22 de diciembre de 2011

Porqué no miro TV



Todo comenzó hace algunos años cuando redujeron la revista del cable a unas escasas y delgadas páginas nulas de información. La que en una época había tenido las 24 hs de programación de cada canal de películas, una grilla alfabética y otra por género, se redujo a una con los horarios del part time y el resto, simplemente, desapareció. Si querías saber qué había el resto del día, o cómo se llamaba esa película con la que te habías enganchado a las 4 am de un miércoles mientras te manducabas un chocolate en plenas vacaciones de julio, jamás volvería a figurar en la revista mensual. 


"Consulte nuestra cartelera digital", promocionaba un cartel en una página entera de autopublicidad donde antes figuraba la cartelera de verdad. La mayoría de las veces la web no funcionaba, o el nombre de la película mediocre de la chica rubia mojada por la lluvia corriendo al muchacho que se alejaba en un Chevy por un campo en Tennesse, no figuraba porque para ese operador de cable a NADIE podía interesarle una película en Space a esas horas. ¿Quién estaría viendo eso? Era solo programación para que la lluvia del corte de transmisión no inundara la pantalla. Solo uno, que acababa de sufrir un desamor, ese film representaba nuestros patéticos sueños adolescentes. "A mi también me dijo que quería que fuéramos viejitos y seguir mirando las estrellas juntos", repetíamos mientras moqueábamos el Aguila frente a la caja boba y tanteábamos la revista del cable en busca de la información pertinente de la película para archivarla con "las cosas para llorar" junto con los discos que escuchábamos en los momentos más depresivos de nuestra dolorosa etapa de granos.
Cuando la oferta fue la revista gordita llena de recetas, entrevistas, moda y regalos para papá en su día, no la compré. 
No me interesaba pagar para leer los secretos de la vida de pareja de Araceli González y mucho menos saber por qué Mariana Fabiani no había tenido hijos con el hijo de Raúl Portal cuando mi grilla de canales seguía siendo escasa.


Está bien. Me cagaron la revistita del cable y me lo aguanté. Como era una odisea enterarme qué estaba viendo si la película no tenía cortes o si no había tirita arriba que dijera en español y portugües la porquería que estaba mirando, dejé de ver películas en la televisión. Además empecé a notar que siempre eran las mismas, que todos los domingos en algún canal (que no fueran los de aire) podía encontrar Locademía de Policía 1- 2 - 3 - 45 y que para las fiestas pasaban la de Schwarzenegger buscando un regalo, el Grinch y un par más que si todavía se usara el VHS ya estaría tan gastado que se habría hecho polvo solo. 


Me dediqué, entonces, a usar mis horas televisivas para ver series. Me obligué a engancharme con algunas solo para tener una excusa de buscar algo en la tv. Así fue como me comí todas las temporadas de The OC sufriendo junto al huérfanito con cara de malo y el hermanastro gil que estaba más bueno que comer pollo con la mano. La miré inclusive cuando ya se empezó a parecer a una novela mexicana de Thalia y lo único que le faltaba era una Soraya gritando "maldita lisiada". La miré porque era "lo único que había" y porque ya que había desperdiciado 20 millones de miércoles de 8 a 9 pm, al menos quería terminar lo que había empezado. 


Un día descubrí que en realidad ver series me aburría muchísimo y que sólo lo hacía porque todos mis amigos miraban alguna. No me enganchaba con ninguna, todas en algún punto me cansaban o notaba que, con tal de estirarlas y hacerlas vivir una temporada más, se volvían repetitivas y con conflictos tan básicos y niveles actorales tan pobres como cualquier mediocridad del prime time de los canales argentinos. Las pocas series que me gustaban y no me parecía que iban decayendo en contenido, me resultaban tediosos los personajes y terminaba necesitando vacaciones de mi "programa preferido". 


Llegó el día en que solo prendía la tv para mirar una y otra vez los capítulos de Los Simpsons, Friends, Seinfeld y a la madrugada engancharme con todos los asesinos que pasaran por la pantalla de Discovery y Universal. Una y otra vez los viejos casos congelados de asesinatos en el siglo XX en tristes y ruteros pueblos de los EE UU. Fui aprendiendo más geografía yanki que cualquier otra porque me conocía los asesinos en serie de cada estado de aquel país. Me dormía con la tv prendida mientras algún detective médico resolvía misterios midiendo la distancia de una gota de sangre en un techo, o tomando la huella de una bota en un charco de barro. 


Fue entonces cuando, además de empobrecer cada vez más el contenido, hacer más flaca la revista y cobrarme más por ver los dientes de la Fabiani en la tapa, me empezaron a cambiar de lugar los canales. Prendía un día la tv y dónde antes estaba FOX ahora tenía ESPN. Corría a la revista, pasaba las delgadas hojas de mala calidad buscando la grilla y recordaba que la última vez que había visto una grilla de canales en la revistita del cable, era el año 95 y todavía figuraba Big Channel. 
Con mucho trabajo memoricé nuevamente los canales que me interesaban o más o menos en qué parte se encontraban los de deportes, los de películas y los de series. Pero a los pocos meses los volvieron a cambiar de lugar y ya me costó (o en realidad cada vez me interesó menos) aprenderlos y terminé solo recordando unos pocos. Los volvieron a cambiar de lugar una tercera vez y harta de todo este ajetreo de zapping, me resigné a buscar mis canales preferidos haciendo click freneticamente hasta llegar al indicado. Parecía el chanchito de Toy Story 2 pasando rápido los canales casi sin ver lo que había en cada uno, mirando fijamente el costado superior derecho en busca del logo conocido. 


Una vez necesité las pilas del control remoto para otra cosa. Sin darme cuenta un día lo encontré tirado en un rincón con una delgada capa de polvo y ese fue el fin. Mi relación con la tv se redujo a un mero acompañante ruidoso mientras cocinaba y comía sola. Ponía el noticiero y lo dejaba para que me amargara las comidas. O en las cenas con mi madre, que hacíamos zapping por películas empezadas, programas de la televisión nacional y algunos documentales historia o turismo.


Terminé de erradicar el tv de mi vida cuando empecé a cocinar, limpiar y cenar sola con música. El problema era contagiar a mi madre con el mismo plan. 


Hace unos días encontré un disco que quería hacerle escuchar a mi vieja. Lo puse mientras salteábamos verduritas al wok y gustó tanto como acompañamiento de preparación que siguió sonando durante la cena y el postre. Al terminarse, pensé que mi vieja me iba a pedir que le alcanzara el control y haría el rutinario zapping. Me sorprendí cuando anunció que se iba acostar y no hizo ningún comentario sobre la ausencia televisiva.
Me quedé sentada sola en la mesa escuchando el track oculto de mi disco y meditando sobre lo que acababa de suceder. Fue entonces cuando ella asomó la cabeza por el pasillo y señalándose con el dedo índice me dijo:



"Qué te parece si mañana el disco para acompañar la cena lo elijo yo?" 




Chau TV, en esta casa ya nadie te necesita. 

2 de diciembre de 2011

El disco de la oscuridad

En general escucho música en todos lados y a toda hora. Tengo discos que me los guardo para bañarme o para que me acompañen antes de salir. También tengo algunos que los prefiero arriba del colectivo a la mañana para despertarme y otros pocos que los uso para caminar por el parque mientras me respiro el aire del río. 


Pero tengo una categoría que es para unos pocos: Los que escucho a oscuras fumando un pucho y no los puedo oír en otro contexto o situación. No son mis preferidos, ni tienen un ritmo especial. Tampoco deben pertenecer a un género específico o responder a un estado de ánimo. Son discos en mi cama con mi cigarro y mi oscuridad. 


Usualmente aparecen solitos, sin que los llame, a esta altura del año. En esta época final del calendario cuando por la ventana entra el fresco veraniego y apoyo los pies descalzos sobre la almohada y dejo que se me enfríen con el vientito que no llega a resfriar. Hay un grillo cantando en alguna parte y es lo único que se escucha entre tema y tema. Esos discos son perfectos para escuchar cuando los autos ya no circulan por la calle y los que están haciendo los asados de fin de año en las casas aledañas ya se fueron a dormir borrachos de nostalgia. 


Son discos nuevos o viejos que se me aparecen un día y desde el primer acorde me doy cuenta que son el indicado para ese momento. Ni siquiera los uso para reflexionar, ni para hacer un balance anual personal en mi consciente. Los escucho porque no me hacen pensar en nada ni me hacen acordar a nadie.


Es justamente por eso que son especiales. Porque sumida en la negra oscuridad, en esa en la que no veo nada, no pienso en nada, solo puedo escuchar y disfrutar de los acordes que se van formando en cada canción. No hay nada para hacer más que escuchar y a lo sumo ver la luz de la calle que se filtra en algún rincón de la habitación.  


Hoy se me apareció uno nuevo para mi colección. Sin saber lo que era, con solo escuchar la guitarra del comienzo, supe que tenía que abrir bien la ventana, buscar el cenicero y golpear un poco la almohada para que adoptara la forma correcta. 


Los discos de la oscuridad son para eso, para escucharlos y no pensar en nada.


Les dejo el mío de hoy. 
Si quieren, pueden probar de hacer el intento y escucharlo en la oscuridad. 
Después me cuentan.


The Civil Wars - Barton Hollow

22 de noviembre de 2011

Los banquitos de madera

- Cuando te mueras me puedo quedar con este teléfono? - Dije medio en broma señalando el viejo cascote negro arriba del escritorio de roble. 


- No, este es de Juan Ignacio - me respondió Peter dándolo vuelta y dejando visible que debajo de él decía escrito en prolijo lápiz las iniciales de Juan. 


- Pero yo lo quería! Que él se busque otra cosa! 


- No, porque Juan Ignacio es mayor que vos y él me lo pidió primero. Elegí otra cosa vos.


- Bueno voy a pensar. Total tengo mucho tiempo. 


Esa conversación fue hace 6 años cuando yo tenía apenas unos 16. Hacía calor, era diciembre y estábamos en el estudio, supongo que, buscando algún sacapuntas para minas finitas. Afuera en el balcón de la casa de Peter se escuchaban los chapuzones y gritos de chicos jugando en la pileta municipal a escasas cuadras. Pero yo estaba vestida y sentada estudiando en departamento de mi tío adoptivo. Como todos los años me había llevado a rendir las materias de la escuela que tenían números, fórmulas y el amigo de mi mamá (y mío), como todos los años, me había metido pupila en su casa para que estudiara en agotadoras jornadas de 8 o 10 horas de culo-silla. 


Esa técnica me fue tan útil que años después, cuando ya no tuve física, matemática y estadística, la seguí aplicando con Saussure, Marx y Foucault. Llegaba la época de finales en la facultad, yo armaba una mochila y me mudaba días a la casa de Peter. 


Durante mis años de secundaria la rutina era algo así: a las 8 am él tocaba estrepitosamente la puerta de su cuarto de huéspedes (y mi cuarto por esos momentos) y yo tenía una hora para asearme, desayunar y tal vez ver las noticias en la tv antes de tener que estar en su escritorio estudiando hasta las 12 del mediodía que tenía permitido parar para dispersarme y cocinar para almorzar juntos cerca de la 1. Luego, entre las 2 pm que terminábamos de comer y las 3 podía dormir, mirar tv o leer. Desde las 3 a las 6 volvía a estudiar, paraba para merendar media hora y seguía hasta las 8 que juntos nos sentábamos en el balcón a corregir mis problemas matemáticos mientras escuchábamos los árboles de la plaza 25 de mayo sacudirse al ritmo del caluroso viento del atardecer veraniego. 


Peter, sentado en un banquito de madera que mi propio padre había hecho para él en su carpintería, apoyaba su whisky y un cenicero de plata en otro banco y disfrutaba del balcón mirando y criticando a los socialistas que habían hecho del monumento a la bandera una menchada con luces de colores. Descalzo, en bermudas y encorvado sobre los barrales escuchaba mis números y resultados y, sin una calculadora de ayuda, sacaba cuentas adivinando los resultados mucho antes de que yo terminara de narrarle el desarrollo del problema matemático. 


Peter era un yanki-argentino, físico graduado en Hardvard que vivió la mitad de su vida allá, otro poco acá y cuando se retiró quiso dedicar el resto de su vida a eso: A ver la copa de los árboles mecerse al ritmo de diciembre, con un whisky y sus pensamientos. Y ahora conmigo taladrándole el cerebro con ejercicios que, para él, eran más fácil que 1+1. 


Mi mamá y yo conocimos a Peter en un asado en Oliveros por el año '95. El tipo ya era canoso, muy alto, con dientes blancos perfectos y una sonrisa muy grande. Cuando se reía, tarea que me adjudique desde la primera vez que lo vi, se ponía rojo como un tomate y su risa contagiaba por el ruido que hacía. Desde ese asado él y yo forjamos una amistad aparte de la que después supo tener con mis viejos. Cuando íbamos a cenar él me prestaba uno de sus lápices - meticulosamente ordenados en el bolsillo de su camisa - y yo dibujaba casas en los manteles de papel. En un bullicio que era el restaurant, él se inclinaba a escucharme y prestaba atención a los detalles del hogar de papel. 


Años después, cuando fui creciendo, Peter me adoptó como su dama de compañía para los conciertos de piano, cuerda y cualquier cosa que se organizara en el Teatro El Círculo. Me llevo a comprar zapatos y ropa adecuada porque decía que yo me vestía como linyera y los sábados por la noche íbamos juntos a disfrutar de conciertos mientras él, en los intervalos, me mostraba orgulloso entre sus amistades como la sobrina que era. Como la hija que nunca tuvo.


Porque Peter era mi tío y con él hacíamos cosas juntos dejando de lado al mundo. A él le gustaba que yo entendiera sus mañas de compulsivo. Era un maniático, detallista y minucioso, un hincha pelotas con todo, basicamente. Detesto confesar que de tantos veranos encerrada en su casa adopté muchas de esas mañas y hoy también soy bastante detallista y compulsiva. Podría escribir párrafos con las ridículas exigencias de Peter. Como cuando le pedía al taxista que apagara la radio con la que se comunicaba a la central solo porque a él le molestaba el ruido. Como comprar 20 tarjetas de colectivo juntas para que nunca le faltaran o el de ordenar los muebles acorde al comienzo o terminación de una ventana. Un día se compró un piano de cola e hizo que lo corrieran de lugar unas 15 veces hasta que quedo perpendicular a las lineas que delimitaban el living del comedor. O como cuando le devolvió a mi padre 4 veces una biblioteca sólo porque el barniz de las uniones no estaba prolijo (entiéndase lo que implicaba bajar y subir 4 veces una biblioteca en un ascensor). Recuerdo haberlo visto en la carpintería de Silvio con una lupa mostrándole a mi poco tolerante padre cómo las vetas de la madera no coincidían en todos los cajones. 


Hace poco más de un mes entré a ese estudio por última vez. El balcón desde el cual se veía todo el río, el monumento y se escuchaban los chapoteos de la pileta municipal tenía la persiana baja y no se escuchaba nada, como si esa vida de la calle afuera se hubiera apagado a la par de la que faltaba adentro del departamento. Ese estudio meticulosamente ordenado que siempre había estado iluminado durante todo el día ahora estaba oscuro y él, sentado en su banquito mirando la plaza, era la ausencia más notable. 


Caminé deslizando mis dedos por el escritorio y topándome con cada uno de los útiles que él dejó allí. La abrochadora, los posavasos, el velador, una foto nuestra en mi graduación de la secundaria, los lápices. Fue ahí que vi en un rincón de la habitación, tal como él los dejó, los dos banquitos de madera que mi viejo le hizo para que él disfrutara su jubilación en el balcón. 


Detrás mío estaba el teléfono negro viejo que ahora ya pertenecía a Juan Ignacio y me escuché 6 años atrás diciendo: "total, tengo mucho tiempo". 


Pero Peter me cagó. Me cagó como siempre que yo le traía un problema de matemática y le decía "es de esos que no tiene solución" y él sacaba su lápiz del bolsillo de la camisa, garabateaba unos números, me criticaba el 5 porque parecía una "S" y obtenía un resultado sin comas ni fracciones. Me cagó porque 6 años no son suficientes para elegir con qué pertenencia quedarte de alguien que no querés que se vaya nunca. 


Algunos días más tarde volví a la casa de Peter en busca de lo que me pertenecía: Mis dos banquitos de madera. Los banquitos que MI viejo había hecho para él. Esos dos bloques de madera cuadrado en los que Peter y yo pasábamos nuestro tiempo charlando y respirando el olor a río. 
En la puerta de su casa me esperaba la hermana de Peter con mis mueblecitos,  el portaretratos con nuestra foto (la única que había en ese estudio, en ese lugar tan nuestro) y una hoja de papel enrollada. 


Ahora, atrás mio, están mis dos banquitos de madera. En mi living está nuestra foto y delante mío está el papel. Un viejo, arrugado y manchado de aceite papel que antes fue un mantel de restaurant que reza en una delicada e infantil caligrafía:


"Para mi tío Peter una casita con muchas bibliotecas para tus libros.
Gali.
15/05/97". 










epígrafe: 
El escritorio de Peter. 

26 de octubre de 2011

La del sapo en la barriga III

para entender de qué estamos hablando se recomienda empezar por acá y seguir por aquí


"Miércoles 19 de octubre: Reunión editor 20 hs."


Tengo esa anotación en mi agenda hace aproximadamente 3 meses. La reunión con el editor de nuestra revista estaba pautada hacía mucho para esa fecha y, como el tipo venía de Capital, nos prometimos con el equipo que no íbamos a faltar ni aunque nuestra madre se estuviera muriendo atragantada con un grisín, como para dar un ejemplo exagerado. Ustedes entienden a que me refiero. Necesitábamos con urgencia esa cita para coordinar detalles de los próximos números y, por sobretodo, saber si estábamos bien orientados y qué correcciones había que hacerle a nuestro trabajo. Además cada uno debía explicar en qué etapa del laburo andaba y aprovechar los consejos del editor para mejorar las cosas. O sea, todo nuestro esfuerzo de meses dependía de ese encuentro. Yo no iba a permitir que el desafío a mi tolerancia con Mariana se tirara por la borda faltando a semejante reunión.


Días antes ya había organizado mi vida en torno a la cita con el editor. Entre Lautaro y yo habíamos mandado mensajes de texto, en código morse, mails, señales de humo y todo lo que fuera necesario para recordarle a nuestros compañeros la reunión. Todos, hasta el momento, habían respondido satisfactoriamente a nuestra insistencia mostrando la misma preocupación y compromiso con la cita. Hasta ahí, todo fenómeno. 


El miércoles al mediodía mi teléfono sonó:


Mariana - Gala, cómo estás? - escuché del otro lado a la estúpida arrastrando las "s". 
Yo - Todo bien. Qué pasa? - respondí ya temiendo lo peor de ese llamado. 


Mariana nunca me llamaba (por suerte) y que se estuviera comunicando conmigo no podía ser una buena señal. 


Mariana - Miráaaaaaaaaaa... - hija de puta, soltalo, conchuda - no puedo ir esta noche... - AHA!!!!!!!!!!!!!!!!!! - ...porque Freddy está con diarrea. 


Frenemos un poquito ahí y me gustaría compartir con ustedes algunos de mis pensamientos en ese momento. Por un segundo en mi mente sonó una música de arpa con unas flautas y apareció una imagen muy linda mía con un acha, una capa negra preciosa de satén, una capucha a tono y Mariana inclinada con la cabeza sobre la báscula esperando que Gala versión verdugo le cortara la cabeza. Un hermoso sueño despierta.
Pero de pronto me di cuenta que debía bajar a la tierra y enfocarme más allá de lo que yo quería y procurar entender de qué carajo me estaba hablando la pelotuda. 


Volvamos:


Yo - QUÉ?


Mariana - Que no puedo ir porque... - interrumpí.


Yo - Sí, la imbecilidad de que no podés ir la escuché pero el porqué...QUÉ COSA? - me alteré y ya prácticamente le estaba gritando sin ningún tipo de culpa. 



Hasta donde yo sé, Mariana tiene un novio muy insulso que aparece en todos los portaretratos de la casa de la chica. El muchacho se llama Andrés así que no podía estar hablando de él. 
Andrés es de la estatura de su novia, tiene el pelo corto negro con rulitos sin vida y usa lentes redondos como los de Harry Potter. En todas las fotos aparece con un jean claro recto y zapatillas de correr. No conozco a Andrés más que en las fotos de Temaiken con Mariana dándole de comer a los monitos. Andrés con un tucan en el hombro sonriendo tontamente a la cámara en un marco rojo con corazones. Mariana y Andrés abrazados a un san bernardo en Bariloche, Mariana y Andrés posando en esos cosos dibujados que uno pone la cabeza y parece que es otra persona pero con dos muñequitos suizos en una chocolatería de San Martín de los Andes. Andrés y Mariana abrazados en un atardecer de Villa Gesell (tan top). Andrés y Mariana con una nena rulienta llena de mocos y torta, Andrés y Mariana disfrazados de cotillón en un casamiento. Andrés y Mariana, Andrés y MarianaAndrésyMarianaAndrésyMarianaAndrésyMarianaAndrésyMarianaAndrésyMarianaAndrésyMarianaAndrésyMarianaAndrésyMarianaAndrésyMarianaAndrésyMariana....


Entonces si Andrés era Andrés...quién carajo era Freddy...


Sigamos:


Mariana - Que Freddy tiene diarrea. 


sinapsis neuronal...haciendo conexión. 


Yo - TU PERRO? - grité.


Mariana - Sí, el perro de mi hermana y mío - tuvo el atrevimiento de corregirme, la muy imbécil. 


Yo - Qué mierda importa de quién es el perro, Mariana. Vos me estás jodiendo? - sí, le estaba gritando y cada vez más alto. 


Paremos de vuelta. Quiero aclarar que tengo dos perros y una gata, que duermo con la gata y que me desvivo por mis animalitos. Que tengo una pitbull llamada Berta y un "streetterrier" llamado Tulio. Que son los más lindos del mundo, que me alegran los días y que daría todo por ellos. Además amo a todos los bichos que existen y si fuera por mi tendría un lote solamente lleno de perros y gatitos que veo por la calle y que merecen un hogar. Para mi un animalito enfermo es un tema importante, pero en este punto me chupaba todo un huevo. 


Yo - Pará! Está grave el perro? O sea, está moribundo? - me sensibilicé. 


Mariana - No, le cambiamos el balanceado y se ve que le cayó mal, pero me quería quedar con él a ver si llevándolo de paseo en lo que resta del día la cosa mejoraba. 


Yo - Repito: El cacho de bestia, ese bodoque que arrastra la panza que tenés de mascota está vivo, respira, camina, arrastra su panza, come, toma agua. Corre la pelotita? No, no corre la pelotita PORQUE ES OBESO! pero está vivo, no cierto? 


Mariana - Sí...


Yo - Bueno te comento que diarrea tiene todo el mundo, Mariana. La gente anda por la vida con diarrea y no por eso suspende una reunión que organizo hace 3 MESES. Si una persona puede laburar con diarrea, vos que no tenés la diarrea podés moverte hasta el bar 2 horas y volver a ver de qué color del arcoíris caga el perro. Me seguís? 


Entiendo que en este punto ustedes pensarán que soy una insensible de mierda, no deben creer nada de lo que les dije anteriormente sobre mis mascotas pero, después de haber corroborado que el animalito estaba fuera de peligro, me tomé el atrevimiento de enojarme un poquito...bueno, enojarme bastante. 


Y seguí hablando. Respiré hondo y me pasé con fuerza la mano por la frente intentando ser solidaria con alguien que no merece ni las migas de las galletitas que ella misma amarruca. 


Yo - Bueno, a ver. Dejáselo a tu hermana al perro si es de las dos, pedile que lo cuide ella. Mariana, vos sabes lo importante que es esta reunión. 


Mariana - Sí, ya sé. Tenés toooooda la razón pero... 


Yo - PERO QUÉ? - sí, otra vez estaba gritando. 


Mariana - Esta semana me toca a mi cuidar a Freddy. 


Otra vez yo dejé de escuchar. Ahora ya no era el verdugo y Mariana andaba por mi imaginación sin cabeza. Ahora la música era más violenta, la de película de terror o podría haber sido la mismísima de Psicosis. En mi sueño yo le estaba enterrando una y otra vez un cuchillo sierrita desafilado a Mariana en el esternón mientras Andrés me miraba agarrándose la cara y gritando como mariquita desde un rincón. 


Volví a la tierra y con esa hermosa imagen mental, intenté seguir el hilo de la conversación. 


Yo - Dejame ver si entiendo...Tu hermana no se va a hacer cargo del perro porque esta semana no le toca - intenté razonar, siempre con la imagen mental de la sangre de Mariana manchando mi cuchillo sierrita desafilado. 


Mariana - Le toca la próxima - otra vez la pelotuda dándome detalles que no me interesaban.


Yo - Claro, claro...claro... - entra chuchillo, salen tripas. - Y si el perro se estuviera muriendo, lo hubiera atropellado un auto y tuvieras que llevarlo al veterinario...tu hermana no iría porque esta semana no le toca? Sería algo así?.


Mariana - Ay! Gala! mirá lo que decís! - dijo preocupada. 


Yo - No Mariana, mirá vos lo que me decís. - respondí ya ni enojada, ni irritada, solamente asombrada de que esta piba todavía me pudiera seguir asombrando.


Hubo un silencio y un dedo, el mío, apretando el botón rojo del celular.  

16 de octubre de 2011

Nueva sección, vida nueva

Es domingo y es temprano para mi. Son como las 12 del mediodía y esto está siendo escrito desde mi cama adoptiva, en mi ciudad adoptiva de los últimos 3 meses, Buenos Aires. 


Me desperté recordando que en estos viajes, yendo y viniendo, estando acá y un poco allá, me he dedicado a escribir mucho sobre un tema que en este blog no estuvo presente nunca y ocupa una parte muy importante de mi persona.


Soy creyente militante de la música. Soy la clase de gente que siente mucha lástima por aquellos que no escuchan música. Para mi son seres muy infelices. A lo mejor no, y me alegro (mentira), pero yo nunca voy a entender a la gente que puede pasar sus días sin escuchar un buen disco, caminar reflexionando por la calle con sus pensamientos y un amigo sonando en los oídos.

Porque sí. La música es un amigo y de los más especiales. Es fiel y siempre tiene las palabras justas, las que uno necesita, tiene las claves para la felicidad y los acordes para la tristeza. La música es la que más te entiende cuando cortaste con tu pareja y necesitas ese compilado de violines, voces lastimosas y guitarras acústicas para acompañar tu sentimiento de querer cortarte las venas. Ni hablar de que las películas no serían ni la mitad de emotivas si no estuvieran colmadas de notas musicales. 


Como uno elige un amigo, uno elige a estos amigos que componen y te cuentan cosas que no sabías o te muestran lados ocultos de historias que ya conocías. Bancas a tu música como bancas a un amigo vomitando quebradísimo en un poste de luz. En el momento lo querés matar por hacerte estar pasando por eso, pero sabes que antes y después hay algo mejor. Como cualquier cosa, en momentos podrá decepcionarte, pero sabes que si antes te gustó por algo, en algún momento podrá volver a sorprenderte. 


Volviendo. En los últimos meses, por H o por B, escribí mucho sobre mis discos preferidos, mis primeros y nostálgicos recitales, mis primeros ídolos del rock, tanto músicos como periodistas y melómanos varios. Recordé un montón de historias que son parte importante de mi. 


Cuando me planteé este blog me propuse no escribir sobre música porque ya hay demasiados (y muy exitosos) espacios sobre eso y yo no puedo ni recomendar un disco porque no sabría nunca qué decir para convencer a otro de que escuche lo que a mi me está volando el mate. No tengo buenos argumentos, para mi un disco o una banda están buenos y ya, no puedo escribirte hojas diciéndote el por qué. 


Pero estos textos, y las historias aún no escritas que he recopilado en los últimos meses son todo menos reseñas musicales. En estos meses conocí a mucha (excelente) gente a la cual le fui contando algunas de estas anécdotas y fueron ellos, para ser más exacta un puñado de menos de 20 personas, los que me hicieron dar cuenta que la música no es solo un montón de discos descargados y debates vía Twitter. Que la música, mi música, es parte de mi vida y, por lo tanto de todas esas historias cotidianas que abundan acá. No es solo mi trabajo y mi pasión periodística, soy yo. 


No me di cuenta que mi música también son Las Pequeñas Cosas de mi vida de todos los días y que, en torno a ella, hay mil historias que merecen ser contadas. 


Es domingo y ahora ya es casi la 1 pm. Ya le conté a todos los que están a mi alrededor, y a los amigos que hice viniendo acá, todas esas historias. Es momento, entonces, que se las cuente a ustedes que merecen leerlas más que cualquier otra persona. 



3 de octubre de 2011

La del sapo en la barriga II

Para comprender esta historia se recomienda (para no decir: se requiere) leer previamente este posteo


Ahora sí, continuemos. 


En los últimos meses que he trabajado con Mariana aprendí lo valioso que es poder intercambiar interminables cadenas de emails sin tener que verle la cara. 
Cada vez que tengo que verla trago saliva, respiro hondo, pienso en el mar, las palmeras y una canción de Wilco que me calme mientras me repito mentalmente "Son solo un par números más...solo unas revistas bimestrales más..." 


Llegué a la conclusión de que tiene una cara de pelotuda importante. Que siempre que le hablo se me queda mirando como si no entendiera nada, con la boca entre abierta y respirando con mucho ruido aunque no esté resfriada. Capaz que respira normal, pero para mi, hasta su respiración es un fastidio. 


Pero todo esto no es un mero capricho o mi personalidad antipática, todo esto lo hizo ella solita. Y si todavía no los convenzo, acá más evidencias de ello: 


Mariana tiene una hermana que vive a pocas cuadras de su casa. Cuando vinieron a vivir a Rosario para estudiar el abuelo les regaló un perro salchicha llamado Freddy. A los pocos años Ariana, la hermana de Mariana, se fue a vivir con su pareja y el perro Freddy se fue con ella. Desde entonces Ariana y Mariana (sí, todo con "ana") comparten la tenencia del perro. Como si fuera un ping pong, el salchicha marrón va y viene de una casa a otra todos los domingos. 


Las veces que fui a trabajar a lo de Mariana, Freddy no estaba allí. Fue lo único que lamenté ya que me encantan los perros y todas las fotos que había del pichicho me tentaban conocerlo. Hace algunos encuentros, obviamente ninguno con comida, Freddy estuvo presente en la casa de Marianita. Otra vez estuve toda la mañana allí diagramando una revista, editando artículos y acomodando fotos. Toda la mañana el perro estuvo acostado arriba de la mesa babeándose sobre el cuaderno de notas de Lautaro. 


Lautaro se distingue por ser un muchacho que no presta mucha atención. Más de una vez vino a los encuentros con medias de distinto color y una vez se confundió a su novia con una vecina y casi le encaja un beso. A Lautaro no le molestó que Freddy le babeara los apuntes. A mi, si no fuera porque hasta la cara de idiota de Mariana me molesta, creo que tampoco me habría afectado, pero Freddy era el salchicha gordo de Mariana y por asociación, el perro ahora también me parecía detestable. 


Freddy tiene el doble de tamaño de un salchicha común y la mesa de Mariana ya es demasiado chica para 5 personas creando una revista, encima con un perro arriba. En ningún momento del encuentro a Mariana se le ocurrió bajarlo de ahí. No solo eso, sino que además lo dejaba que le lamiera la cara cada vez que ella se inclinaba sobre la mesa a tomar notas en un papel. Entre mi bronca, el poco espacio para trabajar y un perro gordo arriba del lugar de trabajo, mi odio se fue incrementando aún más. 




Hoy la reunión fue en mi casa. Pablo trajo las facturas de la panadería Manhattan y, pese a que Gero, Lautaro y yo insistimos hasta el cansancio, Pablo no nos dejó aportarle dinero por los gastos. Mariana? No, ella estaba muy ocupada mandando mensajitos de texto cuando nosotros intentábamos contribuir a la economía de nuestro compañero. Durante la jornada Mariana no comió facturas, nadie le preguntó si era porque no le gustaban o si porque quería seguir conservando su figura para entrar en su pijama de ositos. A mi me importó muy poco, ya que no va aportar nada a la causa, mejor que no coma. 


Ni siquiera me molesté cuando Mariana se levantó de la mesa, se fue hasta el perchero, sacó de su mochila una bolsa de supermercado, volvió, se sentó, abrió la bolsa en su falda, sacó un paquete de galletitas Frutigram de chocolate y comenzó a comer. Tuvo el paquetito toda la mañana entre sus piernas e iba sacando una a una las galletitas sin decir nada. Sacaba una, la comía arriba de la mesa y soplaba las migas. Una tras otra. Cuando no quiso comer más, dobló cuidadosamente el paquete, lo guardó en la bolsita de plástico de La Gallega, se levantó y lo volvió a meter en su bolso. 


Pero no, este no fue el problema principal. Les recuerdo que vengo tratando con ella hace meses y estas conductas ya no me sorprenden....tanto. La novedad, en esta oportunidad, fue que hasta se tomó el atrevimiento de ponerse un paquete de galletas entre los muslos con tal de no ofrecer.  


El problema de esta reunión fue otro. Sucedió cuando mi gata, atraída por el ruido del paquete de galletitas y las miguitas regadas sobre la mesa, se acercó cautelosa como tigre de bengala y fue asomando el hocico para ver si agarraba algo. Durante todo el tiempo que Mariana comió SUS galletitas, mi gata Amanda estuvo arriba de la mesa intentando que la hijaderemilputaamarretademierda (no, no, yo no estaba enojada...todavía) le diera UNA miga de galletita. Yo, comprendiendo que mi animalito podía estar causando molestia, la bajé 1, 2, 50 veces, pero el gato siempre volvía. 


Andá a explicar a un gatito que en frente de ella está la persona más rata del mundo. Andá a explicarle a un gatito que no se tiene que subir a una mesa. Andá!


"Perdón Mari, pero le encantan las cosas dulces", le expliqué la obviedad a la idiota. "Si le pones un pedacito en el suelo, se lo come y se va", agregué a ver si al menos le podía convidar a mi mascota. Me miró con un pedazo de galleta en la boca, miró a Amanda, comió el pedazo de galletita y siguió anotando lo que Gero le dictaba. 


Amanda, que creo que si hubiera podido hablar también habría expresado su odio, me hizo una mirada cómplice y se quedó sentada delante de mi compañera esperando un milagro. Mariana, agarró un lápiz y la empujó suavemente. 


- Te molesta mucho? - pregunté yo con falsa cara de culpa.


- Sí, no me gustan nada los gatos...y menos arriba de la mesa - contestó.


BINGO! (Oh idiota, pisaste mi palito).  


- ¿Ah no? ¡Qué casualidad! A mi no me gustan los perros arriba de la mesa...Lauti, ¿me das otra facturita?.


Y el gato, siguió arriba de la mesa. 

6 de septiembre de 2011

Alai

Hace 3 años prendí la tv y vi esta publicidad.

Después de ver la propaganda algunas veces el tema ya se me había pegado, pero sólo sabía un escaso fragmento de 60 segundos. La banda que cantaba ese tema había ganado dicho certamen y el spot tenía como finalidad contar el resultado. Entre las imágenes se veía a una chica con el pelo atado en dos colitas que tocaba la batería y cantaba con muchas fuerzas, pero datos sobre la canción, ninguno.


Busqué hasta el cansancio en internet sin resultados. En la web del concurso estaba la misma publicidad, decía el nombre de la banda, pero la canción entera, en ninguna parte. 


Hace 3 años viajé, como casi siempre hago, a algún show en Buenos Aires. En uno de los recitales que fui a ver ese 2008 me perdí de mi grupo de amigos y vi la banda sola. Cerca mío había un muchacho que no cabeceaba buscando sus amistades entre un millón de puntitos en un estadio, él había ido solo. Nos pusimos a charlar y nos pasamos un mail de contacto para volver a poguear juntos cuando diera la ocasión. 


Diego y yo nos hicimos muy cyber amigos. Chateábamos seguido y nos pasábamos grupos. Para mi él era un amigo más en mi lista del msn, una ventanita naranja titilamente entre muchas. Me caía bien, me divertía, pero siempre tuve presente que era la emoción pasajera de un nuevo amigo y que con el tiempo dejaríamos de estar en contacto.


"En qué andás, pendeja", me dijo una tarde de noviembre. Le conté que estaba como loca buscando aquella canción con tanta fuerza, con esa energía, y que lo único que tenía registrado eran trompetas y unas palabras sueltas: "calor, sabor, olor". Le dije que los únicos datos que había logrado juntar eran los de la propaganda que MTV repetía 20 veces al día. Le dije que, con muchísimo esfuerzo, me había puesto en contacto con la dulce voz que cantaba, también llamada Mumi, y que ella me había dicho que lo que yo escuchaba en la propaganda era una pre mezcla de la canción final que saldría en el disco. Pero el álbum aún no estaba terminado porque era el premio de dicho certamen.


"Vas a tener que esperar a que salga el disco, amiga", me había escrito Mumi en un mensaje privado de YouTube luego de contactarla por medio de un usuario llamado "zapallorevuelto" que había comentado en el video de la publicidad, respondiendo a otro fanático desesperado. 


Diego no dijo nada por un rato. Escribía y borraba frases. Después de minutos eternos puso: "Mumi es mi hermana". 


No podía ser. En esa puta ciudad llamada Buenos Aires había más de 4 millones de habitantes, no existía la posibilidad de que YO me hubiera hecho JUSTO amiga del HERMANO de la mina que me tenía cantando su canción hacía semanas. Era imposible que la canción que, al día de hoy me pone la piel de gallina cuando la escucho, hubiera sido hecha por la hermana de un loco que conocí pidiéndole que me sostuviera mientras me ataba las convers en el medio de un tema quilombero en un recital de Millencolin. 


"Andá a cagar, boludo. En serio te digo, me encanta el tema, sino me vas ayudar al menos no me hagas jodas". Diego se destacaba por hacerme esos chistes y yo me destacaba por comerme todas sus giladas. Además siempre he sido una persona muy escéptica con el tema de las coincidencias y a mi nadie iba a hacerme cambiar de idea. Esas cosas no suceden, las casualidades no existen, el azar de la vida conmigo no iba a poder, no me iba a conquistar.


Finalmente Diego empezó a contarme el desarrollo de todo el concurso, del sufrimiento de las etapas y de la alegría hasta las lágrimas cuando el grupo de su hermana se convirtió en ganador. Yo, aún desconfiada, le pedí que me pusiera en contacto con Mumi. Si ella lo corroboraba, yo cambiaba mi religión con respecto a la casualidades. 


"Sí Gala, soy la hermana de Diego", recibí a las pocas horas en un correo electrónico. 


La anécdota de Diego, "calor, sabor, olor", la publicidad, Mumi y yo, dominó el momento y nunca más busqué la canción. Me resigné a esperar la salida del disco. Empecé poco a poco a incorporar a mi vocabulario la frase "mirá che, qué casualidad" y a sospechar que tal vez, a lo mejor, estaba frente a una de esas "cosas de la vida" y que Diego no sería una simple ventanita titilante.


Me veo con Diego una o dos veces al año cuando él se hace un tiempo para venir a visitarme a Rosario o cuando yo viajo allá a hacer mis cosas. Ya sea para ir a recitales juntos o para comer, la cita es obligatoria.


Pero de la canción nunca volvimos a hablar. 


El jueves pasado viajé a Buenos Aires y entre mi ocupada agenda laboral y estudiantil, me hice un espacio para salir a cenar con mi amigo. Cuando me pasó a buscar y me subí al auto, Diego me entregó un sobre. 


"Tomá, pasaron algunos años, pero acá está", y me entregó el disco, con la canción de la publicidad de Motorola. MI canción. 


Cenamos, hablamos hasta por los codos, nos pusimos al día de nuestras alegrías y nuestra pálidas, disfrutamos, como siempre, de los pocos momentos que tenemos cuando nos reunimos. Pero de la canción no volvimos a hablar. 


Volví de Capital y encontré entre todas las reliquias que recopilé en el fin de semana el disco. Lo miré con cariño y lo puse en el reproductor:




"Uh Uh Ah Ah, calor, sabor, olor". 


20 segundos necesité para recordar que ese tema era mucho más que un capricho oxidado. Con esa canción mis estúpidos preceptos sobre las casualidades se habían venido abajo. Con esas tres palabritas, la chica de colitas y las trompetitas, yo había descubierto que la ventanita titilante llamada Diego, tenía detrás uno de mis amigos más queridos. Un amigo que nunca hubiera llegado a ser lo que es hoy sino fuera porque el día que él me dijo "Mumi es mi hermana", yo repensé las cosas y analicé que tal vez, a lo mejor, quizás, ESA casualidad era importante y que tenía que seguirla y ver a dónde iba. 


Me sentí avergonzada por haberme olvidado de mi tema tantos años y no estar todo este tiempo agradecido con él por ser el motivo de una gran amistad que en octubre cumple 3 años de solidez pese a la distancia. 


Decidí entonces homenajear a Avalancha de la banda Alai porque gracias a ella no solo tengo un querido amigo, sino que tengo un mundo de casualidades. 



3 de agosto de 2011

Daiana

Durante toda la escuela primaria fui a inglés en un instituto después de clases. Yo salía a las 17.30 hs, pasaba por mi casa a merendar y a las 6 ya estaba sentada en el pupitre diciendo "one, two, three". (Sí, iba a la escuela en el turno tarde porque mi vieja siempre dijo que si hubiera existido solo el turno mañana, yo sería analfabeta porque nadie se hubiera levantado a llevarme). Por suerte mi escuela y el instituto quedaban a 2 cuadras de mi casa. Tiempo escaso pero suficiente como para que tirara las cosas de una clase, agarrara las otras, mirara los último 5 minutos de Cebollitas y saliera corriendo para llegar a tiempo a la clase de Miss Helen.

Ahí iba yo, a toda velocidad por los pasillos recién lustrados del instituto, derrapando en las esquinas y entraba jadeando a mi clase, siempre tarde. En silencio y tratando de no mirar al señorita, me sentaba en un banco del rincón, sacaba mi carpeta de fonética y trataba de prestar atención, al menos por 10 o 15 minutos hasta que me quedaba absorta en mis pensamientos o mirando a mis compañeros que sí estaban atentos a la Miss.

Entre ellos estaba Daiana. Daiana era una rubia de cara bien redondita y cachetes pomposos y colorados. Siempre tenía ropa de marca y rulos largos, pero bien definidos, recién lavados y con olor a perfume Mujercitas. Daiana siempre escuchaba la clase y tenía las mejores notas. 

Daiana, para alguien como yo, era completamente detestable. Pero, contradiciendo a mi personalidad, no me caía tan mal. No la odiaba, pese a que ella siempre tenía cartuchera limpia sin pedazos de lapiz adentro y biromes traídas de Disney. Daiana me ayudaba con los ejercicios que no me salían y siempre me estaba sonriendo. 

Daiana iba a la escuela de nenas Los Ángeles, también en el barrio, y vivía a media cuadra de mi casa. A ella el colegio le quedaba más lejos y salía a la misma hora que yo, pero Daiana siempre llegaba puntual a clase, siempre venía con ropa limpia y siempre pero siempre estaba recién bañada. 

Nunca entendí porqué, si yo vivía más cerca de ambos sitios y no usaba uniforme escolar, no tenía tiempo de cambiarme la ropita. Yo me sacaba el guardapolvo, lo dejaba hecho un bollo en el piso, me lavaba las mugrientas manos y me quedaba sin tiempo de nada. Daiana, en cambio, usaba uniforme marrón feo, medias a la rodilla, can-can, zapatos, chomba, campera, pero a la clase de inglés siempre iba vestida con lo último de la temporada de Full Sail. 

Tampoco pude entender jamás cómo es que Daiana encima de cambiarse, merendar y llegar temprano, tenía tiempo de bañarse esa melena llena de, estoy segura, rulos enredados. Yo tenía el pelo muy largo, lacio y marrón pero siempre que tenía que desenredarlo tardaba mucho tiempo y medio tarro de crema de enjuague. 

Muchas veces le pregunté a Daiana cuál era su secreto mientras pegábamos las figuritas del "lion" rugiendo con su plásticola de brillitos. Daiana me miraba con esa sonrisa grande de dientes sin ortodoncia y me decía "ninguno, llego con el tiempo", y volvía a enfocar la mirada en el "tiger". Yo, entonces, me apoyaba sobre el banco, me quedaba mirando sus perfectos rulos rubios definidos detrás de la vincha de florcitas mientras mi "frog" se arrugaba en el papel y mi mechón de pelo negro se me caía sobre la cara y no me dejaba ver. 

Pese a que no odiaba a Daiana, nunca fuimos amigas. Esa era toda nuestra relación. Nunca supe nada de ella, sólo compartíamos esos momentos en que hacíamos los trabajos de clase y después no nos volvíamos ver. 

Mucho tiempo después reflexioné sobre la amplia media hora en la vida de Daiana: "Me mentía la muy conchuda", concluí. 


Hoy volvía a mi casa con media hora para comer un pedazo de tarta vieja que estaba en la heladera y volver a salir para hacer una entrevista. Llegando a mi esquina la vi a Daiana, su pelos rubios de rulos definidos y su sonrisa grande llegando a la puerta de su edificio. 
Media hora más tarde salí de mi casa, corriendo, con el anotador en la mano y levántandome el gorro de lana que se me caía sobre los ojos. Mientras caminaba apurada la vi a Daiana salir de su casa y pasar delante mío sin verme. 

Ahí iba Daiana, con sus largos rulos rubios bien definidos, recién lavados y con olor a shampoo. Caminando como si flotara sobre el pavimento y sonriéndole al mundo con su gran sonrisa que nunca tuvo ortodoncia. Ahí iba Daiana, con un cambio de ropa completo y perfectamente combinada. Ahí iba Daiana, con el tiempo que tanto le sobra, la muy conchuda. 


27 de julio de 2011

El cuadrito de hilo

Hace 6 años que visito la casa de Liliana y todavía me sigue llamando la atención el mismo objeto colgado en la pared detrás de la puerta de entrada. 


El pequeño cuadro no es más grande que un hoja de impresora y su marco de madera está pintado de un verde barro. Pero lo que está dentro de las cuatro maderitas verdes no es una pintura, es el bordado del árbol genealógico del Liliana y Norberto.


En los ocho círculos tejidos cuidadosamente en la parte superior están los nombres de los abuelos de la pareja. Debajo de cada nombre (sin apellido) está el lugar de nacimiento, sin fecha. Los de Norberto son de Victoria, los de Liliana, de Rosario. De cada par de abuelos sale un delgado, pero bien ubicado, hilito que conduce a los padres de cada uno. Este árbol no incluye hermanos, tíos, ni primos, directamente va a un sólo punto: Hilos dorados que forman sortijas y la fecha "1984" en el lugar que iría la ciudad de nacimiento si ese círculo fuera una persona. A los lados de la sortija los nombres, en cursiva, de la pareja dueña de casa. Con los mismos hilos generacionales se desprenden las últimos fragmentos de esta familia: Juliana y Lucía, las hijas Norber y Lili. 


Pronto van a hacer 7 años que visito ese departamento y hace 7 años que miro y repaso una y otra vez con la mirada los hilos que Liliana habrá bordado con cuidado en algún momento de su vida de casada. Lili ha tejido, además, millones de cosas que abundan en ese hogar: Desde mantitas para la tetera o la cama de sus hijas, a más bordados que decoran las paredes del departamento. Cuadros con los Jardines de Luxemburgo o el Arco del Triunfo en hilos de algodón. En los 90's seguramente estaba de moda aquellos suplementos temáticos sponsoreados por Utilisima: "En esta edición usted podrá bordar los mejores paisajes de Francia como si fueran un retrato". 


Allá habrá salido Liliana, en 1986 bien embarazada de Juliana, con un vestido de flores, al puesto de diarios, aquel que ya no está porque ahora hay un parquímetro, a comprar "Primeros pasos para bordar" en delicadas letras cursivas. De esos primeros ejemplares saldrían los arlequines que decoran la habitación de las chicas con sus nombres debajo. 


Me inclino aún más sobre el cuadro del árbol genealógico, mi nariz prácticamente roza el vidrio. Las últimas puntadas deben haber sido cuando Lucía, la más pequeña, dormía una siesta veraniega en sus primeros meses de vida. Probablemente vestida con ropita que su mami le habría tejido con otro de los suplementos que el diariero le traía por encargo. Habrá sido ese momento el que Liliana, con su familia armada, decidió tejer ese cuadrito, ese árbolito, esa pequeña obra de algodón, esa obra de vida que ella creó. 


Me pongo en punta de pies para llegar a ver si, en alguno de los rincones del cuadro, puedo ver una firma, una fecha...


"Dale, vamos, se nos hace tarde", me grita Lula mientras agarra la bufanda.


"Eh? Sí sí, vamos", respondo aún sin sacarle los ojos a mi cuadro preferido.


"Otra vez mirando eso? No entiendo qué le ves", replica mi amiga Lula (o Lucía según el árbol) mientras le da un portazo a la puerta de entrada.


"Con semejante golpe de puerta seguramente el cuadrito bordado se torció otra vez", pienso.



15 de junio de 2011

La del sapo en la barriga

Para mi la frase "sentite como en tu casa" rankea en mi top 3 de preferidas. Probablemente es con la cual más me identifico y la que uso casi como si fuera un rezo de religión. Si bien cada vez que una familia la pronuncia, yo tomo posesión de su heladera, la uso más que nunca en mi propio hogar. 


Tengo la costumbre de educar a mis amigos. Cuando han pasado mi prueba de la confianza, están habilitados a escuchar esa frase de mi boca. Y no la digo para generar comodidad en ellos, la digo para que no me pidan nada y se las arreglen para conseguir lo que quieren dentro de mi hogar. Exacto: No soy buena anfitriona y no me interesa serlo, sin embargo me encargo de que mis amigos aprendan donde están los platos, los vasos y el papel higiénico, si no queda más en el baño. Que sepan donde está la comida del gato, ya que estamos, y que botón enciende la calefacción o el aire acondicionado. 
El proceso de educación lleva tiempo y depende, sobretodo, de la cantidad de veces que frecuenten mi hogar. Cuando más seguido lo hagan, más rápido aprenderán a manejarse en él como si lo habitaran.
Sin embargo, antes de que mis amigos "se sientan como en su casa", yo me comporto siguiendo un protocolo. En especial con gente del ámbito laboral o con personas que trato poco y no quiero que sepan que en realidad si fuera por mi, no movería un dedo para atenderlos. 


Así fue como me manejé con Mariana desde el primer día. Mariana está trabajando conmigo para una revista. La conocí hace algunos meses cuando nos reunimos a tratar el contenido y la metodología de trabajo. Uno de los primeros encuentros fue en un bar, un lugar neutro, sin anfitriones. Las siguientes dos reuniones siguieron en mi casa. Eran temprano por la mañana, antes de que cada uno de los integrantes del equipo (unas 5 personas) partieran a sus respectivos trabajos o estudios. Ofrecí mi hogar como sede para diagramar la revista. Es una contradicción ofrecer tu casa si no te gusta atender a la gente, pero como me destaco por ser una persona extremadamente vaga, prefiero que vengan hacía a mi y no que yo tenga que ir hacía ellos. 


Como no había chances de que yo saliera de mi casa a las 7 am para ir a comprar facturas, le propuse a un compañero que él las trajera. Yo esperaba a todos con café recién hecho, mate y un mantelito blanco divino que mi abuela compró en Austria hace como 5 mil años. Lo que me faltaba por un lado, lo compensaba por el otro. ¿no?
Con esa temática de atención se dieron las dos reuniones. Alguien traía la comida y yo esperaba a todos con la calefacción prendida y la tostadora en marcha por si alguien quería la medialuna calentita. 


Para la tercer reunión, Mariana se ofreció como sede. Hasta ese momento ella no había aportado ningún comestible porque siempre alguno de los muchachos se había ofrecido. 
Aquel martes por la mañana hacía un frío importante y a las 8 yo ya estaba en el colectivo camino a casa de la chica ésta. Como hago todo a último momento, no llegué a desayunar. Pero no fue una preocupación para mi, alguno de los chicos llevaría la comida y Mariana seguro tendría el mate listo, tal como nos habíamos manejado hasta entonces. 


Ese día Lautaro y Pablo (los proveedores de alimentos en las primeras reuniones) no podían ir e íbamos a ser solo tres: Mariana, Gero y yo. Llegué a un lindo departamentito de pasillo en Pichincha y Mariana me abrió con el portero eléctrico. 


Marianita, de 24 años, tenía el pijama de ositos puesto y pantuflas peludas. Claramente su pelo no había pasado por un cepillo y Gero aún no había llegado. El pequeño pero calentito dpto estaba limpio y ordenado. Me senté en la silla del comedor y empezamos a charlar sobre lo que nos esperaba. "Andá a cambiarte si querés, yo le abro a Gero si llega a venir", ofrecí. Mariana negó con la cabeza y dijo que "así" estaba bien. Mi compañero se nos unió al poco tiempo y se disculpó por la demora, se había quedado dormido. 
Trabajamos largo rato hablando del contenido, fotos, ubicación de notas, etc, etc, etc. Luego de 2 horas, mi estómago anunció que quería que le depositara nutrientes. Ahí caí en cuenta que Mariana no sólo no había traído el desayuno, sino que ni siquiera nos había ofrecido un vaso de agua. Gero pareció no notar esto pero yo, moría de hambre. 


"Mar, me podrías traer un vasito de agua, por favor?", tiré esperando que la chica cayera en cuenta de su distracción y ofreciera algo más. O al menos le dijera a Gero si él quería tomar algo. Eficientemente Mariana se levantó de la mesa y volvió de la cocina con una botellita de plástico vieja, abollada, claramente re usada, con agua de la canilla dentro. "Vasito", pequeño detalle que se le escapó. Dejé de lado mis caprichitos fifi y tomé de la botellita sin remarcarle su olvido. 


Hasta ahí no veníamos tan mal. Obviemos que me había recibido con la almohada marcada en la cara y que se olvidó de traerme agua en un vaso. Ni hablemos de que, en ningún momento desde las 8 am a las 12 pm, se le ocurrió preguntar si necesitábamos algo. Detalles menores.


El problema llegó cerca de las 11 am cuando, mientras Gero y yo discutíamos sobre como debía estar divido el texto central, Mariana se levantó silenciosamente, se fue a la cocina y volvió con una medialuna dulce en la mano. UNA medialuna dulce en la mano. 
Se sentó, comió primero ambos bordes, se chupó los dedos, acotó sobre la posición de la fotografía en la nota, aportó datos sobre la entrevista, comió el resto de la medialuna, se volvió a chupar los dedos y por último se los limpió en su pantalón de ositos. 


Mientras ella manducaba solita y a mi se me salían los ojos de la cara de la ira, Gero estaba demasiado concentrado midiendo el tamaño de la foto y no se percató de lo que estaba sucediendo. Tampoco sé si hubiera hecho algo al respecto, la realidad es que no nos conocíamos ninguno entre nosotros y él tenía pinta de ser un muchacho tímido. 


Decidí que yo no podía seguir sentada armando un proyecto mientras veía la saliva de Mariana chorrearse por sus dedos así que, con excusas mentirosas como "mirá la hora que se hizo", "me muero de hambre", "me invitaron a almorzar, una amiga prepara la comida", "no me da más la nafta, necesito comer para seguir pensando", di por finalizada la reunión y partí a comer a algún lado donde alguien, aunque me cobrara, me ofreciera al menos un pan duro. 


Próximamente tenemos una nueva reunión. Pienso todos los días en mi venganza para Mariana. He pensado en cosas como comprar 3 ricos alfajores de chocolate, repartirselos  a los chicos y cuando le toque a ella decir "ups! no hay más! Qué cosa che!". También pensé en pagarle con la misma moneda, pero no tendría éxito porque no quiero matar de hambres a los que sí valen la pena. 


Lo más complicado de esta venganza es que mi enemigo es tan infradotado que no va a notar que lo que haga se lo estaré haciendo apropósito.


Qué dilema el mío.  

7 de junio de 2011

Podría estar durmiendo

Desde chica nunca me gustó bañarme. Una de mis características tan femeninas como otras muchas que tengo, entre ellas, putear constantemente. Todas esas acciones son parte de lo que yo denomino "Camionerita Style". Y digo "camionerita" porque al menos, mentalmente, suena sexy. Si dijera, "camionera"...bueno, ustedes ya sabrán que cruza por sus mentes, por la mía, una rubia teñida con gran sobrepeso, una remerita de Miss Piggy toda estirada y comiendo una hamburguesa chorreando de grasa en una parada de camiones. Por eso, el "Camionerita Style" tiene su faceta linda de Daisy Duck pero diciendo guarangadas a tiempo completo y mirándose los mocos cuando se los saca. (No me creo bonita como la de la segunda foto, pero es mi imagen mental, sepan comprender). 


Desde pequeña arrastrarme al baño era una pesadilla. No me tiraba al suelo y hacía berrinches, pero mis excusas eran tan originales que me hubiera gustado que se me ocurrieran en el secundario cuando no quería estudiar. Que me dolía la cabeza, que tenía cosas más importantes que hacer, que si era invierno me iba a resfriar, etc, etc, y más etc. Tardé unos cuantos años en dilucidar el motivo de mi bronca al baño. Bronca que, en el momento que tocaba el agua, desaparecía por completo y sacarme de la ducha era, y sigue siendo, otra lucha. 


No es que me gusta andar con roña como al amiguito de Charlie Brown, lo que más me molesta es el tiempo que pierdo en el baño. Bañarme supone perder al menos 2 horas de mi vida. 
Primero "la previa". Buscar la ropa para ponerme, subir el calefón (que el 90% de las veces me olvido y a la mitad del baño me quedo sin agua caliente), buscar un buen disco para escuchar mientras me baño (sí, es muy importante) y algunos otros datos menores.
El durante, un procedimiento monótono que comienza con el pelo, sigue con el cuerpo, vuelve al pelo, lavado de dientes, enjuage, peine y salida. 
La salida es lo peor. Si hace frío, quiero seguir adentro y si hace calor, me da bronca porque el agua está más fresca que el mundo entero y además la limpieza de la bañada me dura nada ya que mientras me seco con la toalla empiezo a transpirar otra vez.  
El post también es un gran problema. Si quiero quedar bien bien me toma 1 hora seguro; Entre el secado del cuerpo, ponerme cremas, perfume y vestirme linda y cómoda. Como el 99,99999% del tiempo me baño con los segundos contados, esto no lo puedo hacer y eso me genera que le agarre más bronca al baño. 
A lo largo de mi vida he creado millones de técnicas y estrategias para agilizar el trámite. Todas en vano. En una época hasta dejé de usar crema de enjuague porque creía que perdía aún más tiempo si me peinaba bajo el agua. En definitiva, lo único que lograba era reducir el tiempo de ducha, que es lo que más me gusta.


Hace algún tiempo descubrí cual es mi problema con el bañado: Automáticamente cuando salgo de la ducha el sueño que me inunda (ehehe se entiende el chiste?) es impresionante. Entrar a mi habitación en toalla calentita y ver mi cama me genera unas ganas inmensas de meterme así, toda mojada y dormir sintiendo mi propio olorcito a jabón. No importa la hora del día que sea, no importa si me acabo de levantar de haber dormido 12 horas, yo cuando me baño, me quiero ir a dormir. Y como para mi dormir es algo sagrado, cualquier cosa tendrá, siempre, menos importancia . 


Acá estoy con la toalla en la cabeza, apurándome por escribir esto rápido y meterme en la cama mientras me repito en una y otra vez:


 "Y yo perdiendo mi tiempo en bañarme! Todo lo que podría estar durmiendo!!" 



17 de mayo de 2011

El arregla todo


Todo comenzó con esta foto. Yo tenía 15 años y mi mejor amigo, mi discmann, estaba al borde de la muerte. Una serie de golpes ocasionados por frenadas bruscas por parte del conductor del 153 a las 7.30 am que no veía el tráfico, provocó que varias veces yo terminara estampada contra el vidrio de adelante y mi discmann dentro de la mochila, se golpeara contra las llenas de conocimiento (?) carpetas, cartuchera, etc. 
Esto me recuerda también a aquellas épocas en que iba caminando a la escuela con el discmann en la mochila y sí o sí debía ir en posición horizontal para que leyera el cd. Y si caminaba muy rápido empezaba a saltar y había que aminorar la marcha para escuchar bien la canción. 


Bueno, cuestión que el uso excesivo de mi aparitito lo fue rompiendo lentamente. Como me resistía a ver morir a mi compañero, fui toqueteándolo para darle algunos días más de vida. Primero se rompió el botón de play y entonces se lo saqué y lo pinchaba con un invisible, luego se rompieron todos los botoncitos, entonces destrocé la tapa y quedó así como se ve. Solucioné el tema del cerrado con un palito de Pico Dulce y las conexiones con cinta scotch. Mi discmann vivió así 6 meses. Desde ese día decidí que yo podía arreglar todo.


Con los años fui adquiriendo la capacidad de utilizar herramientas más adecuadas y sofisticadas para arreglar las cosas que tenía delante. Excepto hace unos meses que una de las fichitas de mi parlante izquierdo se rompió y estuve sosteniéndola 1 mes con un paquete de cafe brasilero, 1 palito de la ropa y una piedra, hasta que decidí que había que comprar unos nuevos. 


Con mi curiosidad por aprender más, también creció mi capricho y mi idea de "yo debo saberlo todo". Así fue como empecé a prestar mayor atención cuando mi papá Silvio hacía arreglos en casa o creaba maravillas en madera. Cada vez que iba a su carpintería caminaba entre las máquinas preguntando "y esto para qué es?", clavando clavos y probando cosas básicas. Así fue como aprendí a lijar a máquina, lustrar, encolar, cortar, y definir bordes en casi 4 tipos de madera diferente. También aprendí a usar el taladro y pude colgar sola todos los estantes que sostienen los libros de mi habitación. Silvio también me enseñó qué puntas debía usar dependiendo la pared que estaba perforando y fue él que me guió en mi primer circuito eléctrico que terminó haciendo saltar los tapones de la casa cuando yo llegué al punto sabiondo de decir "sí sí, entendí, ahora sigo yo sola". Ni hablar la cantidad de cosas en plomería: Desde destapar el baño y cambiar cueritos a instalar una nueva mochila para el inodoro. 


Cuando mi tutor en plomería, electricidad y carpintería, papá Silvio, murió hace un año y medio, me quedé con el martillo en la mano sin saber qué clavo clavar. Me costó mucho volver a mi afición por los arreglos hogareños. Muchas veces cosas básicas como encender la caldera o destrabar la persiana, me generaban rechazo y quería delegar la obligación en otra persona. Poco me duró este sentimiento porque, ver a mi madre que lagrimeaba cada vez que se encontraba frente a un electrodoméstico en corto circuito, me generaron ganas de volver al oficio. 
Me costó mucho encontrar un nuevo tutor pero, hace poco me topé con Martínez. 


Martínez es un "arregla todo". De esas personas que sabe hacer muchas cosas y que en una servilleta anota presupuestos que abarcan desde el cambio de una cerradura hasta la instalación de una estufa. Es un hombre grande de lentes cuadrados y raya al costado para tapar algunos signos de pelada. Mide alrededor de 1,60 y siempre va con un banquito plegable a todas partes. Su ropa de trabajo consta de una camisa de mangas cortas que no sale de los colores crema, blanco y amarillo apagado y un pantalón de vestir marrón con la marca del planchado prolijamente anunciada. Martínez es de esas personas que dice "por favor" y "gracias" hasta para anunciar su llegada. Es el que no pierde la paciencia y no se acobarda cuando del aplique del living sale humo y se está por incendiar la escalera de madera barnizada. Él saca el banquito del bolsillo, sube en dos pasitos hasta arriba, se seca la transpiración con el pañuelito blanco que guarda en el bolsillo frontal izquierdo y arregla TODO. 


Con Martínez volví a sentirme cómoda como para seguirlo por toda la casa preguntándole qué hace y por qué lo hace a cada paso. Le expliqué que mis preguntas no eran porque dudaba de su desempeño, sino por mi necesidad de aprender lo más posible. Así, el día de mañana, no depender de nadie y poder arreglar mis propios desperfectos con propiedad. Martínez, al escuchar mis motivos, intensificó sus explicaciones y llegó al punto de sugerir que buscara un anotador para mostrarme mejor cómo se hacía la conexión de un farol con sensor de movimiento. 


El domingo pasado mi mamá quiso otro farol con sensor, esta vez, lumínico. Agarré el auto, me fui al Easy y caminé contenta por las góndolas comprando todo tipo de chucherías para armar mi farolito como si estuviera eligiendo caramelos antes de entrar al cine. Volví, puse el tablón y los caballetes que Silvio y yo hicimos hace algunos años y después de 2 horas de quita, ponga, corte de luz, "laputísimaadóndeconectoestamierda", armé mi primer farol con sensor lumínico y lo instalé con mi viejo taladro, herencia de un boludo que un día vino a instalar una cortina y se lo dejó. 
El momento en que volví a conectar la luz fue el más tensionante. Mi dignidad y mi orgullo estaban en juego, me había apostado a mi misma que podía hacerlo, que yo voy a convertirme en una "arregla todo" y éste, era mi desafío más grande.


Perilla 1 arriba.
Perilla 2 arriba.


Y mi farol prendió


Mañana lo llamo a Martínez para contarle!