27 de julio de 2011

El cuadrito de hilo

Hace 6 años que visito la casa de Liliana y todavía me sigue llamando la atención el mismo objeto colgado en la pared detrás de la puerta de entrada. 


El pequeño cuadro no es más grande que un hoja de impresora y su marco de madera está pintado de un verde barro. Pero lo que está dentro de las cuatro maderitas verdes no es una pintura, es el bordado del árbol genealógico del Liliana y Norberto.


En los ocho círculos tejidos cuidadosamente en la parte superior están los nombres de los abuelos de la pareja. Debajo de cada nombre (sin apellido) está el lugar de nacimiento, sin fecha. Los de Norberto son de Victoria, los de Liliana, de Rosario. De cada par de abuelos sale un delgado, pero bien ubicado, hilito que conduce a los padres de cada uno. Este árbol no incluye hermanos, tíos, ni primos, directamente va a un sólo punto: Hilos dorados que forman sortijas y la fecha "1984" en el lugar que iría la ciudad de nacimiento si ese círculo fuera una persona. A los lados de la sortija los nombres, en cursiva, de la pareja dueña de casa. Con los mismos hilos generacionales se desprenden las últimos fragmentos de esta familia: Juliana y Lucía, las hijas Norber y Lili. 


Pronto van a hacer 7 años que visito ese departamento y hace 7 años que miro y repaso una y otra vez con la mirada los hilos que Liliana habrá bordado con cuidado en algún momento de su vida de casada. Lili ha tejido, además, millones de cosas que abundan en ese hogar: Desde mantitas para la tetera o la cama de sus hijas, a más bordados que decoran las paredes del departamento. Cuadros con los Jardines de Luxemburgo o el Arco del Triunfo en hilos de algodón. En los 90's seguramente estaba de moda aquellos suplementos temáticos sponsoreados por Utilisima: "En esta edición usted podrá bordar los mejores paisajes de Francia como si fueran un retrato". 


Allá habrá salido Liliana, en 1986 bien embarazada de Juliana, con un vestido de flores, al puesto de diarios, aquel que ya no está porque ahora hay un parquímetro, a comprar "Primeros pasos para bordar" en delicadas letras cursivas. De esos primeros ejemplares saldrían los arlequines que decoran la habitación de las chicas con sus nombres debajo. 


Me inclino aún más sobre el cuadro del árbol genealógico, mi nariz prácticamente roza el vidrio. Las últimas puntadas deben haber sido cuando Lucía, la más pequeña, dormía una siesta veraniega en sus primeros meses de vida. Probablemente vestida con ropita que su mami le habría tejido con otro de los suplementos que el diariero le traía por encargo. Habrá sido ese momento el que Liliana, con su familia armada, decidió tejer ese cuadrito, ese árbolito, esa pequeña obra de algodón, esa obra de vida que ella creó. 


Me pongo en punta de pies para llegar a ver si, en alguno de los rincones del cuadro, puedo ver una firma, una fecha...


"Dale, vamos, se nos hace tarde", me grita Lula mientras agarra la bufanda.


"Eh? Sí sí, vamos", respondo aún sin sacarle los ojos a mi cuadro preferido.


"Otra vez mirando eso? No entiendo qué le ves", replica mi amiga Lula (o Lucía según el árbol) mientras le da un portazo a la puerta de entrada.


"Con semejante golpe de puerta seguramente el cuadrito bordado se torció otra vez", pienso.