27 de octubre de 2010

Pamela la Panadera

Resulta que este fin de semana pasado me fui a Catamarca al casamiento de una prima lejana de Santiago del Estero que se casaba con un catamarqueño. Así que allá partimos en patota y nos intalamos en un bonito hotel de alta categoría en el centro de San Fernando. 


Me pasé los 3 días en el hotel tirada al sol trabajando, estudiando, y por las noches con un cateter inyectado en la vena que me transmitía champagne como si fuera suero. 


Nunca había experimentado el sentimiento de no sentir hambre por el lapso de 3 días debido a que no paré de comer un segundo. Estaba comiendo todo el día, todo el tiempo, todo tipo de cosas. En 3 días no supe lo que era decir "mm que hambre que tengo".


Entre el desayuno americano del hotel, las cenas de ensayo del casorio y el casorio en sí, logré tenerle asco a la comida, a tal punto que ahora regresada a mi ciudad no he comido nada sólido en 2 días porque todo me hace sentir que voy a explotar.


Volviendo para Rosario hicimos una parada en Córdoba para pasar un día más con mi tío y tía y, porque no, seguir comiendo. 


Ayer al mediodía salimos con destino hogar, antes de llegar a la autopista mi madre me pidió que me bajara en una panadería y comprara...COMIDA! para el viaje. Así fue como llegué a la panadería "Azucena".


La panadería era de esas improvisadas adaptadas en un local que antes fue una oficina inmobiliaria. Era incómoda, con escaleras, con rincones inútiles y una planta de potus chantada al medio para que pareciera que lugar tenía vida. 
En las columnas metidas entre medio de mostradores había una cartulina en color rosa pegada en la pared con cinta scotch medio amarillenta y rezaba un "Feliz Primavera" con letra de maestra de primaria, trazos gordos en fibrón indeleble y florcitas hechas en papel mache. 


Me atendió Pamela que tenía un gorrito insulso manchado con harina y se le había corrido un poco para atrás y se le veían las raíces negras sobre el pelo rubio teñido. Pamela tenía mucho rubor sobre los cachetes y una sombra azul como sus ojos en los párpados superiores. 


Me preparó los sandwiches de miga con su mejor esmero y prolijidad. Me pidió disculpas por no tener una bandeja de cartón adecuada y recortó con una tijerita de escuela los bordes para que no sobraran. 

De fondo sonaba David Bisbal en una pequeña radio colgada de un estante, como si fuera ahí el único sitio donde enganchaba señal. 



Pamela terminó de envolver mis sandwichitos de palmitos y se acercó a la caja para cobrarme cuando sonó el teléfono del lugar.


Era la hermana de Pamela que quería saber como estaba Brian, el hijo de Pamela. Resulta que Brian hacía dos días que estaba con dolor de músculos y la noche anterior había empezado a tener fiebre. No mucha, pero temperatura. Así que Pamela esa mañana lo había llevado al médico y éste le dijo que no presentaba ningún síntoma raro, que le diera Ibuprofeno y que si con eso no mejoraba que lo volviera a llevar de nuevo al día siguiente. Por las dudas el médico le pasó su número de emergencias para que se comunicara si tenía alguna duda o si Brian empeoraba. Ese día no fue al jardín así que como ella tenía el turno de la tarde en "el negocio" dejó a Brian con la madre de ambas. Pese a que estaba enfermo Brian quiso hacer la tarea en lo de la nona y ella estaba muy contenta porque si el chico estaba con ganas de hacer cosas seguramente estaba mejorando. La hermana de Pamela opinaba que podía ser alguna intoxicación y entonces se pusieron a repasar lo que había comido el niño los últimos días. El viernes fueron a McDonals y comieron lo mismo, el sábado milanesas y ella sopa, capaz que se había agarrado algo ahí y ya el domingo el nene no había querido comer porque no se sentía bien. 
Esa tarde la tía de Brian iba a pasarlo a buscar por la casa de la abuela y luego de un paseo por la plaza lo llevaría nuevamente a la casa de Pamela para descansar y ver si mejoraba. Pamela esperaba que se pusiera bien para el día del censo porque tenían planes con los primitos después de que pasara el censista por su casa.  
Finalmente las hermanas se despidieron:


Pamela - Disculpame eh...! Son $ 16. 


Pero a esa altura a mi ya no me importaban los sandwiches, ni mi vieja calcinándose al sol adentro del auto, ni mis ganas de llegar a mi casa y ver a mi gato. Me había compenetrado tanto con la historia que ni siquiera me había molestado haber estado casi 8 minutos de reloj (el reloj de la pared blanco de plástico con bordes dorados me cantaba la posta) parada delante de un mostrador con migas esperando para que me cobrararan 8 mugrosos sandwiches de miga. No pude enojarme con Pamela por haberme hecho esperar! Quería saber cómo estaba Brian!


Nadie tiene el teléfono de la panadería "Azucena" en Córdoba Capital? Quiero saber si Briancito mañana va a jugar con los primos!

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