3 de agosto de 2011

Daiana

Durante toda la escuela primaria fui a inglés en un instituto después de clases. Yo salía a las 17.30 hs, pasaba por mi casa a merendar y a las 6 ya estaba sentada en el pupitre diciendo "one, two, three". (Sí, iba a la escuela en el turno tarde porque mi vieja siempre dijo que si hubiera existido solo el turno mañana, yo sería analfabeta porque nadie se hubiera levantado a llevarme). Por suerte mi escuela y el instituto quedaban a 2 cuadras de mi casa. Tiempo escaso pero suficiente como para que tirara las cosas de una clase, agarrara las otras, mirara los último 5 minutos de Cebollitas y saliera corriendo para llegar a tiempo a la clase de Miss Helen.

Ahí iba yo, a toda velocidad por los pasillos recién lustrados del instituto, derrapando en las esquinas y entraba jadeando a mi clase, siempre tarde. En silencio y tratando de no mirar al señorita, me sentaba en un banco del rincón, sacaba mi carpeta de fonética y trataba de prestar atención, al menos por 10 o 15 minutos hasta que me quedaba absorta en mis pensamientos o mirando a mis compañeros que sí estaban atentos a la Miss.

Entre ellos estaba Daiana. Daiana era una rubia de cara bien redondita y cachetes pomposos y colorados. Siempre tenía ropa de marca y rulos largos, pero bien definidos, recién lavados y con olor a perfume Mujercitas. Daiana siempre escuchaba la clase y tenía las mejores notas. 

Daiana, para alguien como yo, era completamente detestable. Pero, contradiciendo a mi personalidad, no me caía tan mal. No la odiaba, pese a que ella siempre tenía cartuchera limpia sin pedazos de lapiz adentro y biromes traídas de Disney. Daiana me ayudaba con los ejercicios que no me salían y siempre me estaba sonriendo. 

Daiana iba a la escuela de nenas Los Ángeles, también en el barrio, y vivía a media cuadra de mi casa. A ella el colegio le quedaba más lejos y salía a la misma hora que yo, pero Daiana siempre llegaba puntual a clase, siempre venía con ropa limpia y siempre pero siempre estaba recién bañada. 

Nunca entendí porqué, si yo vivía más cerca de ambos sitios y no usaba uniforme escolar, no tenía tiempo de cambiarme la ropita. Yo me sacaba el guardapolvo, lo dejaba hecho un bollo en el piso, me lavaba las mugrientas manos y me quedaba sin tiempo de nada. Daiana, en cambio, usaba uniforme marrón feo, medias a la rodilla, can-can, zapatos, chomba, campera, pero a la clase de inglés siempre iba vestida con lo último de la temporada de Full Sail. 

Tampoco pude entender jamás cómo es que Daiana encima de cambiarse, merendar y llegar temprano, tenía tiempo de bañarse esa melena llena de, estoy segura, rulos enredados. Yo tenía el pelo muy largo, lacio y marrón pero siempre que tenía que desenredarlo tardaba mucho tiempo y medio tarro de crema de enjuague. 

Muchas veces le pregunté a Daiana cuál era su secreto mientras pegábamos las figuritas del "lion" rugiendo con su plásticola de brillitos. Daiana me miraba con esa sonrisa grande de dientes sin ortodoncia y me decía "ninguno, llego con el tiempo", y volvía a enfocar la mirada en el "tiger". Yo, entonces, me apoyaba sobre el banco, me quedaba mirando sus perfectos rulos rubios definidos detrás de la vincha de florcitas mientras mi "frog" se arrugaba en el papel y mi mechón de pelo negro se me caía sobre la cara y no me dejaba ver. 

Pese a que no odiaba a Daiana, nunca fuimos amigas. Esa era toda nuestra relación. Nunca supe nada de ella, sólo compartíamos esos momentos en que hacíamos los trabajos de clase y después no nos volvíamos ver. 

Mucho tiempo después reflexioné sobre la amplia media hora en la vida de Daiana: "Me mentía la muy conchuda", concluí. 


Hoy volvía a mi casa con media hora para comer un pedazo de tarta vieja que estaba en la heladera y volver a salir para hacer una entrevista. Llegando a mi esquina la vi a Daiana, su pelos rubios de rulos definidos y su sonrisa grande llegando a la puerta de su edificio. 
Media hora más tarde salí de mi casa, corriendo, con el anotador en la mano y levántandome el gorro de lana que se me caía sobre los ojos. Mientras caminaba apurada la vi a Daiana salir de su casa y pasar delante mío sin verme. 

Ahí iba Daiana, con sus largos rulos rubios bien definidos, recién lavados y con olor a shampoo. Caminando como si flotara sobre el pavimento y sonriéndole al mundo con su gran sonrisa que nunca tuvo ortodoncia. Ahí iba Daiana, con un cambio de ropa completo y perfectamente combinada. Ahí iba Daiana, con el tiempo que tanto le sobra, la muy conchuda.