22 de diciembre de 2011

Porqué no miro TV



Todo comenzó hace algunos años cuando redujeron la revista del cable a unas escasas y delgadas páginas nulas de información. La que en una época había tenido las 24 hs de programación de cada canal de películas, una grilla alfabética y otra por género, se redujo a una con los horarios del part time y el resto, simplemente, desapareció. Si querías saber qué había el resto del día, o cómo se llamaba esa película con la que te habías enganchado a las 4 am de un miércoles mientras te manducabas un chocolate en plenas vacaciones de julio, jamás volvería a figurar en la revista mensual. 


"Consulte nuestra cartelera digital", promocionaba un cartel en una página entera de autopublicidad donde antes figuraba la cartelera de verdad. La mayoría de las veces la web no funcionaba, o el nombre de la película mediocre de la chica rubia mojada por la lluvia corriendo al muchacho que se alejaba en un Chevy por un campo en Tennesse, no figuraba porque para ese operador de cable a NADIE podía interesarle una película en Space a esas horas. ¿Quién estaría viendo eso? Era solo programación para que la lluvia del corte de transmisión no inundara la pantalla. Solo uno, que acababa de sufrir un desamor, ese film representaba nuestros patéticos sueños adolescentes. "A mi también me dijo que quería que fuéramos viejitos y seguir mirando las estrellas juntos", repetíamos mientras moqueábamos el Aguila frente a la caja boba y tanteábamos la revista del cable en busca de la información pertinente de la película para archivarla con "las cosas para llorar" junto con los discos que escuchábamos en los momentos más depresivos de nuestra dolorosa etapa de granos.
Cuando la oferta fue la revista gordita llena de recetas, entrevistas, moda y regalos para papá en su día, no la compré. 
No me interesaba pagar para leer los secretos de la vida de pareja de Araceli González y mucho menos saber por qué Mariana Fabiani no había tenido hijos con el hijo de Raúl Portal cuando mi grilla de canales seguía siendo escasa.


Está bien. Me cagaron la revistita del cable y me lo aguanté. Como era una odisea enterarme qué estaba viendo si la película no tenía cortes o si no había tirita arriba que dijera en español y portugües la porquería que estaba mirando, dejé de ver películas en la televisión. Además empecé a notar que siempre eran las mismas, que todos los domingos en algún canal (que no fueran los de aire) podía encontrar Locademía de Policía 1- 2 - 3 - 45 y que para las fiestas pasaban la de Schwarzenegger buscando un regalo, el Grinch y un par más que si todavía se usara el VHS ya estaría tan gastado que se habría hecho polvo solo. 


Me dediqué, entonces, a usar mis horas televisivas para ver series. Me obligué a engancharme con algunas solo para tener una excusa de buscar algo en la tv. Así fue como me comí todas las temporadas de The OC sufriendo junto al huérfanito con cara de malo y el hermanastro gil que estaba más bueno que comer pollo con la mano. La miré inclusive cuando ya se empezó a parecer a una novela mexicana de Thalia y lo único que le faltaba era una Soraya gritando "maldita lisiada". La miré porque era "lo único que había" y porque ya que había desperdiciado 20 millones de miércoles de 8 a 9 pm, al menos quería terminar lo que había empezado. 


Un día descubrí que en realidad ver series me aburría muchísimo y que sólo lo hacía porque todos mis amigos miraban alguna. No me enganchaba con ninguna, todas en algún punto me cansaban o notaba que, con tal de estirarlas y hacerlas vivir una temporada más, se volvían repetitivas y con conflictos tan básicos y niveles actorales tan pobres como cualquier mediocridad del prime time de los canales argentinos. Las pocas series que me gustaban y no me parecía que iban decayendo en contenido, me resultaban tediosos los personajes y terminaba necesitando vacaciones de mi "programa preferido". 


Llegó el día en que solo prendía la tv para mirar una y otra vez los capítulos de Los Simpsons, Friends, Seinfeld y a la madrugada engancharme con todos los asesinos que pasaran por la pantalla de Discovery y Universal. Una y otra vez los viejos casos congelados de asesinatos en el siglo XX en tristes y ruteros pueblos de los EE UU. Fui aprendiendo más geografía yanki que cualquier otra porque me conocía los asesinos en serie de cada estado de aquel país. Me dormía con la tv prendida mientras algún detective médico resolvía misterios midiendo la distancia de una gota de sangre en un techo, o tomando la huella de una bota en un charco de barro. 


Fue entonces cuando, además de empobrecer cada vez más el contenido, hacer más flaca la revista y cobrarme más por ver los dientes de la Fabiani en la tapa, me empezaron a cambiar de lugar los canales. Prendía un día la tv y dónde antes estaba FOX ahora tenía ESPN. Corría a la revista, pasaba las delgadas hojas de mala calidad buscando la grilla y recordaba que la última vez que había visto una grilla de canales en la revistita del cable, era el año 95 y todavía figuraba Big Channel. 
Con mucho trabajo memoricé nuevamente los canales que me interesaban o más o menos en qué parte se encontraban los de deportes, los de películas y los de series. Pero a los pocos meses los volvieron a cambiar de lugar y ya me costó (o en realidad cada vez me interesó menos) aprenderlos y terminé solo recordando unos pocos. Los volvieron a cambiar de lugar una tercera vez y harta de todo este ajetreo de zapping, me resigné a buscar mis canales preferidos haciendo click freneticamente hasta llegar al indicado. Parecía el chanchito de Toy Story 2 pasando rápido los canales casi sin ver lo que había en cada uno, mirando fijamente el costado superior derecho en busca del logo conocido. 


Una vez necesité las pilas del control remoto para otra cosa. Sin darme cuenta un día lo encontré tirado en un rincón con una delgada capa de polvo y ese fue el fin. Mi relación con la tv se redujo a un mero acompañante ruidoso mientras cocinaba y comía sola. Ponía el noticiero y lo dejaba para que me amargara las comidas. O en las cenas con mi madre, que hacíamos zapping por películas empezadas, programas de la televisión nacional y algunos documentales historia o turismo.


Terminé de erradicar el tv de mi vida cuando empecé a cocinar, limpiar y cenar sola con música. El problema era contagiar a mi madre con el mismo plan. 


Hace unos días encontré un disco que quería hacerle escuchar a mi vieja. Lo puse mientras salteábamos verduritas al wok y gustó tanto como acompañamiento de preparación que siguió sonando durante la cena y el postre. Al terminarse, pensé que mi vieja me iba a pedir que le alcanzara el control y haría el rutinario zapping. Me sorprendí cuando anunció que se iba acostar y no hizo ningún comentario sobre la ausencia televisiva.
Me quedé sentada sola en la mesa escuchando el track oculto de mi disco y meditando sobre lo que acababa de suceder. Fue entonces cuando ella asomó la cabeza por el pasillo y señalándose con el dedo índice me dijo:



"Qué te parece si mañana el disco para acompañar la cena lo elijo yo?" 




Chau TV, en esta casa ya nadie te necesita. 

2 de diciembre de 2011

El disco de la oscuridad

En general escucho música en todos lados y a toda hora. Tengo discos que me los guardo para bañarme o para que me acompañen antes de salir. También tengo algunos que los prefiero arriba del colectivo a la mañana para despertarme y otros pocos que los uso para caminar por el parque mientras me respiro el aire del río. 


Pero tengo una categoría que es para unos pocos: Los que escucho a oscuras fumando un pucho y no los puedo oír en otro contexto o situación. No son mis preferidos, ni tienen un ritmo especial. Tampoco deben pertenecer a un género específico o responder a un estado de ánimo. Son discos en mi cama con mi cigarro y mi oscuridad. 


Usualmente aparecen solitos, sin que los llame, a esta altura del año. En esta época final del calendario cuando por la ventana entra el fresco veraniego y apoyo los pies descalzos sobre la almohada y dejo que se me enfríen con el vientito que no llega a resfriar. Hay un grillo cantando en alguna parte y es lo único que se escucha entre tema y tema. Esos discos son perfectos para escuchar cuando los autos ya no circulan por la calle y los que están haciendo los asados de fin de año en las casas aledañas ya se fueron a dormir borrachos de nostalgia. 


Son discos nuevos o viejos que se me aparecen un día y desde el primer acorde me doy cuenta que son el indicado para ese momento. Ni siquiera los uso para reflexionar, ni para hacer un balance anual personal en mi consciente. Los escucho porque no me hacen pensar en nada ni me hacen acordar a nadie.


Es justamente por eso que son especiales. Porque sumida en la negra oscuridad, en esa en la que no veo nada, no pienso en nada, solo puedo escuchar y disfrutar de los acordes que se van formando en cada canción. No hay nada para hacer más que escuchar y a lo sumo ver la luz de la calle que se filtra en algún rincón de la habitación.  


Hoy se me apareció uno nuevo para mi colección. Sin saber lo que era, con solo escuchar la guitarra del comienzo, supe que tenía que abrir bien la ventana, buscar el cenicero y golpear un poco la almohada para que adoptara la forma correcta. 


Los discos de la oscuridad son para eso, para escucharlos y no pensar en nada.


Les dejo el mío de hoy. 
Si quieren, pueden probar de hacer el intento y escucharlo en la oscuridad. 
Después me cuentan.


The Civil Wars - Barton Hollow