya regalos que uno pueda envidiarle a otro niño.
Facundo ignora a todos los parientes y amigos que vienen a saludarlo y se pierde entre las mesas haciendo volar la cuchara mientras los mozos hacen malabares para esquivarlo sin tirar el asado. Solo se acerca a su abuela cuando alguien se une a la reunión y viene con un paquete. Facundo se cuelga de la mesa, arrastra un poco el mantel...


- ¡Facu cuidado! ¡te estás llevando todo! Mamá mostrale, por favor. Va a tirar las copas...

La chalina, el collar y el elefante de porcelana no son regalos que le interesen a Facundo y cuando la abuela Lili se inclina para mostrárselos, el rubio ya está escondido entre unas sillas, ahora con dos cucharas. 

En la escala de las peores cosas que le pueden suceder a un chiquilín en una reunión de adultos, se le suma una nueva al escalafón cuando empiezan a llegar las viejas amigas de la abuela. Son esa clase de jubilados que además de llevar una cartera gigante, necesitan aparte una bolsita con quién sabe qué cosa dentro. En la cartera ya llevan desde los lentes para ver de lejos, de cerca, de arriba y de abajo, medicamentos de todo tipo y hasta pomadas para el sol, aún siendo de noche. Pero aparte, a veces suelen andar con una bolsa accesoria. Las más berretas usarán una de supermercado, las más finas se animan a andar con una de marca. 

En eso llega Nelly que viene agitando los guantes de cuero desde la puerta saludando a su amiga. Facundo la mira desde abajo de la mesa de al lado y ve que Nelly trae una bolsa de "El Mundo del Juguete". Facundo no lee, pero sabe bien qué es eso. Tiene el dibujo de una jirafa sonriente y colores fuertes y alegres como rojo y verde. Suelta las cucharas y sale corriendo para ubicarse en un lugar preferencial cerca de su abuelita. Se queda expectante esperando que Nelly se acerque y la nona Lili lo presente. Facundo sonríe de oreja a oreja y se deja besuquear por la desconocida. 

- Qué rico, nene. ¡Se parece a Fabián cuando era chico! 
- Sí, pero este es el hijito de Mónica. 
- ¡Pero es parecido!
- ¡Ay! Sí, para mi también, pero que no te escuche el padre que se pone re celoso. 

Facundo tiene la mirada fija en la bolsa de la jirafa y se queda mientras la amiga Nelly le acaricia la cabeza y lo estampa contra su tapado de piel que huele a naftalina. 

- Disculpame Lili que llegué tarde, pero tenía que pasar sí o sí por lo de la Mery que me tenía que devolver un saquito que le prestó Luciana a su nieto que se fue de excursión a Mendoza con el colegio. Yo le dije "para qué le vas a comprar un tapado para eso si después crecen y lo tenés que tirar". Pero resulta que después nos acordamos que Úrsula también hacía la excursión y lo necesita. Se va mañana, viste. 

- ¡Claro! Dame que le digo a mi yerno que te lo cuelgue por allá así no te estorba. ¡¡¡Pablo!!! 

Facundo ve, entonces, como su padre se lleva la bolsa de la juguetería y el tapado con olor a naftalina. Aprovecha que Nelly está buscando algo en su cartera para irse corriendo mientras se rasca el cachete que le quedó picando por el roce con el abrigo peludo de la desconocida. 

No hay nada peor para un niño que un cumpleaños de adulto donde encima aparecen bolsas de jugueterías con cosas dentro que lejos están de ser divertidas. Facundo se va enojado llevándose mozos y sillas por delante. Se instala debajo de la mesa con sus cucharas voladoras y se queda ahí toda la noche. No le interesa comer el puré ni la morcilla cortada. Solo sale para pedirle a la madre que le sirva más Fanta y se vuelve a su guarida. La estúpida bolsa de la jirafa lo mira burlona desde un perchero. Se le caga de risa. 

- ¿Y Fabián no venía? 
- Está llegando de Buenos Aires. Venía directo de la estación, mi ángel. Supongo que llegará para la torta. Mozo, este churrasco está crudo. 

Facundo escucha la llegada de su tío, pero no sale de abajo de la mesa para ir a saludarlo. En otro momento habría ido corriendo a su encuentro, pero no hoy. Hoy está la estúpida jirafa de la bolsa ahí afuera. 
Está librando una batalla entre las cucharas cuando ve los pies de su tío Fabián que se asoman entre el piso y el mantel. 

- ¿Vas a salir? 

No contesta y vuelve a bajar la mirada. La cuchara de la izquierda está a punto de ganarle a la de la derecha cuando ve que entre los pies del tío Fabián aparece una bolsa roja y verde con una jirafa sonriente. Ésta no tiene forma de tapado para el nieto de alguien, tiene forma de caja y de una muy grande. 
Facundo saca la cabeza de abajo de la mesa y ve a su tío gigante que le devuelve la mirada con una gran sonrisa. Esta jirafa no se está burlando de él, esta jirafa lo llama con su sonrisa dibujada. Sale y se arroja a los brazos de Fabián. No importa que haya dentro de la bolsa con la jirafa, Facundo sabe que esta vez sí es para él. 

28 de abril de 2012

Una de taxistas I

- No vas a bailar hoy?

- Disculpe?

- Que si no salís hoy...a bailar o algo. 

- No...

- Por qué?

- Porque es jueves...

- Pero ya llevé varios chicos que salían. Sos la primera que se vuelve. Tu novio no quería salir?

- No es mi novio...y no suelo salir los jueves. Trabajo mañana y esas cosas. Los adolescentes y universitarios al pedo salen los jueves. 

- Entiendo, además hace frío. 

- Aha. Si agarra por ésta acá me deja justo en la puerta.

- El frío te saca las ganas de salir? 

- Depende, pero igual siempre prefiero salir en invierno que en verano.

- Y vas a bailar?

- No, no bailo.

- Todos bailan. 

- Yo no. 

- Sos de planes más tranquilos?

- Mse...

- Preferís ir al cine con tu novio?

- No tengo novio. 

- Bueno, ese chico que te puso en el taxi te lleva al cine?

- No. 

- Y no bailas por qué motivo?

- No sé, qué se yo...no sé bailar...!

- Yo bailaba re bien. Ahora me ves así todo gordo, pero antes cuando tenía tu edad...bah, qué edad tenés vos?

- ...

- Bueno, sí, por ahí, a los 18 jugaba al rugby en mi pueblo, estaba todo marcado. Porque yo no soy de acá, viste. Se me nota, eh?

- ....

- Soy de un pueblito de Córdoba, cerca de Villa María y allá para salir había que ir Villa María en colectivo. Nada de auto, claro.

- aha...

- Y para mis 18, tu edad más o menos, mis viejos me regalaron un gamulán. Sabes lo que es un gamulan?

- Un tapado?

- Sí, de piel curtida afuera y corderito adentro. 

- Aha.... 

- Bueno me regalaron uno de esos empezando el invierno. Fue la única vez que rezaba porque llegara el frío para usarlo. Y esperé ansioso el sábado para ponérmelo para salir.

- Y con qué se lo puso?

- Con una camisa de flores. En esa época era todo muy John Travolta. Usábamos camisas de cuello y puños bien anchos. Plataformas con taco y jeans oxford.

- Usted usaba plataforma con taco?

- Un poco, pero sí. Y arriba de todo eso el gamulán. Imaginate, caminando al lado de la ruta así vestido yendo al cheboli. 

- Aha...y?

- Bueno, cuestión que salí a estrenar mi gamulán nuevo re contento y cuando llego al boliche hacía un calor de los mil infiernos ahí dentro. 

- Claro, pasa seguido. 

- Imaginate que si me lo sacaba, porque no había guardaropas en ese momento. Si lo dejaba en una silla, me lo robaban. 

- Y entonces qué hizo?

- Me lo dejé puesto toda la noche. Nunca me cagué tanto de calor en mi vida. 

- Volvió sano y salvo el gamulán?

- Sí, todo bien, pero EL CALOR.

- Me imagino. No se enfermó cuando salió y el frío le pegó en todo mojado de transpiración?

- No me acuerdo, a lo mejor. En la esquina?

- Qué?

- Si te dejo en la esquina...

- No, a mitad de cuadra, por favor. 

- Uh me olvidé de poner el contador.

- laput...

- Dejá, no importa. Suficiente que me escuchaste

- Un placer.

- Buenas noches, linda.

- Chau, Gamulán. 

17 de abril de 2012

El Idiota

Hacía 10 minutos que lo conocía. "Que lo conocía", bah! Hacía 10 minutos que él se había presentado de forma pedante y egocéntrica, fanfarroneando qué había escrito y dónde lo había publicado frente a los compañeros.

Como es costumbre en mi, lo odié desde ese momento. Pero lo odié más cuando me tocó a mi presentarme frente al curso. Hacía 300 km semanales (sin contar la vuelta) para cursar algo que ni siquiera estaba segura si me iba a servir y con todo el pesar mental que eso involucraba, encima tuve que escuchar al pelotudo éste que con una sola frase me refrescó un pensamiento que se repetía en mi mente a medida que miraba pasar los árboles en la ruta camino al curso:


- Ah, pero vos estás re loca - me dijo. 


El único que sabía hasta ese momento que yo hacía "la locura" de viajar una vez por semana para cursar por 2 horas, era mi profesor y una compañera que habían oficiado de conspiradores para que yo pudiera estar ahí. 


- Me llamó Gala - empecé - y soy de Rosario... - continué mi presentación viendo a mis compañeros que me miraban prestando la misma atención que al resto de los expositores. 
Era una ciudad grande, todos venían de distintos lados. Ahí nomás, entre los 15 que éramos, había un salteño y el mismo pelotudo que hasta se había tomado el trabajo de explicar que él era uruguayo. Ojo. 
Hice una pausa y miré asustada a mi docente que me sonreía, dándome fuerzas para la confesión que se venía a continuación. Miré fijo a mis compañeros y casi con vergüenza seguí:


- ...y vivo en Rosario. - concluí. Las caras de los porteños y aporteñados cambiaron por completo. De simples miradas de atención, la mayoría abrió los ojos y hasta creo haber visto una que otra boca abierta. Por una milésima de segundo todos se quedaron callados hasta que una voz dijo:


- Ah, pero vos estás re loca. 


- Gracias por confirmar mis sospechas - le respondí cortante, con mi mejor cara de ofendida y seguí mi presentación salteando su mirada. 


No fue tanta la bronca que me generó ese comentario, como el desequilibrio emocional que sentí después. Me había costado meses de debate mental y grupal la decisión de estar ahí, como para que viniera un porteño adoptivo, desconocido y agrandado a decirme algo que mi conciencia me venía gritando desde que me había propuesto hacer semejante proyecto personal. 


- Y ahora te volvés? - me dijo El Idiota, en un tono más tímido cuando bajábamos en el ascensor. 


- 23.15hs Retiro - Rosario - me limite a contestar sin quitar la mirada del tablero del ascensor. 


No bien llegamos a la planta baja salí apurada y no volví a mirarlo. 
Todo el camino de vuelta a casa lloré. Lloré de miedo, angustia y duda. La frase del pelotudo me retumbaba en la cabeza y tenía la horrible sensación de que en parte tenía razón. Tal vez no era una loca, pero sí una ingenua. Me había convencido a mi misma que ese curso me iba a servir para definir cuestiones laborales, pero después de que un desconocido me hiciera tal apreciación, empecé a dudar de si mis horizontes profesionales no eran demasiado lejanos e inalcanzables. 


"Llegaste bien, loca? je", decía un mensaje en Facebook. 


La concha de su madre. No le había alcanzado con humillarme frente a todos y torturar mi viaje de vuelta con su frase resonando en mi cabeza - como un Tod repitiendo en la mente de Bart "el hierro nos ayuda a jugar" - sino que encima me había rastreado en el mundo digital para cerciorarse que su opinión también terminara de arruinarme el sueño. 


Los siguientes dos meses transcurrieron más tranquilos. La idea en mi mente se fue asentando de a poco y hasta llegué a esperar ansiosa el día del cursado. Las respuestas que había ido a buscar a 300 km fueron apareciendo en cada clase con los nuevos aprendizajes y cada kilómetro recorrido empezó a convertirse en una ruta segura. 
Con El Idiota cruzaba pocas palabras, las mínimas indispensables e intentaba tenerlo lejos mío, pero de una forma u otra siempre lograba acceder a mi:


- Vas para Retiro? Te puedo alcanzar un par de cuadras en el taxi, si querés. 


- No, gracias. Hoy me quedo - respondí orgullosa. 


- Ah sí? y dónde estás parando?. Te llevo, boluda. Eso pesa una bocha, eh? - insistió, el muy puto. 


- No - Sí, pesaba una tonelada. Tenía mi vida para un fin de semana en una mochila. 


Era un imbécil, pero no estúpido. Se daba cuenta que su insistencia no iba a ganarle a mi orgullo y se retiraba de la batalla con un saludo atento que yo a duras penas respondía con una mueca. 


No entendía porqué persistía tanto en caerme bien. Había empezado de la peor forma y, después de todo, el curso terminaría pronto y no nos volveríamos a ver. Me indignaban sus muestras de cordialidad y su interés por mi supervivencia en la gran ciudad. Mis amigos y mi vieja sabían del idiota casi tanto como de un amor no correspondido. Pero éste no era el caso, el boludo éste no me quería levantar y de eso estaba segura. El Idiota quería otra cosa, y yo tenía que saber qué era. 


- Te volvés? - la pregunta de rutina se repetía en el ascensor.


- No. Me quedo.


- Te estás quedando seguido.


- Sí. 


- En qué zona estás parando?


- Recoleta.


- Querés que te alcance? Voy para ese lado. 


- Bueno. Gracias - La verdad que después de varias semanas la jodita de pasearme por Buenos Aires con un yunque en la espalda me estaba por sacar una hernia. Además quería saber a dónde iba todo este juego de simpatía por parte del imbécil, claro. 


Esa noche en el taxi hablamos. Hablamos de nuestros estudios, de la inserción laboral, de la ciudad de cada uno. El fanfarrón, egocéntrico y pedante lo único que dijo de si mismo fue que vivía feliz con su novia y tenía dos gatitos. 


La última noche de cursado organizamos todos para cenar y salir, pero finalmente los únicos dispuestos para la segunda parte del plan fuimos el Yanotanidiota y yo. 


- Ya que no hacemos nada me voy a ver unas bandas acá cerca. Vos querés venir?


Era viernes, estaba en Buenos Aires y me estaban invitando a ver un recital. Podría haber sido Hitler y yo aceptaba igual. 
Caminamos y otra vez hablamos mucho. Esta vez de los amigos, las parejas, las metas y nuestros proyectos. Vimos las bandas, las criticamos y nos reímos. Cuando llegó el momento de despedirnos una extraña sensación de tristeza me invadió. Ahora que nos llevábamos bien ya no nos íbamos a ver todas las semanas.




Hoy El Idiota, su novia y sus dos gatitos son visita obligatoria cada vez que voy a Buenos Aires. Cuando estamos cada uno en su ciudad, hablamos por teléfono, nos escribimos y estamos siempre al día de lo que pasa en la vida de cada uno. Sin embargo aquella duda que tuve en un comienzo fue mutando pero nunca tuvo respuesta y ya no la tendrá. ¿Por qué insistió tanto en ser mi amigo? Eso prefiero que solo lo sepa él.