16 de marzo de 2011

Una mañana cualquiera.

Era una de esas mañanas que no la venía pegando con nada. Demasiado temprano como para que mis escasas neuronas hicieran sinapsis. Todavía con la almohada marcada en la cara, me calcé unos lentes tan oscuros que, sumado a mi ceguera, no veía un carajo. Pero esa era la idea: No ver y no ser vista para seguir durmiendo por la vida a lo Homero cuando hacía de jurado y se ponía lentes con los ojos abiertos pero en realidad dormía.

Así fue como me planté en mi palier y me dispuse a esperar el ascensor que, en hora pico 7.30 am, tarda una eternidad en venir porque hay muchísimo tráfico en el edificio. El diariero estaría terminando de alcanzar las revistas Gente, Caras y Para Tí. Los diarios siempre los trae tipo 4 y media pero las revistas llegan más tarde y hay días en la semana que tiene que hacer una segunda visita.

También estarían dando vuelta LOS soderos. Va en plural porque hay una guerra campal entre Jesusa y Biarritz. Los que toman soda Biarritz somos los de un bando y los que toman Jesusa están en el otro bando. La soda que tomes te define con quienes te relacionas en el edificio. Con los que toman Jesusa, no te podes codear. Y eso, no se discute. 

Esos son algunos de los que están yendo y viniendo constantemente por los pisos y ocupan un ascensor más además del de servicio. Hay 4 ascensores y sin embargo en la hora pico no dan a basto. Los pibes salen dormidos al colegio y pobrecitos esos que van al colegio cheto del barrio que los nenes tienen que ir en bermudita gris ridícula con las mediecitas a la rodilla. Ellos también ocupan muchos ascensores porque son como 5mil pendejitos y, al igual que yo, todavía no carburan y los llevan a todos tipo zombies. 

Mi ascensor llegó finalmente, adentro venía mi vecino del 17 C. Guillermo es un tipo grandote. Es chef y tiene un restaurant muy importante acá en Rosario. En sus ratos libres se dedica a cantar ópera y todas las noches cuando está regresando de su trabajo viene a los gritos desde algunas cuadras. Creo que la cata de vino lo pone así de alegre. 
Si uno está saliendo o llegando se lo puede reconocer a la distancia de solo escucharlo y ver un tipo gigante, con panza y con el saco de Armani colgado de un hombro mientras zapatea al ritmo de la ópera del día. Guillermo además es fanático de la Divina Comedia y puede recitarte párrafos enteros, tanto en Italiano como en Español. 

Retomando, me encontré entonces en mi primer ascensor de la semana con el Sr. Guillermo quien además siempre, siempre, siempre, está sonriente y de buen humor. Para mi situación de ese momento encontrarme con Guillermo, si bien siempre es un gusto, requería acelerar mis neuronas, ponerme ágil para un aluvión de chistes y sarcasmos y sobre todo disfrutar de 5 minutos con un tipo de lo más divertido de la comunidad del edificio. 
Guillermo notó que yo estaba demasiado dormida y solamente dijo:

"Parece como si recién volvieras de una joda. Como un amigo que yo tenía que llegó una mañana a la casa con la cara llena de rouge y la camisa blanca de la cocaína y la mujer le preguntó "Qué pasó?! De dónde venís?" y él le contestó: "Tuve una pelea con un payaso". 

Así, a las 7 y media am, Guillermo con su simpatía y ese chiste tan apropiado, me despertó, me hizo morir de la risa y alegro mi mañana, mi lunes y mi semana. 

9 de marzo de 2011

Las dos computadoritas

Creo que tenía 12 o 13 años. Había una sola computadora en mi casa y estaba en la oficina de mi mamá, al lado de mi habitación. 
El monitor tenía una parte posterior gigante y el mousse, con decirles que era cuadrado ya se darán una idea. 

Mi vieja trabajaba hasta tarde y yo con suerte podía usarla a las 9 de la noche o tal vez recién después de comer. Entre el último bocado y el postre yo empezaba a mover impaciente la patita debajo de la mesa y a rogar que Silvio terminara su último cigarrillo del día. 

Cuando ya había levantado la mesa, limpiar el mantel y hacer algún comentario sobre mi vida, mi mamá me miraba con cara de aprobación y yo, dejando una estela de humo detrás mío y rajaba a la pc. 
El encendido de la PC tardaba al menos unos 5 minutos. Eso me daba tiempo para sonarme los dedos y armar la mochila de la escuela para el día siguiente. Dejaba todo listo para poder quedarme en la compu hasta el último segundo del día. 

En el escritorio tenía varias conexiones: Keko, Fibertel, una que la publicidad la hacía Pampita. Siempre usaba Keko porque se conectaba "rápido" y se desconectaba "poco". Usuario: Keko. Contraseña: Keko y arrancamos. En ese pequeño rectángulo en el medio de la pantalla se aparecía la imagen de las dos computadoritas unidas por un cable de puntos suspensivos y un cuadradito azul minúsculo que iba y venía de una a otra una y otra vez, al sonido del hermoso ruidito de modem. Yo no sacaba los ojos de encima del cuadrado mientras iba y venía despacito, casi pixeladamente, entre una compu y la otra. El sonido del modem de fondo me iba indicando cuanta suerte tendría esa noche, y yo en mi cerebro le rezaba a todos los santos digitales que se me iban ocurriendo. Si al tercer intento seguía sin conectar, empezaba con promesas falsas como "voy a estudiar matemática todos los días", "voy a dejar de faltar a gimnasia", "le voy a prestar a Julia la remera azul fosforescente", etc, etc, etc.

El paso siguiente, si había conectado, era que la conexión fuera lo suficientemente potente como para soportar abrir el msn. "galiss_89", contraseña: algo sobre mi perro. Y otra vez comenzaba el vicio de la mirada perdida delante del monitor, ahora frente a dos muñequitos gorditos que giraban lentamente uno encima del otro. Si era hora pico y estaba "todo el mundo conectado" se habrían mil ventanitas amarillas parpadeantes y, algunas veces, mi computadora se tildaba logrando que yo comenzara a arrancarme los pelos de la cabeza. Si todo andaba bien, para cuando lograba conectarme, ya habían sucedido unos cuantos chismes y había que ponerse en sintonía.

Peor que no conectarse era desconectarse. Estabas en el medio de una conversación quintuple con tus amigas, en la otra ventanita tenías el nene ese rubiecito que habías conocido en el shopping el fin de semana pasado entre los jueguitos de Sacoa y la película de Scobby Doo, y de golpe se tildaba todo y lo siguiente que veías eran los muñequitos gorditos con una cruz encima y tu mundo social se había venido abajo. PA! mi cabeza se golpeaba contra el teclado y me quería matar. 

Fui conociendo muchas formas de canalizar la bronca frente a las dos computadoritas que se desconectaban. Una amiga tiraba todo lo que tenía cerca contra la pared: La abrochadora, la cartuchera, la ropa, el hamster, el reloj despertardor. Otra golpeaba el monitor intentando hacerlo reaccionar, así fue como sus padres debieron cambiarlo cada 2 años. Una chica mordía cosas mientras esperaba que volviera la conexión, se dice por ahí que la costumbre le quedo y ahora anda mordiendo todo por la vida. Una vez fui a lo de una amiga y tenía un agujero en el placard. A su hermano, la conexión de Arnet se le había caído justo cuando estaba proponiéndole noviazgo a la chica del boliche. Todos reaccionábamos de alguna forma. Yo, después de hacerme mal el pie pateando el cesto de basura de metal y agarrándome los dedos con un cajón de la bronca, decidí que tenía que desarrollar la paciencia, la tolerancia y la tranqulidad. Así es como en la actualidad cuando la computadora falla o Google Chrome se me cierra de golpe y yo tenía 24 pestañas abiertas, respiro hondo, miro el barquito que pasa por el río y empiezo otra vez. 

Hoy tengo mi propia computadora en mi pieza, es negra como la Gala de 13 años hubiera soñado, tengo un monitor de esos chatitos que ya tiene un año pero todavía lo sigo pagando, y hasta tengo una segunda computadora pequeña para moverme por la vida y seguir comunicada. Ya no tengo un nene rubio que me espera en el chat a las 11 de la noche y tampoco hago conversaciones múltiples para charlar chismes pero mi msn, aún al día de hoy, sigue fallando. 

Esta mañana prendí la pc, hice el recorrido digital habitual y cuando llegó el turno de abrir el emesene, no anduvo. No anduvo al primer intento ni al segundo. No anduvo y se quedó así. Seguí mi recorrido habitual mirando mis cuentas de email, mis redes sociales y leyendo el diario. Salteé al messenger como si no existiera, y no me percate en absoluto de su falla. 

Fue en ese momento que la Gala de los 13 años llegó a mi memoria y se enojó conmigo. Ella hubiera estado al borde de las lágrimas si su messenger no se hubiera abierto, y yo, ahora lo miraba con indiferencia, casi con un desinterés completo. Sentí que estaba traicionando a la pequeña puber adolescente que llevo dentro mío y necesité revertir esa situación, al menos para no ofenderla. 

Así que acá me encuentro, puteando falsamente contra un programita que ya no me interesa y que siempre que lo tengo abierto me hago la que no estoy o la que estoy ocupada para no usarlo. 

En honor a aquella que fui, y que tantas noches sufrió por no poder hacerlo andar. 

Para vos Galita de los 13!