22 de noviembre de 2011

Los banquitos de madera

- Cuando te mueras me puedo quedar con este teléfono? - Dije medio en broma señalando el viejo cascote negro arriba del escritorio de roble. 


- No, este es de Juan Ignacio - me respondió Peter dándolo vuelta y dejando visible que debajo de él decía escrito en prolijo lápiz las iniciales de Juan. 


- Pero yo lo quería! Que él se busque otra cosa! 


- No, porque Juan Ignacio es mayor que vos y él me lo pidió primero. Elegí otra cosa vos.


- Bueno voy a pensar. Total tengo mucho tiempo. 


Esa conversación fue hace 6 años cuando yo tenía apenas unos 16. Hacía calor, era diciembre y estábamos en el estudio, supongo que, buscando algún sacapuntas para minas finitas. Afuera en el balcón de la casa de Peter se escuchaban los chapuzones y gritos de chicos jugando en la pileta municipal a escasas cuadras. Pero yo estaba vestida y sentada estudiando en departamento de mi tío adoptivo. Como todos los años me había llevado a rendir las materias de la escuela que tenían números, fórmulas y el amigo de mi mamá (y mío), como todos los años, me había metido pupila en su casa para que estudiara en agotadoras jornadas de 8 o 10 horas de culo-silla. 


Esa técnica me fue tan útil que años después, cuando ya no tuve física, matemática y estadística, la seguí aplicando con Saussure, Marx y Foucault. Llegaba la época de finales en la facultad, yo armaba una mochila y me mudaba días a la casa de Peter. 


Durante mis años de secundaria la rutina era algo así: a las 8 am él tocaba estrepitosamente la puerta de su cuarto de huéspedes (y mi cuarto por esos momentos) y yo tenía una hora para asearme, desayunar y tal vez ver las noticias en la tv antes de tener que estar en su escritorio estudiando hasta las 12 del mediodía que tenía permitido parar para dispersarme y cocinar para almorzar juntos cerca de la 1. Luego, entre las 2 pm que terminábamos de comer y las 3 podía dormir, mirar tv o leer. Desde las 3 a las 6 volvía a estudiar, paraba para merendar media hora y seguía hasta las 8 que juntos nos sentábamos en el balcón a corregir mis problemas matemáticos mientras escuchábamos los árboles de la plaza 25 de mayo sacudirse al ritmo del caluroso viento del atardecer veraniego. 


Peter, sentado en un banquito de madera que mi propio padre había hecho para él en su carpintería, apoyaba su whisky y un cenicero de plata en otro banco y disfrutaba del balcón mirando y criticando a los socialistas que habían hecho del monumento a la bandera una menchada con luces de colores. Descalzo, en bermudas y encorvado sobre los barrales escuchaba mis números y resultados y, sin una calculadora de ayuda, sacaba cuentas adivinando los resultados mucho antes de que yo terminara de narrarle el desarrollo del problema matemático. 


Peter era un yanki-argentino, físico graduado en Hardvard que vivió la mitad de su vida allá, otro poco acá y cuando se retiró quiso dedicar el resto de su vida a eso: A ver la copa de los árboles mecerse al ritmo de diciembre, con un whisky y sus pensamientos. Y ahora conmigo taladrándole el cerebro con ejercicios que, para él, eran más fácil que 1+1. 


Mi mamá y yo conocimos a Peter en un asado en Oliveros por el año '95. El tipo ya era canoso, muy alto, con dientes blancos perfectos y una sonrisa muy grande. Cuando se reía, tarea que me adjudique desde la primera vez que lo vi, se ponía rojo como un tomate y su risa contagiaba por el ruido que hacía. Desde ese asado él y yo forjamos una amistad aparte de la que después supo tener con mis viejos. Cuando íbamos a cenar él me prestaba uno de sus lápices - meticulosamente ordenados en el bolsillo de su camisa - y yo dibujaba casas en los manteles de papel. En un bullicio que era el restaurant, él se inclinaba a escucharme y prestaba atención a los detalles del hogar de papel. 


Años después, cuando fui creciendo, Peter me adoptó como su dama de compañía para los conciertos de piano, cuerda y cualquier cosa que se organizara en el Teatro El Círculo. Me llevo a comprar zapatos y ropa adecuada porque decía que yo me vestía como linyera y los sábados por la noche íbamos juntos a disfrutar de conciertos mientras él, en los intervalos, me mostraba orgulloso entre sus amistades como la sobrina que era. Como la hija que nunca tuvo.


Porque Peter era mi tío y con él hacíamos cosas juntos dejando de lado al mundo. A él le gustaba que yo entendiera sus mañas de compulsivo. Era un maniático, detallista y minucioso, un hincha pelotas con todo, basicamente. Detesto confesar que de tantos veranos encerrada en su casa adopté muchas de esas mañas y hoy también soy bastante detallista y compulsiva. Podría escribir párrafos con las ridículas exigencias de Peter. Como cuando le pedía al taxista que apagara la radio con la que se comunicaba a la central solo porque a él le molestaba el ruido. Como comprar 20 tarjetas de colectivo juntas para que nunca le faltaran o el de ordenar los muebles acorde al comienzo o terminación de una ventana. Un día se compró un piano de cola e hizo que lo corrieran de lugar unas 15 veces hasta que quedo perpendicular a las lineas que delimitaban el living del comedor. O como cuando le devolvió a mi padre 4 veces una biblioteca sólo porque el barniz de las uniones no estaba prolijo (entiéndase lo que implicaba bajar y subir 4 veces una biblioteca en un ascensor). Recuerdo haberlo visto en la carpintería de Silvio con una lupa mostrándole a mi poco tolerante padre cómo las vetas de la madera no coincidían en todos los cajones. 


Hace poco más de un mes entré a ese estudio por última vez. El balcón desde el cual se veía todo el río, el monumento y se escuchaban los chapoteos de la pileta municipal tenía la persiana baja y no se escuchaba nada, como si esa vida de la calle afuera se hubiera apagado a la par de la que faltaba adentro del departamento. Ese estudio meticulosamente ordenado que siempre había estado iluminado durante todo el día ahora estaba oscuro y él, sentado en su banquito mirando la plaza, era la ausencia más notable. 


Caminé deslizando mis dedos por el escritorio y topándome con cada uno de los útiles que él dejó allí. La abrochadora, los posavasos, el velador, una foto nuestra en mi graduación de la secundaria, los lápices. Fue ahí que vi en un rincón de la habitación, tal como él los dejó, los dos banquitos de madera que mi viejo le hizo para que él disfrutara su jubilación en el balcón. 


Detrás mío estaba el teléfono negro viejo que ahora ya pertenecía a Juan Ignacio y me escuché 6 años atrás diciendo: "total, tengo mucho tiempo". 


Pero Peter me cagó. Me cagó como siempre que yo le traía un problema de matemática y le decía "es de esos que no tiene solución" y él sacaba su lápiz del bolsillo de la camisa, garabateaba unos números, me criticaba el 5 porque parecía una "S" y obtenía un resultado sin comas ni fracciones. Me cagó porque 6 años no son suficientes para elegir con qué pertenencia quedarte de alguien que no querés que se vaya nunca. 


Algunos días más tarde volví a la casa de Peter en busca de lo que me pertenecía: Mis dos banquitos de madera. Los banquitos que MI viejo había hecho para él. Esos dos bloques de madera cuadrado en los que Peter y yo pasábamos nuestro tiempo charlando y respirando el olor a río. 
En la puerta de su casa me esperaba la hermana de Peter con mis mueblecitos,  el portaretratos con nuestra foto (la única que había en ese estudio, en ese lugar tan nuestro) y una hoja de papel enrollada. 


Ahora, atrás mio, están mis dos banquitos de madera. En mi living está nuestra foto y delante mío está el papel. Un viejo, arrugado y manchado de aceite papel que antes fue un mantel de restaurant que reza en una delicada e infantil caligrafía:


"Para mi tío Peter una casita con muchas bibliotecas para tus libros.
Gali.
15/05/97". 










epígrafe: 
El escritorio de Peter. 

4 comentarios:

The Sacred Monster dijo...

pucha que sos buena para el puñal!

ALE dijo...

Se me salieron un par de lágrimas. Qué bien escribís eh! Cada vez que te leo es como si estuviera espacio-temporalmente en los lugares que minuciosamente describís. Me imagino absolutamente todo, hasta el más mínimo detalle. Que grosa que sos Galito. Beso!

Bunny dijo...

Te amo rubia, sos una masa. Capo Peter, me cayó bien. (Por lo que leí)

Margui dijo...

Me encantó.