26 de octubre de 2011

La del sapo en la barriga III

para entender de qué estamos hablando se recomienda empezar por acá y seguir por aquí


"Miércoles 19 de octubre: Reunión editor 20 hs."


Tengo esa anotación en mi agenda hace aproximadamente 3 meses. La reunión con el editor de nuestra revista estaba pautada hacía mucho para esa fecha y, como el tipo venía de Capital, nos prometimos con el equipo que no íbamos a faltar ni aunque nuestra madre se estuviera muriendo atragantada con un grisín, como para dar un ejemplo exagerado. Ustedes entienden a que me refiero. Necesitábamos con urgencia esa cita para coordinar detalles de los próximos números y, por sobretodo, saber si estábamos bien orientados y qué correcciones había que hacerle a nuestro trabajo. Además cada uno debía explicar en qué etapa del laburo andaba y aprovechar los consejos del editor para mejorar las cosas. O sea, todo nuestro esfuerzo de meses dependía de ese encuentro. Yo no iba a permitir que el desafío a mi tolerancia con Mariana se tirara por la borda faltando a semejante reunión.


Días antes ya había organizado mi vida en torno a la cita con el editor. Entre Lautaro y yo habíamos mandado mensajes de texto, en código morse, mails, señales de humo y todo lo que fuera necesario para recordarle a nuestros compañeros la reunión. Todos, hasta el momento, habían respondido satisfactoriamente a nuestra insistencia mostrando la misma preocupación y compromiso con la cita. Hasta ahí, todo fenómeno. 


El miércoles al mediodía mi teléfono sonó:


Mariana - Gala, cómo estás? - escuché del otro lado a la estúpida arrastrando las "s". 
Yo - Todo bien. Qué pasa? - respondí ya temiendo lo peor de ese llamado. 


Mariana nunca me llamaba (por suerte) y que se estuviera comunicando conmigo no podía ser una buena señal. 


Mariana - Miráaaaaaaaaaa... - hija de puta, soltalo, conchuda - no puedo ir esta noche... - AHA!!!!!!!!!!!!!!!!!! - ...porque Freddy está con diarrea. 


Frenemos un poquito ahí y me gustaría compartir con ustedes algunos de mis pensamientos en ese momento. Por un segundo en mi mente sonó una música de arpa con unas flautas y apareció una imagen muy linda mía con un acha, una capa negra preciosa de satén, una capucha a tono y Mariana inclinada con la cabeza sobre la báscula esperando que Gala versión verdugo le cortara la cabeza. Un hermoso sueño despierta.
Pero de pronto me di cuenta que debía bajar a la tierra y enfocarme más allá de lo que yo quería y procurar entender de qué carajo me estaba hablando la pelotuda. 


Volvamos:


Yo - QUÉ?


Mariana - Que no puedo ir porque... - interrumpí.


Yo - Sí, la imbecilidad de que no podés ir la escuché pero el porqué...QUÉ COSA? - me alteré y ya prácticamente le estaba gritando sin ningún tipo de culpa. 



Hasta donde yo sé, Mariana tiene un novio muy insulso que aparece en todos los portaretratos de la casa de la chica. El muchacho se llama Andrés así que no podía estar hablando de él. 
Andrés es de la estatura de su novia, tiene el pelo corto negro con rulitos sin vida y usa lentes redondos como los de Harry Potter. En todas las fotos aparece con un jean claro recto y zapatillas de correr. No conozco a Andrés más que en las fotos de Temaiken con Mariana dándole de comer a los monitos. Andrés con un tucan en el hombro sonriendo tontamente a la cámara en un marco rojo con corazones. Mariana y Andrés abrazados a un san bernardo en Bariloche, Mariana y Andrés posando en esos cosos dibujados que uno pone la cabeza y parece que es otra persona pero con dos muñequitos suizos en una chocolatería de San Martín de los Andes. Andrés y Mariana abrazados en un atardecer de Villa Gesell (tan top). Andrés y Mariana con una nena rulienta llena de mocos y torta, Andrés y Mariana disfrazados de cotillón en un casamiento. Andrés y Mariana, Andrés y MarianaAndrésyMarianaAndrésyMarianaAndrésyMarianaAndrésyMarianaAndrésyMarianaAndrésyMarianaAndrésyMarianaAndrésyMarianaAndrésyMarianaAndrésyMariana....


Entonces si Andrés era Andrés...quién carajo era Freddy...


Sigamos:


Mariana - Que Freddy tiene diarrea. 


sinapsis neuronal...haciendo conexión. 


Yo - TU PERRO? - grité.


Mariana - Sí, el perro de mi hermana y mío - tuvo el atrevimiento de corregirme, la muy imbécil. 


Yo - Qué mierda importa de quién es el perro, Mariana. Vos me estás jodiendo? - sí, le estaba gritando y cada vez más alto. 


Paremos de vuelta. Quiero aclarar que tengo dos perros y una gata, que duermo con la gata y que me desvivo por mis animalitos. Que tengo una pitbull llamada Berta y un "streetterrier" llamado Tulio. Que son los más lindos del mundo, que me alegran los días y que daría todo por ellos. Además amo a todos los bichos que existen y si fuera por mi tendría un lote solamente lleno de perros y gatitos que veo por la calle y que merecen un hogar. Para mi un animalito enfermo es un tema importante, pero en este punto me chupaba todo un huevo. 


Yo - Pará! Está grave el perro? O sea, está moribundo? - me sensibilicé. 


Mariana - No, le cambiamos el balanceado y se ve que le cayó mal, pero me quería quedar con él a ver si llevándolo de paseo en lo que resta del día la cosa mejoraba. 


Yo - Repito: El cacho de bestia, ese bodoque que arrastra la panza que tenés de mascota está vivo, respira, camina, arrastra su panza, come, toma agua. Corre la pelotita? No, no corre la pelotita PORQUE ES OBESO! pero está vivo, no cierto? 


Mariana - Sí...


Yo - Bueno te comento que diarrea tiene todo el mundo, Mariana. La gente anda por la vida con diarrea y no por eso suspende una reunión que organizo hace 3 MESES. Si una persona puede laburar con diarrea, vos que no tenés la diarrea podés moverte hasta el bar 2 horas y volver a ver de qué color del arcoíris caga el perro. Me seguís? 


Entiendo que en este punto ustedes pensarán que soy una insensible de mierda, no deben creer nada de lo que les dije anteriormente sobre mis mascotas pero, después de haber corroborado que el animalito estaba fuera de peligro, me tomé el atrevimiento de enojarme un poquito...bueno, enojarme bastante. 


Y seguí hablando. Respiré hondo y me pasé con fuerza la mano por la frente intentando ser solidaria con alguien que no merece ni las migas de las galletitas que ella misma amarruca. 


Yo - Bueno, a ver. Dejáselo a tu hermana al perro si es de las dos, pedile que lo cuide ella. Mariana, vos sabes lo importante que es esta reunión. 


Mariana - Sí, ya sé. Tenés toooooda la razón pero... 


Yo - PERO QUÉ? - sí, otra vez estaba gritando. 


Mariana - Esta semana me toca a mi cuidar a Freddy. 


Otra vez yo dejé de escuchar. Ahora ya no era el verdugo y Mariana andaba por mi imaginación sin cabeza. Ahora la música era más violenta, la de película de terror o podría haber sido la mismísima de Psicosis. En mi sueño yo le estaba enterrando una y otra vez un cuchillo sierrita desafilado a Mariana en el esternón mientras Andrés me miraba agarrándose la cara y gritando como mariquita desde un rincón. 


Volví a la tierra y con esa hermosa imagen mental, intenté seguir el hilo de la conversación. 


Yo - Dejame ver si entiendo...Tu hermana no se va a hacer cargo del perro porque esta semana no le toca - intenté razonar, siempre con la imagen mental de la sangre de Mariana manchando mi cuchillo sierrita desafilado. 


Mariana - Le toca la próxima - otra vez la pelotuda dándome detalles que no me interesaban.


Yo - Claro, claro...claro... - entra chuchillo, salen tripas. - Y si el perro se estuviera muriendo, lo hubiera atropellado un auto y tuvieras que llevarlo al veterinario...tu hermana no iría porque esta semana no le toca? Sería algo así?.


Mariana - Ay! Gala! mirá lo que decís! - dijo preocupada. 


Yo - No Mariana, mirá vos lo que me decís. - respondí ya ni enojada, ni irritada, solamente asombrada de que esta piba todavía me pudiera seguir asombrando.


Hubo un silencio y un dedo, el mío, apretando el botón rojo del celular.  

16 de octubre de 2011

Nueva sección, vida nueva

Es domingo y es temprano para mi. Son como las 12 del mediodía y esto está siendo escrito desde mi cama adoptiva, en mi ciudad adoptiva de los últimos 3 meses, Buenos Aires. 


Me desperté recordando que en estos viajes, yendo y viniendo, estando acá y un poco allá, me he dedicado a escribir mucho sobre un tema que en este blog no estuvo presente nunca y ocupa una parte muy importante de mi persona.


Soy creyente militante de la música. Soy la clase de gente que siente mucha lástima por aquellos que no escuchan música. Para mi son seres muy infelices. A lo mejor no, y me alegro (mentira), pero yo nunca voy a entender a la gente que puede pasar sus días sin escuchar un buen disco, caminar reflexionando por la calle con sus pensamientos y un amigo sonando en los oídos.

Porque sí. La música es un amigo y de los más especiales. Es fiel y siempre tiene las palabras justas, las que uno necesita, tiene las claves para la felicidad y los acordes para la tristeza. La música es la que más te entiende cuando cortaste con tu pareja y necesitas ese compilado de violines, voces lastimosas y guitarras acústicas para acompañar tu sentimiento de querer cortarte las venas. Ni hablar de que las películas no serían ni la mitad de emotivas si no estuvieran colmadas de notas musicales. 


Como uno elige un amigo, uno elige a estos amigos que componen y te cuentan cosas que no sabías o te muestran lados ocultos de historias que ya conocías. Bancas a tu música como bancas a un amigo vomitando quebradísimo en un poste de luz. En el momento lo querés matar por hacerte estar pasando por eso, pero sabes que antes y después hay algo mejor. Como cualquier cosa, en momentos podrá decepcionarte, pero sabes que si antes te gustó por algo, en algún momento podrá volver a sorprenderte. 


Volviendo. En los últimos meses, por H o por B, escribí mucho sobre mis discos preferidos, mis primeros y nostálgicos recitales, mis primeros ídolos del rock, tanto músicos como periodistas y melómanos varios. Recordé un montón de historias que son parte importante de mi. 


Cuando me planteé este blog me propuse no escribir sobre música porque ya hay demasiados (y muy exitosos) espacios sobre eso y yo no puedo ni recomendar un disco porque no sabría nunca qué decir para convencer a otro de que escuche lo que a mi me está volando el mate. No tengo buenos argumentos, para mi un disco o una banda están buenos y ya, no puedo escribirte hojas diciéndote el por qué. 


Pero estos textos, y las historias aún no escritas que he recopilado en los últimos meses son todo menos reseñas musicales. En estos meses conocí a mucha (excelente) gente a la cual le fui contando algunas de estas anécdotas y fueron ellos, para ser más exacta un puñado de menos de 20 personas, los que me hicieron dar cuenta que la música no es solo un montón de discos descargados y debates vía Twitter. Que la música, mi música, es parte de mi vida y, por lo tanto de todas esas historias cotidianas que abundan acá. No es solo mi trabajo y mi pasión periodística, soy yo. 


No me di cuenta que mi música también son Las Pequeñas Cosas de mi vida de todos los días y que, en torno a ella, hay mil historias que merecen ser contadas. 


Es domingo y ahora ya es casi la 1 pm. Ya le conté a todos los que están a mi alrededor, y a los amigos que hice viniendo acá, todas esas historias. Es momento, entonces, que se las cuente a ustedes que merecen leerlas más que cualquier otra persona. 



3 de octubre de 2011

La del sapo en la barriga II

Para comprender esta historia se recomienda (para no decir: se requiere) leer previamente este posteo


Ahora sí, continuemos. 


En los últimos meses que he trabajado con Mariana aprendí lo valioso que es poder intercambiar interminables cadenas de emails sin tener que verle la cara. 
Cada vez que tengo que verla trago saliva, respiro hondo, pienso en el mar, las palmeras y una canción de Wilco que me calme mientras me repito mentalmente "Son solo un par números más...solo unas revistas bimestrales más..." 


Llegué a la conclusión de que tiene una cara de pelotuda importante. Que siempre que le hablo se me queda mirando como si no entendiera nada, con la boca entre abierta y respirando con mucho ruido aunque no esté resfriada. Capaz que respira normal, pero para mi, hasta su respiración es un fastidio. 


Pero todo esto no es un mero capricho o mi personalidad antipática, todo esto lo hizo ella solita. Y si todavía no los convenzo, acá más evidencias de ello: 


Mariana tiene una hermana que vive a pocas cuadras de su casa. Cuando vinieron a vivir a Rosario para estudiar el abuelo les regaló un perro salchicha llamado Freddy. A los pocos años Ariana, la hermana de Mariana, se fue a vivir con su pareja y el perro Freddy se fue con ella. Desde entonces Ariana y Mariana (sí, todo con "ana") comparten la tenencia del perro. Como si fuera un ping pong, el salchicha marrón va y viene de una casa a otra todos los domingos. 


Las veces que fui a trabajar a lo de Mariana, Freddy no estaba allí. Fue lo único que lamenté ya que me encantan los perros y todas las fotos que había del pichicho me tentaban conocerlo. Hace algunos encuentros, obviamente ninguno con comida, Freddy estuvo presente en la casa de Marianita. Otra vez estuve toda la mañana allí diagramando una revista, editando artículos y acomodando fotos. Toda la mañana el perro estuvo acostado arriba de la mesa babeándose sobre el cuaderno de notas de Lautaro. 


Lautaro se distingue por ser un muchacho que no presta mucha atención. Más de una vez vino a los encuentros con medias de distinto color y una vez se confundió a su novia con una vecina y casi le encaja un beso. A Lautaro no le molestó que Freddy le babeara los apuntes. A mi, si no fuera porque hasta la cara de idiota de Mariana me molesta, creo que tampoco me habría afectado, pero Freddy era el salchicha gordo de Mariana y por asociación, el perro ahora también me parecía detestable. 


Freddy tiene el doble de tamaño de un salchicha común y la mesa de Mariana ya es demasiado chica para 5 personas creando una revista, encima con un perro arriba. En ningún momento del encuentro a Mariana se le ocurrió bajarlo de ahí. No solo eso, sino que además lo dejaba que le lamiera la cara cada vez que ella se inclinaba sobre la mesa a tomar notas en un papel. Entre mi bronca, el poco espacio para trabajar y un perro gordo arriba del lugar de trabajo, mi odio se fue incrementando aún más. 




Hoy la reunión fue en mi casa. Pablo trajo las facturas de la panadería Manhattan y, pese a que Gero, Lautaro y yo insistimos hasta el cansancio, Pablo no nos dejó aportarle dinero por los gastos. Mariana? No, ella estaba muy ocupada mandando mensajitos de texto cuando nosotros intentábamos contribuir a la economía de nuestro compañero. Durante la jornada Mariana no comió facturas, nadie le preguntó si era porque no le gustaban o si porque quería seguir conservando su figura para entrar en su pijama de ositos. A mi me importó muy poco, ya que no va aportar nada a la causa, mejor que no coma. 


Ni siquiera me molesté cuando Mariana se levantó de la mesa, se fue hasta el perchero, sacó de su mochila una bolsa de supermercado, volvió, se sentó, abrió la bolsa en su falda, sacó un paquete de galletitas Frutigram de chocolate y comenzó a comer. Tuvo el paquetito toda la mañana entre sus piernas e iba sacando una a una las galletitas sin decir nada. Sacaba una, la comía arriba de la mesa y soplaba las migas. Una tras otra. Cuando no quiso comer más, dobló cuidadosamente el paquete, lo guardó en la bolsita de plástico de La Gallega, se levantó y lo volvió a meter en su bolso. 


Pero no, este no fue el problema principal. Les recuerdo que vengo tratando con ella hace meses y estas conductas ya no me sorprenden....tanto. La novedad, en esta oportunidad, fue que hasta se tomó el atrevimiento de ponerse un paquete de galletas entre los muslos con tal de no ofrecer.  


El problema de esta reunión fue otro. Sucedió cuando mi gata, atraída por el ruido del paquete de galletitas y las miguitas regadas sobre la mesa, se acercó cautelosa como tigre de bengala y fue asomando el hocico para ver si agarraba algo. Durante todo el tiempo que Mariana comió SUS galletitas, mi gata Amanda estuvo arriba de la mesa intentando que la hijaderemilputaamarretademierda (no, no, yo no estaba enojada...todavía) le diera UNA miga de galletita. Yo, comprendiendo que mi animalito podía estar causando molestia, la bajé 1, 2, 50 veces, pero el gato siempre volvía. 


Andá a explicar a un gatito que en frente de ella está la persona más rata del mundo. Andá a explicarle a un gatito que no se tiene que subir a una mesa. Andá!


"Perdón Mari, pero le encantan las cosas dulces", le expliqué la obviedad a la idiota. "Si le pones un pedacito en el suelo, se lo come y se va", agregué a ver si al menos le podía convidar a mi mascota. Me miró con un pedazo de galleta en la boca, miró a Amanda, comió el pedazo de galletita y siguió anotando lo que Gero le dictaba. 


Amanda, que creo que si hubiera podido hablar también habría expresado su odio, me hizo una mirada cómplice y se quedó sentada delante de mi compañera esperando un milagro. Mariana, agarró un lápiz y la empujó suavemente. 


- Te molesta mucho? - pregunté yo con falsa cara de culpa.


- Sí, no me gustan nada los gatos...y menos arriba de la mesa - contestó.


BINGO! (Oh idiota, pisaste mi palito).  


- ¿Ah no? ¡Qué casualidad! A mi no me gustan los perros arriba de la mesa...Lauti, ¿me das otra facturita?.


Y el gato, siguió arriba de la mesa.