19 de octubre de 2010

Amor en graffiti

Mi vecina Andrea es probablemente una de las jóvenes más bonitas que yo haya conocido. Es de esas chicas que son lindas desde chiquitas y la vida les sonríe otorgándole una belleza exótica eterna. 

Andrea es 2 años más grande que yo, un poco más bajita que yo, mucho más culona que yo (¿quién no?), y por sobre todas las cosas mucho más rubia que yo (pero rubia posta, no rubia de mentirita). Durante toda su vida meneó por los ascensores de mi edificio ese largo cabello rubio rapunzel y una sonrisa contagiosa.

Como corresponde, mi vecina rubia, durante toda su vida estuvo rodeada de pretendientes que se anclaban a la puerta de mi casa todos los fines de semana para ver si podían tener la oportunidad de sacarla al cine. Ella, muy viva, sabía elegir muy bien a sus novios de temporada y se permitía que la llevaran de paseo las noches de verano en ojotas hawaianas y una trenza larga hacía el costado.

Hace algunos años que el novio fijo es "El Colo". Nunca supe cómo se llama y creo que ni ella sabe, siempre le hemos dicho así entre todos los vecinos. El colorado es probablemente el más feo de todos sus novios pero sin duda el más despierto y con más neuronas. Es más petiso que ella (o al menos le llega al ras), tiene barba colorada y se corta el pelo bien rapadito. Si bien el muchacho cumple el rol de novio todo el año, cuando más se lo ve es de noviembre a marzo que se innagura la temporada de pileta en el edificio. Aparece con sus riskys rayban, se calza la mayita que le llega a las rodillas y se instala en la piscina a charlar con todas las viejas culo roto estiradas. 

Así es como todo el verano El Colo juega con los niños, ceba mates, cuenta anécdotas, le saca mano a quien las viejas quieran criticar, unta crema lociante en el culo prominente de su novia sin poner cara de baboso y se acuerda los nombres de todas las personas que habitamos esta mini comunidad. Esa es la táctica, muy eficiente, que tiene el petiso para que nadie lo delate con el portero por hacer uso del "solarium" sin ser propietario. Él nos compra a todos con sus buenos modales y sus anécdotas divertidas, sabe de qué le gusta hablar a cada persona. Con las viejas le saca mano al correo, a la limpieza de la calle y todas las jubiladas potentadas se ríen y le tiran besitos. Hasta a mi me ha comprado criticando a los del servicio de cable que sabe que yo tanto detesto.

Dejando de lado un poco al novio colorado seductor de viejas, Andrea tuvo otro gran amor en la juventud. Ese muchacho moría de amor por ella y lo demostraba gráficamente cada vez que tenía oportunidad: Cuando Andre cumplió 15 años le escribió toda la calle, le hizo unos dibujos enormes, y si la cuadra hubiera tenido más de 100 mts probablemente le hubiera escrito un poema o le hubiera pintado un cuadro. Ahí estaba el pibe, cada aniversario de noviazgo, cada cumpleaños, cada día de San Valentín, cada día de los novios con su gorrito de skater tirado en el suelo y garabateando frases melosas en un toque justo. Había mañanas que yo salía temprano a la escuela, todavía de noche, y lo veía gritándole a un auto que lo había interrumpido o no lo había visto y casi lo pisaba. Por ahí, si había mucho tráfico, el pibito se ofuscaba y rezongaba tirándole a los autos que pasaban las tapitas de aerosol.

Por algún motivo que la mini comunidad del edificio blanco desconoce, después de años de lidiar con dibujitos en la calle, una mañana de otoño amanecimos con la vereda escrita de rojo con una frase que rezaba algo así: GORDA TE AMO MUCHÍSIMO PERDÓNAME POR FAVOR!

Si bien no había firmas ni dedicatorias, por la caligrafía ya tan conocida por todos y el estilo compulsivo del chico de dedicarle cosas a la chica, dedujimos que nuestra vecina rubia lo había mandado a meterse los aerosoles en donde le cabieran. Efectivamente, Andre no asomó cabeza durante largos días y cuando lo hizo tuvo que comerse la cara de culo de portero que tirado tarde y noche con ácido sulfúrico, odex, esponja de acero y otras herramientas mortales, intentaba quitar la declaración de amor del fan del grafitti. 

Con mucho esfuerzo, lluvia, más ácido y más odex, casi 5 meses después el aerosol rojo sobre la vereda blanca pudo ser removido. 

Ayer lo vi al chico del grafitti, con la misma gorrita ridícula y los pantaloncitos grandes. Salía de un negocio de accesorios para pintar. Dentro de la bolsa que llevaba pude identificar 4 tarros de aerosol violeta, rojo, azul y negro, sus favoritos. 

No puedo dejar de pensar ¿Quién será su próxima víctima? 

3 comentarios:

ana güititi dijo...

JAAAA yo conozco una que vive en un edificio que cuando cumplió 15 obligó a sus amigxs a pintarle la calle... pobre portero de aquella época... siempre fueron simpáticos los de ese edificio...


ahora: ¿por qué el colorado va a la pileta y nosotras no? ¿eeeeeeeh?

Pura Suerte dijo...

Jaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
Citadinos no acostumbrados a pintar calles en cumpleaños de 15!

Anónimo dijo...

www.enamoradobernardo.blogspot.com