16 de octubre de 2011

Nueva sección, vida nueva

Es domingo y es temprano para mi. Son como las 12 del mediodía y esto está siendo escrito desde mi cama adoptiva, en mi ciudad adoptiva de los últimos 3 meses, Buenos Aires. 


Me desperté recordando que en estos viajes, yendo y viniendo, estando acá y un poco allá, me he dedicado a escribir mucho sobre un tema que en este blog no estuvo presente nunca y ocupa una parte muy importante de mi persona.


Soy creyente militante de la música. Soy la clase de gente que siente mucha lástima por aquellos que no escuchan música. Para mi son seres muy infelices. A lo mejor no, y me alegro (mentira), pero yo nunca voy a entender a la gente que puede pasar sus días sin escuchar un buen disco, caminar reflexionando por la calle con sus pensamientos y un amigo sonando en los oídos.

Porque sí. La música es un amigo y de los más especiales. Es fiel y siempre tiene las palabras justas, las que uno necesita, tiene las claves para la felicidad y los acordes para la tristeza. La música es la que más te entiende cuando cortaste con tu pareja y necesitas ese compilado de violines, voces lastimosas y guitarras acústicas para acompañar tu sentimiento de querer cortarte las venas. Ni hablar de que las películas no serían ni la mitad de emotivas si no estuvieran colmadas de notas musicales. 


Como uno elige un amigo, uno elige a estos amigos que componen y te cuentan cosas que no sabías o te muestran lados ocultos de historias que ya conocías. Bancas a tu música como bancas a un amigo vomitando quebradísimo en un poste de luz. En el momento lo querés matar por hacerte estar pasando por eso, pero sabes que antes y después hay algo mejor. Como cualquier cosa, en momentos podrá decepcionarte, pero sabes que si antes te gustó por algo, en algún momento podrá volver a sorprenderte. 


Volviendo. En los últimos meses, por H o por B, escribí mucho sobre mis discos preferidos, mis primeros y nostálgicos recitales, mis primeros ídolos del rock, tanto músicos como periodistas y melómanos varios. Recordé un montón de historias que son parte importante de mi. 


Cuando me planteé este blog me propuse no escribir sobre música porque ya hay demasiados (y muy exitosos) espacios sobre eso y yo no puedo ni recomendar un disco porque no sabría nunca qué decir para convencer a otro de que escuche lo que a mi me está volando el mate. No tengo buenos argumentos, para mi un disco o una banda están buenos y ya, no puedo escribirte hojas diciéndote el por qué. 


Pero estos textos, y las historias aún no escritas que he recopilado en los últimos meses son todo menos reseñas musicales. En estos meses conocí a mucha (excelente) gente a la cual le fui contando algunas de estas anécdotas y fueron ellos, para ser más exacta un puñado de menos de 20 personas, los que me hicieron dar cuenta que la música no es solo un montón de discos descargados y debates vía Twitter. Que la música, mi música, es parte de mi vida y, por lo tanto de todas esas historias cotidianas que abundan acá. No es solo mi trabajo y mi pasión periodística, soy yo. 


No me di cuenta que mi música también son Las Pequeñas Cosas de mi vida de todos los días y que, en torno a ella, hay mil historias que merecen ser contadas. 


Es domingo y ahora ya es casi la 1 pm. Ya le conté a todos los que están a mi alrededor, y a los amigos que hice viniendo acá, todas esas historias. Es momento, entonces, que se las cuente a ustedes que merecen leerlas más que cualquier otra persona. 



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