15 de junio de 2011

La del sapo en la barriga

Para mi la frase "sentite como en tu casa" rankea en mi top 3 de preferidas. Probablemente es con la cual más me identifico y la que uso casi como si fuera un rezo de religión. Si bien cada vez que una familia la pronuncia, yo tomo posesión de su heladera, la uso más que nunca en mi propio hogar. 


Tengo la costumbre de educar a mis amigos. Cuando han pasado mi prueba de la confianza, están habilitados a escuchar esa frase de mi boca. Y no la digo para generar comodidad en ellos, la digo para que no me pidan nada y se las arreglen para conseguir lo que quieren dentro de mi hogar. Exacto: No soy buena anfitriona y no me interesa serlo, sin embargo me encargo de que mis amigos aprendan donde están los platos, los vasos y el papel higiénico, si no queda más en el baño. Que sepan donde está la comida del gato, ya que estamos, y que botón enciende la calefacción o el aire acondicionado. 
El proceso de educación lleva tiempo y depende, sobretodo, de la cantidad de veces que frecuenten mi hogar. Cuando más seguido lo hagan, más rápido aprenderán a manejarse en él como si lo habitaran.
Sin embargo, antes de que mis amigos "se sientan como en su casa", yo me comporto siguiendo un protocolo. En especial con gente del ámbito laboral o con personas que trato poco y no quiero que sepan que en realidad si fuera por mi, no movería un dedo para atenderlos. 


Así fue como me manejé con Mariana desde el primer día. Mariana está trabajando conmigo para una revista. La conocí hace algunos meses cuando nos reunimos a tratar el contenido y la metodología de trabajo. Uno de los primeros encuentros fue en un bar, un lugar neutro, sin anfitriones. Las siguientes dos reuniones siguieron en mi casa. Eran temprano por la mañana, antes de que cada uno de los integrantes del equipo (unas 5 personas) partieran a sus respectivos trabajos o estudios. Ofrecí mi hogar como sede para diagramar la revista. Es una contradicción ofrecer tu casa si no te gusta atender a la gente, pero como me destaco por ser una persona extremadamente vaga, prefiero que vengan hacía a mi y no que yo tenga que ir hacía ellos. 


Como no había chances de que yo saliera de mi casa a las 7 am para ir a comprar facturas, le propuse a un compañero que él las trajera. Yo esperaba a todos con café recién hecho, mate y un mantelito blanco divino que mi abuela compró en Austria hace como 5 mil años. Lo que me faltaba por un lado, lo compensaba por el otro. ¿no?
Con esa temática de atención se dieron las dos reuniones. Alguien traía la comida y yo esperaba a todos con la calefacción prendida y la tostadora en marcha por si alguien quería la medialuna calentita. 


Para la tercer reunión, Mariana se ofreció como sede. Hasta ese momento ella no había aportado ningún comestible porque siempre alguno de los muchachos se había ofrecido. 
Aquel martes por la mañana hacía un frío importante y a las 8 yo ya estaba en el colectivo camino a casa de la chica ésta. Como hago todo a último momento, no llegué a desayunar. Pero no fue una preocupación para mi, alguno de los chicos llevaría la comida y Mariana seguro tendría el mate listo, tal como nos habíamos manejado hasta entonces. 


Ese día Lautaro y Pablo (los proveedores de alimentos en las primeras reuniones) no podían ir e íbamos a ser solo tres: Mariana, Gero y yo. Llegué a un lindo departamentito de pasillo en Pichincha y Mariana me abrió con el portero eléctrico. 


Marianita, de 24 años, tenía el pijama de ositos puesto y pantuflas peludas. Claramente su pelo no había pasado por un cepillo y Gero aún no había llegado. El pequeño pero calentito dpto estaba limpio y ordenado. Me senté en la silla del comedor y empezamos a charlar sobre lo que nos esperaba. "Andá a cambiarte si querés, yo le abro a Gero si llega a venir", ofrecí. Mariana negó con la cabeza y dijo que "así" estaba bien. Mi compañero se nos unió al poco tiempo y se disculpó por la demora, se había quedado dormido. 
Trabajamos largo rato hablando del contenido, fotos, ubicación de notas, etc, etc, etc. Luego de 2 horas, mi estómago anunció que quería que le depositara nutrientes. Ahí caí en cuenta que Mariana no sólo no había traído el desayuno, sino que ni siquiera nos había ofrecido un vaso de agua. Gero pareció no notar esto pero yo, moría de hambre. 


"Mar, me podrías traer un vasito de agua, por favor?", tiré esperando que la chica cayera en cuenta de su distracción y ofreciera algo más. O al menos le dijera a Gero si él quería tomar algo. Eficientemente Mariana se levantó de la mesa y volvió de la cocina con una botellita de plástico vieja, abollada, claramente re usada, con agua de la canilla dentro. "Vasito", pequeño detalle que se le escapó. Dejé de lado mis caprichitos fifi y tomé de la botellita sin remarcarle su olvido. 


Hasta ahí no veníamos tan mal. Obviemos que me había recibido con la almohada marcada en la cara y que se olvidó de traerme agua en un vaso. Ni hablemos de que, en ningún momento desde las 8 am a las 12 pm, se le ocurrió preguntar si necesitábamos algo. Detalles menores.


El problema llegó cerca de las 11 am cuando, mientras Gero y yo discutíamos sobre como debía estar divido el texto central, Mariana se levantó silenciosamente, se fue a la cocina y volvió con una medialuna dulce en la mano. UNA medialuna dulce en la mano. 
Se sentó, comió primero ambos bordes, se chupó los dedos, acotó sobre la posición de la fotografía en la nota, aportó datos sobre la entrevista, comió el resto de la medialuna, se volvió a chupar los dedos y por último se los limpió en su pantalón de ositos. 


Mientras ella manducaba solita y a mi se me salían los ojos de la cara de la ira, Gero estaba demasiado concentrado midiendo el tamaño de la foto y no se percató de lo que estaba sucediendo. Tampoco sé si hubiera hecho algo al respecto, la realidad es que no nos conocíamos ninguno entre nosotros y él tenía pinta de ser un muchacho tímido. 


Decidí que yo no podía seguir sentada armando un proyecto mientras veía la saliva de Mariana chorrearse por sus dedos así que, con excusas mentirosas como "mirá la hora que se hizo", "me muero de hambre", "me invitaron a almorzar, una amiga prepara la comida", "no me da más la nafta, necesito comer para seguir pensando", di por finalizada la reunión y partí a comer a algún lado donde alguien, aunque me cobrara, me ofreciera al menos un pan duro. 


Próximamente tenemos una nueva reunión. Pienso todos los días en mi venganza para Mariana. He pensado en cosas como comprar 3 ricos alfajores de chocolate, repartirselos  a los chicos y cuando le toque a ella decir "ups! no hay más! Qué cosa che!". También pensé en pagarle con la misma moneda, pero no tendría éxito porque no quiero matar de hambres a los que sí valen la pena. 


Lo más complicado de esta venganza es que mi enemigo es tan infradotado que no va a notar que lo que haga se lo estaré haciendo apropósito.


Qué dilema el mío.  

5 comentarios:

Pura Suerte dijo...

Pero... esta chica Mariana, ¿no lee el blog?

Mica dijo...

ahhhh leesto, no le cabió una! a lo mejor estaba deprimida o le pasó algo, no puede ser tan despistada! la próxima llevá viandita!

Irenita dijo...

Mirá que yo soy mala anfitriona, eh! Pero comer sola, es un poco mucho. De última si no quiero compartir no como yo tampoco :)

Bad Lucy dijo...

Que hdp!!La peorrr la mina!!Hacele la de los alfajores, o de ultima programa una cita solo con ella y hacele la misma!jaja!

Gabriel dijo...

Matala.